REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

martes, 10 de abril de 2018

IN MEMORIAM

Ha sido llamada a la Casa del Padre la Hermana María del Carmen de la Eucaristía (María del Carmen Rodríguez Vicente), Misionera de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.


Yo soy la resurrección y la vida –dice el Señor–; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente. (cfr. Juan 11, 25-26)

V/ . Venid en su ayuda, Santos de Dios; salid a su encuentro, Ángeles del Señor.
R/. Recibid su alma, y presentadla ante el Altísimo.
V/ . Cristo que te llamó, te reciba y los Ángeles te conduzcan al regazo de Abraham.
R/. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.
V/ . Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para ella la luz eterna.
R/. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.

V/ . Señor, ten piedad.
R/. Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad.
Padre nuestro…
V/ . Libra, Señor, su alma.
R/. De las penas del infierno.
V/ . Descanse en paz.
R/. Amén.
V/ . Señor, escucha nuestra oración.
R/. Y llegue a ti nuestro clamor.
V/ . El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.
OREMOS
Oh Dios, que concedes el perdón y quieres la salvación de los hombres: te rogamos que, por la intercesión de la Santísima Virgen María, de San José y de todos los Santos, concedas la bien­aven­tu­ranza a tu hija la Hermana María del Carmen de la Eucaristía, a quien llamaste de este mundo. No la abandones en manos del enemigo, ni te olvides de ella para siempre; sino recíbela  con tus santos Ángeles en el Cielo, su patria definitiva. Y porque creyó y esperó en ti, concédele para siempre las alegrías del Cielo. Por Cristo nuestro Señor.
R/. Amén.
Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente. (Juan 11, 25-26)
V/ . Concédele, Señor, el descanso eterno.
R/. Y brille para ella la luz eterna.
V/ . Descanse en paz.
R/. Amén.

lunes, 9 de abril de 2018

ASOMBRO DE MARÍA EN LA ANUNCIACIÓN


Estaba María santa 
contemplando las grandezas 
de la que de Dios sería 
Madre santa y Virgen bella 
el libro en la mano hermosa, 
que escribieron los profetas, 
cuanto dicen de la Virgen. 
¡Oh qué bien que lo contempla! 
Madre de Dios y virgen entera, 
Madre de Dios, divina doncella. 

Bajó del cielo un arcángel, 
y haciéndole reverencia, 
Dios te salve, le decía, 
María, de gracia llena. 
Admirada está la Virgen 
cuando al Sí de su respuesta 
tomó el Verbo carne humana, 
y salió el sol de la estrella. 
Madre de Dios y virgen entera, 
Madre de Dios, divina doncella. 

LOPE DE VEGA

LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS


¿ERA CONVENIENTE QUE DIOS SE ENCARNASE?
Es conveniente para todo ser aquello que le compete según su naturaleza; como es conveniente para el hombre razonar, puesto que eso le compete al ser racional por naturaleza. Pero la naturaleza de Dios es la bondad, según dice Dionisio en el c.l De Div. Nom. Luego todo cuanto pertenece a la razón de bien, conviene a Dios.
A la naturaleza del bien pertenece comunicarse a los demás, según escribe Dionisio en el c.4 De Div. Nom. Por consiguiente pertenece a la naturaleza del bien sumo comunicarse a la criatura de modo superlativo. Lo cual se realiza en sumo grado cuando Dios une a sí la naturaleza creada de tal manera que se constituye una sola persona de tres seres: el Verbo, el alma y la carne, como dice Agustín en el libro XIII De Trin.. De donde resulta evidente la conveniencia de que Dios se encarnase.
¿ERA NECESARIA LA ENCARNACIÓN PARA LA REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO?
Una cosa puede ser necesaria de dos modos para alcanzar un fin: o como algo sin lo que tal cosa no puede existir, como sucede con el alimento para la conservación de la vida humana; o como algo con lo que se puede alcanzar el fin de manera más perfecta y conveniente, por ejemplo, el caballo para viajar. En el primer sentido no se puede afirmar que la encarnación del Verbo fuese necesaria para la redención, pues Dios, por ser omnipotente, pudo rescatar al género humano de infinidad de maneras distintas. En cambio, en el segundo sentido sí fue necesario que Dios se encarnase para salvar a la naturaleza humana. Por eso dice Agustín en el libro XIII De Trin.Debemos demostrar que Dios, a cuyo poder está todo sometido, no padece indigencia de medios; pero no existía otro más oportuno para sanar nuestra miseria.
Para convencerse de ello basta con atender a la promoción del hombre en el bien. Y primeramente en lo referente a la fe, que se hace más segura al creer al mismo Dios que nos habla. Por eso dice Agustín en el libro XI De Civ. Dei: Para que el hombre caminase con más confianza hacia la verdad, la misma Verdad, el Hijo de Dios, haciéndose hombre, constituyó y cimentó la fe. En segundo lugar, en lo que atañe a la esperanza, que con eso se consolida. A este propósito dice Agustín en el libro XIII De Trin.Nada hubo tan necesario para fortalecer nuestra esperanza como el demostrarnos Dios cuánto nos amaba. Y ¿qué prueba más palpable de este amor que el hermanamiento del Hijo de Dios con nuestra naturaleza? En tercer lugar, en lo que concierne a la caridad, que con ese misterio se inflama sobre toda ponderación. Por esto escribe Agustín en De catechizandis rudibus¿Qué causa mayor puede asignarse a la venida del Señor que la de mostrarnos su amor? Y luego añade: Si hemos sido remisos para amarle, no lo seamos para corresponder a su amor. En cuarto lugar, en lo que toca al recto comportamiento, en el que se nos ofreció como ejemplo. A este respecto dice Agustín en un sermón De Nativitate Domini: No había que seguir al hombre, a quien podíamos ver, sino a Dios, que no podía ser visto. Así, pues, para mostrarse al hombre y para que éste le viera y le siguiera, Dios se hizo hombre.Finalmente, la encarnación era necesaria para la plena participación de la divinidad, que constituye nuestra bienaventuranza y el fin de la vida humana. Y esto nos fue otorgado por la humanidad de Cristo; pues, como dice Agustín en un sermón De Nativitate DominiDios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios.
De manera análoga, la encarnación fue útil para alejar el mal. Primeramente, porque de este modo aprende el hombre a no tenerse en menos que el demonio y a no venerar al que es autor del pecado. Dice Agustín en el libro XIII De Trin.Cuando la naturaleza humana pudo ser unida a Dios hasta el punto de no constituir con él más que una sola persona, los espíritus malignos no pueden atreverse a anteponerse al hombre porque ellos no tienen carne. Seguidamente, porque somos aleccionados acerca de la gran dignidad de la naturaleza humana, para que no la manchemos pecando. De aquí que diga Agustín en el libro De Vera Relig.Dios nos manifestó cuán excelso lugar ocupa entre las criaturas la naturaleza humana al mostrarse entre los hombres con naturaleza de verdadero hombre. Y el papa León dice en un sermón De Nativitate: Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad; y, ya que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a tu antigua vileza por un comportamiento indigno. Después, porque para destruir la presunción humana nos fue otorgada la gracia de Dios en Cristo hombre sin ningún mérito nuestro, como se dice en el libro XIII De Trin.. En cuarto lugar, porque, como vuelve a decir Agustín en el mismo sitio, la soberbia humana, obstáculo principal para la unión con Dios, puede ser confundida y curada por la profunda humildad de Dios. Finalmente, para librar al hombre de la esclavitud. A este respecto dice Agustín en el libro XIII De Trin.Debió hacerse de tal modo que el diablo fuese vencido por la justicia de Jesucristo hombre, lo que se cumplió al satisfacer Cristo por nosotros. Un simple hombre no podía satisfacer por todo el género humano; y Dios no estaba obligado a hacerlo; luego era conveniente que Jesucristo fuese a la vez Dios y hombre. Por eso dice el papa León en un sermón De Nativ.El poder asume la debilidad, la majestad se apropia de la humildad, a fin de que, como era necesario para nuestra redención, un solo y mismo mediador entre Dios y los hombres pudiese, por un lado, morir y, por otro, resucitar. Si no fuese verdadero Dios, no traería el remedio; y, de no ser verdadero hombre, no nos daría ejemplo.
Hay todavía otros muchos beneficios que se siguen de la encarnación, pero exceden la comprensión humana.
¿SE HUBIERA ENCARNADO DIOS SI NO HUBIERA PECADO EL HOMBRE?
Sobre esta cuestión hay distintas opiniones. Unos dicen que el Hijo de Dios se hubiera encarnado aunque el hombre no hubiese pecado. Otros sostienen lo contrario. Y parece más convincente la opinión de estos últimos. Porque las cosas que dependen únicamente de la voluntad divina, fuera de todo derecho por parte de la criatura, sólo podemos conocerlas por medio de la Sagrada Escritura, que es la que nos descubre la voluntad de Dios. Y como todos los pasajes de la Sagrada Escritura señalan como razón de la encarnación el pecado del primer hombre, resulta más acertado decir que la encarnación ha sido ordenada por Dios para remedio del pecado, de manera que la encarnación no hubiera tenido lugar de no haber existido el pecado. Sin embargo, no por esto queda limitado el poder de Dios, ya que hubiera podido encarnarse aunque no hubiera existido el pecado.
¿DIOS SE ENCARNÓ PRINCIPALMENTE PARA QUITAR LOS PECADOS ACTUALES O PARA BORRAR EL PECADO ORIGINAL?
Es cierto que Cristo vino a este mundo no sólo para borrar el pecado original, que se transmite a todos los hombres, sino también para quitar todos los pecados cometidos posteriormente: no porque todos sean borrados (esto por culpa de los hombres, que no siguen a Cristo, según Jn 3,19: Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz), sino porque El ofreció una satisfacción suficiente para destruir todo pecado. Por eso se dice en Rom 5,15-16: No es el don como fue el pecado, pues el pecado de uno terminó en condenación, mientras que la gracia, partiendo de muchas faltas, culminó en justificación.
Cristo vino más principalmente para borrar el pecado que era mayor. Pero una cosa puede ser mayor que otra de dos modos. Primero, intensivamente: como es mayor la blancura cuanto más intensa. De esta manera es mayor el pecado actual que el original, porque es más voluntario, como ya hemos dicho (1-2 q.82 a.1 obi.2). En segundo lugar, extensivamente: como se llama mayor la blancura que ocupa una superficie más amplia. Y de este modo, el pecado original, por haber corrompido a todo el género humano, es mayor que cualquier pecado actual, que es propio de la persona concreta que lo comete. Y bajo este aspecto, Cristo vino principalmente para quitar el pecado original, pues el bien del pueblo es más sublime que el bien de un particular, como se dice en I Ethic.
Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica

