REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 13 de julio de 2018

LA VERDAD DE LOS PRESOS DEL VALLE DE LOS CAÍDOS


El historiador español D. Alberto Bárcena nos introduce, tras una ardua investigación que ha durado 7 años sumergido en las fuentes originales y veraces de los archivos sobre el Valle de los Caídos ubicados en el Palacio Real de Madrid, en las tergiversaciones y manipulaciones que se han vertido sobre los supuestos "crímenes de presos" que trabajaron en la construcción del Valle durante el régimen del Generalísimo. La realidad es muy otra. Estos presos pedian trabajar en el Valle, tenían nóminas laborales equivalente a la de los trabajadores libres, e incluso, al finalizar su trabajo o pena tenían derecho a una vivienda en Madrid, vivian en poblaciones bien acondicionadas, con escuelas para su hijos y familiares y temporada de vacaciones.
Desde este portal defendemos la magestuosa obra del régimen del Generalísimo Francisco Franco, hombre de genio que contribuyó como ningún otro, en los últimos tiempos, a la difusión y expansión de la CRISTIANDAD y sus valores eternos. La historia verdadera sabrá situar al Caudillo en el lugar que le corresponde, como un gran héroe de nuestra amada patria España y un bien para la humanidad. Al mismo tiempo D. Alberto exalta la excelente labor pastoral del R.P. JOSÉ AGUSTÍN PÉREZ DEL PULGAR considerado entre los presos como un hombre de Dios querido y estimado, y hoy, al igual que el Caudillo, defenestrado por la historiografía "progre" y decadente.

EL VALLE DE LOS CAÍDOS. LA VERDAD DE LA HISTORIA

Padre Santiago Cantera, Prior del Monasterio de Santa Cruz del Valle de los Caídos.

