REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)
100 ANIVERSARIO
REGINA MUNDI ET MATER ECCLESIAE
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sábado, 12 de octubre de 2019
sábado, 14 de septiembre de 2019
EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
En la cruz está “el Señor
de cielo y tierra”,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
De la cruz dice la Esposa
a su Querido
que es una “palma preciosa”
donde ha subido,
y su fruto le ha sabido
a Dios del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
Es una “oliva preciosa”
la santa cruz
que con su aceite nos unta
y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo.
Es la cruz el “árbol verde
y deseado”
de la Esposa, que a su sombra
se ha sentado
para gozar de su Amado,
el Rey del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.
El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es “árbol de vida”
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.
Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está “la gloria
y el honor”,
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.
jueves, 22 de agosto de 2019
TOTUS TUUS EGO SUM
1. La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).
En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.
Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157).
2. Mi venerado predecesor Pío XII en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46 [1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635).
En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.
Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.
3. El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.
Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar» (MS 46 [1954] 636-637).
4. Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia.
Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides» (Hom 1: PG 98, 348).
5. Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en san Germán: «Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98, 344).
Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida.
Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo.
María Reina
Catequesis de San Juan Pablo II
23 de julio de 1997
Catequesis de San Juan Pablo II
23 de julio de 1997
¡RUMBO AL REINO DE MARÍA!
Entre las diversas formas de devoción mariana, existe una que puede llamarse perfecta. Así se conoce la que enseña San Luis María Grignion de Montfort, fallecido en 1716, en Francia. En su famoso Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nos enseña esta práctica que es el "camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor". (§152)
El Reino de Cristo, por medio del Reino de María
¿En qué consiste esta perfecta devoción a la Madre de Dios?
Sin pretender agotar un asunto tan vasto, trataremos de presentar las líneas generales de esta devoción, para invitar al lector a profundizar en este verdadero cielo que es el mencionado "Tratado", obra maestra de la piedad mariana.
"Fue por intermedio de la Santísima Virgen que Jesucristo vino al mundo, y es también por su intermedio que Él debe reinar en el mundo" (§ 1). Tal es el designio de la Divina Providencia: el conocimiento y la venida del reino de Jesucristo será consecuencia necesaria del conocimiento y de la venida del reino de María. El reino de Dios en la tierra, pedido en el Padrenuestro - "venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" -, sólo se realizará cuando esta devoción enseñada por San Luis Grignion sea ampliamente practicada en todas partes.
María Santísima, la obra maestra por excelencia del Altísimo, el paraíso terrestre del Nuevo Adán, el divino mundo de Dios, debe desempeñar un papel especial en los últimos tiempos. (1)
En ese período, Ella brillará como jamás brilló, en misericordia, fuerza y gracia. Y tendrá más hijos, servidores y esclavos que en todas las épocas anteriores. Por este medio Jesucristo reinará totalmente en todos los corazones.
No hay nada que nos haga pertenecer más a Jesucristo que la esclavitud de amor a María (2), de acuerdo al ejemplo de Jesús mismo, que por amor a nosotros tomó la forma de esclavo.
Primeramente, sujetándose a permanecer durante nueve meses en el seno virginal de María y, enseguida, dedicando la mayor parte de su vida a la convivencia con su Madre. Dice San Luis Grignion que Jesús dio más gloria a Dios viviendo 30 años oculto, sumiso a María, que si hubiera convertido a toda la Tierra con la realización de los más estupendos milagros.
Una perfecta consagración de sí mismo a María
Lo esencial de la verdadera devoción, advierte el santo, "consiste en el interior que ella debe formar, y, por este motivo, no será comprendida igualmente por todo el mundo. Algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, y no seguirán adelante, y estos serán el mayor número; otros, en número reducido, entrarán en su interior, pero apenas subirán un peldaño. (...) ¿Quién, finalmente, se identificará en esta devoción? Solamente aquel a quien el Espíritu de Jesucristo revele este secreto. Él mismo conducirá a ese estado al alma fiel, haciéndola progresar de virtud en virtud, de gracia en gracia y de luz en luz, para que llegue a transformarse en Jesucristo". (§ 119)
María se da al que es su esclavo por amor
La Santísima Virgen, Madre de dulzura y misericordia, viendo que alguien se le entrega por completo, se entrega también por entero y de un modo inefable a quien todo le da. Ella lo hace sumergirse en el abismo de sus gracias, lo reviste de sus merecimientos, le da el apoyo de su poder, lo ilumina con su luz, lo abrasa con su amor, le comunica sus virtudes, su humildad, su fe y su pureza. En fin, como la persona consagrada es toda de María, María también es toda de ella.
