REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

lunes, 18 de marzo de 2019

DAR A SAN JOSÉ EL LUGAR QUE LE ASIGNÓ EL PADRE


San José, esposo y padre entrañable

«Que es el mayor santo/ menor que José/pues sirvieron todos/al que mandó él.»Este es el estribillo de un poema hermoso y teológico de José de Valdivieso (1560-1670), originario de Toledo, España. Así nos pone el trovador en la pista para reconocer la importancia y la grandeza del glorioso patriarca San José. Él, juntamente con la Santísima Virgen María, son los receptores y realizadores en su vocación y misión de la promesa mesiánica; desde toda la eternidad predestinados y elegidos para estar vinculados a la obra extraordinaria de la Encarnación y de la Redención del divino Verbo.

María de Nazaret es la Virgen desposada con un varón de la casa de David llamado José; y tanto él como Ella, de modo distinto, recibieron al ángel del Señor quien les anunció el Mensaje de los mensajes: «José, hijo de David , no temas en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mateo 1, 20-21); y el ángel Gabriel se le apareció a la Santísima Virgen, quien estaba desposada con un varón llamado José, de la familia de David, y le dijo:..Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres… No temas, María, pues hallaste gracia a los ojos de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? Y respondiendo el ángel, le dijo: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (Lucas 1, 28-35).

Y ante tal palabra de Dios, María Santísima pronuncia el hágase en mí según tu palabra y San José aquella palabra la pone por obra: recibe en su casa a María. Se cumplen las promesas; la promesa del Dios de Dios de Israel se hace cumplimiento: El Verbo, aquel que es la Palabra, se hizo hombre, quien habría de morir por nuestros pecados y resucitar por nuestra justificación, como afirmara san Pablo.

José, la fe en obra

La fe de Santa María se expresa en sus palabras; san José, como lo presentan los Evangelistas, más bien se expresa en sus obras. Buena tarea haríamos al recorrer los textos de la Sagrada Escritura y leerlos en esta perspectiva de las vocaciones de María y de José, en la misión que les corresponde dentro de la Historia de la Salvación.

Pasan del desposorio al matrimonio; de su perplejidad ante lo insólito y su implicación en el cumplimiento de la profecía de la Virgen que concebiría al Emmanuel; dos corazones y dos cuerpos virginales unidos en el plan de Dios: María concibe por obra del Espíritu Santo, y José, varón justo, cuida y protege la Virginidad de María y el misterio de la Encarnación.

José, además receptor de la promesa mesiánica, une al Mesías a la estirpe de David. Ante este prodigio del amor de Dios, Uno y Trino, ¿cómo no solazar nuestro corazón creyente con las palabras de los Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo, quien nos habla de José, padre y «salvador»del Salvador del mundo; o de san Agustín, que nos habla de José como padre virginal del Hijo de Dios; de los grandes santos y doctores de la Iglesia, como santo Tomás, quien con su majestuosidad lapidaria nos habla de la conveniencia de que Jesús naciera de una Virgen desposada; de san Bernardo de Claraval, que considera a san José único coadjutor fidelísimo del gran designio; o de santa Teresa de Ávila, quien recomienda por experiencia el gran bien que es encomendarse a san José; de san Francisco de Sales, sobre sus virtudes, y muchos santos más; y que no podemos pasar por alto a santa Teresita de Lisieux quien contempla a san José en la intimidad de la Familia de Nazaret y descubre en él a quien vive la infancia espiritual.

Los Papas hablan de San José

Para conocer mejor el el sentido de la Iglesia sobre san José por el magisterio pontificio, para que se dé en nosotros el sentire cum Ecclesia-sentir con la Iglesia: Pío IX: con los documentos Quemadmodum Deus (1870) y el Inclytum Patriarcham (1871) se proclama a san José Patrono de la Iglesia Católica. Se exhorta a tener confianza ferviente en su patrocinio.