CONGRESO "IGLESIA CATÓLICA ¿ADÓNDE VAS?"

Declaración final del congreso “Iglesia católica, ¿adónde vas?”
Roma, 7 de abril de 2018
Debido a interpretaciones contradictorias de la exhortación apostólica “Amoris Laetitia”, aumentan el desconcierto y la confusión entre los fieles del mundo entero.
La urgente petición, realizada por cerca de un millón de fieles, además de por 250 hombres de letras, y también por varios cardenales, que pedían una aclaración al Santo Padre acerca de estos temas no ha sido escuchada hasta ahora.
En el grave peligro que todo esto ha creado para la fe y la unidad de la Iglesia, nosotros, miembros bautizados y confirmados del Pueblo de Dios, estamos llamados a reafirmar nuestra fe católica.
Nos autoriza y anima a hacerlo el Concilio Vaticano II, que en “Lumen Gentium”, n.33, afirma: “Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia ‘en la medida del don de Cristo’ (Ef 4, 7)”.
Nos anima a hacerlo también el beato John Henry Newman, el cual en su escrito, diríamos profético, “On Consulting the Faithful in Matter of Doctrine”, indicaba, ya en 1859, la importancia que los laicos ofrecieran testimonio de su fe.
Por eso nosotros testimoniamos y confesamos de acuerdo con la tradición auténtica de la Iglesia que:
1) El matrimonio rato y consumado entre dos bautizados solo puede disolverse con la muerte.
2) Por eso los cristianos que, casados con un matrimonio válido, se unen a otra persona mientras su cónyuge sigue todavía en vida, cometen el grave pecado de adulterio.
3) Estamos convencidos que existen mandamientos morales absolutos, que obligan siempre y sin excepciones.
4) Estamos convencidos de que el juicio sobre la posibilidad de administrar la absolución sacramental no se basa sobre la imputabilidad del pecado cometido, sino sobre el propósito del penitente de abandonar un modo de vida contrario a los mandamientos divinos.
5)  Estamos convencidos que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente y no están dispuestos a vivir en continencia, no pueden acceder a la Comunión eucarística, puesto que se encuentran en una situación que está objetivamente en contradicción con la ley de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo dice: “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).
Con esta confianza confesamos nuestra fe ante el supremo pastor y maestro de la Iglesia y ante los obispos, y les pedimos que nos confirmen en la fe.

sábado, 7 de abril de 2018

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE

San Juan Bautista De La Salle, Sacerdote Fundador de la Congregación de Hermanos de las Escuelas Cristianas, Celestial Patrón de los Maestros y Educadores.

