REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 7 de marzo de 2014

NAZARENO



Estamos recién estrenada la santa cuaresma y en este primer viernes del tiempo cuaresmal nos detenemos ante Jesús Nazareno con mirada contemplativa.

“¿Quién dice la gente que soy yo?”, preguntaba en una ocasión Jesús a sus Apóstoles. Y después de escuchar las distintas opiniones se dirigió nuevamente a ellos, “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?”.

En muchos lugares se acercan hoy multitud de personas a las imágenes de Jesús Nazareno. Acuden a pedirle las tres gracias.
Podríamos preguntarles, ¿por qué vienes aquí? ¿Quién dices tú que es este Jesús a quien tú acudes? Podemos imaginar que las respuestas serían muchas y muy variadas.

¿Cuántos de todos ellos acuden movidos por una fe verdadera y cuántos lo hacen siguiendo el impulso de una mera costumbre, de una tradición, o simplemente buscando suerte?...
En el relato evangélico al cual nos venimos refiriendo, el Apóstol Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.

Ante semejante respuesta, tan profunda y contundente Jesús exclamó: “Dichoso tú Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. Eso te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos”.
La respuesta del Apóstol Pedro fue una respuesta de fe, de fe verdadera y profunda. Pedro no respondió dejándose guiar simplemente por lo que veían sus ojos – veían un hombre, un hombre de carne y hueso llamado Jesús-. Fue la luz de la fe, la visión sobrenatural, la inspiración de lo alto que es un don de Dios, una gracia venida de lo alto, la que le movió a proclamar la respuesta verdadera: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.

Esta respuesta del Bienaventurado Pedro no era una fórmula aprendida en un libro, no era una afirmación pronunciada tan sólo por sus labios, sino una convicción que salía de lo profundo de su alma, del santuario de su corazón en lo más íntimo y recóndito de su ser. Y esta convicción no era fruto de sus razonamientos, no era fruto de su sabiduría. Era una gracia venida de lo alto, era una luz que invadía todo su ser y le permitía traspasar lo que tenía delante de sus ojos, un hombre, para descubrir en Él al Hijo de Dios vivo.

Las palabras de Jesús manifiestan claramente la naturaleza de la fe. La fe es un don de Dios, el mayor de los dones que en esta vida podemos recibir de Dios. Sólo la fe nos hace gratos a los ojos de Dios y nos posibilita descubrirle a él como  Padre que es fuente y origen de todos los dones, como  Hijo que nos salva y nos redime, como Espíritu santificador, Señor y dador de vida. Sólo la fe hace posible tal milagro. Y cuando el milagro se produce uno encuentra a Cristo y de esa manera halla la luz de la vida, quedan entonces atrás las tinieblas del pecado y de la muerte, se despejan las sombras de la ignorancia y del sin sentido de la vida. Todo se ve con una claridad nueva, con ojos nuevos.

Dios ofrece el don, el hombre libremente lo acoge o lo rechaza. Dios trae en sus manos el tesoro, el hombre lo acoge en la pobre vasija de barro de su corazón, o desgraciadamente da la espalda y se queda en su miseria, en su pobreza, en la más absoluta indigencia.
Nos encontramos llegados a este punto en la elección más decisiva y fundamental del ser humano de ella va a depender radicalmente su vida presente y también su suerte eterna.

“Jesús Nazareno”, expresa el nombre de una persona y de un lugar. Un hombre llamado Jesús y un pueblo, Nazaret.
No se trata sin embargo de un nombre sin más, ni tampoco de cualquier pueblo.

Decir “Jesús”, es mucho más que hablar un hombre bueno “que pasó haciendo el bien”. Esa sería la mirada simplemente humana.
La mirada de fe es la que nos permite descubrir detrás de ese nombre al que es a un tiempo el Hijo de María la Virgen y el Hijo eterno de Dios, a quién el Padre, después de su muerte en la cruz “lo levantó sobre todo y le concedió el –Nombre sobre todo nombre-; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

Nazaret nos refiere al hogar en el que este mismo Hijo de María e Hijo de Dios vivió la mayor parte de sus años, entregado a la oración, al trabajo, a la vida de familia, porque “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando como uno de tantos”.

Nos dio así ejemplo del valor que tiene a los ojos de Dios el cumplimiento de los deberes cotidianos. Nos mostró que el camino de nuestra santificación pasa por el fiel cumplimiento de nuestras obligaciones cotidianas. Y así, en medio de nuestros quehaceres y al lado de nuestros prójimos podemos glorificar a Dios si vamos creciendo en sabiduría divina y en gracia delante de Dios y de los hombres.

La Cuaresma es una ocasión privilegiada para que nos decidamos a orar más fervientemente: “Señor, yo creo pero aumenta mi fe”, a purificar nuestras relaciones con Dios y con los hermanos “lejos de todo rencor, envidia y rivalidad”, a luchar más decididamente contra nuestras pasiones rebeldes.

Y todo ello bajo la mirada de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios vivo.
“Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. El es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente...

A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino” (Pablo VI)
P. Manuel María de Jesús

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