León XIII: el papa iniciador de la doctrina social de la Iglesia, el que fomentó la consagración del universo al Corazón de Jesús, el que promovió el culto al Espíritu Santo, es el autor de la única encíclica sobre san José, la Quamquam pluries: la palabra autorizada de este Papa nos invita a acostumbrarnos a invocar con piedad ferviente y espíritu de confianza, juntamente con la Virgen Madre de Dios, a su castísimo esposo san José, y nos señala la razón específica por la que san José es considerado Patrono de la Iglesia y ésta espera muchísimo de su tutela y patrocinio: él fue esposo de María y padre, según era considerado, de Jesucristo. De aquí dimana toda su dignidad, gracia, santidad y gloria. Dios dio a la Virgen a San José por esposo, no sólo se lo dio como compañero de su vida, testigo de su virginidad, protector de su honestidad, sino también como participante de su excelsa dignidad, por razón de aquel vínculo conyugal. Recuerda también el haber sido custodio del Hijo de Dios; de aquí sobresale su gran dignidad. Era su custodio, cabeza y defensor legítimo y natural. Al final nos ofrece una oración bellísima de la cual tomamos unos párrafos: … Proteged, providentísimo custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha contra el poder de las tinieblas…defended a la Iglesia Santa de Dios de todas las acechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, a fin de que, a ejemplo vuestro, sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar, en el cielo, la eterna bienaventuranza. Amén.

Pío XII: el 25 de julio de 1920 en el breve Bonum sanae, recuerda el patrocinio universal de san José sobre la Iglesia, insiste en su patrocinio sobre la familia cristiana, el trabajo y la muerte, confiando a él la protección de los moribundos.

Beato Juan XXIII: su ferviente devoción a San José, aderezada con una fuerte convicción y un lenguaje sencillo y cordial, nos ofrece páginas y testimonios de quien confía plenamente en su auxilio y protección. El Papa iniciador del concilio Vaticano II proclama con sumo gozo a san José Patrono del mismo Concilio. Además, lo propone como modelo a los Padres Conciliares. El Concilio es obra de Dios. Y esta obra exige recogimiento y oración, docilidad y espíritu sobrenatural. Estas son las virtudes de las que san José no cesó de darnos silenciosamente el más luminoso ejemplo…

Juan Pablo II: nos lega la exhortación apostólica Redemptoris Custos. No concluye con la bendición apostólica acostumbrada, sino que suplica a san José que bendiga a la Iglesia. Ratifica el magisterio anterior de los papas, sobre todo el de Pablo VI, al poner a José y María en el comienzo de la obra divina de la redención de la humanidad; a San José como nuevo Adán, en el principio de los caminos del Señor, con una intención eminentemente pastoral, para que todos los hijos de la Iglesia pongan su confianza en José y en María, como inicio de los caminos de la salvación.

También nos señala el cómo José y María recibieron la gracia y el carisma de vivir la virginidad y el matrimonio al servicio de la Encarnación redentora. Nos invita a que crezca en nosotros la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. En san José tenemos un modelo humilde y maduro de servir y participar en la economía de la salvación.

Por todo lo expuesto, debemos dejar la postura minimalista sobre San José y darle en nuestra vida el lugar que le asignó el Padre para que se manifestara como sacramento de su paternidad entrañable.