1.“LA ALEGRÍA DEL MUNDO ES BREVE; LA DE AQUELLOS QUE SIRVEN A DIOS NO TENDRÁ FIN”
2.“¿ES TAN GRANDE TU FE QUE LLEGA A CAUTIVAR EL CORAZÓN DE AQUELLOS A QUIENES ENSEÑAS Y LES INSPIRAS EL ESPÍRITU CRISTIANO?”
3.“NO PUEDES EDUCARLOS MEJOR QUE DÁNDOLES BUEN EJEMPLO Y AHOGANDO TODO MOVIMIENTO DE IRA”.
4.“LA ORACIÓN ES EL SOSTENIMIENTO DEL ALMA: ¿TE ATREVERÁS A DESATENDERLA?”
5. “PON EMPEÑO EN VOLCARTE A LA ORACIÓN. YA SABES QUE DE ESTE EJERCICIO DEPENDE LA BENDICIÓN DE DIOS SOBRE LOS DEMÁS Y QUE SIRVE PARA ATRAER SUS GRACIAS HACIA NOSOTROS”.

6. “MIENTRAS SEAS OBEDIENTE, DIOS TE SOSTENDRÁ”.
7. “EL MEDIO DE CORREGIR NO SERÁ LA IMPACIENCIA, SINO LA VIGILANCIA Y EL BUEN EJEMPLO”.
8. “BRILLEN EN TODAS TUS CONVERSACIONES LA HUMILDAD Y LA MANSEDUMBRE. LA LENGUA APACIBLE, DICE EL SABIO, QUEBRANTA LAS COSAS MÁS DURAS”.
9. “LOS HOMBRES Y AUN LOS NIÑOS ESTÁN DOTADOS DE RAZÓN, Y NO DEBEN SER CORREGIDOS COMO BESTIAS, SINO COMO PERSONAS RAZONABLES”.
10. “QUIEN DESCONOCE LA DURACIÓN DE SU VIDA NO DEBE DESCUIDARSE EN EMPLEAR LOS MEDIOS NECESARIOS PARA ASEGURAR SU SALVACIÓN”.
ORACIÓN
Oh Dios, que para formar a los niños pobres en la vida cristiana y para afianzar a la juventud en el camino de la verdad, elegiste a San Juan Bautista de La Salle, y en torno a él surgió en tu Iglesia una nueva Congregación religiosa, concédenos, por su intercesión y ejemplo, buscar tu gloria en la salvación de las almas, para que podamos participar de tu recompensa en el cielo. Amén.

EL PAPA FRANCISCO Y EL DESTINO ETERNO DE LAS ALMAS


La finalidad de la Iglesia es la gloria de Dios y la salvación de las almas. ¿Salvarlas de qué? De la condenación eterna, que es el destino que aguarda a los hombres que mueren en pecado mortal. Nuestro Señor ofrendó su Pasión redentora por la salvación de la humanidad.
La Virgen lo recordó en Fátima: el primer secreto que comunicó a los pastorcillos aquel 13 de julio de 1917 se inicia con la terrorífica visión del mar llameante del infierno. Escribe Sor Lucía que, de no haber sido por la promesa que les había hecho de llevarlos al Cielo, los videntes habrían muerto de la emoción y de miedo.
Las palabras de Nuestra Señora son tristes y graves: «Habéis visto el infierno, donde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado». Un año antes, el Ángel de Fátima les había enseñado esta oración a los pastorcitos: «Jesús mío, perdona nuestras faltas. Líbranos del fuego del infierno. Lleva al Cielo a todas las almas, sobre todo a las más necesitadas de tu misericordia.»
Jesús habla en repetidas ocasiones de la Gehenna o fuego inextinguible (Mt. 5,22; 13,42; Mc. 9, 43-49), reservado para quienes persisten hasta el fin de su vida en el rechazo a la conversión. El primer fuego, el espiritual, consiste en estar privados de la posesión de Dios. Es la más terrible de las penas, la que constituye en esencia el infierno, porque la muerte deshace como por encanto los lazos del alma, que anhela vivamente volver a unirse a Dios, pero le es imposible si ha escogido libremente separarse de Él con el pecado.
La segunda es una pena misteriosa por la que el alma padece un fuego real, no metafórico, que acompaña inextinguible al de la pérdida de Dios. Y como el alma es inmortal, la pena debida al pecado mortal del que el pecador no se ha arrepentido dura lo mismo que la vida del alma: para siempre, por la eternidad. Esta doctrina fue definida por el IV Concilio de Letrán, el II de Lyón, el de Florencia y el de Trento.
En la constitución Benedictus Deus del 29 de enero de 1336, mediante la cual condena los errores de su predecesor Juan XXII sobre la visión beatífica, Benedicto XII afirmó: «Definimos que, según la común ordenación de Dios, as almas que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno, donde son atormentadas con penas infernales. (Denz. 531)
El pasado 29 de marzo, Jueves Santo, apareció en el diario italiano La Repubblica una entrevista al papa Francisco. Su ya acostumbrado interlocutor, Eugenio Scalfari, le preguntó: «Santidad, usted nunca me ha hablado de las almas que mueren en pecado y van al infierno para pagar por la eternidad. Me ha hablado, en cambio, de las almas buenas admitidas a la contemplación de Dios. ¿Y las almas malas? ¿Dónde son castigadas?»
A lo que el papa Francisco responde con estas palabras: «No son castigadas. Los que se arrepienten obtienen el perdón de Dios y se unen a las almas de los que lo contemplan, pero los que no se arrepienten y no pueden por tanto ser perdonados, desaparecen. No existe un infierno; existe la desaparición de las almas pecadoras.»
Estas palabras, tal como suenan, constituyen herejía. Ya empezaba a difundirse el rumor, cuando la Sala de Prensa vaticana intervino con un comunicado en que se lee: «El Santo Padre ha recibido recientemente al fundador del diario La Repubblica en un encuentro privado con ocasión de la Semana Santa, pero sin dar ninguna entrevista. Lo que publica hoy en el artículo su autor es el resultado de su reconstrucción, en la que no se reproducen las palabras exactas pronunciadas por el Papa. Por tanto, ninguna cita del mencionado artículo puede considerarse una transcripción fiel de las palabras del Santo Padre.»
Así pues, no se ha tratado de una entrevista, sino de una conversación privada que el Papa sabía muy bien que se convertiría en entrevista, porque ya había sucedido lo mismo en las cuatro entrevistas previas de Scalfari. Y si, a pesar de la polémica suscitada por las entrevistas precedentes con el periodista de La Repubblica, sigue considerándolo su interlocutor preferido, eso quiere decir que el Sumo Pontífice pretende ejercer por medio de esos coloquios una especie de magisterio mediático con consecuencias inevitables.
Ninguna frase –dice la Santa Sede–  debe considerarse una transcripción fiel, pero no se ha desmentido ningún contenido de la entrevista, de modo que no tenemos forma de saber si en algún momento se ha distorsionado el pensamiento bergogliano. En sus cinco años de pontificado, Francisco no ha hablado una sola vez del infierno como pena eterna para las almas que mueren en pecado. Para dejar claro su pensamiento, el Papa, o la Santa Sede, deberían reafirmar públicamente la doctrina católica en todos los puntos de la entrevista en que ésta ha sido negada.
Desgraciadamente, no lo han hecho, y da la impresión de que lo afirmado por La Repubblica no sea un bulo periodístico, sino una iniciativa deliberada destinada a aumentar la confusión entre los fieles. La tesis según la cual la vida eterna estaría reservada a las almas de los justos mientras que las de los malos desaparecerían es una herejía antigua que no sólo niega la existencia del infierno, sino también la inmortalidad del alma, definida como verdad de fe por el V Concilio de Letrán (Denz. 738).
Tan extravagante opinión fue expresada por los socinianos, los protestantes liberales, algunas sectas de corte adventista y, en Italia, por el pastor valdense Ugo Janni (1865-1938), teórico del pancristianismo y gran maestro masón de la logia Mazzini de Sanremo. Para dichos autores, la inmortalidad es un privilegio que Dios sólo concede a las almas de los justos.
La suerte de las que se obstinan en el pecado no sería una pena eterna, sino la pérdida total del ser. Esta doctrina es conocida también como inmortalidad facultativa condicionalismo, porque considera que la inmortalidad está condicionada por la conducta moral. El fin de la vida virtuosa es la perpetuidad del ser; el de la culpable, la autoaniquilación.
El condicionalismo casa con el evolucionismo porque sostiene que la inmortalidad es una conquista del alma, en una especie de ascensión humana, análoga a selección natural, que permite a los organismos inferiores transformarse en superiores. Nos encontramos ante un concepto al menos implícitamente materialista, porque la razón de la inmortalidad del alma es su espiritualidad: lo espiritual no puede disolverse, y quien afirma la posibilidad de dicha descomposición atribuye una naturaleza material al alma.
Una sustancia simple y espiritual como el alma no podría perderla sino por intervención de Dios, pero esto lo niegan los condicionistas, porque significaría admitir las sanciones de un Dios justo que premia y castiga en el tiempo y en la eternidad. Su concepto de un Dios sólo misericordioso atribuye por el contrario a la voluntad del hombre la facultad de autodeterminarse, escogiendo entre convertirse en una chispa que se disuelve en el fuego divino o extinguirse en la nada absoluta.
Las únicas opciones que le quedan al hombre en esta cosmología que no tiene nada que ver con la fe católica ni con el sentido común son el panteísmo y el nihilismo. Y para un ateo, de por sí convencido de que después de la muerte no hay nada, el condicionalismo elimina toda posibilidad de conversión, la cual procede del timor Domini: el temor del Señor, principio de toda sabiduría (Salmo 110, 10), a cuyo juicio nadie escapará. Solamente creyendo en la infalible justicia de Dios podremos abandonarnos a su inmensa misericordia.
Nunca como ahora ha sido más necesaria la predicación del destino último de las almas, que la Iglesia resume en los cuatro novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. La Virgen misma lo recordó en Fátima, previendo la deserción de los pastores de la Iglesia, pero garantizándonos que nunca nos faltará la asistencia del Cielo.
Profesor Roberto De Mattei
Corrispondenza Romana
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)
Fuente: adelantelafe.com

