REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 10 de marzo de 2017

NUEVE DÍAS CON LA MADRE MARÍA ELVIRA

EL PUNTO DE PARTIDA
“Contemplándote realmente presente sobre el altar, yo que no valgo nada, que no tengo apenas estudios, que mi fe es muy pobre y Tú lo sabes, Señor. Yo que no tengo nada que ofrecerte más que esas pequeñas molestias…De verdad, Señor, que me pregunté si de veras yo te servía para algo”
         (Notas de conciencia de la  Madre María Elvira)
Lo primero en lo que hemos de fijarnos es en la posición desde la cual María Elvira se sitúa ante el Señor. Su disposición espiritual es fundamental para llegar a comprender cómo el Señor hace obras grandes en los corazones sencillos y humildes.
María Elvira no pone ante el Señor su valía; pues afirma: “no valgo nada”.
No se apoya en una preparación académica ni en un bagaje cultural: “no tengo apenas estudios”.
No se acerca al Señor con la presunción temeraria de aquellos que se consideran a sí mismos hombres y mujeres de fe probada: “mi fe es muy pobre y Tú lo sabes, Señor”.
Se presenta ante el Señor desde la más absoluta pobreza: “yo no tengo nada que ofrecerte”.
Y es a partir de su autoconocimiento cuando llega a preguntarse si de veras le servía para algo al Señor.
María Elvira ha sentido la llamada del Señor a la vida consagrada, ha sentido en su interior y ha discernido su vocación para formar parte de una comunidad, cuyos miembros han sido convocados para vivir en fraternidad y ser enviados para trabajar en la extensión del reino de Cristo por medio del reinado maternal de María en las almas.
Ella percibe desde el primer momento y es plenamente consciente de la grandeza de la vocación que el Señor le ha regalado. Pero, como mujer de fina conciencia que es, y dejándose guiar siempre por una recta intención comprende el ideal sublime que el Señor le presenta, al tiempo que es consciente de  su pequeñez y de su pobreza.
A partir de ahí y a lo largo de toda su andadura sus días discurrirán en un continuado acto de fe, de confianza ciega en el Señor y en María; en un acto permanente de abandono en las manos de Dios, apoyada firmemente en la virtud de la esperanza, y entregándose cada vez más al amor de Dios y del prójimo. ¡Así hasta el final, hasta la plenitud de su vida!
El edificio de la vida cristiana, de la vocación  religiosa o sacerdotal, no se pueden levantar si no es sobre los cimientos sobre los que la Madre María Elvira dejó edificar a Dios: la conciencia de la propia nada, de la miseria personal, de la pobreza más absoluta ante Dios.
Sólo así Dios puede edificar y levantar sobre los cimientos del alma un maravilloso templo espiritual como el que edificó y levantó en María Elvira.
Cuando uno se presenta ante Dios consciente de su propia nada, entonces el Señor se vuelca con todas sus riquezas.
Cuando uno no está henchido de su necia sabiduría, el Espíritu lo asiste con los dones de ciencia y de sabiduría, ayudándole a penetrar en el misterio de Dios.
Cuando uno clama al Señor: ¡Señor, aumenta mi fe!, Dios viene en su ayuda haciendo su fe más pura y más fuerte.
Cuando uno siente que nada tiene que realmente valga la pena para ofrecerle a Dios, entonces está en las mejores disposiciones para entregarle la propia vida poniéndola a su servicio, al servicio de su Santa Iglesia y del prójimo.
Así partió la Madre María Elvira de la Santa Cruz en su andadura vocacional, en su fatigosa andadura de mujer consagrada y de cofundadora. Partió y vivió siempre ligera de equipaje, sin apoyarse nunca en sí misma, dejándose guiar espiritualmente por las mociones de Dios, siempre discernidas con el apoyo de la dirección espiritual. Y es que sólo así se discierne lo que viene de Dios y lo que viene del Maligno: desde la humildad, desde la desconfianza en uno mismo, desde la búsqueda conjunta y confiada con los ministros de Jesucristo.
Bien acaba lo que bien empieza, y  María Elvira comenzó bien, perseveró en la buena senda y llegó a la identificación plena con Cristo, siempre tomada de la mano de la Virgen Madre.
Manuel María de Jesús F.F.