P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

domingo, 10 de febrero de 2019

LA FE CRISTIANA ES LA ÚNICA RELIGIÓN VÁLIDA Y QUERIDA POR DIOS

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Monseñor Athanasius Schneider
Colaboración especial para Rorate Caeli
8 de febrero de 2019
El don de la adopción filial
La Fe cristiana es la única religión válida y querida por Dios
“La verdad de la filiación divina en Cristo, que es intrínsecamente sobrenatural, es la síntesis de toda la revelación divina. La filiación divina es siempre un don gratuito de la gracia, el don más sublime de Dios para la humanidad. Este don se obtiene, sin embargo, sólo a través de la fe personal en Cristo y la recepción del bautismo, como enseñó el mismo Señor:
“En verdad, en verdad os digo si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne es carne, y lo que es nacido del espíritu es espíritu. No se sorprendan si le dije: ustedes deben nacer de lo alto “(Juan 3, 5-7).
En décadas pasadas oía a menudo, incluso de boca de algunos representantes de la jerarquía de la Iglesia – declaraciones sobre la teoría de los «cristianos anónimos». Esta teoría dice lo siguiente: la misión de la Iglesia en el mundo consistiría en última instancia, en suscitar la conciencia de que todos los hombres deben tener de su salvación Cristo y por lo tanto de su filiación divina. Ya que, según la misma teoría, cada ser humano tendría ya la filiación divina en la profundidad de su persona. Sin embargo, tal teoría contradice directamente la revelación divina, tal como Cristo la enseñó y como sus apóstoles y la Iglesia la han transmitido siempre por dos mil años inmutablemente y sin sombra de duda.
En su ensayo “La Iglesia de los Judíos y los Gentiles” (“Die Kirche aus Juden und Heiden”) Erik Peterson, el conocido converso y exégeta, hace ya tiempo (en 1933) advirtió contra el peligro de tal teoría, al afirmar que no puede reducirse el ser cristiano (“Christsein”) al orden natural, en el que los frutos de la redención obrada por Jesucristo, serían imputados generalmente a cada ser humano como una especie de herencia, sólo porque ellos comparten la naturaleza humana con el Verbo Encarnado. Por el contrario, la filiación divina no es un resultado automático, garantizado a través de la pertenencia a la raza humana.
San Atanasio (cf. Oratio contra Arianos [Discurso contra los Arrianos], II, 59) nos dejó una sencilla y a la vez precisa explicación de la diferencia entre el estado natural de los hombres como criaturas de Dios y la gloria de ser hijos de Dios en Cristo. San Atanasio desarrolla su pensamiento a partir de las palabras del Santo Evangelio de San Juan, quien dice:
“Él ha dado poder para llegar a ser hijos de Dios a los que creen en su nombre, los cuales ni por la sangre ni por la voluntad de la carne ni por el deseo del hombre, sino por Dios han sido engendrados” (Juan 1, 12-13). San Juan usa la expresión “han sido engendrados” para decir que el hombre se convierte en el hijo de Dios no por naturaleza sino por adopción. Este hecho demuestra el amor de Dios, porque Aquel que es su Creador se convierte también en su Padre. Esto sucede, como dice el apóstol, cuando los hombres reciben en sus corazones el Espíritu del Hijo Encarnado, que clama en ellos: “¡Abba, Padre!” San Atanasio continúa en su reflexión diciendo: como seres creados los hombres pueden convertirse en hijos de Dios exclusivamente a través de la fe y el bautismo, recibiendo el Espíritu del verdadero y natural Hijo de Dios. Precisamente por esta razón la Palabra se hizo carne, para hacer a los hombres capaces de la adopción filial y participación en la naturaleza divina. Por lo tanto, por naturaleza Dios, estrictamente hablando, no es el Padre de los seres humanos. Sólo aquel que acepte conscientemente a Cristo y sea bautizado, podrá gritar en verdad: “Abba, Padre” (Rom. 8, 15; Gal. 4, 6).
Desde el principio de la Iglesia había una afirmación, como testifica Tertuliano: “Ningún cristiano nace, cristiano se hace” (Apol., 18, 5). y San Cipriano de Cartago ha formulado esta verdad, diciendo: “No puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la Iglesia por Madre” (De Unit., 6).