lunes, 4 de junio de 2018

COLOSAL HOMILÍA DEL EX ARZOBISPO PLATENSE MONSEÑOR AGUER

La sangre y el perdón
Homilía en la Misa de Corpus Christi
Iglesia Catedral, 2 de junio de 2018
        Había llegado el día en que se sacrificaba el cordero pascual, y Jesús encomienda a sus discípulos que preparen la comida ritual de la celebración. La indicación y su cumplimiento parecen un suceso misterioso, pero ocurrido en una situación que resultaba habitual para esa fecha. A los comienzos, según se lee en el Deuteronomio  (16, 7), la pascua debía celebrarse en el atrio del templo, pero después se transfirió a las casas; se hizo rito hogareño. Era costumbre que los habitantes de Jerusalén ofrecieran generosamente lugar a los peregrinos para cumplir con la fiesta. Los discípulos, siguiendo el mandato recibido, debían encontrar el lugar adecuado, matar el cordero, preparar panes ácimos y disponer la mesa con sus accesorios. Todo sucedió tal como la providencia de Jesús lo había planeado.
         La comida propiamente tal, después de lavarse las manos, consistía en compartir el cordero asado, según lo prescrito y en las tradiciones. Sin embargo, la precedía un “aperitivo”, por llamarlo así; se pasaba una primera copa, antes y después de la cual correspondía una alabanza; seguían las hierbas amargas, mojadas en vinagre, y la compota –jarosét, en hebreo- de dátiles, higos y pasas. Después de un primer rezo de salmos venía la segunda copa, cuando se explicaba el sentido de la fiesta: el paso, la pascua, de Israel de la esclavitud a la libertad; el pan ázimo era un memorial de aquella intervención de Dios en favor de su pueblo. Recordemos rápidamente que la eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo, cordero inmolado y pan de vida. La tercera copa ritual, de bendición, corresponde en la Última Cena a la consagración del vino como sangre de la alianza nueva y definitiva, que es derramada en la cruz por la comunidad y para que el mundo entero llegue a ser Iglesia de Dios. El gesto de tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo es la berajá, la oración judía sobre la mesa, que Mateo y Marcos llaman eulogía, y Lucas y Pablo eujaristía.
         Las palabras de la institución eucarística nos son transmitidas con variantes en los tres evangelios sinópticos y en la primera Carta a los Corintios, pero todas las fórmulas recogen lo esencial: el cuerpo y la sangre del Señor son dados a comer y beber. Esa celebración de la Cena ocurre insertada en el dinamismo de la Pasión, sacrificio de la Nueva Alianza para el perdón de los pecados. Este año, la liturgia de la Palabra subraya el valor de la sangre, que tenía una importancia capital en el ritual de los sacrificios del Antiguo Testamento; hacía referencia a aquella sangre que señaló las puertas de los israelitas en Egipto para librarlos del exterminador. En los pueblos primitivos la sangre está siempre en relación con lo sagrado y con la creación de una comunidad. Según el Levítico la sangre es el alma de la carne, el principio vital del cuerpo (17, 11). Carne y sangre constituyen, según el pensamiento bíblico, al hombre en su naturaleza perecedera. El Hijo eterno de Dios, el Logos, asumió nuestra condición mortal; se hizo carne, sárx (Jn. 1, 14). En el llamado Discurso Eucarístico del cuarto  evangelio  (Jn. 6, 53-56), Jesús promete  que su carne –sárx– será comida-brósis- y su sangre-háimá– será bebida –pósis-. En las  palabras de la  Cena en  lugar de  carne se dice cuerpo -sōma-. El cuerpo carnal del Señor y su sangre preciosa, tomados de María, hacen presente en el sacramento eucarístico a la persona misma de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre: cuerpo, sangre, alma y divinidad, como aprendí a recitar del catecismo a los siete años. Esa presencia del Resucitado, que lleva los estigmas de la Pasión, el cuerpo entregado y la sangre derramada, anticipan la comunión celestial de los fieles con él y nos inducen a valorar debidamente la vida humana, la carne y la sangre de todo hombre, imagen de Dios.