viernes, 30 de marzo de 2018

VIVIR ABRAZADOS A LA CRUZ

Desde el primer momento en que me pedías que me abrazara a tu cruz, sólo pude sentir, sin pensármelo más, una inmensa alegría, porque Tú me estabas invitando a unirme a Ti.

Sólo el alma que quiere sentirse enamorada de Cristo y que se siente unida a Cristo, puede comprender que sólo desde el sufrimiento se puede llegar a ser verdaderamente feliz.

¿Qué ha significado para mí el unirme a la cruz de Cristo?: el mayor de los regalos que me ha hecho el Señor. Es una gran muestra de amor y de intimidad que el Señor me ha dado. 
Caer en la cuenta de que Dios me quiere, pero de un modo muy especial: me quiere abrazada a su Cruz.

En medio de los mayores padecimientos Jesús da el consuelo para seguir adelante.
La cruz de Cristo me ha acompañado desde que nací, pero es Él quien me hace amar esta cruz.
La única manera de colaborar con Cristo es extendiendo nuestros brazos en la cruz, en la cruz de cada día.

Ofrecerse con Cristo es encontrar la paz del alma; ofrecerse con Cristo es haber encontrado el tesoro escondido desde los siglos, es haber encontrado el amor.

Como nuestro Santo Hermano Rafael nos dice y enseña, hoy yo también te pido, Señor: "Ayúdame a ser egoísta en el sufrir y desprendida en la alegría".
"Señor, enséñame a sufrir, que yo sepa llevar por Ti mi cruz con amor y alegría"

Señor, que siempre busque la senda estrecha de la vida que me lleva hasta Ti. Que no busque en mi vida la comodidad y el aplauso, sino saber descubrirte en cada una de la cruces que me encuentre en el camino.

Que al contemplarte en tu Pasión, al realizar el ejercicio del viacrucis, aprenda a amar el dolor y junto con tu Madre y mi Madre, María, permanezca para siempre calladamente a los pies de tu Cruz.

Hoy nos decían en la meditación de la tarde que preguntáramos al Señor:Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?.
- Y Tú me contestabas: sufrir por Mí; sufrir por Mí y aceptar gustosa las pruebas que yo te mande. Ellas serán las que te darán fuerzas para seguir luchando y llevando el evangelio en tu propia carne.

¡Cuánto provecho reportarán las penas y sufrimientos para las almas cuando se sufren con alegría y por amor a Jesucristo!
Madre María Elvira de la Santa Cruz
Misionera de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
(+ 19-III-2006)

