REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 18 de octubre de 2019

CARTA DE APOYO




CARTA DE APOYO
Rvdo Padre Santiago Cantera, Prior Administrador de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos
Los sacerdotes y religiosos abajo firmantes deseamos mostrar nuestra más viva adhesión a V. R. y a toda esa querida comunidad benedictina ante la situación provocada por la determinación de un gobierno en funciones de allanar un “locum sacrum” y una “res sacra”, contra la voluntad de sus legítimos custodios, y ante el avasallamiento impune que de muy diversas formas sufre esa comunidad.
La indefensión en que la incomprensible sentencia del Tribunal Supremo ha dejado a esa comunidad religiosa, y la práctica imposibilidad de impedir la violación ilícita de esa Basílica, hacen brillar aún más la valentía de V. R. y de sus monjes, que deben hacer frente, en solitario, al abuso de poder perpetrado por el gobierno en funciones.
Esta defensa heroica del libre acceso de los fieles a los templos, y de la inviolabilidad de éstos, protegidos por las leyes divinas y humanas, recuerda hoy la intrépida resistencia del santo obispo Tomás Beckett negándose a secundar los deseos de su rey, contrarios a la Ley de Dios y a la responsabilidad del clero de custodiar, aun con sus vidas, las cosas y lugares sagrados a ellos encomendados.
También hoy esa admirable comunidad benedictina del Valle de los Caídos es un preclaro ejemplo de audacia evangélica ante los abusos de poder, que con el Apóstol San Pedro hacen repetir en estas horas graves de nuestra Patria, que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
La Historia, y más aún Nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de los que dominan, nos juzgarán un día. Por eso, aun sabiendo que ello es políticamente incorrecto para la sociedad actual, se ha de resistir para defender lo más sagrado para nuestra fe: el altar del Sacrificio eucarístico y las tumbas donde nuestros difuntos esperan la resurrección de la carne.
Reputaríamos un acto de vil cobardía anteponer los intereses de la estructura eclesiástica a la defensa de los derechos de Dios. Por eso, la valentía de V. R. y de sus monjes al oponerse a la profanación de la Basílica y de sus sepulturas merece, por parte de la Iglesia en España y de sus Pastores, un apoyo que, al menos nosotros, deseamos manifestar públicamente con la presente carta.
En nuestro mundo, tan falto de verdaderos referentes morales, el Espíritu Santo quiere hacer patente su don de fortaleza en los cristianos que, como tantos mártires de nuestra España, son hoy hostigados con nuevas formas de persecución a la fe.
Con el mayor y más afectuoso de los reconocimientos, encomendamos en nuestras Santas Misas y oraciones a esa venerable comunidad benedictina, poniéndola bajo la dulce y segura protección de Nuestra Señora del Valle.

sábado, 12 de octubre de 2019

sábado, 14 de septiembre de 2019

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ



En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

En la cruz está “el Señor
de cielo y tierra”,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

De la cruz dice la Esposa
a su Querido
que es una “palma preciosa”
donde ha subido,
y su fruto le ha sabido
a Dios del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

Es una “oliva preciosa”
la santa cruz
que con su aceite nos unta
y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo.

Es la cruz el “árbol verde
y deseado”
de la Esposa, que a su sombra
se ha sentado
para gozar de su Amado,
el Rey del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es “árbol de vida”
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.

Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está “la gloria
y el honor”,
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.

 (Santa Teresa de Jesús)

jueves, 22 de agosto de 2019

TOTUS TUUS EGO SUM


1. La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.

Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157).

2. Mi venerado predecesor Pío XII en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46 [1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635).

En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.

Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.

3. El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.

Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar» (MS 46 [1954] 636-637).

4. Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia.

Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides» (Hom 1: PG 98, 348).

5. Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en san Germán: «Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98, 344).

Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida.

Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo.
María Reina
Catequesis de San Juan Pablo II
23 de julio de 1997

¡RUMBO AL REINO DE MARÍA!