         El carácter sagrado de la sangre sustenta el precepto del decálogo que prohíbe el homicidio. El derramamiento de la sangre del prójimo reclamaba venganza. la cual era regulada cuidadosamente en la Torá de Israel. La historia del hombre exiliado del jardín del Edén comienza con una maldición que tuvo y tiene una vigencia terrible: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará (Gén. 3, 16). Ningún feminismo triunfante podrá evadirla totalmente; sólo la recepción humilde y obediente de la sangre de Cristo es la auténtica liberación de la mujer. Aquella historia inicial continúa con el primer homicidio; la sangre inocente reclama ser vengada: la sangre de tu hermano grita a mí desde el suelo (Gén. 4, 10). La figura del inocente Abel se cumple en Cristo; su sangre recoge la sangre de todos los inocentes asesinados, que clama venganza. Así caerá sobre ustedes toda la sangre inocente derramada en la tierra desde la sangre del justo Abel; esto dijo Jesús en su inventiva contra los escribas y fariseos (Mt. 23, 35). Tomen nota los diputados y senadores,  los que se aprestan a legalizar el crimen abominable. No lo llamo yo así, lo hace el Concilio Vaticano II en el párrafo 51 de la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Se escandalizaron en el Congreso, durante el pseudo debate que acaba de concluir cuando un médico presentó un video en el que aparece la realidad sangrienta del aborto: el niño por nacer – porque es eso un embrión de 14 semanas- arrancado a pedacitos del nido en el que debía crecer, para ser arrojado en un tacho de residuos biológicos. La operación podrá ser realizada en condiciones asépticas, por cierto, pero ¿sobre quién, sobre qué cabezas recaerá la sangre, mezclada, del niño y de su madre? Las almitas inocentes serán acogidas en la misericordia de Dios, ¿pero quién librará a una sociedad asesina de los pobres, de los más pobres e indefensos, quién la librará del clamor de la venganza inseparable de la sangre derramada?. No será, de seguro, el Fondo Monetario Internacional. En la carne y la sangre de la niña violada, embarazada sin quererlo, y en la de la carne y la sangre de su hijito sacrificado, están -unidos por una misteriosa fraternidad- la carne y la sangre de Cristo. Caín, Herodes, Pilatos, y todos los verdugos, pueden atarse al cuello un pañuelo verde. El precio del crimen abominable le será cobrado al mundo el día del juicio, y  a la sociedad argentina mucho antes. El paso que algunos están empecinados en dar ya se está pagando, anticipadamente, en las actuales e irremediables desdichas. Llama la atención, para llorar, la adhesión de las izquierdas del arco político, que proclaman, creo que sinceramente, los derechos de los pobres, a la iniciativa típicamente burguesa de poder liquidar legalmente a los niños aún no paridos. Es una iniciativa falazmente presentada como en favor de los pobres por los que no quieren que se reproduzcan los pobres, y lo hacen porque no saben, no pueden o no quieren arrancarlos de su situación de pobreza. Vuelvo sobre mis palabras. Si yo digo que el aborto es un crimen abominable, se altera el cotarro de los “comunicadores”, y a mucha gente discreta que trabaja por la cultura del encuentro le parecerá una expresión exagerada, irrespetuosa y molesta. Pero lo dijo el Vaticano II, y nadie lo recuerda. La verdad de la fe acerca del cuidado de toda vida, sólo viene a confirmar certezas científicas, filosóficas, jurídicas, sociológicas, psicológicas y políticas; el argumento teológico, la Sagrada Escritura y el magisterio eclesial son un sello que acredita la verdad de la naturaleza inscripta en el precio de la sangre. Que piensan esto las “católicas por el derecho a decidir”, y los democráticos entusiastas del debate.
         En cada una de las especies eucarísticas está Jesucristo todo entero; en la hostia consagrada está su sangre, y en el cáliz en el que el vino dejó de ser vino, está su carne. Dentro de un rato, pasearemos al Corpus, brevemente, por nuestras calles, y luego él bendecirá a la ciudad indiferente. Pero no son indiferentes nuestros corazones, sino llenos de lúcido fervor y de esperanza.