OFRECERNOS AL PADRE CON CRISTO INMOLADO

Ofrecernos al Padre con Cristo inmolado sobre altar

    La pasión de Jesús ocupa un lugar tan importante en su vida; es de tal forma su obra, ha puesto tal valor en ella, que ha querido que su recuerdo perdurara entre nosotros, no solamente una vez al año, durante la semana santa, sino cada día; ha creado Él mismo un sacrificio para perpetuar a través de los siglos la memoria y los frutos de su oblación en el Calvario; es el sacrificio de la Misa: Hoc facite in meam commemorationem
   Una participación íntima y muy eficaz en la pasión de Jesús consiste en asistir a este santo Sacrificio, u ofrecerlo con Cristo.
   En efecto, sobre el altar, como sabéis, se reproduce el mismo sacrificio del Calvario; es el mismo pontífice, Jesucristo quien se ofrece a su Padre por manos del sacerdote; es la misma víctima; sólo se diferencia en la manera de ofrecerlo. Con frecuencia decimos: “¡Oh, si hubiese podido estar en el Gólgota con la Virgen, San Juan, la Magdalena!” Mas la fe nos sitúa ante Jesús inmolándose en el altar; El renueva, de una manera mística, su sacrificio, para hacernos participantes de sus méritos y de sus satisfacciones. No le vemos con nuestros ojos corporales, mas la fe nos dice que Él está allí, con los mismos fines por los que se ofrecía sobre la cruz. Si tenemos una fe viva, doblaremos nuestras rodillas a los pies de Jesús que se inmola, nos unirá a Él, a sus sentimientos de horror al pecado; nos hará decir con Él: “Padre, heme aquí, para hacer vuestra voluntad”: Ecce venio, ut faciam, Deus voluntatem tuam.
   Debemos estar unidos a Cristo en su inmolación, ofrecernos con Él; entonces nos une a Él, nos inunda con Él, nos coloca ante su Padre in odorem suavitatis. Somos nosotros mismos los que debemos ofrecernos con Jesucristo. Si los fieles participan por el bautismo del sacerdocio de Cristo, es, dice San Pedro, “para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”: Sacerdotium sanctus, offerre spirituales hostias, acceptabiles Deo per Jesum Christum. Eso es tan cierto, que en más de una de las oraciones que siguen a la oblación que acaba de hacer a Dios, esperando el momento  de la consagración, la Iglesia hace notar esta unión de nuestro sacrificio con el de su Esposo. “Dignaos, Señor, dice, santificar estos dones, aceptando la ofrenda de esta hostia espiritual, haced de nosotros mismos una oblación eterna a gloria vuestra, por Jesucristo Nuestro Señor”, Propitius, Domine, quaesumus, haec dona sanctifica, et hostias spiritualis oblatione suscepta, NOSMETIPSOS tibi perfice munus aeternum.
   Mas para que seamos aceptados por Dios, conviene que la ofrenda de nosotros mismos sea unida a la que Jesús hizo de su persona sobre la cruz, y que renueva sobre el altar. Nuestro Señor nos ha suplido en su inmolación; El nos ha reemplazado a todos, y, por esto, el golpe que fue de gracia para Él nos ha hecho morir a todos con Él: Si unus pro ómnibus mortuus est, ergo omnes mortui sunt:  “Si uno ha muerto por todos, todos, por tanto, han muerto”. Por nosotros, nosotros no morimos con Él sino uniéndonos a su sacrificio del altar. Y ¿cómo nos uniremos a Cristo en concepto de víctima? Entregándonos, como Él, al cumplimiento perfecto del beneplácito divino.
   Dios debe poder disponer plenamente de la víctima que se le ofrece: debemos permanecer en esta actitud básica de darlo todo a Dios, de llevar a cabo nuestros actos de renunciamiento y de mortificación, de aceptar los sufrimientos, las pruebas y las penas de cada día por amor a Él, de manera que podamos decir como Jesucristo en los momentos de su Pasión: Ut cognoscat mundus quia diligo Patrem, sic facio: “Obro así, para que el mundo sepa que amo al Padre”. Esto es ofrecerse con Jesús. Cuando ofrecemos al Padre eterno su divino Hijo, y nosotros nos ofrecemos a nosotros mismos “con la Hostia santa”, con las mismas disposiciones que animaban el Corazón Sagrado de Cristo sobre la cruz, es decir: amor intenso a su Padre y a nuestro hermanos, deseo ardiente de salvar las almas, abandono completo a la voluntad de lo alto, sobre todo en aquello que encierra algo de penoso o contrario para nuestra naturaleza, entonces es cuando ofrecemos a Dios el homenaje más agradable que puede recibir de nosotros.
Beato Dom Columba Marmión

jueves, 29 de marzo de 2018

SACERDOCIO, EUCARISTÍA, MANDATO NUEVO

   “Nosotros debemos gloriarnos de la cruz de nuestro Señor Jesucristo en quien está nuestra salud, vida y resurrección y por quien hemos sido salvados y libertados”.
Con estas palabras de la Carta de San Pablo a los Gálatas, comienza la Iglesia en el introito la celebración de la Santa Misa de este día.
Sin duda alguna, estas palabras centran el contenido del misterio que en este día de Jueves Santo celebra la Iglesia e ilumina para nosotros el sentido de lo acontecido en el primer Jueves Santo de la Historia.
El Jueves Santo no está desligado del misterio de la Cruz, al contrario forma una unidad indisoluble con el Viernes Santo y con los misterios de la Pasión y de la Muerte del Señor.
En la noche del Jueves Santo, en el contexto de la Última Cena del Señor con sus Apóstoles, Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para la salvación del mundo. Y como culminación de la institución dio el Señor a su Apóstoles el mandato de actualizar y renovar permanentemente hasta la consumación de  los siglos el Sacrificio Eucarístico: HACED ESTO, EN CONMEMORACIÓN MÍA. Esto es, renovar a través de los tiempos el Sacramento de la Nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y para la salvación del mundo.
Quiso el Señor dotar a su Iglesia de un Sacrificio visible aunque incruento, renovación del Sacrificio de la Cruz, para que a través de su renovación se fuese aplicando a las almas la virtud salvadora de la Cruz, las gracias de la redención.
No es otra, pues, la misión fundamental de la Iglesia de Cristo que completar la obra redentora de su Señor. La completa renovando el Santo Sacrificio ofrecido en el Altar de la Cruz, acercando a cuantos  desean salvarse hasta la Cruz redentora, para que del Costado herido y abierto del Salvador beban de las fuentes de la Salvación.
Comprenderemos, pues, que la Iglesia tiene su razón de ser en el Sacrificio de Cristo que perdona los pecados del mundo y otorga a las almas los frutos de la Redención. Y es en íntima asociación con el Sacrificio de Cristo que nace, se renueva y se fortalece la vida sobrenatural de los cristianos.
Para que el Sacrificio de la cruz pudiese ser renovado de tal forma que las gracias redentoras fluyan hacia las almas, instituyó el Señor el sacerdocio católico.
No puede haber sacrificio sin sacerdocio, ni tiene razón de ser el sacerdocio si no es en función del sacrificio.
Los sacerdotes católicos son los dispensadores de los misterios de Dios, los dispensadores de las gracias de la Redención que brotan abundantes de la Cruz del Salvador.
El Sacerdote es para el Altar y para el Sacrificio. Es ahí donde está el sentido de su vida y de su vocación, la razón de ser de su altísima dignidad y de su altísimo ministerio. Para eso ha sido configurado con Cristo Cabeza y Pastor de su Iglesia, de tal manera que una vez ungido por Dios ya no se pertenece a sí mismo, ni ha de vivir para sí mismo, sino únicamente para Aquél que por nosotros murió y resucitó, para Aquél que lo ha elegido, consagrado y enviado para ser instrumento suyo en la propagación de la obra redentora. Más que nunca hemos de renovar la fe y la estima en el inmenso y maravilloso don que nuestro Señor Jesucristo ha dado a su Iglesia y al mundo entero a través del sacerdocio católico, pues cada sacerdote es misteriosa y verdaderamente  “otro Cristo”, “el mismo Cristo” que a través de sus ungidos continúa haciendo presente en la historia de los hombres su misión salvadora.
¿Es pues de extrañar que las insidias del infierno y las maquinaciones del mundo se dirijan hacia otro lado que no sea el corazón mismo de la Iglesia fundada por  Cristo?
Sólo así podemos explicarnos como los ataques más virulentos, desde la falta de fe, los errores doctrinales y la propagación del escándalo tienen su meta principal en la destrucción del Santo Sacrificio de la Misa y en la perversión de la identidad y la misión del sacerdocio católico.
“Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” que es nuestra vida y salvación “porque en atención a Cristo crucificado envió el Padre Eterno a nosotros el Espíritu Santo que es el principio de nuestra vida espiritual. Es, en fin nuestra salud, porque como dice Isaías, la sangre de sus llagas y los cardenales de todos sus miembros bárbaramente flagelados son como un bálsamo, medicamento de vicios y de pasiones”.
Hagamos de la Cruz de Cristo que se eleva en nuestros altares el centro de nuestra vida cristiana. Hagamos de la vida eucarística el principio y fundamento de nuestra vida espiritual.
Recuperemos la fe en el ministerio sacerdotal, presencia de Cristo Salvador a favor de los hombres par alcanzar la meta de la Salvación eterna.
Y vivamos el mandato nuevo de Cristo aprendiendo de Nuestra Madre Santísima  a ofrecernos juntamente con Él haciendo de nuestra vida y de nuestra lucha espiritual una oblación para la gloria de Dios.
Manuel María de Jesús F.F.

