REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

lunes, 9 de abril de 2018

CONGRESO "IGLESIA CATÓLICA ¿ADÓNDE VAS?"

Declaración final del congreso “Iglesia católica, ¿adónde vas?”
Roma, 7 de abril de 2018
Debido a interpretaciones contradictorias de la exhortación apostólica “Amoris Laetitia”, aumentan el desconcierto y la confusión entre los fieles del mundo entero.
La urgente petición, realizada por cerca de un millón de fieles, además de por 250 hombres de letras, y también por varios cardenales, que pedían una aclaración al Santo Padre acerca de estos temas no ha sido escuchada hasta ahora.
En el grave peligro que todo esto ha creado para la fe y la unidad de la Iglesia, nosotros, miembros bautizados y confirmados del Pueblo de Dios, estamos llamados a reafirmar nuestra fe católica.
Nos autoriza y anima a hacerlo el Concilio Vaticano II, que en “Lumen Gentium”, n.33, afirma: “Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia ‘en la medida del don de Cristo’ (Ef 4, 7)”.
Nos anima a hacerlo también el beato John Henry Newman, el cual en su escrito, diríamos profético, “On Consulting the Faithful in Matter of Doctrine”, indicaba, ya en 1859, la importancia que los laicos ofrecieran testimonio de su fe.
Por eso nosotros testimoniamos y confesamos de acuerdo con la tradición auténtica de la Iglesia que:
1) El matrimonio rato y consumado entre dos bautizados solo puede disolverse con la muerte.
2) Por eso los cristianos que, casados con un matrimonio válido, se unen a otra persona mientras su cónyuge sigue todavía en vida, cometen el grave pecado de adulterio.
3) Estamos convencidos que existen mandamientos morales absolutos, que obligan siempre y sin excepciones.
4) Estamos convencidos de que el juicio sobre la posibilidad de administrar la absolución sacramental no se basa sobre la imputabilidad del pecado cometido, sino sobre el propósito del penitente de abandonar un modo de vida contrario a los mandamientos divinos.
5)  Estamos convencidos que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente y no están dispuestos a vivir en continencia, no pueden acceder a la Comunión eucarística, puesto que se encuentran en una situación que está objetivamente en contradicción con la ley de Dios.
Nuestro Señor Jesucristo dice: “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).
Con esta confianza confesamos nuestra fe ante el supremo pastor y maestro de la Iglesia y ante los obispos, y les pedimos que nos confirmen en la fe.

sábado, 7 de abril de 2018

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE

San Juan Bautista De La Salle, Sacerdote Fundador de la Congregación de Hermanos de las Escuelas Cristianas, Celestial Patrón de los Maestros y Educadores.

1.“LA ALEGRÍA DEL MUNDO ES BREVE; LA DE AQUELLOS QUE SIRVEN A DIOS NO TENDRÁ FIN”
2.“¿ES TAN GRANDE TU FE QUE LLEGA A CAUTIVAR EL CORAZÓN DE AQUELLOS A QUIENES ENSEÑAS Y LES INSPIRAS EL ESPÍRITU CRISTIANO?”
3.“NO PUEDES EDUCARLOS MEJOR QUE DÁNDOLES BUEN EJEMPLO Y AHOGANDO TODO MOVIMIENTO DE IRA”.
4.“LA ORACIÓN ES EL SOSTENIMIENTO DEL ALMA: ¿TE ATREVERÁS A DESATENDERLA?”
5. “PON EMPEÑO EN VOLCARTE A LA ORACIÓN. YA SABES QUE DE ESTE EJERCICIO DEPENDE LA BENDICIÓN DE DIOS SOBRE LOS DEMÁS Y QUE SIRVE PARA ATRAER SUS GRACIAS HACIA NOSOTROS”.

6. “MIENTRAS SEAS OBEDIENTE, DIOS TE SOSTENDRÁ”.
7. “EL MEDIO DE CORREGIR NO SERÁ LA IMPACIENCIA, SINO LA VIGILANCIA Y EL BUEN EJEMPLO”.
8. “BRILLEN EN TODAS TUS CONVERSACIONES LA HUMILDAD Y LA MANSEDUMBRE. LA LENGUA APACIBLE, DICE EL SABIO, QUEBRANTA LAS COSAS MÁS DURAS”.
9. “LOS HOMBRES Y AUN LOS NIÑOS ESTÁN DOTADOS DE RAZÓN, Y NO DEBEN SER CORREGIDOS COMO BESTIAS, SINO COMO PERSONAS RAZONABLES”.
10. “QUIEN DESCONOCE LA DURACIÓN DE SU VIDA NO DEBE DESCUIDARSE EN EMPLEAR LOS MEDIOS NECESARIOS PARA ASEGURAR SU SALVACIÓN”.
ORACIÓN
Oh Dios, que para formar a los niños pobres en la vida cristiana y para afianzar a la juventud en el camino de la verdad, elegiste a San Juan Bautista de La Salle, y en torno a él surgió en tu Iglesia una nueva Congregación religiosa, concédenos, por su intercesión y ejemplo, buscar tu gloria en la salvación de las almas, para que podamos participar de tu recompensa en el cielo. Amén.