jueves, 9 de marzo de 2017

LAS ALMAS DEL PURGATORIO

"Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre
su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios."
                                        -San Agustín
"Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para
darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo."
                                     - Santa Biblia

 Las tres Iglesias: Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos. Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo. Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal. Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.
El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:
1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030).
2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: "La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego". (1Cor. 3, 14).
3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46).
4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: "No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma").
5ª. San Gregorio Magno afirma: "Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".
De San Gregorio se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: "Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio". Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.
La respuesta de San Agustín: a este gran Santo le preguntó uno: "¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?", y él le respondió: "Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él".
¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.
Fuente:ewtn.com

ANIVERSARIO DE LA MADRE MARÍA ELVIRA

Los miembros de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina les invitan a participar en el funeral de aniversario por la Madre María Elvira de la Santa Cruz, Cofundadora de las Misioneras de la Fraternidad, que tendrá lugar el proximo día 17 de marzo en la iglesia parroquial de Santa Mariña de Arcos da Condesa (Pontevedra) a las 6 de la tarde.
De igual modo agradecen a todos tengan la caridad de elevar una plegaria por el eterno descanso de nuestra Hermana.

domingo, 5 de marzo de 2017

IN MEMORIAM

Los miembros de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina ruegan una oración por el eterno descanso de Dom Gérard Calvet, primer Abad del monasterio de Santa Magdalena de Le Barroux

El 28 de febrero de 2017 fue el noveno aniversario de la muerte de Dom Gérard Calvet O.S.B. (1927-2008), fundador y primer Abad del monasterio Sainte-Madeleine di Le Barroux.

Un texto de Dom Gérard:
Conozcan la vida de los antiguos monjes, que en un tiempo se agrupaban en los bosques de Alemania, donde no querían fundar  academias, ni tenían el gusto de disertar sobre abstracciones.
 Qué hacían?
Deforestaban, rezaban, leían en el gran libro de la Sagrada Escritura, se desarrollaban en el arte de vivir juntos, en medio de las poblaciones bárbaras que trataban de imitarlos, cuando no los masacraban.
Hermanos, abran sus  ejemplares de la santa regla, no encontrarán un sistema de evangelización; descubrirán la traza de esta atmósfera dulce, tranquila, de la tierra: un tiempo consagrado a la oración y al trabajo de los campos, la salmodia del día y de la noche, regulado y dispuesto no según un parámetro humano, sino en función de la posición del sol en el cielo.
Veréis el cuidado que el hombre de Dios presta las cosas de la tierra: "se encuentra todo lo necesario , es decir, el agua, el molino, el huerto (RB 66) […] creemos que para el almuerzo […] son suficientes dos platos cocidos (RB 39) […] creemos que a todos puede bastar un cuarto de vino por cabeza (RB 40) […] basta para cada monje una túnica y una cogulla, esta última de lana pesada para el invierno y ligera o lisa para el verano (RB 55) […] en cada temporada, tanto la hora del almuerzo como la cena deben fijarse de manera que todo se puede hacer con la luz del sol, ut cum luz fiant omnia (RB 41)".
Hay allí una gran dulzura.
Lo que Newman llamaba el carácter virgiliano del monacato.
Añadimos la santa Liturgia, con su ciclo anual de las fiestas, que por sí solo es todo un poema: vivir paso a paso los misterios del Señor Jesús; una poesía fresca, tan simple, de la cual no se cansan los humildes y los sabios. Sí, es el espíritu benedictino.
Fuente: Romualdica