Entre las diversas formas de devoción mariana, existe una que puede llamarse perfecta. Así se conoce la que enseña San Luis María Grignion de Montfort, fallecido en 1716, en Francia. En su famoso Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nos enseña esta práctica que es el "camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor". (§152)
El Reino de Cristo, por medio del Reino de María
¿En qué consiste esta perfecta devoción a la Madre de Dios?
Sin pretender agotar un asunto tan vasto, trataremos de presentar las líneas generales de esta devoción, para invitar al lector a profundizar en este verdadero cielo que es el mencionado "Tratado", obra maestra de la piedad mariana.
"Fue por intermedio de la Santísima Virgen que Jesucristo vino al mundo, y es también por su intermedio que Él debe reinar en el mundo" (§ 1). Tal es el designio de la Divina Providencia: el conocimiento y la venida del reino de Jesucristo será consecuencia necesaria del conocimiento y de la venida del reino de María. El reino de Dios en la tierra, pedido en el Padrenuestro - "venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" -, sólo se realizará cuando esta devoción enseñada por San Luis Grignion sea ampliamente practicada en todas partes.
María Santísima, la obra maestra por excelencia del Altísimo, el paraíso terrestre del Nuevo Adán, el divino mundo de Dios, debe desempeñar un papel especial en los últimos tiempos. (1)
En ese período, Ella brillará como jamás brilló, en misericordia, fuerza y gracia. Y tendrá más hijos, servidores y esclavos que en todas las épocas anteriores. Por este medio Jesucristo reinará totalmente en todos los corazones.
No hay nada que nos haga pertenecer más a Jesucristo que la esclavitud de amor a María (2), de acuerdo al ejemplo de Jesús mismo, que por amor a nosotros tomó la forma de esclavo.
Primeramente, sujetándose a permanecer durante nueve meses en el seno virginal de María y, enseguida, dedicando la mayor parte de su vida a la convivencia con su Madre. Dice San Luis Grignion que Jesús dio más gloria a Dios viviendo 30 años oculto, sumiso a María, que si hubiera convertido a toda la Tierra con la realización de los más estupendos milagros.


Una perfecta consagración de sí mismo a María
Lo esencial de la verdadera devoción, advierte el santo, "consiste en el interior que ella debe formar, y, por este motivo, no será comprendida igualmente por todo el mundo. Algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, y no seguirán adelante, y estos serán el mayor número; otros, en número reducido, entrarán en su interior, pero apenas subirán un peldaño. (...) ¿Quién, finalmente, se identificará en esta devoción? Solamente aquel a quien el Espíritu de Jesucristo revele este secreto. Él mismo conducirá a ese estado al alma fiel, haciéndola progresar de virtud en virtud, de gracia en gracia y de luz en luz, para que llegue a transformarse en Jesucristo". (§ 119)
María se da al que es su esclavo por amor
La Santísima Virgen, Madre de dulzura y misericordia, viendo que alguien se le entrega por completo, se entrega también por entero y de un modo inefable a quien todo le da. Ella lo hace sumergirse en el abismo de sus gracias, lo reviste de sus merecimientos, le da el apoyo de su poder, lo ilumina con su luz, lo abrasa con su amor, le comunica sus virtudes, su humildad, su fe y su pureza. En fin, como la persona consagrada es toda de María, María también es toda de ella.
¿Puede haber mayor recompensa?
"Todos los dones, virtudes y gracias del Espíritu Santo son distribuidos por las manos de María a quien Ella quiere, cuando quiere, como quiere y cuanto quiere", afirma San Bernardino de Siena.
Por eso, dice San Luis Grignion, en los últimos tiempos el Altísimo y su Santa Madre deben suscitar grandes santos, de una santidad tal que sobrepujarán a la mayor parte de los santos, como los cedros del Líbano aventajan a los pequeños árboles a su alrededor. Por sus palabras y por su ejemplo, arrastrarán a todo el mundo a la verdadera devoción y esto les habrá de atraer enemigos sin cuenta, pero también victorias innumerables y gloria para el único Dios.
San Luis Grignion designa a esos santos con el nombre de "apóstoles de los últimos tiempos", y los describe con palabras de fuego, poco usuales en nuestros días. Serán ellos como flechas agudas en las manos de María, purificados en el fuego de las grandes tribulaciones. Para los pobres y pequeños tendrán el buen olor de Jesucristo. Y para los orgullosos del mundo, un repugnante olor de muerte. Serán nubes atronadoras, sin apego a cosa alguna. El Señor de las virtudes les dará la palabra y la fuerza para hacer maravillas y alcanzar victorias gloriosas sobre sus enemigos. Dormirán sin oro ni plata y, lo que es mejor, sin preocupaciones. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios; en sus hombros ostentarán el estandarte ensangrentado de la Cruz; a la derecha, el crucifijo, a la izquierda, el rosario, en el corazón los nombres sagrados de Jesús y María.
En esa época, las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire. Y María reinará efectivamente en los corazones y en el mundo.
Pregunta San Luis: ¿cuándo y cómo sucederá todo eso? ¡Sólo Dios lo sabe!
En cuanto a nosotros, nos cabe rezar y divulgar por el mundo la verdadera devoción a María Santísima. Oportunamente, regresaremos a este apasionante tema.
*Texto escrito por Sr. Roberto Kasuo, publicado originalmente como artículo en la revista Heraldos del Evangelio nº23 (Nov 2003).