La tarea más urgente de la Iglesia en nuestros días consiste en ocuparnos del cambio del clima espiritual y del clima de migración espiritual, a saber, que desde el clima de no-fe en Jesucristo y el clima de rechazo de la realeza de Cristo se produzca un traslado hacia un clima de fe explícita en Jesucristo y de la aceptación de Su realeza, y que los hombres puedan migrar desde la miseria de la esclavitud espiritual de la no-fe a la felicidad de ser hijos de Dios, y de la vida en pecado migrar al estado de la gracia santificante. Estos son los migrantes de los que debemos ocuparnos urgentemente.
El cristianismo es la única religión querida por Dios. Por lo tanto, el cristianismo nunca puede ser puesto de manera complementaria junto a otras religiones. Quien apoyase la tesis de que Dios querría la diversidad de religiones, violaría la verdad de la Revelación Divina, como se halla inconfundiblemente afirmada en el primer mandamiento del Decálogo. De acuerdo con la voluntad de Cristo, la fe en Él y en su enseñanza divina debe sustituir a otras religiones, sin embargo no con fuerza, sino con una persuasión amorosa, como expresa el himno de Alabanzas (Laudes) de la fiesta de Cristo Rey: “Non Ille regna cladibus, non vi metuque subdidit: alto levatus stipite, amore traxit omnia“(“No por la espada, la fuerza y el temor que somete a los pueblos, sino exaltado en la Cruz atrae amorosamente a todas las cosas hacia Sí “).
Sólo hay un camino a Dios, y éste es Jesucristo, pues Él mismo dijo: “Yo soy el camino” (Juan 14, 6). Sólo hay una verdad, y éste es Jesucristo, porque él mismo dijo: “Yo soy la verdad” (Juan 14, 6). Sólo hay una vida verdaderamente sobrenatural, y éste es Jesucristo, porque Él mismo dijo: “Yo soy la vida” (Juan 14, 6).
El hijo de Dios Encarnado enseñó que fuera de la fe en Él no puede haber una verdadera religión que agrade a Dios: “Yo soy la puerta: Si uno entra a través de mí, será salvado” (Juan 10, 9). Dios mandó a todos los hombres, sin excepción, que escucharan a su Hijo: “Éste es mi hijo muy amado: ¡Escúchenlo!” (Mc. 9, 7). Dios no dijo: “Puedes escuchar a mi Hijo u otros fundadores de las religiones, ya que es mi voluntad que haya religiones diferentes”.
Dios ha prohibido reconocer la legitimidad de la religión de otros dioses: No tendrás otros dioses delante de mí (Ex. 20, 3) y ¿Qué comunión puede haber entre la luz y las tinieblas ¿Qué acuerdo entre Cristo y Belial, o qué colaboración entre creyente y no creyente? ¿Qué acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos? (2 Cor. 6, 14-16).
Si las otras religiones correspondieran igualmente a la voluntad de Dios, no habría habido condenación divina de la religión del becerro de oro en tiempos de Moisés (cf. Ex. 32, 4-20); entonces, los cristianos de hoy podrían, con impunidad, cultivar la religión de un nuevo becerro de oro, ya que todas las religiones, según esta teoría, serían igualmente agradables a Dios.
Dios dio a los apóstoles y a través de ellos a la Iglesia para todos los tiempos la orden solemne de enseñar a todas las naciones y a los seguidores de todas las religiones la única fe verdadera, enseñándoles a observar todos sus mandamientos divinos y bautizarlos (cf. Mt. 28, 19-20). Desde el comienzo de la predicación de los Apóstoles y desde el primer Papa, el Apóstol San Pedro, la Iglesia siempre ha proclamado que en ningún otro nombre está la salvación, es decir, no hay otra fe bajo el cielo, en la que los hombres pueden ser salvos, que en el Nombre y fe en Jesucristo (cf. Hch. 4, 12).
En palabras de San Agustín la Iglesia enseñó en todo momento: “Sólo la religión cristiana indica el camino abierto a todos para la salvación del alma. Sin ella no se salvará ninguna. Esta es la vía regia, porque sólo ella conduce no a un reinado vacilante para la altura terrenal, sino a un reino duradero en la eternidad estable “(De Civitate Dei, 10, 32, 1).
Las siguientes palabras del gran Papa León XIII dan testimonio de la misma enseñanza inmutable del Magisterio en todo momento, cuando afirma:
“El gran error moderno del indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos es el camino oportunísimo para aniquilar todas las religiones, y en particular a la católica que, única verdadera, no puede sin una enorme injusticia ser puesta en un pie de igualdad junto a las demás”(Encíclica Humanum Genus, no. 16)
En los últimos tiempos, el magisterio ha presentado sustancialmente la misma enseñanza inmutable en el documento “Dominus Iesus” (6 de agosto de 2000), del que citamos algunas afirmaciones relevantes:
“A menudo se identifica la fe teologal, que es la recepción de la verdad revelada por Dios uno y el Trino, y la creencia en otras religiones, que es experiencia religiosa todavía en busca de la verdad absoluta y privada aún del acceso a Dios que se revela. Esta es una de las razones por las que se tiende a reducir, a veces hasta anularlas, las diferencias entre el cristianismo y otras religiones “(n. 7)
Serían contrarias a la fe cristiana y católica esas propuestas de solución, que contemplan una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo”(n. 14)
“No pocas veces se propone evitar en teología términos como “unidad”, “universalidad”, “absoluto”, cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo en el significado y valor del evento salvífico de Jesucristo en relación con las otras religiones. En realidad, este lenguaje simplemente expresa la fidelidad al dato revelado” (n. 15)
Sería contrario a la fe católica considerar a la Iglesia como un camino de salvación junto a los constituidos por otras religiones, que serían complementarios a la Iglesia, de hecho sustancialmente equivalentes a ella, aunque convergiendo con esto hacia el Reino escatológico de Dios”(n. 21)
“La verdad de la fe excluye radicalmente esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que conduce a la creencia de que “una religión es lo mismo que la otra “(Juan Pablo II, encíclica Redemptoris missio, 36)” (n. 22).
Los apóstoles y los innumerables mártires cristianos de todos los tiempos, especialmente los de los tres primeros siglos, habrían evitado el martirio si hubieran dicho: “La religión pagana y su culto es una manera que también corresponde a la voluntad de Dios”. No habría habido, por ejemplo, una Francia cristiana, “la primogénita hija de la Iglesia”, si San Remigio le hubiera dicho a Clovis, rey de los Francos: “no debes abandonar tu religión pagana; puedes practicar con tu religión pagana la religión de Cristo”. De hecho, el santo obispo habló de manera diferente, aunque de forma bastante abrupta: “¡Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado!”
La verdadera hermandad universal sólo puede existir en Cristo, es decir, entre los bautizados. La gloria plena de la filiación divina sólo se logrará en la visión bienaventurada de Dios en el cielo, como lo enseña la Sagrada Escritura:
“¡Mira qué gran amor nos ha dado el Padre para ser llamado hijos de Dios, y nosotros lo somos de hecho! Es por eso que el mundo no nos conoce: porque no lo ha conocido a Él. Queridos míos, somos hijos de Dios a partir de ahora, pero lo que vamos a ser no se ha revelado todavía. Sabemos, sin embargo, que cuando se manifieste, estaremos como Él, porque lo veremos tal como es” (1 Juan 3, 1-2). 
Ninguna autoridad en la tierra – ni siquiera la autoridad suprema de la Iglesia – tiene el derecho de dispensar a cualquier seguidor de otra religión de la fe explícita en Jesucristo, es decir, de la fe en el Hijo de Dios encarnado y en el único Redentor de los hombres asegurándoles que las diferentes religiones son como tales, deseadas por Dios mismo. Indeleble -porque están escritas con el dedo del Dios y cristalinas en su significado- permanezcan, por el contrario, las palabras del Hijo de Dios: “Quien cree en el Hijo de Dios no está condenado, pero quién no cree ha sido condenado ya, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios ” (Juan 3, 18).
Esta verdad fue válida hasta ahora en todas las generaciones cristianas y seguirá siendo válida hasta el fin de los tiempos, independientemente de si algunas personas en la Iglesia de nuestro tiempo tan inestable, cobarde, sensacionalista y conformista, reinterpretan esta verdad en un sentido contrario al tenor de las palabras, planteando así esta reinterpretación como continuidad en el desarrollo de la doctrina.
Fuera de la fe cristiana, ninguna otra religión puede ser un verdadero camino y ser querido por Dios, porque esta es la voluntad explícita de Dios, que todos los hombres crean en su Hijo:  “Esta es efectivamente la voluntad de mi Padre: que quien ve al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna” (Juan 6, 40).
Fuera de la fe cristiana ninguna otra religión es capaz de transmitir la verdadera vida sobrenatural: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” (Juan 17, 3).
8 de febrero de 2019
+ Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Maria Santisima en Astana