EL MASTERPLAN PARA DESTRUIR LA IGLESIA


sábado, 4 de marzo de 2017

TOMADOS DE LA MANO DE MARÍA

"Soledad que ponía a prueba mi fe, que me hacía abrazarme cada vez más a tu Cruz, cogida de la mano de mi Madre, María Santísima"
( Madre María Elvira de la Santa Cruz)
Después de haber creado al hombre vio el Señor que no era bueno que este estuviera solo y creó a la mujer. Ambos fueron creados "a imagen y semejanza de Dios". En el curso de la historia Dios fue revelando a los hombres algunos aspectos de Sí mismo sin que por ello el Ser y la esencia de Dios hayan dejado de ser el mayor de todos los misterios.
Dios se ha dado a conocer como "Uno"-un solo y único Dios-, y como Trinidad de Personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, sin que la Trinidad se oponga a la esencia de un único Ser Divino.
El Apóstol Juan nos transmite la revelación de la esencia de Dios y de la vida intratrinitaria: "Deus caritas est" -Dios es amor-. No puede existir el amor donde no hay alteridad, donde no existe un yo y un tú.
Dios lejos de ser un ser solitario es en realidad lo opuesto a la soledad. Las tres divinas Personas cuya esencia misma es el amor  coexisten en  una "eterna y plena compañía",  dándose entre las tres Personas del Único Dios una eterna relación dialogal y de alteridad.
Dios no ha creado al hombre y a  la mujer -creados ab imago Dei- para la soledad sino para el amor. El amor y sólo el amor es la razón de nuestra existencia y de la creación entera. El amor cuya fuente y cuyo fin se encuentran tan solo en Dios.
La gloria de Dios es el amor, es Dios mismo, es su esencia, su Ser, la relación intratrinitaria entres las tres divinas Personas. Y la gloria de Dios resplandece en la creación entera, obra de su manos y de su amor, y resplendece en el hombre y en la mujer cuando se abren plenamente al amor de Dios y comunican ese mismo amor a los seres de la creación y a su prójimo. Entonces, en el amor y desde el amor todo y todos cooperan a la finalidad última de la creación: "que Dios sea todo en todos"(1ª Cor 15,28).
En realidad la soledad es sólo aparente porque en realidad Dios nunca nos deja solos. Él está siempre a nuestro lado. En Dios somos, nos movemos y existimos (Hch 17,28).
La soledad que mata al hombre se produce cuando este se cierra enteramente al amor de Dios y al amor del prójimo.
Es verdad que a lo largo de nuestra vida podemos llegar a experimentar la amargura de la soledad y del abandono que parece arrebatarnos la vida, llegando incluso a desear la misma muerte.
Es verdad que el cáliz de la traición de los amigos, de la pérdida de los seres más queridos; el cáliz de aquel que se ve difamado y calumniado, el cáliz de tantos reveses que aparecen en nuestras vidas... Todo ello es un ajenjo que llega a amargar el alma. Pero, aún así no estamos solos, porque "aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Dios me recogerá"(Salmo 27).
Jesús mismo experimentó en carne propia todas cuantas angustias, dolores y sufrimientos podamos experimentar los seres humanos. En el Huerto de Getsemaní el alma de Jesús se entristeció y se angustió hasta la muerte, pero Él oró con todas sus fuerzas llamando a su Padre. Y cosido al madero de la cruz llegó a experimentar la ausencia misma de su Padre. Ningún ser humano experimentó ni experimentará jamás la profundidad del sufrimiento interior de Jesús. Nadie como Él llegó a tocar en plenitud el fondo de la oscuridad y de la amargura.