         A la hora doce de Roma se publicó hoy la noticia de que el Santo Padre Francisco aceptó la renuncia al cargo de arzobispo de La Plata que le presenté hace unos días, poco antes de cumplir 75 años, como lo “ruega” el derecho canónico. Mi sucesor es monseñor Víctor Manuel Fernández, ex Rector de la Universidad Católica Argentina, quien iniciará su ministerio como pastor de esta Iglesia particular dentro de pocos días, para que el 29 de este mes pueda recibir de manos del Sumo Pontífice el palio, que es la insignia de los arzobispos metropolitanos. Así me lo comunicó el Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica. Es asombroso comprobar cómo los periodistas anuncian anticipadamente lo que va a ocurrir, aunque se trate de hechos velados por el secreto pontificio, porque este es el más vulnerable de los secretos. Muchos de ustedes recibirán una revistita parroquial, que, de seguro, no habrá sido editada esta mañana, y que contiene lo que hoy se publicó en Roma.
         El mismo representante de la Santa Sede también me indicó que esta celebración de Corpus Christi sea mi despedida de ustedes. Pienso que a través de ustedes puedo llegar a toda la feligresía. Así lo hago, en efecto, con todo cariño y gratitud, después de un ministerio platense de casi 20 años; uno y medio como coadjutor de mi venerado predecesor, Mons. Galán, y 18 como arzobispo. Todo pasa, todos pasamos; la Iglesia, sea una multitud innumerable de naciones o un pusillus grex, un mínimo rebaño, dura, permanece, hasta que Cristo vuelva.
         Me permito unas pocas palabras de agradecimiento y de disculpa. De agradecimiento, en primer lugar, al Papa Francisco, filialmente, en el amor de Jesús, María y José, como escribí en el texto de mi renuncia. Luego a los sacerdotes y laicos que han trabajado conmigo y aún más que yo; ¿qué podría hacer un obispo sin su presbiterio, y sin los laicos comprometidos con la misión pastoral de la Iglesia, y que llevan adelante tantas iniciativas? De un modo particular pienso en los jóvenes y en los queridos seminaristas que se preparan para ser el clero de mañana. Gracias por el  talento, la laboriosidad, la oración y la lealtad. Sobre todo por la lealtad, que con la sinceridad es un bien tan escaso, que excluye toda simulación, hipocresía y adulación. No puedo hacer nombres, no corresponde, y además, sería una lista larguísima; cada uno sabe, y el Señor más que nosotros.
         Ahora la disculpa; el perdón, mejor dicho: lo pido a quienes se han sentido dañados, perjudicados por mí de cualquier forma. Yo también perdono a quienes me hayan deseado el mal. El perdón recíproco nos identifica como cristianos. Lo dice el apóstol: Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo (Col. 3, 12, ss.) San Pablo añade que el amor es el vínculo de la perfección; vínculo suena en griego a sýndasmos, es lo que ata, aúna y constituye de las partes de un todo, un solo Cuerpo; de ese vínculo y de esa unidad procede la paz. No hay amor sin perdón; se puede discursear de modo conmovedor sobre la misericordia, pero practicarla cuesta mucho. No es posible vivir según el ideal apostólico sin la eucaristía. Dice Pablo: vivan en la acción de gracias, o sean agradecidos; traduciendo literalmente el eujuásristoi gínesthe se podría decir: vuélvanse eucarísticos, háganse eucarísticos (Col. 3, 15).
         Nuestra agrietada Argentina necesita del perdón de Dios y del perdón recíproco entre todos los ciudadanos para superar aquella maldición proferida en un arrebato contagioso de pasión política: ¡al enemigo, ni justicia! La Eucaristía nos hace eucarísticos, y nos preserva, si nuestra libertad consiente, para que esa maldición no penetre en la comunidad de la Iglesia, y podamos entonces aportar a la Patria una fuente de amor y de paz. Meditemos esto mientras acompañamos al Corpus por nuestras calles. Gracias. Amén.
+ Héctor Aguer

