REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

martes, 11 de febrero de 2014

LOURDES, HOGAR MATERNO


Queridos amigos del Regnum Mariae y queridos lectores:
A lo largo de mi vida he tenido la dicha de acudir en muchísimas ocasiones a la gruta de Massabielle, allí donde Nuestra Señora se apareció repetidas veces a Santa Bernardita.
Esas posibilidades que la Divina Providencia me brindó desde que era un adolescente y también a lo largo de mi vida sacerdotal, las considero como una de las mayores gracias recibidas de Dios y de la Madre celestial.
La presencia espiritual de la Inmaculada se hace notar con especial fuerza en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes.
Esa presencia maternal es permanente, dulce, apacible y entrañable.
Lo primero que descubrí siempre que acudí a Lourdes fue la impactante convicción de que no era yo el buscador sino el buscado, el esperado, el acogido.
Cuando uno se acerca a  la humilde gruta de Massabielle se encuentra con la imagen de la Madre que está allí de pie en actitud de espera y de tierna acogida hacia todos y cada uno de sus hijos.
No hay puertas a las que llamar, porque la casa de la Madre no tiene puertas, como no las tiene su Corazón Inmaculado, siempre abierto para recibirnos y acogernos con celestial ternura.
Su actitud es la de la Madre que nos sale al encuentro, que está allí para recibirnos sin hacernos esperar, para abrazarnos antes de dejarnos hablar, para escucharnos sin tasa de tiempo, sin prisas. Es toda nuestra y toda para nosotros, para cada hijo en particular y para todos los hijos unidos en torno a Ella.
Uno siente la tremenda sensación de que Ella llevase allí aguardando ese momento de encuentro desde toda la eternidad. Como si desde lo alto de la gruta Ella hubiese estado siguiendo todos nuestros pasos desde el primer instante de nuestra vida.
Su estampa es muy similar a la del Calvario: María, la Madre de Jesús; María, la Mujer fuerte que permanece firme y en pie a los pies de la Cruz; María, la Madre que no es dada por el Hijo para que la recibamos en nuestro corazón y en nuestra vida.
Al contemplarla, uno percibe que Ella sigue en pie a los pies de la gran cruz de la historia, a los pies de todas las cruces de sus hijos, a los pies de la Cruz del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia Santa. Y sin palabras, nos enseña y estimula maternalmente a no entregarnos rendidos y echados por tierra, por grandes que sean las dificultades, por dolorosas que sean las circunstancias, por muy tremendos que sean nuestros sufrimientos y penalidades.
A través de Ella nos llega la fortaleza que brota de la Cruz de su Hijo para que podamos mantenernos siempre en pie, para que podamos levantarnos cuantas veces seamos derribados por el Mal, por el dolor, por el pecado o por el sufrimiento.
En Massabielle, la Madre nos recibe con el agua limpia, pura y cristalina que brota de la roca que es Cristo. Y con esa agua nos limpia y nos purifica. Con esa agua apaga nuestra sed, nos refresca y tonifica para que podamos seguir caminando por las veredas de la vida hasta la meta final.
En Massabielle, la Madre nos entrega una antorcha de luz cuya llama ha sido prendida por Ella en las llamaradas de amor del Corazón de Cristo y de su propio Corazón. Y así, con esa antorcha encendida en el fuego sagrado, la Madre nos infunde confianza y seguridad. Para que sea esa luz la que ilumine las noches de nuestro corazón y de nuestra vida. Para que esa luz ilumine nuestros caminos y para que ese fuego nos alivie del frío que podamos sufrir en nuestra peregrinación terrena: el frío del olvido de Dios,  de la dureza de corazón, de la falta de sensibilidad y de amor hacia el prójimo. También para defendernos del frío de la ingratitud, del sentirnos abandonados o perdidos, del frío del desamor recibido, del frío de la traición y de la injusticia.
Lourdes es la Casa de la Madre transformada en hospital de campaña donde Ella cura y sana las enfermedades y las heridas de todos sus hijos.
Lourdes es la pobre gruta transformada en hogar por María, allí donde Ella nos muestra las delicias de su Corazón Inmaculado.
Lourdes, hogar materno, manantial de gracia, tierra de luz, casa de misericordia.
¡Ave María Purísima!
Manuel María de Jesús

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