jueves, 27 de diciembre de 2018

ROMA PERDERÁ LA FE...

"ROMA PERDERÁ LA FE Y SE CONVERTIRÁ EN LA SEDE DEL ANTICRISTO"
(Nuestra Señora de La Salette)

lunes, 24 de diciembre de 2018

FELIZ Y SANTA NAVIDAD

Pues os venero mi dueño
con la muerte y cruz dormidos
socorred todo afligido
dulce Jesús del Buen Sueño.

Sobre una cruz reclinado
dulcemente estáis dormido
y yo os venero mi dueño
con todo mi amor y cariño.

viernes, 13 de julio de 2018

LA VERDAD DE LOS PRESOS DEL VALLE DE LOS CAÍDOS


El historiador español D. Alberto Bárcena nos introduce, tras una ardua investigación que ha durado 7 años sumergido en las fuentes originales y veraces de los archivos sobre el Valle de los Caídos ubicados en el Palacio Real de Madrid, en las tergiversaciones y manipulaciones que se han vertido sobre los supuestos "crímenes de presos" que trabajaron en la construcción del Valle durante el régimen del Generalísimo. La realidad es muy otra. Estos presos pedian trabajar en el Valle, tenían nóminas laborales equivalente a la de los trabajadores libres, e incluso, al finalizar su trabajo o pena tenían derecho a una vivienda en Madrid, vivian en poblaciones bien acondicionadas, con escuelas para su hijos y familiares y temporada de vacaciones.
Desde este portal defendemos la magestuosa obra del régimen del Generalísimo Francisco Franco, hombre de genio que contribuyó como ningún otro, en los últimos tiempos, a la difusión y expansión de la CRISTIANDAD y sus valores eternos. La historia verdadera sabrá situar al Caudillo en el lugar que le corresponde, como un gran héroe de nuestra amada patria España y un bien para la humanidad. Al mismo tiempo D. Alberto exalta la excelente labor pastoral del R.P. JOSÉ AGUSTÍN PÉREZ DEL PULGAR considerado entre los presos como un hombre de Dios querido y estimado, y hoy, al igual que el Caudillo, defenestrado por la historiografía "progre" y decadente.

EL VALLE DE LOS CAÍDOS. LA VERDAD DE LA HISTORIA

Padre Santiago Cantera, Prior del Monasterio de Santa Cruz del Valle de los Caídos.