jueves, 24 de mayo de 2018

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES


EN LA FIESTA DE JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE


EL SACERDOTE ES...

El Sacerdote es un hombre polifacético en su bien definida personalidad. Su larga carrera de diez, de trece o más años, le da muchos títulos.
Es Médico: cura heridas cancerosas sin sajar con el bisturí, salvando muchas vidas del fracaso. Y a veces -esto no lo puede hacer ningún otro médico- resucita muchos muertos trazando la cruz de la absolución sobre el alma penitente...
Es abogado: defiende las causas humanas ente un tribunal inapelable. Alcanza muchas absoluciones de condenados a pena eterna, y puede conmutar la pena de cadena hasta de siglos, por una oración...
Es Ingeniero: ayuda a orientar muchos caminos; a construir o reconstruir vidas deshechas o incipientes...
Es Maestro: enseña, ese es su papel principal. Enseña cuando se lo permiten las leyes, en las escuelas primarias, en las escuelas superiores, en las universidades. Y enseña siempre, aunque lo martiricen con tormentos de luz o con drogas que despersonalizan; enseña siempre, la única ciencia necesaria según aquella sentencia: “Aquel que se salva sabe y el que no, no sabe nada”.
Es Pescador: Pescador de río por la paciencia en esperar la vuelta del cristiano infiel; pescador de mar por su vida de sacrificio en bien de los demás...
Es Doctor, y pastor, y embajador y guía, y conquistador, capitán... y especialista universal de todos los problemas de los hombres...
El Sacerdote es el hombre de las paradojas y el más desconcertante de los hombres, se le llama “presbítero” -anciano- aunque apenas haya pasado los veinticuatro años que pide el derecho de la Iglesia para hacerlo su ministro. Y aunque esté encorvado por el peso de los años y tenga la cabeza nevada por el invierno de la vida, seguirá diciendo al comenzar su Misa: “Me acercare al altar del Señor que alegra mi juventud”.
Aunque no se haya doctorado en las universidades famosas, es consejero de sabios y de reyes; tiene la potestad de enseñar a todas las gentes, aunque sus homilías son sean una obra de ingenio retórico. Está en el mundo, y vive para el mundo pero no es del mundo...
Es siempre rico, millonario... aunque lleve una sotana raída y verdosa; tiene en sus manos el tesoro de los sacramentos...
Lleva la carga de nuestra humanidad insignificante, y puede con su voz hacer bajar a Yahvé-Hombre a un pequeño trozo de pan, y sus manos creadas pueden sostener al Creador. Su vida humana terminará -siguiendo la condición de criatura-. Pero seguirá siendo SACERDOTE para siempre; por toda la eternidad. Único tratamiento que se puede llevar más allá de la tumba.
Por eso, por su desconcertante personalidad, el Sacerdote es el ser más incomprendido, y por eso el más vituperado.
No se le puede tolerar que este de mal genio, aunque haya gastado todo el día y hasta la noche en servir a los siervos de Dios.
Se le llama rancio cuando sigue derroteros antiguos; novedosos y atrevido si quiere usar en su apostolado los medios modernos.
Se olvida que es sacerdote para todos, y el rico ve mal que trate bien al pobre, y el pobre le llama cochino burgués si atiende a los ricos.
Si su labor brilla se le llama ostentoso; si todos sus trabajos pasan el la oscuridad del anonimato es un holgazán, vividor y algo más.
Por eso deberíamos de admirar al Sacerdote y tratar de comprender las paradojas de su ministerio y todas las modalidades de su personalidad. Por eso deberíamos de rogar siempre por el sacerdote que nos bautizó, por el sacerdote que nos dio la primera comunión, por el que nos asistirá en la última hora. Por todos los sacerdotes: que el Señor guarde el tesoro divino que llevan en pobre vaso de arcilla humana... Que el Señor los guarde del mundo. Que el Señor los santifique.
Padre Aureliano Tapia Méndez
Se publicó cuando era seminarista en la revista del Seminario de Zamora en agosto de 1954