lunes, 18 de marzo de 2019

HIJO DE DIOS, HIJO DE JOSÉ


DAR A SAN JOSÉ EL LUGAR QUE LE ASIGNÓ EL PADRE


San José, esposo y padre entrañable

«Que es el mayor santo/ menor que José/pues sirvieron todos/al que mandó él.»Este es el estribillo de un poema hermoso y teológico de José de Valdivieso (1560-1670), originario de Toledo, España. Así nos pone el trovador en la pista para reconocer la importancia y la grandeza del glorioso patriarca San José. Él, juntamente con la Santísima Virgen María, son los receptores y realizadores en su vocación y misión de la promesa mesiánica; desde toda la eternidad predestinados y elegidos para estar vinculados a la obra extraordinaria de la Encarnación y de la Redención del divino Verbo.

María de Nazaret es la Virgen desposada con un varón de la casa de David llamado José; y tanto él como Ella, de modo distinto, recibieron al ángel del Señor quien les anunció el Mensaje de los mensajes: «José, hijo de David , no temas en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mateo 1, 20-21); y el ángel Gabriel se le apareció a la Santísima Virgen, quien estaba desposada con un varón llamado José, de la familia de David, y le dijo:..Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres… No temas, María, pues hallaste gracia a los ojos de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? Y respondiendo el ángel, le dijo: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (Lucas 1, 28-35).

Y ante tal palabra de Dios, María Santísima pronuncia el hágase en mí según tu palabra y San José aquella palabra la pone por obra: recibe en su casa a María. Se cumplen las promesas; la promesa del Dios de Dios de Israel se hace cumplimiento: El Verbo, aquel que es la Palabra, se hizo hombre, quien habría de morir por nuestros pecados y resucitar por nuestra justificación, como afirmara san Pablo.

José, la fe en obra

La fe de Santa María se expresa en sus palabras; san José, como lo presentan los Evangelistas, más bien se expresa en sus obras. Buena tarea haríamos al recorrer los textos de la Sagrada Escritura y leerlos en esta perspectiva de las vocaciones de María y de José, en la misión que les corresponde dentro de la Historia de la Salvación.

Pasan del desposorio al matrimonio; de su perplejidad ante lo insólito y su implicación en el cumplimiento de la profecía de la Virgen que concebiría al Emmanuel; dos corazones y dos cuerpos virginales unidos en el plan de Dios: María concibe por obra del Espíritu Santo, y José, varón justo, cuida y protege la Virginidad de María y el misterio de la Encarnación.

José, además receptor de la promesa mesiánica, une al Mesías a la estirpe de David. Ante este prodigio del amor de Dios, Uno y Trino, ¿cómo no solazar nuestro corazón creyente con las palabras de los Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo, quien nos habla de José, padre y «salvador»del Salvador del mundo; o de san Agustín, que nos habla de José como padre virginal del Hijo de Dios; de los grandes santos y doctores de la Iglesia, como santo Tomás, quien con su majestuosidad lapidaria nos habla de la conveniencia de que Jesús naciera de una Virgen desposada; de san Bernardo de Claraval, que considera a san José único coadjutor fidelísimo del gran designio; o de santa Teresa de Ávila, quien recomienda por experiencia el gran bien que es encomendarse a san José; de san Francisco de Sales, sobre sus virtudes, y muchos santos más; y que no podemos pasar por alto a santa Teresita de Lisieux quien contempla a san José en la intimidad de la Familia de Nazaret y descubre en él a quien vive la infancia espiritual.