En medio de todo ello Jesús no se resignó y gritó con todas sus fuerzas llamado y clamando a su Padre. Todos los gritos de la pobre humanidad sufriente son a penas un susurrro comparados con el grito clamoroso de Jesús hacia su Padre. Y en ese grito, y en ese clamor, gritaba y clamaba por todos nosotros y con todos nosotros.
Es verdad que el Padre no intervino para librar a Jesús de las manos de sus perseguidores, de sus calumniadores, de sus verdugos.
Es verdad que el Padre no envió ninguna legión de sus ángeles para librar a su amado Hijo del mayor crimen de la historia. el deicidio, el homicidio del Hijo de Dios hecho hombre para redimir y salvar a los hombres.
Sí, Jesús murió martirizado y triturado en medio de los más terribles dolores físicos y del mayor sufrimiento interior que ningún ser humano pueda padecer. Pero el Padre actuó a su tiempo, a su hora.
Siempre hay una hora y un tiempo que son los que la Providencia de Dios elige para actuar. Y actúa. Actúa siempre.
El Padre despertó a su Hijo Jesús del sueño de la muerte. Jesús resucitó triunfante y glorioso dejando el sepulcro vacío, y sus llagas santas y gloriosas son la señales divinas de su triunfo en su cuerpo resucitado.
La soledad pone a prueba nuestra fe. Hemos de gritar y clamar con fuerza a nuestro Padre.
Cuando experimentamos la soledad hemos de abrazarnos a nuestra cruz que es la cruz de Jesús en nosotros. Y en medio de todas las soledades hay siempre un corazón maternal que late al unísono con nuestro pobre corazón desacompasado. En medio de todas las soledades hay siempre unos ojos maternales que buscan nuestra mirada para infundirnos ánimo y aliento. Es el corazón y es la mirada maternal de María, la Madre de Jesús y Madre nuestra. En su corazón y en su mirada encontró también Jesús la complicidad para hacer resplandecer la gloria de Dios, el amor de Dios, en medio de la mayor de las oscuridades.
La Madre María Elvira, cofundadora de las Misioneras de la Fraternidad, experimentó en medio de sus sufrimientos físicos, pero sobre todo en medio de sus sufrimientos interiores, la noche oscura. Pero, no dejó de clamar, no dejó de ofrecerse, no tiró la toalla. Hasta el último álito de vida buscó con todas su alma la mirada maternal de la Madre celestial para clavar en ella sus ojos y unirse en ofrenda de amor a Jesús  su Esposo Crucificado.
No cabe duda que su triunfo llegará, en la hora de Dios, en el momento de Dios. La semilla caída en tierra dará fruto y fruto abundante.
Corazones generosos, limpios, humildes y sencillos como ella recogerán su antorcha y  consagrarán sus vidas para hacer presente en medio de la Iglesia y del mundo la maternidad espiritual de la Virgen Santísima.
Todos los miembros de la pequeña Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina , al finalizar el X aniversario de la muerte de nuestra Hermana María Elvira, y todas las personas de buena voluntad que lean estas líneas, vivamos intensamente este tiempo de Cuaresma. Vivamos cada día tomados de la mano maternal de María. Tengamos siempre presente que Ella permanecerá siempre a nuestro lado, al pie de nuestra cruz, infundiéndonos valor y alentándonos, y sobre todo comunicándonos la ternura de su amor materno.
P. Manuel María de Jesús F.F.