"CREED EN LA FUERZA DE VUESTRO SACERDOCIO"


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA LOS PARTICIPANTES
EN UN CONGRESO SOBRE LAS VOCACIONES SACERDOTALES
HOMILÍA DEL CARD. ZENON GROCHOLEWSKI

Jueves 4 de enero de 2006
Una llamada totalmente singular
El evangelio de hoy (Jn 1, 35-42) narra la llamada de Juan, Andrés y Pedro. El de mañana (Jn 1, 43-51) hablará de la llamada de Felipe y Natanael. La llamada de cada uno de los Apóstoles es totalmente singular. A ninguna otra tarea Jesús ha llamado de ese modo. Además, es impresionante la importancia que atribuyó durante toda su actividad pública a estos Doce y a su formación. Al final de esta comprometedora formación y convivencia con él, les encomendó la misión crucial de la evangelización del mundo. No es difícil constatar que en realidad precisamente ellos y sus sucesores han desempeñado un papel esencial en el desarrollo y en el crecimiento de la Iglesia en el mundo. Su misión ha sido sostenida por el sacramento del Orden, que los ha hecho partícipes de la misión de Cristo sacerdote, cabeza y pastor.
La diferencia entre el modo como Jesús llamó, trató, preparó y envió a los Apóstoles y el modo como llamó a todos los demás a la perfección no permite insertar simplemente la vocación sacerdotal entre todas las demás vocaciones que brotan del sacerdocio común de los fieles, o ponerla al mismo nivel. En efecto, el sacerdocio ministerial está al servicio de todas las demás vocaciones; más aún, es necesario para la realización de todas las demás vocaciones.
Esta reflexión que nos sugieren los evangelios de estos días compone un telón de fondo o un contexto del congreso que estamos celebrando; también constituye el motivo del compromiso totalmente especial en favor de las vocaciones sacerdotales por parte de la Iglesia, por parte de todos aquellos que se interesan por el sano desarrollo de la Iglesia y por la obra de la evangelización.
Hoy, después de que el concilio Vaticano II pusiera justamente de relieve que todos los cristianos están llamados a hacer que la Iglesia viva y crezca, tal vez una percepción no plenamente exacta de la diferencia entre las distintas tareas o formas de apostolado en la Iglesia, indicadas por el Concilio, en cierta medida ha ofuscado tanto la importancia, la esencialidad, como la identidad del sacerdocio ministerial, es decir, la especificidad de esta vocación. Eso puede entorpecer la realización de la vocación sacerdotal. Puede hacer —y probablemente hace— menos atractivo el sacerdocio ministerial incluso a los que piensan en la vocación sacerdotal, puesto que atrae más el pensamiento generalizado, aunque en el fondo esté equivocado, de que pueden realizar su vocación también como laicos comprometidos, sin tener que asumir ciertos sacrificios o compromisos definitivos.
"Creed en la fuerza de vuestro sacerdocio"
En orden a la promoción de las vocaciones al sacerdocio, que sobre todo en nuestros tiempos debe ser un compromiso de todos, tanto de sacerdotes como de personas consagradas y de laicos, creo que es de suma importancia darse cuenta precisamente de la absoluta necesidad de los sacerdotes y de su trascendencia para la vida de la Iglesia y también para el apostolado eficaz de los laicos y para la fructuosa realización de la vida consagrada.
Desde esta perspectiva me han impresionado las palabras que Benedicto XVI dirigió a los sacerdotes en la catedral de Varsovia el 25 de mayo de 2006 "Creed en la fuerza de vuestro sacerdocio" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de junio de 2006, p. 5). Obviamente, estas palabras, dirigidas a los sacerdotes, valen también para una promoción eficaz de las vocaciones sacerdotales. Para promover con empeño y convicción las vocaciones sacerdotales, para orar con perseverancia por las vocaciones sacerdotales, es preciso ante todo creer en la fuerza del sacerdocio ministerial. Se trata de un presupuesto necesario.
El Santo Padre prosiguió luego poniendo de relieve esta fuerza del sacerdocio para la vida de los cristianos, es decir, para la realización de la vida consagrada o del apostolado laical:  "En virtud del sacramento habéis recibido todo lo que sois. Cuando pronunciáis las palabras "yo" o "mío" ("Yo te absuelvo... Esto es mi Cuerpo..."), no lo hacéis en vuestro nombre, sino en nombre de Cristo, "in persona Christi", que quiere servirse de vuestros labios y de vuestras manos, de vuestro espíritu de sacrificio y de vuestro talento. (...) Cuando vuestras manos fueron ungidas con el óleo, signo del Espíritu Santo, fueron destinadas a servir al Señor como sus manos en el mundo de hoy" (ib.).
Para explicar mejor aún la misión propia, específica, del sacerdote, Benedicto XVI, en ese mismo discurso, afirmó:  "Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa:  que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en ingeniería o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual. (...) Ante las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes actuales de pensamiento, que van cambiando; lo que los fieles esperan de él es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada" (ib.).