Los Papas hablan de San José

Para conocer mejor el el sentido de la Iglesia sobre san José por el magisterio pontificio, para que se dé en nosotros el sentire cum Ecclesia-sentir con la Iglesia: Pío IX: con los documentos Quemadmodum Deus (1870) y el Inclytum Patriarcham (1871) se proclama a san José Patrono de la Iglesia Católica. Se exhorta a tener confianza ferviente en su patrocinio.

León XIII: el papa iniciador de la doctrina social de la Iglesia, el que fomentó la consagración del universo al Corazón de Jesús, el que promovió el culto al Espíritu Santo, es el autor de la única encíclica sobre san José, la Quamquam pluries: la palabra autorizada de este Papa nos invita a acostumbrarnos a invocar con piedad ferviente y espíritu de confianza, juntamente con la Virgen Madre de Dios, a su castísimo esposo san José, y nos señala la razón específica por la que san José es considerado Patrono de la Iglesia y ésta espera muchísimo de su tutela y patrocinio: él fue esposo de María y padre, según era considerado, de Jesucristo. De aquí dimana toda su dignidad, gracia, santidad y gloria. Dios dio a la Virgen a San José por esposo, no sólo se lo dio como compañero de su vida, testigo de su virginidad, protector de su honestidad, sino también como participante de su excelsa dignidad, por razón de aquel vínculo conyugal. Recuerda también el haber sido custodio del Hijo de Dios; de aquí sobresale su gran dignidad. Era su custodio, cabeza y defensor legítimo y natural. Al final nos ofrece una oración bellísima de la cual tomamos unos párrafos: … Proteged, providentísimo custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha contra el poder de las tinieblas…defended a la Iglesia Santa de Dios de todas las acechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, a fin de que, a ejemplo vuestro, sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar, en el cielo, la eterna bienaventuranza. Amén.

Pío XII: el 25 de julio de 1920 en el breve Bonum sanae, recuerda el patrocinio universal de san José sobre la Iglesia, insiste en su patrocinio sobre la familia cristiana, el trabajo y la muerte, confiando a él la protección de los moribundos.

Beato Juan XXIII: su ferviente devoción a San José, aderezada con una fuerte convicción y un lenguaje sencillo y cordial, nos ofrece páginas y testimonios de quien confía plenamente en su auxilio y protección. El Papa iniciador del concilio Vaticano II proclama con sumo gozo a san José Patrono del mismo Concilio. Además, lo propone como modelo a los Padres Conciliares. El Concilio es obra de Dios. Y esta obra exige recogimiento y oración, docilidad y espíritu sobrenatural. Estas son las virtudes de las que san José no cesó de darnos silenciosamente el más luminoso ejemplo…

Juan Pablo II: nos lega la exhortación apostólica Redemptoris Custos. No concluye con la bendición apostólica acostumbrada, sino que suplica a san José que bendiga a la Iglesia. Ratifica el magisterio anterior de los papas, sobre todo el de Pablo VI, al poner a José y María en el comienzo de la obra divina de la redención de la humanidad; a San José como nuevo Adán, en el principio de los caminos del Señor, con una intención eminentemente pastoral, para que todos los hijos de la Iglesia pongan su confianza en José y en María, como inicio de los caminos de la salvación.

También nos señala el cómo José y María recibieron la gracia y el carisma de vivir la virginidad y el matrimonio al servicio de la Encarnación redentora. Nos invita a que crezca en nosotros la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. En san José tenemos un modelo humilde y maduro de servir y participar en la economía de la salvación.

Por todo lo expuesto, debemos dejar la postura minimalista sobre San José y darle en nuestra vida el lugar que le asignó el Padre para que se manifestara como sacramento de su paternidad entrañable.