domingo, 25 de marzo de 2018

IVAS COMO VA EL SOL A UN OCASO DE GLORIA

Hoy la Iglesia te contempla, Jesús, revestido de humildad, sentado sobre los lomos de un borriquillo, encaminándote hacia la Ciudad Santa de Jerusalén.
Tú, el Rey de cielos y tierra, te presentas ante el mundo no con el poder, la fuerza y la gloria que te corresponden, sino con el poder del amor, con la fuerza de quien se hace servidor del Padre y de los hombres, con la gloria de quien sabe abajarse para tender su mano a todos aquellos que lo necesitan.
La Iglesia se llena de gozo al contemplar admirada como los niños hebreos desde su inocencia y su mirada limpia cortan las ramas de los olivos para aclamarte, reconociéndote como el Mesías enviado del Padre para la salvación y redención del género humano.
Al paso del Redentor los niños hebreos y los pobres de Yahveh  extendieron sus mantos sobre el suelo para honrar el paso del Salvador.
Permítenos, Dulce Jesús, que hoy extendamos nosotros nuestros corazones para que te dignes pasar por nuestra vida como Rey y Señor nuestro, como Amigo y Hermano.
Que mientras muchos, dos mil años después, continúan hoy gritando: ¡crucifícale!, ¡crucifícale!, se eleven nuestras voces aclamándote: ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!
Que nuestras aclamaciones no sean hipócritas, sino una manifestación de que en verdad te aceptamos como nuestro Dios, Rey y Señor.
Manuel María de Jesús

martes, 13 de marzo de 2018

COMUNICADO DEL OBISPADO DE ALMERÍA



Con hondo dolor la Iglesia de Almería está viviendo el hallazgo del cadáver del niño Gabriel Cruz. Durante estos angustiosos días hemos encomendado al Señor a Gabriel y a sus apenados padres, en la esperanza de que fuera hallado con vida, sano y salvo. Hoy nos embarga una enorme tristeza, pero no perdemos la esperanza de la fe. Sabemos que Dios sufre con nosotros nuestros dolores, porque en la persona de Jesús su Hijo, cuya pasión vamos a celebrar, ha cargado sobre sí todos nuestros sufrimientos.
Estamos muy unidos a los padres y a los abuelos y familiares de Gabriel, cuya imagen en las pantallas nos ha llenado de ternura y emoción. Creemos que el Señor lo tiene ahora junto a sí con sus ángeles y ayudará a los padres y familiares a superar esta terrible prueba.
Este hecho y las desapariciones y asesinatos que nos sobrecogen día a día ponen de manifiesto la enfermedad del corazón humano, necesitado de conversión y perdón. Confiamos en la justicia y pedimos a Dios que cese y sea vencida por el amor toda la maldad de la violencia que acosa a nuestra sociedad.

sábado, 10 de marzo de 2018

¡GABRIEL, NADA CON FUERZA!

Padre misericordioso, que cuidas a todos y cada uno de tus hijos, protege a Gabriel. 
Esté donde esté, que pueda recibir tu amor, tu misericordia y tu paz. 
Te presentamos el sufrimiento de tantas y tantas personas que deseamos verlo feliz en su familia, en su colegio y con sus amiguitos, y te pedimos que nos ayudes en su búsqueda para que podamos encontrarlo lo antes posible. 
Madre María, únete a nosotros en nuestra petición y envía a los Santos Ángeles y Arcángeles para que nos ayuden a encontrarlo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

viernes, 9 de marzo de 2018

"FEMINISMO" CATÓLICO

Feministas radicales se desnudan ante la Catedral de El Buen Pastor en San Sebastián para protestar en contra del Obispo diocesano  Monseñor José Ignacio Munilla por sus declaraciones  sobre el feminismo radical.
Diferencias entre las justas reivindicaciones de los derechos de la mujer, en función de la dignidad por ser persona, y la manipulación, que busca romper el orden natural.