¿Puede haber mayor recompensa?
"Todos los dones, virtudes y gracias del Espíritu Santo son distribuidos por las manos de María a quien Ella quiere, cuando quiere, como quiere y cuanto quiere", afirma San Bernardino de Siena.
Por eso, dice San Luis Grignion, en los últimos tiempos el Altísimo y su Santa Madre deben suscitar grandes santos, de una santidad tal que sobrepujarán a la mayor parte de los santos, como los cedros del Líbano aventajan a los pequeños árboles a su alrededor. Por sus palabras y por su ejemplo, arrastrarán a todo el mundo a la verdadera devoción y esto les habrá de atraer enemigos sin cuenta, pero también victorias innumerables y gloria para el único Dios.
San Luis Grignion designa a esos santos con el nombre de "apóstoles de los últimos tiempos", y los describe con palabras de fuego, poco usuales en nuestros días. Serán ellos como flechas agudas en las manos de María, purificados en el fuego de las grandes tribulaciones. Para los pobres y pequeños tendrán el buen olor de Jesucristo. Y para los orgullosos del mundo, un repugnante olor de muerte. Serán nubes atronadoras, sin apego a cosa alguna. El Señor de las virtudes les dará la palabra y la fuerza para hacer maravillas y alcanzar victorias gloriosas sobre sus enemigos. Dormirán sin oro ni plata y, lo que es mejor, sin preocupaciones. Tendrán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios; en sus hombros ostentarán el estandarte ensangrentado de la Cruz; a la derecha, el crucifijo, a la izquierda, el rosario, en el corazón los nombres sagrados de Jesús y María.
En esa época, las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire. Y María reinará efectivamente en los corazones y en el mundo.
Pregunta San Luis: ¿cuándo y cómo sucederá todo eso? ¡Sólo Dios lo sabe!
En cuanto a nosotros, nos cabe rezar y divulgar por el mundo la verdadera devoción a María Santísima. Oportunamente, regresaremos a este apasionante tema.
*Texto escrito por Sr. Roberto Kasuo, publicado originalmente como artículo en la revista Heraldos del Evangelio nº23 (Nov 2003).
lunes, 18 de marzo de 2019
DAR A SAN JOSÉ EL LUGAR QUE LE ASIGNÓ EL PADRE
San José, esposo y padre entrañable
«Que es el mayor santo/ menor que José/pues sirvieron todos/al que mandó él.»Este es el estribillo de un poema hermoso y teológico de José de Valdivieso (1560-1670), originario de Toledo, España. Así nos pone el trovador en la pista para reconocer la importancia y la grandeza del glorioso patriarca San José. Él, juntamente con la Santísima Virgen María, son los receptores y realizadores en su vocación y misión de la promesa mesiánica; desde toda la eternidad predestinados y elegidos para estar vinculados a la obra extraordinaria de la Encarnación y de la Redención del divino Verbo.
María de Nazaret es la Virgen desposada con un varón de la casa de David llamado José; y tanto él como Ella, de modo distinto, recibieron al ángel del Señor quien les anunció el Mensaje de los mensajes: «José, hijo de David , no temas en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mateo 1, 20-21); y el ángel Gabriel se le apareció a la Santísima Virgen, quien estaba desposada con un varón llamado José, de la familia de David, y le dijo:..Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres… No temas, María, pues hallaste gracia a los ojos de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? Y respondiendo el ángel, le dijo: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (Lucas 1, 28-35).
Y ante tal palabra de Dios, María Santísima pronuncia el hágase en mí según tu palabra y San José aquella palabra la pone por obra: recibe en su casa a María. Se cumplen las promesas; la promesa del Dios de Dios de Israel se hace cumplimiento: El Verbo, aquel que es la Palabra, se hizo hombre, quien habría de morir por nuestros pecados y resucitar por nuestra justificación, como afirmara san Pablo.
José, la fe en obra
La fe de Santa María se expresa en sus palabras; san José, como lo presentan los Evangelistas, más bien se expresa en sus obras. Buena tarea haríamos al recorrer los textos de la Sagrada Escritura y leerlos en esta perspectiva de las vocaciones de María y de José, en la misión que les corresponde dentro de la Historia de la Salvación.
Pasan del desposorio al matrimonio; de su perplejidad ante lo insólito y su implicación en el cumplimiento de la profecía de la Virgen que concebiría al Emmanuel; dos corazones y dos cuerpos virginales unidos en el plan de Dios: María concibe por obra del Espíritu Santo, y José, varón justo, cuida y protege la Virginidad de María y el misterio de la Encarnación.