lunes, 4 de junio de 2018

COLOSAL HOMILÍA DEL EX ARZOBISPO PLATENSE MONSEÑOR AGUER

La sangre y el perdón
Homilía en la Misa de Corpus Christi
Iglesia Catedral, 2 de junio de 2018
        Había llegado el día en que se sacrificaba el cordero pascual, y Jesús encomienda a sus discípulos que preparen la comida ritual de la celebración. La indicación y su cumplimiento parecen un suceso misterioso, pero ocurrido en una situación que resultaba habitual para esa fecha. A los comienzos, según se lee en el Deuteronomio  (16, 7), la pascua debía celebrarse en el atrio del templo, pero después se transfirió a las casas; se hizo rito hogareño. Era costumbre que los habitantes de Jerusalén ofrecieran generosamente lugar a los peregrinos para cumplir con la fiesta. Los discípulos, siguiendo el mandato recibido, debían encontrar el lugar adecuado, matar el cordero, preparar panes ácimos y disponer la mesa con sus accesorios. Todo sucedió tal como la providencia de Jesús lo había planeado.
         La comida propiamente tal, después de lavarse las manos, consistía en compartir el cordero asado, según lo prescrito y en las tradiciones. Sin embargo, la precedía un “aperitivo”, por llamarlo así; se pasaba una primera copa, antes y después de la cual correspondía una alabanza; seguían las hierbas amargas, mojadas en vinagre, y la compota –jarosét, en hebreo- de dátiles, higos y pasas. Después de un primer rezo de salmos venía la segunda copa, cuando se explicaba el sentido de la fiesta: el paso, la pascua, de Israel de la esclavitud a la libertad; el pan ázimo era un memorial de aquella intervención de Dios en favor de su pueblo. Recordemos rápidamente que la eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo, cordero inmolado y pan de vida. La tercera copa ritual, de bendición, corresponde en la Última Cena a la consagración del vino como sangre de la alianza nueva y definitiva, que es derramada en la cruz por la comunidad y para que el mundo entero llegue a ser Iglesia de Dios. El gesto de tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo es la berajá, la oración judía sobre la mesa, que Mateo y Marcos llaman eulogía, y Lucas y Pablo eujaristía.
         Las palabras de la institución eucarística nos son transmitidas con variantes en los tres evangelios sinópticos y en la primera Carta a los Corintios, pero todas las fórmulas recogen lo esencial: el cuerpo y la sangre del Señor son dados a comer y beber. Esa celebración de la Cena ocurre insertada en el dinamismo de la Pasión, sacrificio de la Nueva Alianza para el perdón de los pecados. Este año, la liturgia de la Palabra subraya el valor de la sangre, que tenía una importancia capital en el ritual de los sacrificios del Antiguo Testamento; hacía referencia a aquella sangre que señaló las puertas de los israelitas en Egipto para librarlos del exterminador. En los pueblos primitivos la sangre está siempre en relación con lo sagrado y con la creación de una comunidad. Según el Levítico la sangre es el alma de la carne, el principio vital del cuerpo (17, 11). Carne y sangre constituyen, según el pensamiento bíblico, al hombre en su naturaleza perecedera. El Hijo eterno de Dios, el Logos, asumió nuestra condición mortal; se hizo carne, sárx (Jn. 1, 14). En el llamado Discurso Eucarístico del cuarto  evangelio  (Jn. 6, 53-56), Jesús promete  que su carne –sárx– será comida-brósis- y su sangre-háimá– será bebida –pósis-. En las  palabras de la  Cena en  lugar de  carne se dice cuerpo -sōma-. El cuerpo carnal del Señor y su sangre preciosa, tomados de María, hacen presente en el sacramento eucarístico a la persona misma de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre: cuerpo, sangre, alma y divinidad, como aprendí a recitar del catecismo a los siete años. Esa presencia del Resucitado, que lleva los estigmas de la Pasión, el cuerpo entregado y la sangre derramada, anticipan la comunión celestial de los fieles con él y nos inducen a valorar debidamente la vida humana, la carne y la sangre de todo hombre, imagen de Dios.
         El carácter sagrado de la sangre sustenta el precepto del decálogo que prohíbe el homicidio. El derramamiento de la sangre del prójimo reclamaba venganza. la cual era regulada cuidadosamente en la Torá de Israel. La historia del hombre exiliado del jardín del Edén comienza con una maldición que tuvo y tiene una vigencia terrible: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará (Gén. 3, 16). Ningún feminismo triunfante podrá evadirla totalmente; sólo la recepción humilde y obediente de la sangre de Cristo es la auténtica liberación de la mujer. Aquella historia inicial continúa con el primer homicidio; la sangre inocente reclama ser vengada: la sangre de tu hermano grita a mí desde el suelo (Gén. 4, 10). La figura del inocente Abel se cumple en Cristo; su sangre recoge la sangre de todos los inocentes asesinados, que clama venganza. Así caerá sobre ustedes toda la sangre inocente derramada en la tierra desde la sangre del justo Abel; esto dijo Jesús en su inventiva contra los escribas y fariseos (Mt. 23, 35). Tomen nota los diputados y senadores,  los que se aprestan a legalizar el crimen abominable. No lo llamo yo así, lo hace el Concilio Vaticano II en el párrafo 51 de la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Se escandalizaron en el Congreso, durante el pseudo debate que acaba de concluir cuando un médico presentó un video en el que aparece la realidad sangrienta del aborto: el niño por nacer – porque es eso un embrión de 14 semanas- arrancado a pedacitos del nido en el que debía crecer, para ser arrojado en un tacho de residuos biológicos. La operación podrá ser realizada en condiciones asépticas, por cierto, pero ¿sobre quién, sobre qué cabezas recaerá la sangre, mezclada, del niño y de su madre? Las almitas inocentes serán acogidas en la misericordia de Dios, ¿pero quién librará a una sociedad asesina de los pobres, de los más pobres e indefensos, quién la librará del clamor de la venganza inseparable de la sangre derramada?. No