JESÚS NAZARENO

   Estamos recién estrenada la santa cuaresma y en este primer viernes del tiempo cuaresmal nos detenemos ante Jesús Nazareno con mirada contemplativa.
“¿Quién dice la gente que soy yo?”, preguntaba en una ocasión Jesús a sus Apóstoles. Y después de escuchar las distintas opiniones se dirigió nuevamente a ellos, “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?”.
En muchos lugares se acercan hoy multitud de personas a las imágenes de Jesús Nazareno. Acuden a pedirle las tres gracias.
Podríamos preguntarles, ¿por qué vienes aquí? ¿Quién dices tú que es este Jesús a quien tú acudes? Podemos imaginar que las respuestas serían muchas y muy variadas.
¿Cuántos de todos ellos acuden movidos por una fe verdadera y cuántos lo hacen siguiendo el impulso de una mera costumbre, de una tradición, o simplemente buscando suerte?...
En el relato evangélico al cual nos venimos refiriendo, el Apóstol Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.
Ante semejante respuesta, tan profunda y contundente Jesús exclamó: “Dichoso tú Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. Eso te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos”.
La respuesta del Apóstol Pedro fue una respuesta de fe, de fe verdadera y profunda. Pedro no respondió dejándose guiar simplemente por lo que veían sus ojos – veían un hombre, un hombre de carne y hueso llamado Jesús-. Fue la luz de la fe, la visión sobrenatural, la inspiración de lo alto que es un don de Dios, una gracia venida de lo alto, la que le movió a proclamar la respuesta verdadera: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.
Esta respuesta del Bienaventurado Pedro no era una fórmula aprendida en un libro, no era una afirmación pronunciada tan sólo por sus labios, sino una convicción que salía de lo profundo de su alma, del santuario de su corazón en lo más íntimo y recóndito de su ser. Y esta convicción no era fruto de sus razonamientos, no era fruto de su sabiduría. Era una gracia venida de lo alto, era una luz que invadía todo su ser y le permitía traspasar lo que tenía delante de sus ojos, un hombre, para descubrir en Él al Hijo de Dios vivo.
Las palabras de Jesús manifiestan claramente la naturaleza de la fe. La fe es un don de Dios, el mayor de los dones que en esta vida podemos recibir de Dios. Sólo la fe nos hace gratos a los ojos de Dios y nos posibilita descubrirle a él como  Padre que es fuente y origen de todos los dones, como  Hijo que nos salva y nos redime, como Espíritu santificador, Señor y dador de vida. Sólo la fe hace posible tal milagro. Y cuando el milagro se produce uno encuentra a Cristo y de esa manera halla la luz de la vida, quedan entonces atrás las tinieblas del pecado y de la muerte, se despejan las sombras de la ignorancia y del sin sentido de la vida. Todo se ve con una claridad nueva, con ojos nuevos.
Dios ofrece el don, el hombre libremente lo acoge o lo rechaza. Dios trae en sus manos el tesoro, el hombre lo acoge en la pobre vasija de barro de su corazón, o desgraciadamente da la espalda y se queda en su miseria, en su pobreza, en la más absoluta indigencia.
Nos encontramos llegados a este punto en la elección más decisiva y fundamental del ser humano de ella va a depender radicalmente su vida presente y también su suerte eterna.
“Jesús Nazareno”, expresa el nombre de una persona y de un lugar. Un hombre llamado Jesús y un pueblo, Nazaret.
No se trata sin embargo de un nombre sin más, ni tampoco de cualquier pueblo.
Decir “Jesús”, es mucho más que hablar un hombre bueno “que pasó haciendo el bien”. Esa sería la mirada simplemente humana.
La mirada de fe es la que nos permite descubrir detrás de ese nombre al que es a un tiempo el Hijo de María la Virgen y el Hijo eterno de Dios, a quién el Padre, después de su muerte en la cruz “lo levantó sobre todo y le concedió el –Nombre sobre todo nombre-; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.
Nazaret nos refiere al hogar en el que este mismo Hijo de María e Hijo de Dios vivió la mayor parte de sus años, entregado a la oración, al trabajo, a la vida de familia, porque “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando como uno de tantos”.
Nos dio así ejemplo del valor que tiene a los ojos de Dios el cumplimiento de los deberes cotidianos. Nos mostró que el camino de nuestra santificación pasa por el fiel cumplimiento de nuestras obligaciones cotidianas. Y así, en medio de nuestros quehaceres y al lado de nuestros prójimos podemos glorificar a Dios si vamos creciendo en sabiduría divina y en gracia delante de Dios y de los hombres.
La Cuaresma es una ocasión privilegiada para que nos decidamos a orar más fervientemente: “Señor, yo creo pero aumenta mi fe”, a purificar nuestras relaciones con Dios y con los hermanos “lejos de todo rencor, envidia y rivalidad”, a luchar más decididamente contra nuestras pasiones rebeldes.
Y todo ello bajo la mirada de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios vivo.
“Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. El es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.
Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.
Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente...
A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino” 
 Manuel María de Jesús F.F.