José, además receptor de la promesa mesiánica, une al Mesías a la estirpe de David. Ante este prodigio del amor de Dios, Uno y Trino, ¿cómo no solazar nuestro corazón creyente con las palabras de los Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo, quien nos habla de José, padre y «salvador»del Salvador del mundo; o de san Agustín, que nos habla de José como padre virginal del Hijo de Dios; de los grandes santos y doctores de la Iglesia, como santo Tomás, quien con su majestuosidad lapidaria nos habla de la conveniencia de que Jesús naciera de una Virgen desposada; de san Bernardo de Claraval, que considera a san José único coadjutor fidelísimo del gran designio; o de santa Teresa de Ávila, quien recomienda por experiencia el gran bien que es encomendarse a san José; de san Francisco de Sales, sobre sus virtudes, y muchos santos más; y que no podemos pasar por alto a santa Teresita de Lisieux quien contempla a san José en la intimidad de la Familia de Nazaret y descubre en él a quien vive la infancia espiritual.
Los Papas hablan de San José
Para conocer mejor el el sentido de la Iglesia sobre san José por el magisterio pontificio, para que se dé en nosotros el sentire cum Ecclesia-sentir con la Iglesia: Pío IX: con los documentos Quemadmodum Deus (1870) y el Inclytum Patriarcham (1871) se proclama a san José Patrono de la Iglesia Católica. Se exhorta a tener confianza ferviente en su patrocinio.
León XIII: el papa iniciador de la doctrina social de la Iglesia, el que fomentó la consagración del universo al Corazón de Jesús, el que promovió el culto al Espíritu Santo, es el autor de la única encíclica sobre san José, la Quamquam pluries: la palabra autorizada de este Papa nos invita a acostumbrarnos a invocar con piedad ferviente y espíritu de confianza, juntamente con la Virgen Madre de Dios, a su castísimo esposo san José, y nos señala la razón específica por la que san José es considerado Patrono de la Iglesia y ésta espera muchísimo de su tutela y patrocinio: él fue esposo de María y padre, según era considerado, de Jesucristo. De aquí dimana toda su dignidad, gracia, santidad y gloria. Dios dio a la Virgen a San José por esposo, no sólo se lo dio como compañero de su vida, testigo de su virginidad, protector de su honestidad, sino también como participante de su excelsa dignidad, por razón de aquel vínculo conyugal. Recuerda también el haber sido custodio del Hijo de Dios; de aquí sobresale su gran dignidad. Era su custodio, cabeza y defensor legítimo y natural. Al final nos ofrece una oración bellísima de la cual tomamos unos párrafos: … Proteged, providentísimo custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha contra el poder de las tinieblas…defended a la Iglesia Santa de Dios de todas las acechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, a fin de que, a ejemplo vuestro, sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar, en el cielo, la eterna bienaventuranza. Amén.
Pío XII: el 25 de julio de 1920 en el breve Bonum sanae, recuerda el patrocinio universal de san José sobre la Iglesia, insiste en su patrocinio sobre la familia cristiana, el trabajo y la muerte, confiando a él la protección de los moribundos.
Beato Juan XXIII: su ferviente devoción a San José, aderezada con una fuerte convicción y un lenguaje sencillo y cordial, nos ofrece páginas y testimonios de quien confía plenamente en su auxilio y protección. El Papa iniciador del concilio Vaticano II proclama con sumo gozo a san José Patrono del mismo Concilio. Además, lo propone como modelo a los Padres Conciliares. El Concilio es obra de Dios. Y esta obra exige recogimiento y oración, docilidad y espíritu sobrenatural. Estas son las virtudes de las que san José no cesó de darnos silenciosamente el más luminoso ejemplo…
Juan Pablo II: nos lega la exhortación apostólica Redemptoris Custos. No concluye con la bendición apostólica acostumbrada, sino que suplica a san José que bendiga a la Iglesia. Ratifica el magisterio anterior de los papas, sobre todo el de Pablo VI, al poner a José y María en el comienzo de la obra divina de la redención de la humanidad; a San José como nuevo Adán, en el principio de los caminos del Señor, con una intención eminentemente pastoral, para que todos los hijos de la Iglesia pongan su confianza en José y en María, como inicio de los caminos de la salvación.
También nos señala el cómo José y María recibieron la gracia y el carisma de vivir la virginidad y el matrimonio al servicio de la Encarnación redentora. Nos invita a que crezca en nosotros la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. En san José tenemos un modelo humilde y maduro de servir y participar en la economía de la salvación.
Por todo lo expuesto, debemos dejar la postura minimalista sobre San José y darle en nuestra vida el lugar que le asignó el Padre para que se manifestara como sacramento de su paternidad entrañable.
P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
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