También recientemente, en el discurso navideño a la Curia romana, el Santo Padre subrayó fuertemente esta configuración del sacerdote como "hombre de Dios" (1 Tm 6, 11). "La misión fundamental del sacerdote consiste en llevar a Dios a los hombres. Ciertamente, sólo puede hacerlo si él mismo viene de Dios, si vive con Dios y de Dios" (Discurso a la Curia romanaviernes 22 de diciembre de 2006:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 6). El Papa ilustró esta afirmación con el episodio de la distribución del territorio entre las tribus de Israel:  "Después de tomar posesión de la Tierra, cada tribu obtiene por sorteo su lote de la Tierra santa (...). Sólo la tribu de Leví no recibe ningún lote:  su tierra es Dios mismo (cf. Dt 10, 9). Sí, para el sacerdote "la base de su existencia, la tierra de su vida es Dios mismo". Teniendo presente esa tarea, el Santo Padre, en el citado discurso a los sacerdotes en Polonia, puso de relieve la necesaria solicitud del sacerdote "por la calidad de la oración personal y por una buena formación teológica". Con respecto a la oración, subrayó:  "No debemos dejarnos llevar de la prisa, como si el tiempo dedicado a Cristo en la oración silenciosa fuera un tiempo perdido. En cambio, es precisamente allí donde brotan los frutos más admirables del servicio pastoral. No hay que desanimarse porque la oración requiere esfuerzo, o por tener la impresión de que Jesús calla. Calla, pero actúa" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de junio de 2006, p. 5).
Asimismo, Juan Pablo II, al inicio de su pontificado, afirmó:  "Un rato de verdadera adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se tratase de la misma actividad apostólica" (Discurso a los superiores generales, 24 de noviembre de 1978, n. 4:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de diciembre de 1978, p. 10).
Hoy es muy importante recordar este factor de la actividad pastoral, porque los sacerdotes se encuentran a menudo involucrados en tantas actividades externas que ya no tienen tiempo para la oración, y así corren el peligro de desvirtuar lo que constituye la esencia del ministerio sacerdotal, perdiéndose en un activismo estéril. Jean-Baptiste Chautard (1858-1935), en su tiempo famoso abad de los trapenses de Sept-Fons, en Francia, preguntó en cierta ocasión a un sacerdote cuál era el motivo del fracaso de su sacerdocio, y recibió una respuesta paradójica:  "Lo que me ha arruinado es el celo" (El alma de todo apostolado, París 1941, p. 76). Sí, un celo imprudente, puramente externo, no arraigado en una profunda vida espiritual, puede llevar a la ruina de la vida espiritual, haciendo ineficaz la actividad de un sacerdote.
Ante su misión, el sacerdote —"hombre de Dios", instrumento en las manos de Dios— puede sentir miedo. Lo afirma también el Papa Benedicto XVI:  "La grandeza del sacerdocio de Cristo puede infundir temor. Se puede sentir la tentación de exclamar con san Pedro:  "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lc 5, 8), porque nos cuesta creer que Cristo nos haya llamado precisamente a nosotros. ¿No habría podido elegir a cualquier otro, más capaz, más santo?" (Discurso a los sacerdotes en la catedral de Varsovia, 25 de mayo de 2006). 
Me vienen a la memoria las palabras del sacerdote poeta polaco, recientemente fallecido, Jan Twardowski (1915-2006): "De mi sacerdocio tengo miedo; mi sacerdocio me infunde temor; ante mi sacerdocio me postro en tierra; ante mi sacerdocio me arrodillo". 
Sin embargo, frente a ese miedo, el Santo Padre nos tranquiliza:  "Pero Jesús nos ha mirado con amor precisamente a cada uno de nosotros, y debemos confiar en esta mirada" (Discurso a los sacerdotes en la catedral de Varsovia, 25 de mayo de 2006).
Conclusión
¿Por qué digo todo esto? No sólo para afirmar o poner de relieve la necesidad absoluta del sacerdocio ministerial y su configuración específica en el misterio de la Iglesia; tengo sobre todo ante los ojos la perspectiva de nuestro congreso: la promoción de las vocaciones sacerdotales.
Aquí se encuentran presentes numerosos sacerdotes. Quisiera que tomarais muy en cuenta la exhortación del Santo Padre:  "Creed en la fuerza de vuestro sacerdocio". De la realización de vuestro sacerdocio en el sentido indicado dependerá también que sepáis ayudar a los jóvenes a descubrir y afrontar con entusiasmo la llamada al sacerdocio.

También a todos los demás presentes —personas consagradas y laicos— quisiera decirles: creed en la fuerza del sacerdocio ministerial. De vuestra correcta idea del sacerdocio ministerial y de la comprensión del papel del sacerdote para la vida de la Iglesia, de la comprensión de su papel para vuestra santificación y para vuestro apostolado, dependerá también la calidad y eficacia de vuestro esfuerzo por promover las vocaciones sacerdotales.
Más aún: en orden a promover las vocaciones sacerdotales no podéis quedar insensibles ante la necesidad de sostener con vuestra oración, con vuestra palabra y con vuestro aliento a los sacerdotes en su recta realización del sacerdocio. El maligno sabe que golpeando al pastor se dispersan las ovejas del rebaño (cf. Mt 26, 31) y actúa en consecuencia. El golpe más fuerte es el que afecta a la profunda unión con Cristo y al auténtico celo sacerdotal que de ella brota, que no tiene nada que ver con un simple activismo externo. Sosteniendo a los sacerdotes en su misión específica, también promovéis, aunque sea indirectamente, las vocaciones sacerdotales.
"Creed en la fuerza del sacerdocio ministerial". Sí, esta exhortación es importante para cada uno de nosotros.
Fuente: vatican.va