P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

domingo, 10 de febrero de 2019

LA FE CRISTIANA ES LA ÚNICA RELIGIÓN VÁLIDA Y QUERIDA POR DIOS

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Monseñor Athanasius Schneider
Colaboración especial para Rorate Caeli
8 de febrero de 2019
El don de la adopción filial
La Fe cristiana es la única religión válida y querida por Dios
“La verdad de la filiación divina en Cristo, que es intrínsecamente sobrenatural, es la síntesis de toda la revelación divina. La filiación divina es siempre un don gratuito de la gracia, el don más sublime de Dios para la humanidad. Este don se obtiene, sin embargo, sólo a través de la fe personal en Cristo y la recepción del bautismo, como enseñó el mismo Señor:
“En verdad, en verdad os digo si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne es carne, y lo que es nacido del espíritu es espíritu. No se sorprendan si le dije: ustedes deben nacer de lo alto “(Juan 3, 5-7).
En décadas pasadas oía a menudo, incluso de boca de algunos representantes de la jerarquía de la Iglesia – declaraciones sobre la teoría de los «cristianos anónimos». Esta teoría dice lo siguiente: la misión de la Iglesia en el mundo consistiría en última instancia, en suscitar la conciencia de que todos los hombres deben tener de su salvación Cristo y por lo tanto de su filiación divina. Ya que, según la misma teoría, cada ser humano tendría ya la filiación divina en la profundidad de su persona. Sin embargo, tal teoría contradice directamente la revelación divina, tal como Cristo la enseñó y como sus apóstoles y la Iglesia la han transmitido siempre por dos mil años inmutablemente y sin sombra de duda.
En su ensayo “La Iglesia de los Judíos y los Gentiles” (“Die Kirche aus Juden und Heiden”) Erik Peterson, el conocido converso y exégeta, hace ya tiempo (en 1933) advirtió contra el peligro de tal teoría, al afirmar que no puede reducirse el ser cristiano (“Christsein”) al orden natural, en el que los frutos de la redención obrada por Jesucristo, serían imputados generalmente a cada ser humano como una especie de herencia, sólo porque ellos comparten la naturaleza humana con el Verbo Encarnado. Por el contrario, la filiación divina no es un resultado automático, garantizado a través de la pertenencia a la raza humana.
San Atanasio (cf. Oratio contra Arianos [Discurso contra los Arrianos], II, 59) nos dejó una sencilla y a la vez precisa explicación de la diferencia entre el estado natural de los hombres como criaturas de Dios y la gloria de ser hijos de Dios en Cristo. San Atanasio desarrolla su pensamiento a partir de las palabras del Santo Evangelio de San Juan, quien dice:
“Él ha dado poder para llegar a ser hijos de Dios a los que creen en su nombre, los cuales ni por la sangre ni por la voluntad de la carne ni por el deseo del hombre, sino por Dios han sido engendrados” (Juan 1, 12-13). San Juan usa la expresión “han sido engendrados” para decir que el hombre se convierte en el hijo de Dios no por naturaleza sino por adopción. Este hecho demuestra el amor de Dios, porque Aquel que es su Creador se convierte también en su Padre. Esto sucede, como dice el apóstol, cuando los hombres reciben en sus corazones el Espíritu del Hijo Encarnado, que clama en ellos: “¡Abba, Padre!” San Atanasio continúa en su reflexión diciendo: como seres creados los hombres pueden convertirse en hijos de Dios exclusivamente a través de la fe y el bautismo, recibiendo el Espíritu del verdadero y natural Hijo de Dios. Precisamente por esta razón la Palabra se hizo carne, para hacer a los hombres capaces de la adopción filial y participación en la naturaleza divina. Por lo tanto, por naturaleza Dios, estrictamente hablando, no es el Padre de los seres humanos. Sólo aquel que acepte conscientemente a Cristo y sea bautizado, podrá gritar en verdad: “Abba, Padre” (Rom. 8, 15; Gal. 4, 6).
Desde el principio de la Iglesia había una afirmación, como testifica Tertuliano: “Ningún cristiano nace, cristiano se hace” (Apol., 18, 5). y San Cipriano de Cartago ha formulado esta verdad, diciendo: “No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por Madre” (De Unit., 6).