será, de seguro, el Fondo Monetario Internacional. En la carne y la sangre de la niña violada, embarazada sin quererlo, y en la de la carne y la sangre de su hijito sacrificado, están -unidos por una misteriosa fraternidad- la carne y la sangre de Cristo. Caín, Herodes, Pilatos, y todos los verdugos, pueden atarse al cuello un pañuelo verde. El precio del crimen abominable le será cobrado al mundo el día del juicio, y  a la sociedad argentina mucho antes. El paso que algunos están empecinados en dar ya se está pagando, anticipadamente, en las actuales e irremediables desdichas. Llama la atención, para llorar, la adhesión de las izquierdas del arco político, que proclaman, creo que sinceramente, los derechos de los pobres, a la iniciativa típicamente burguesa de poder liquidar legalmente a los niños aún no paridos. Es una iniciativa falazmente presentada como en favor de los pobres por los que no quieren que se reproduzcan los pobres, y lo hacen porque no saben, no pueden o no quieren arrancarlos de su situación de pobreza. Vuelvo sobre mis palabras. Si yo digo que el aborto es un crimen abominable, se altera el cotarro de los “comunicadores”, y a mucha gente discreta que trabaja por la cultura del encuentro le parecerá una expresión exagerada, irrespetuosa y molesta. Pero lo dijo el Vaticano II, y nadie lo recuerda. La verdad de la fe acerca del cuidado de toda vida, sólo viene a confirmar certezas científicas, filosóficas, jurídicas, sociológicas, psicológicas y políticas; el argumento teológico, la Sagrada Escritura y el magisterio eclesial son un sello que acredita la verdad de la naturaleza inscripta en el precio de la sangre. Que piensan esto las “católicas por el derecho a decidir”, y los democráticos entusiastas del debate.
         En cada una de las especies eucarísticas está Jesucristo todo entero; en la hostia consagrada está su sangre, y en el cáliz en el que el vino dejó de ser vino, está su carne. Dentro de un rato, pasearemos al Corpus, brevemente, por nuestras calles, y luego él bendecirá a la ciudad indiferente. Pero no son indiferentes nuestros corazones, sino llenos de lúcido fervor y de esperanza.
         A la hora doce de Roma se publicó hoy la noticia de que el Santo Padre Francisco aceptó la renuncia al cargo de arzobispo de La Plata que le presenté hace unos días, poco antes de cumplir 75 años, como lo “ruega” el derecho canónico. Mi sucesor es monseñor Víctor Manuel Fernández, ex Rector de la Universidad Católica Argentina, quien iniciará su ministerio como pastor de esta Iglesia particular dentro de pocos días, para que el 29 de este mes pueda recibir de manos del Sumo Pontífice el palio, que es la insignia de los arzobispos metropolitanos. Así me lo comunicó el Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica. Es asombroso comprobar cómo los periodistas anuncian anticipadamente lo que va a ocurrir, aunque se trate de hechos velados por el secreto pontificio, porque este es el más vulnerable de los secretos. Muchos de ustedes recibirán una revistita parroquial, que, de seguro, no habrá sido editada esta mañana, y que contiene lo que hoy se publicó en Roma.
         El mismo representante de la Santa Sede también me indicó que esta celebración de Corpus Christi sea mi despedida de ustedes. Pienso que a través de ustedes puedo llegar a toda la feligresía. Así lo hago, en efecto, con todo cariño y gratitud, después de un ministerio platense de casi 20 años; uno y medio como coadjutor de mi venerado predecesor, Mons. Galán, y 18 como arzobispo. Todo pasa, todos pasamos; la Iglesia, sea una multitud innumerable de naciones o un pusillus grex, un mínimo rebaño, dura, permanece, hasta que Cristo vuelva.
         Me permito unas pocas palabras de agradecimiento y de disculpa. De agradecimiento, en primer lugar, al Papa Francisco, filialmente, en el amor de Jesús, María y José, como escribí en el texto de mi renuncia. Luego a los sacerdotes y laicos que han trabajado conmigo y aún más que yo; ¿qué podría hacer un obispo sin su presbiterio, y sin los laicos comprometidos con la misión pastoral de la Iglesia, y que llevan adelante tantas iniciativas? De un modo particular pienso en los jóvenes y en los queridos seminaristas que se preparan para ser el clero de mañana. Gracias por el  talento, la laboriosidad, la oración y la lealtad. Sobre todo por la lealtad, que con la sinceridad es un bien tan escaso, que excluye toda simulación, hipocresía y adulación. No puedo hacer nombres, no corresponde, y además, sería una lista larguísima; cada uno sabe, y el Señor más que nosotros.
         Ahora la disculpa; el perdón, mejor dicho: lo pido a quienes se han sentido dañados, perjudicados por mí de cualquier forma. Yo también perdono a quienes me hayan deseado el mal. El perdón recíproco nos identifica como cristianos. Lo dice el apóstol: Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo (Col. 3, 12, ss.) San Pablo añade que el amor es el vínculo de la perfección; vínculo suena en griego a sýndasmos, es lo que ata, aúna y constituye de las partes de un todo, un solo Cuerpo; de ese vínculo y de esa unidad procede la paz. No hay amor sin perdón; se puede discursear de modo conmovedor sobre la misericordia, pero practicarla cuesta mucho. No es posible vivir según el ideal apostólico sin la eucaristía. Dice Pablo: vivan en la acción de gracias, o sean agradecidos; traduciendo literalmente el eujuásristoi gínesthe se podría decir: vuélvanse eucarísticos, háganse eucarísticos (Col. 3, 15).
         Nuestra agrietada Argentina necesita del perdón de Dios y del perdón recíproco entre todos los ciudadanos para superar aquella maldición proferida en un arrebato contagioso de pasión política: ¡al enemigo, ni justicia! La Eucaristía nos hace eucarísticos, y nos preserva, si nuestra libertad consiente, para que esa maldición no penetre en la comunidad de la Iglesia, y podamos entonces aportar a la Patria una fuente de amor y de paz. Meditemos esto mientras acompañamos al Corpus por nuestras calles. Gracias. Amén.
+ Héctor Aguer