Por: Olalla Gambra Mariné | Fuente: Revista Arbil 

El gran fraude del "Feminismo"
Por "Feminismo" se entiende un movimiento social y político que postula la igualdad de los derechos de las mujeres y los hombres.
Comenzó con las sufragistas inglesas del siglo XIX, continuó defendiendo una educación equiparable a la que recibían los muchachos, un trabajo, un sueldo... En sí mismas, estas primeras aspiraciones no eran directamente contrarias a la fe ni a la moral católica. ¿Cómo es posible que hayan acabado pidiendo aberraciones tales como el derecho al aborto o a la esterilización?
Desde el principio, todas las reivindicaciones tomaban como barómetro o punto de referencia los derechos del hombre: ¡Pedimos el derecho al voto como los hombres!, ¡un trabajo remunerado como el de los hombres!, etc. Según se iban logrando objetivos, se pedía más y más, hasta que se ha llegado a un punto en el que se entra en conflicto con la diferenciación sexual más obvia. La mujer rechaza la carga de la maternidad porque los hombres no la tienen. Reivindica su derecho a un embarazo optativo, a "ser dueña de su cuerpo", a desarrollar su personalidad y sus aspiraciones sociales y económicas, "a realizarse" como dicen, antes de ser madre. El movimiento feminista ha terminado por rechazar lo más característicamente femenino y por frustrar la vocación natural de la mujer.
De esta manera el "Feminismo" ha terminado por defender una doctrina mucho más machista que cualquiera de las culturas y sistemas ideados por los hombres. Así es, pues no existe mayor elogio que la imitación. Si una persona admira tanto a otra que trabaja y se esfuerza para llegar a parecerse a ella, y se hace violencia a sí misma para conseguir ponerse a la altura de su modelo, ¿no está dando la mayor prueba de admiración que existe?
La mujer es diferente del hombre
En esta discusión se ha llegado a una confusión tal que es necesario empezar por establecer la definición de los términos.
El ser humano, en sentido general, se define como animal racional. Animal porque posee un cuerpo con necesidades materiales; racional porque posee un principio vital de numerosas facultades, que están o debieran estar subordinadas al más perfecto modo de conocimiento que tienen los seres materiales, el conocimiento racional.
Ahora bien, el ser humano como tal no existe, no es más que el nombre de la especie, que se singulariza o materializa de múltiples maneras, ninguna de las cuales constituye en su esencia al hombre. Una de esas concreciones accidentales es el sexo. Ya Aristóteles se preguntaba cuál es la importancia de esta característica para el ser humano. La respuesta que da en su Metafísica no puede ser más clara:
Las contrariedades que están en el concepto producen diferencia específica, pero las que están en el compuesto con la materia no la producen. Por eso del hombre no la produce la blancura y la negrura, y no hay diferencia específica entre hombre blanco y hombre negro... El ser macho y el ser hembra son ciertamente afecciones propias del animal, pero no en cuanto a su substancia, sino en la materia y en el cuerpo.
En otras palabras los sexos, como el color de la piel, son para él algo de la materia, no de la forma o de la esencia del hombre. Hombre y mujer cuentan con los dos elementos, cuerpo y razón, que los definen como seres humanos.
Sin embargo, al estar alma y cuerpo substancialmente unidos, nada tiene de extraño que el ser mujer u hombre conlleve diferencias accidentales en ambos elementos: la anatomía -y la simple evidencia- enseña que el cuerpo del hombre no es igual al de la mujer y que cada uno está capacitado para funciones muy distintas. Por su parte, de manera mucho menos probatoria y clara, basándose sólo en la estadística, la psiquiatría explica que los procesos mentales de la mujer y del hombre difieren, pero que ambos pueden llegar a las mismas conclusiones y desarrollo, pues aunque sean distintos sus métodos, poseen la misma capacidad.
El último término de esta controversia es la palabra "diferente". Quiere decir desigualdad, disparidad entre dos o más elementos. Pero no implica que uno sea mejor que otro. Es un adjetivo relativo, no cualitativo; sólo designa la no identidad de algunos aspectos accidentales entre hombre y mujer, pero no conlleva un juicio de valor sobre el sustantivo al que acompaña. Además, expresa una relación recíproca entre los dos términos: si uno es diferente de otro, éste será también diferente de aquél. En cambio, si uno fuera inferior a otro, éste no sería inferior a aquél.
Entender que la proposición "la mujer es diferente del hombre" es lo mismo que "la mujer es inferior al hombre" constituye un salto sofístico sin fundamento lógico. Este error que comete el "Feminismo" moderno, debiera llevarnos a dudar de la bondad de su fundamento.
Admitida, pues, la esencial identidad de hombre y mujer se entiende también la identidad de su fin o destino, que no es otro que la salvación. Este punto es fundamental para entender la postura de la Iglesia Católica en esta cuestión que, por su virulencia, ha dado en llamarse "la guerra de los sexos". Los Mandamientos de la Ley de Dios son comunes para todos los seres humanos, no existen los Diez Mandamientos del Hombre ni los Diez Mandamientos de la Mujer; son los mismos y han de obedecerse cada uno en su estado y condición. Las Bienaventuranzas, las Virtudes y los Vicios, el Cielo y el Infierno son los mismos para ambos sexos. Ante el Juicio de Dios, los hombres y las mujeres son iguales.
Deber de estado
Sin embargo, cada uno debe perseguir el mismo fin útimo según su vocación y según las condiciones que Dios le ha dado. En otras palabras, cada cual tiene que atender a su deber de estado. ¿Qué tiene que ver con esto la diferencia sexual? Si no me equivoco, tal disparidad, desde el punto de vista de la doctrina católica estricta, sólo tiene que ver con la vocación religiosa y con el matrimonio. En lo demás la Iglesia no parece meterse: que una mujer quiere ser general de carabineros, albañil de primera o levantadora de pesos en una feria, allá ella. Con tal de que se guarde la decencia necesaria no pone más inconvenientes la doctrina cristiana más inconvenientes que los que ofrecerá la propia naturaleza.
El auténtico problema reside en el matrimonio y en la familia que es donde se plantea con toda su crudeza la llamada "guerra de los sexos". Ahí es donde se confluyen todos los factores arriba enumerados, hasta que por remota influencia marxista se ha acabado por concebir la complementariedad matrimonial como enfrentamiento similar a la lucha de clases.
Y para concebir adecuadamente el problema que a diario viven los matrimonios, entre el trabajo de los cónyuges, o de uno de los dos, fuera de casa y las tareas domésticas, creo que basta con enunciar el principio fundamental al respecto: nadie está obligado al matrimonio, pero una vez casados su obligación de estado ya no es la de la profesión, sino la que se sigue de su condición de casados (a no ser que un bien mayor exija otra cosa).
Esto se complementa con otra idea muy contraria al espíritu moderno: el éxito personal entendido como reconocimiento público de la labor individual es ilícito perseguirlo por sí mismo, y más aún en el caso de que ello perturbe el fin de los casados.
Para entender esta doctrina, que podría servir de fundamento a un "Feminismo" cristiano, no es malo recordar por qué, con independencia de las corrientes hoy jaleadas por los medios de comunicación, la familia y dentro de ella las tareas de procreación y educación de la prole deben prevalecer sobre los intereses individuales de los cónyuges.
La familia, célula de la sociedad