La tarea más urgente de la Iglesia en nuestros días consiste en ocuparnos del cambio del clima espiritual y del clima de migración espiritual, a saber, que desde el clima de no-fe en Jesucristo y el clima de rechazo de la realeza de Cristo se produzca un traslado hacia un clima de fe explícita en Jesucristo y de la aceptación de Su realeza, y que los hombres puedan migrar desde la miseria de la esclavitud espiritual de la no-fe a la felicidad de ser hijos de Dios, y de la vida en pecado migrar al estado de la gracia santificante. Estos son los migrantes de los que debemos ocuparnos urgentemente.
El cristianismo es la única religión querida por Dios. Por lo tanto, el cristianismo nunca puede ser puesto de manera complementaria junto a otras religiones. Quien apoyase la tesis de que Dios querría la diversidad de religiones, violaría la verdad de la Revelación Divina, como se halla inconfundiblemente afirmada en el primer mandamiento del Decálogo. De acuerdo con la voluntad de Cristo, la fe en Él y en su enseñanza divina debe sustituir a otras religiones, sin embargo no con fuerza, sino con una persuasión amorosa, como expresa el himno de Alabanzas (Laudes) de la fiesta de Cristo Rey: “Non Ille regna cladibus, non vi metuque subdidit: alto levatus stipite, amore traxit omnia“(“No por la espada, la fuerza y el temor que somete a los pueblos, sino exaltado en la Cruz atrae amorosamente a todas las cosas hacia Sí “).
Sólo hay un camino a Dios, y éste es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy el camino” (Juan 14, 6). Sólo hay una verdad, y éste es Jesucristo, porque él mismo dijo: “Yo soy la verdad” (Juan 14, 6). Sólo hay una vida verdaderamente sobrenatural, y éste es Jesucristo, porque Él mismo dijo: “Yo soy la vida” (Juan 14, 6).
El hijo de Dios Encarnado enseñó que fuera de la fe en Él no puede haber una verdadera religión que agrade a Dios: “Yo soy la puerta: Si uno entra a través de mí, será salvado” (Juan 10, 9). Dios mandó a todos los hombres, sin excepción, que escucharan a su Hijo: “Éste es mi hijo muy amado: ¡Escúchenlo!” (Mc. 9, 7). Dios no dijo: “Puedes escuchar a mi Hijo u otros fundadores de las religiones, ya que es mi voluntad que haya religiones diferentes”.
Dios ha prohibido reconocer la legitimidad de la religión de otros dioses: No tendrás otros dioses delante de mí (Ex. 20, 3) y ¿Qué comunión puede haber entre la luz y las tinieblas ¿Qué acuerdo entre Cristo y Belial, o qué colaboración entre creyente y no creyente? ¿Qué acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos? (2 Cor. 6, 14-16).
Si las otras religiones correspondieran igualmente a la voluntad de Dios, no habría habido condenación divina de la religión del becerro de oro en tiempos de Moisés (cf. Ex. 32, 4-20); entonces, los cristianos de hoy podrían, con impunidad, cultivar la religión de un nuevo becerro de oro, ya que todas las religiones, según esta teoría, serían igualmente agradables a Dios.
Dios dio a los apóstoles y a través de ellos a la Iglesia para todos los tiempos la orden solemne de enseñar a todas las naciones y a los seguidores de todas las religiones la única fe verdadera, enseñándoles a observar todos sus mandamientos divinos y bautizarlos (cf. Mt. 28, 19-20). Desde el comienzo de la predicación de los Apóstoles y desde el primer Papa, el Apóstol San Pedro, la Iglesia siempre ha proclamado que en ningún otro nombre está la salvación, es decir, no hay otra fe bajo el cielo, en la que los hombres pueden ser salvos, que en el Nombre y fe en Jesucristo (cf. Hch. 4, 12).
En palabras de San Agustín la Iglesia enseñó en todo momento: “Sólo la religión cristiana indica el camino abierto a todos para la salvación del alma. Sin ella no se salvará ninguna. Esta es la vía regia, porque sólo ella conduce no a un reinado vacilante para la altura terrenal, sino a un reino duradero en la eternidad estable “(De Civitate Dei, 10, 32, 1).
Las siguientes palabras del gran Papa León XIII dan testimonio de la misma enseñanza inmutable del Magisterio en todo momento, cuando afirma:
“El gran error moderno del indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos es el camino oportunísimo para aniquilar todas las religiones, y en particular a la católica que, única verdadera, no puede sin una enorme injusticia ser puesta en un pie de igualdad junto a las demás”(Encíclica Humanum Genus, no. 16)
En los últimos tiempos, el magisterio ha presentado sustancialmente la misma enseñanza inmutable en el documento “Dominus Iesus” (6 de agosto de 2000), del que citamos algunas afirmaciones relevantes:
“A menudo se identifica la fe teologal, que es la recepción de la verdad revelada por Dios uno y el Trino, y la creencia en otras religiones, que es experiencia religiosa todavía en busca de la verdad absoluta y privada aún del acceso a Dios que se revela. Esta es una de las razones por las que se tiende a reducir, a veces hasta anularlas, las diferencias entre el cristianismo y otras religiones “(n. 7)
Serían contrarias a la fe cristiana y católica esas propuestas de solución, que contemplan una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo”(n. 14)
“No pocas veces se propone evitar en teología términos como “unidad”, “universalidad”, “absoluto”, cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo en el significado y valor del evento salvífico de Jesucristo en relación con las otras religiones. En realidad, este lenguaje simplemente expresa la fidelidad al dato revelado” (n. 15)
Sería contrario a la fe católica considerar a la Iglesia como un camino de salvación junto a los constituidos por otras religiones, que serían complementarios a la Iglesia, de hecho sustancialmente equivalentes a ella, aunque convergiendo con esto hacia el Reino escatológico de Dios”(n. 21)
“La verdad de la fe excluye radicalmente esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que conduce a la creencia de que “una religión es lo mismo que la otra “(Juan Pablo II, encíclica Redemptoris missio, 36)” (n. 22).
Los apóstoles y los innumerables mártires cristianos de todos los tiempos, especialmente los de los tres primeros siglos, habrían evitado el martirio si hubieran dicho: “La religión pagana y su culto es una manera que también corresponde a la voluntad de Dios”. No habría habido, por ejemplo, una Francia cristiana, “la primogénita hija de la Iglesia”, si San Remigio le hubiera dicho a Clovis, rey de los Francos: “no debes abandonar tu religión pagana; puedes practicar con tu religión pagana la religión de Cristo”. De hecho, el santo obispo habló de manera diferente, aunque de forma bastante abrupta: “¡Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado!”
La verdadera hermandad universal sólo puede existir en Cristo, es decir, entre los bautizados. La gloria plena de la filiación divina sólo se logrará en la visión bienaventurada de Dios en el cielo, como lo enseña la Sagrada Escritura:
“¡Mira qué gran amor nos ha dado el Padre para ser llamado hijos de Dios, y nosotros lo somos de hecho! Es por eso que el mundo no nos conoce: porque no lo ha conocido a Él. Queridos míos, somos hijos de Dios a partir de ahora, pero lo que vamos a ser no se ha revelado todavía. Sabemos, sin embargo, que cuando se manifieste, estaremos como Él, porque lo veremos tal como es” (1 Juan 3, 1-2). 
Ninguna autoridad en la tierra – ni siquiera la autoridad suprema de la Iglesia – tiene el derecho de dispensar a cualquier seguidor de otra religión de la fe explícita en Jesucristo, es decir, de la fe en el Hijo de Dios encarnado y en el único Redentor de los hombres asegurándoles que las diferentes religiones son como tales, deseadas por Dios mismo. Indeleble -porque están escritas con el dedo del Dios y cristalinas en su significado- permanezcan, por el contrario, las palabras del Hijo de Dios: “Quien cree en el Hijo de Dios no está condenado, pero quién no cree ha sido condenado ya, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios ” (Juan 3, 18).
Esta verdad fue válida hasta ahora en todas las generaciones cristianas y seguirá siendo válida hasta el fin de los tiempos, independientemente de si algunas personas en la Iglesia de nuestro tiempo tan inestable, cobarde, sensacionalista y conformista, reinterpretan esta verdad en un sentido contrario al tenor de las palabras, planteando así esta reinterpretación como continuidad en el desarrollo de la doctrina.
Fuera de la fe cristiana, ninguna otra religión puede ser un verdadero camino y ser querido por Dios, porque esta es la voluntad explícita de Dios, que todos los hombres crean en su Hijo:  “Esta es efectivamente la voluntad de mi Padre: que quien ve al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna” (Juan 6, 40).
Fuera de la fe cristiana ninguna otra religión es capaz de transmitir la verdadera vida sobrenatural: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” (Juan 17, 3).
8 de febrero de 2019
+ Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Maria Santisima en Astana