REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

miércoles, 19 de marzo de 2014

IN MEMORIAM


HOMILÍA DEL SUPERIOR DE LA FRATERNIDAD
 DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA,
 EN LAS EXEQUIAS  DE LA MADRE MARIA ELVIRA
 DE LA SANTA CRUZ
(21 de marzo de 2006)

“Ya podría yo hablar las lenguas de los ángeles; si no tengo caridad no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría  yo tener el don de predicación y conocer todos los secretos y todo el saber, podría yo tener una fe como para  mover montañas, si no tengo caridad no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo caridad de nada me sirve… La caridad no pasa nunca”.
Estas palabras del Apóstol San Pablo son la Carta Magna de las Hermanas Misioneras de la Fraternidad. A través de ellas Dios nos revela el misterio profundo de nuestra vida y nos deja entrever también el misterio de la eternidad.
El amor es el manantial de la vida, es la fuente en la que brota y se mantiene nuestra existencia. El amor es la respuesta a nuestros interrogantes. El amor es la meta hacia la cual somos atraídos mediante una fuerza misteriosa. El amor es Dios.
La búsqueda de Dios se convierte para todo ser humano en la razón última de su paso por esta vida.
Dime lo que buscas y te diré quien eres, bien podríamos decir. La categoría y la grandeza interior de una persona se  manifiesta en aquello que busca en su vida. El alma que busca a Dios por encima de todas las cosas, como lo primero y lo más importante, como lo único necesario, es el que ha alcanzado la verdadera sabiduría y el camino de una gloria eterna.
Si es el amor la respuesta, la meta y la plenitud. ¿Dónde podemos alcanzarlo? ¿Cómo podremos adquirirlo?.
El Libro del Cantar de los Cantares nos indica con claridad: “Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa se haría despreciable”.
Estas palabras resuenan con una carga profética y estremecedora en la hora presente, en la sociedad del materialismo y de la riqueza, de la técnica y del gran dominio que el hombre ha adquirido en los campos de la ciencia y de la técnica.
 Justamente lo más importante, lo único importante no se puede comprar.
El amor de Dios es un don, es una gracia, es un regalo. Y sólo es posible adquirir la mayor de las riquezas, que es Dios mismo, cuando se emprende el arduo camino de la negación de sí mismo, el camino de la purificación del corazón. No se puede alcanzar el amor de Dios sin el requisito de la humildad, de un corazón pobre y desasido de todo orgullo, de toda vanagloria. El Corazón Inmaculado de María es el referente, el espejo en el que nos debemos mirar si queremos ser agraciados, enriquecidos, transfigurados por el amor de Dios.
¿Y cómo podemos nosotros, pobres y limitadas criaturas, confiar en llegar a alcanzar la gracia y la meta del amor?. ¿Cómo puede el hombre del siglo XXI fiarse de aquello que no puede pesar, contar, medir científica y experimentalmente?.
No se nos ha dado, ni se nos dará otro signo más que el signo de la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Un signo escandaloso, un signo necio para los de corazón orgulloso y arrogante, para los que viven embotados y ebrios en la soberbia de la vida, en la trampa del dinero, en la locura de las bajas pasiones y de los bajos instintos.
No se nos dará otro signo más que el signo del Hijo enviado y entregado a la muerte y una muerte de Cruz.
El amor sólo puede manifestarse y hacerse patente mediante el mismo amor. Un amor crucificado y crucificante. Un amor hasta el extremo. Un amor que da voluntariamente la propia vida. No se la arrebatan, sino que Él voluntariamente la da, la ofrece, como holocausto de suave amor a su Padre y a favor de sus hermanos los hombres.
“Nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos”. Este el signo, la señal que vemos y aprendemos en Cristo crucificado. En el Cristo embriagado en amor divino que da su vida por nosotros que no somos merecedores de ello, pero sí necesitados.
La Cruz de Cristo es la fuerza que vence al mundo, es la sobreabundancia de bien que vence al Maligno y al mal, es el amor que vence al odio, es  la entrega que derrota al egoísmo, es la muerte que vence a la muerte y nos alcanza la vida perdurable.
La Cruz de Cristo y el Corazón traspasado de su Madre Santísima plantada a sus pies, son el beso de Dios a la humanidad creada por amor.
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?. Sólo nuestro rechazo al Amor, nuestro rechazo al Amado.
Llegar a comprender y a vivir, aún con las limitaciones humanas, el misterio de la Cruz, es la ciencia más alta y consumada.
No puedo menos de dar gracias a Jesús y a María al poder constatar que mi Hermana Elvira, mi primera Hija espiritual de la Fraternidad alcanzó a comprender y vivir esa ciencia. Recojo de sus apuntes de conciencia del año 94:
“Ahora veo claro, Jesús, que lo único que quieres de mí, es que viva tan sólo para ti. Que nada ni nadie me distraiga ni me aparte de tu amor.
Cuando hace unas semanas te preguntaba: Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?, Y Tú desde la Custodia me contestabas: Sufrir por mí. Lo cierto es que en mi interior yo decía: pero si es lo que estoy haciendo. Y Tú volvías a repetir: más; sufrir más, pues una buena esposa ha de estar junto a su Esposo, y Yo estoy clavado en la cruz. Debes seguir subiendo la escalera gozosa del sufrimiento si quieres encontrarte conmigo”.
Mis queridos Hermanos, la ciencia de la Cruz, para la Iglesia entera, y también para nuestra pequeña familia la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina, es una ciencia que sólo se aprende en la escuela de María. Es allí en el interior del Corazón Inmaculado donde la Madre nos muestra los tesoros de su Corazón y nos enseña dulce y suavemente a reproducir en nosotros <<los mismos sentimientos de Cristo Jesús>> su Hijo adorable.
Así lo expresaba también la Hermana María Elvira de la Santa Cruz en sus notas personales de conciencia en Junio de 1997:
“Ayúdame María a saber aceptar y llevar con amor la Cruz de cada día. ¡Sólo Dios! ¡Fiat!. Mi vida sólo para Ti, Jesús, y siempre de la mano de María…Gracias María, por se mi aliento y mi fuerza cada día. Corazones Sacerdotales de Jesús y de María, os amo”.
La Santa Misa es el Sacrificio del amor entregado, es la Cruz de Cristo, árbol plantado en medio de la Iglesia y del mundo, cuyo único fruto es el amor. Ese Amor divino que lo penetra todo, lo invade todo y hace nuevas todas las cosas. Ese amor que nos transfigura y diviniza.
Felices las almas que como las vírgenes sensatas tienen prendida la llama del Amor cuando el Divino ladrón, el Místico Esposo, viene a su encuentro para transportarlas a sus moradas atravesando el sueño de la muerte:
 “He aquí que viene el Esposo;  salid a su encuentro”. Será el mismo Esposo quien dejará oír su voz: “Levántate, date prisa, ven del Líbano, esposa mía; ven, que serás coronada. Pasó el invierno con sus escarchas; llegado es ya el tiempo de los cantos”, cánticos de eternidad…Sólo las vírgenes, con exclusión de todos los demás elegidos, podrán entonarlos y saborear su inagotable y misteriosa dulzura. Para ellas hay reservadas delicias inexplicables, ya que habiéndolo abandonado todo por unirse únicamente  a Jesús con fidelidad virginal y un amor sin ningún género de reservas, han obtenido el privilegio incomunicable de “seguir al Cordero a donde quiera que  Él vaya”.

Amén.

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