Uno de los principios fundamentales de la doctrina tradicional es el de defender la supremacía de la sociedad sobre el Estado que suele resumirse en el conocido lema "Más Sociedad y menos Estado". El Estado no es más que la organización de la sociedad y debe servirla, no al revés. Queda así reconocida la primacía natural del hombre sobre el Estado.
A su vez, el hombre, que es un ser sociable, ordena sus relaciones en varios órganos o cuerpos intermedios a partir de la familia. Es en la familia donde se forman los individuos que integran la sociedad y el Estado. Es decir, la familia es la base de la sociedad y de toda su organización, incluyendo, en último término, al Estado.
Si la familia juega ese papel fundamental en la sociedad, entonces, siguiendo el orden natural establecido por Dios, la doctrina tradicional reconoce la importancia de la mujer. Por obvias necesidades primarias es la madre la que está más cerca del hijo en los primeros años de vida. Y todos los psiquiatras, psicólogos y pedagogos coinciden en afirmar que estos primeros años son decisivos en la vida de cada persona. Es el período en que se adquieren las nociones generales del mundo en el que han de vivir, cuando se aprenden unos principios morales básicos según los cuales se ordenará la educación y se adquieren unos primeros hábitos con los que se conformará la personalidad del hijo.
Durante estos primeros años que se pasan en el hogar se ponen los fundamentos de toda educación de cada individuo que el día de mañana integrará la sociedad y el Estado. Los niños de hoy son el futuro de cada nación. Es decir, la educación es una cuestión fundamental para la sociedad y el estado. Así lo afirma cualquiera al que se le pregunte, y de hecho, ésta es la razón de que los programas educativos sean uno de los puntos de debate constantes en los programas políticos.
Falta de valoración social
Sin embargo, el educador, el responsable de esa importante tarea, no recibe esa consideración. Los mismos que reconocen la importancia de la educación afirman poco después que la mujer debe ser rescatada de la esclavitud que supone ocuparse de la formación de sus hijos. No se dan cuenta de que caen en una flagrante contradicción: la educación y formación es una labor necesaria y excelsa pero la mujeres que se dedican a ello son despreciadas por la sociedad. Algo tan absurdo como si pretendiéramos llegar justo a tiempo de salvar a un príncipe de ser rey o a un obispo de ser Papa.
¿Por qué es valorada una profesora que enseña un área especializada de conocimiento a muchos alumnos unas horas a la semana y en cambio, esa misma mujer cuando dedica muchas más horas a la formación integral de su hijo sobre todos los aspectos de la vida sólo recibe desprecio, más o menos velado? Y no digamos en el caso de las madres que no trabajan fuera de casa.
El criterio nace en parte de razones económicas, pero sobre todo en la búsqueda del éxito: la mujer que tiene una profesión fuera de casa recibe un salario y como tal, es tomada en consideración por la sociedad. En cambio, las horas que dedica a su familia no las remunera nadie y no cotizan en la Seguridad Social, por tanto la sociedad no las valora. Y lo grave es que no sólo la sociedad, sino ella misma sólo se "siente realizada" cuando desempeña su profesión y todo el tiempo que emplea en sus obligaciones como madre y esposa y ama de casa le parecen horas robadas a su verdadera función.
Las causas de esta alteración de valores son múltiples: entre ellas, la ñoña conciencia romántica que en el siglo XIX (del que nada bueno ha salido) hizo de la mujer un objeto débil, decorativo y algo tonto. A ello se unió en esa misma época la transformación social que produjo la concepción política que centralizó todo el poder en manos de un todopoderoso Estado. La educación estatalizada llevada a cabo contra la Iglesia y las prerrogativas de los padres, el trabajo asalariado propio del capitalismo, la valoración suprema del éxito individual nacida de la sociedad protestante; todo ello contribuyó a despreciar las tareas propias del hogar y a la vocación familiar.
De todas estas obligaciones el hombre se liberó creyendo que con traer el salario a casa y mantener económicamente a la familia ya cumplía con sus deberes de estado. Además, todo el tiempo que no dedicaba a su profesión, procuraba emplearlo en cultivar una vida social completamente ajena al entorno familiar.
Quizá el ejemplo más expresivo sean los Clubes ingleses del XIX... No es simple casualidad que precisamente en la Inglaterra del XIX donde triunfó el movimiento Feminista, que utilizó como pretexto el derecho al voto de las mujeres. Si el hombre había podido liberarse de todas esas tareas que él mismo había conceptuado de denigrantes, la mujer reclamaba el mismo derecho: los hijos quedaban a cargo de institutrices o de internados, la casa la atendía el servicio –naturalmente, esta "liberación" sólo podían conseguirla los que tenían recursos económicos suficientes- y los cónyuges quedaban libres para "realizarse" y cultivar sus intereses, cada uno por su lado. La sociedad se horrorizó de los resultados de su propia actitud: el desprecio de las obligaciones que conlleva el matrimonio conducía irremediablemente a la destrucción de la familia. De ahí la reacción airada de los políticos y de los prohombres de la Inglaterra del XIX.
"Feminismo" católico
Contra estos valores y usos sociales erróneos, el "Feminismo" se propuso como la solución.
Desgraciadamente el término feminista está tan corrompido que todo el mundo lo asocia con esas reivindicaciones antinaturales y contrarias a la moral que terminan necesariamente en el rebajamiento de todo aquello que es característico de la mujer. Es decir, la solución es peor que el problema.
Todos los que no están de acuerdo con exigencias tales como el aborto, rechazan esa postura extrema, pero se contentan con un "Feminismo" aguado, sin base doctrinal definida. Es ese "Feminismo" vergonzante, pues ni siquiera admiten la etiqueta de "Feminismo", que se limita a celebrar el "Día de la Mujer trabajadora" -el 8 de Marzo- o exigir un porcentaje de candidatas femeninas en las listas de los partidos -lo cual en realidad es denigrante, pues ocupan esos puestos por ser mujeres, no porque sean capaces de desempeñarlo: un recurso propagandístico más - y que contabiliza como éxito importante el lanzar una campaña de carteles con el lema "A partes iguales". Estas dos versiones del "Feminismo" son incorrectas, aunque en distinto grado, pues la extrema es activa, la intermedia es pasiva. Pero debe existir una respuesta correcta a este problema. Y es una tercera postura, que aún no está articulada como tal, incluso ni siquiera tiene nombre y que, provisionalmente, podría llamarse "Feminismo" católico o tradicional.
Este "Feminismo" Católico consiste en aplicar el principio cristiano de igualdad entre ambos sexos a la sociedad, poner en práctica la doctrina de la Iglesia Católica. Debe centrarse en defender a la familia, pues ha sido el objeto principal de los ataques, tanto por parte del desprecio de una sociedad individualista y economicista, como por parte del "Feminismo" extremo que rechaza la maternidad y las obligaciones que conlleva, porque precisamente ésa es la característica que diferencia a la mujer del hombre.
Por tanto, es necesario desterrar todo ese desprecio social, comenzando por los complejos inconfesados de las propias mujeres. Dos caminos deben seguirse: el primero consiste en reivindicar y difundir la valoración positiva de la maternidad, la dedicación a la formación de los hijos y las tareas del ama de casa en la sociedad actual; y el segundo, en transmitir estos mismos valores católicos a los niños y jóvenes de hoy, que serán la sociedad del mañana.
La relevancia de esta defensa sólo se calibra adecuadamente si se tiene en cuenta que la consecuencia inmediata de la denigración de la institución familiar es la desaparición del orden social católico.