EL PAPA FRANCISCO Y EL DESTINO ETERNO DE LAS ALMAS


La finalidad de la Iglesia es la gloria de Dios y la salvación de las almas. ¿Salvarlas de qué? De la condenación eterna, que es el destino que aguarda a los hombres que mueren en pecado mortal. Nuestro Señor ofrendó su Pasión redentora por la salvación de la humanidad.
La Virgen lo recordó en Fátima: el primer secreto que comunicó a los pastorcillos aquel 13 de julio de 1917 se inicia con la terrorífica visión del mar llameante del infierno. Escribe Sor Lucía que, de no haber sido por la promesa que les había hecho de llevarlos al Cielo, los videntes habrían muerto de la emoción y de miedo.
Las palabras de Nuestra Señora son tristes y graves: «Habéis visto el infierno, donde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado». Un año antes, el Ángel de Fátima les había enseñado esta oración a los pastorcitos: «Jesús mío, perdona nuestras faltas. Líbranos del fuego del infierno. Lleva al Cielo a todas las almas, sobre todo a las más necesitadas de tu misericordia.»
Jesús habla en repetidas ocasiones de la Gehenna o fuego inextinguible (Mt. 5,22; 13,42; Mc. 9, 43-49), reservado para quienes persisten hasta el fin de su vida en el rechazo a la conversión. El primer fuego, el espiritual, consiste en estar privados de la posesión de Dios. Es la más terrible de las penas, la que constituye en esencia el infierno, porque la muerte deshace como por encanto los lazos del alma, que anhela vivamente volver a unirse a Dios, pero le es imposible si ha escogido libremente separarse de Él con el pecado.
La segunda es una pena misteriosa por la que el alma padece un fuego real, no metafórico, que acompaña inextinguible al de la pérdida de Dios. Y como el alma es inmortal, la pena debida al pecado mortal del que el pecador no se ha arrepentido dura lo mismo que la vida del alma: para siempre, por la eternidad. Esta doctrina fue definida por el IV Concilio de Letrán, el II de Lyón, el de Florencia y el de Trento.
En la constitución Benedictus Deus del 29 de enero de 1336, mediante la cual condena los errores de su predecesor Juan XXII sobre la visión beatífica, Benedicto XII afirmó: «Definimos que, según la común ordenación de Dios, as almas que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno, donde son atormentadas con penas infernales. (Denz. 531)
El pasado 29 de marzo, Jueves Santo, apareció en el diario italiano La Repubblica una entrevista al papa Francisco. Su ya acostumbrado interlocutor, Eugenio Scalfari, le preguntó: «Santidad, usted nunca me ha hablado de las almas que mueren en pecado y van al infierno para pagar por la eternidad. Me ha hablado, en cambio, de las almas buenas admitidas a la contemplación de Dios. ¿Y las almas malas? ¿Dónde son castigadas?»
A lo que el papa Francisco responde con estas palabras: «No son castigadas. Los que se arrepienten obtienen el perdón de Dios y se unen a las almas de los que lo contemplan, pero los que no se arrepienten y no pueden por tanto ser perdonados, desaparecen. No existe un infierno; existe la desaparición de las almas pecadoras.»
Estas palabras, tal como suenan, constituyen herejía. Ya empezaba a difundirse el rumor, cuando la Sala de Prensa vaticana intervino con un comunicado en que se lee: «El Santo Padre ha recibido recientemente al fundador del diario La Repubblica en un encuentro privado con ocasión de la Semana Santa, pero sin dar ninguna entrevista. Lo que publica hoy en el artículo su autor es el resultado de su reconstrucción, en la que no se reproducen las palabras exactas pronunciadas por el Papa. Por tanto, ninguna cita del mencionado artículo puede considerarse una transcripción fiel de las palabras del Santo Padre.»
Así pues, no se ha tratado de una entrevista, sino de una conversación privada que el Papa sabía muy bien que se convertiría en entrevista, porque ya había sucedido lo mismo en las cuatro entrevistas previas de Scalfari. Y si, a pesar de la polémica suscitada por las entrevistas precedentes con el periodista de La Repubblica, sigue considerándolo su interlocutor preferido, eso quiere decir que el Sumo Pontífice pretende ejercer por medio de esos coloquios una especie de magisterio mediático con consecuencias inevitables.
Ninguna frase –dice la Santa Sede–  debe considerarse una transcripción fiel, pero no se ha desmentido ningún contenido de la entrevista, de modo que no tenemos forma de saber si en algún momento se ha distorsionado el pensamiento bergogliano. En sus cinco años de pontificado, Francisco no ha hablado una sola vez del infierno como pena eterna para las almas que mueren en pecado. Para dejar claro su pensamiento, el Papa, o la Santa Sede, deberían reafirmar públicamente la doctrina católica en todos los puntos de la entrevista en que ésta ha sido negada.
Desgraciadamente, no lo han hecho, y da la impresión de que lo afirmado por La Repubblica no sea un bulo periodístico, sino una iniciativa deliberada destinada a aumentar la confusión entre los fieles. La tesis según la cual la vida eterna estaría reservada a las almas de los justos mientras que las de los malos desaparecerían es una herejía antigua que no sólo niega la existencia del infierno, sino también la inmortalidad del alma, definida como verdad de fe por el V Concilio de Letrán (Denz. 738).
Tan extravagante opinión fue expresada por los socinianos, los protestantes liberales, algunas sectas de corte adventista y, en Italia, por el pastor valdense Ugo Janni (1865-1938), teórico del pancristianismo y gran maestro masón de la logia Mazzini de Sanremo. Para dichos autores, la inmortalidad es un privilegio que Dios sólo concede a las almas de los justos.
La suerte de las que se obstinan en el pecado no sería una pena eterna, sino la pérdida total del ser. Esta doctrina es conocida también como inmortalidad facultativa condicionalismo, porque considera que la inmortalidad está condicionada por la conducta moral. El fin de la vida virtuosa es la perpetuidad del ser; el de la culpable, la autoaniquilación.
El condicionalismo casa con el evolucionismo porque sostiene que la inmortalidad es una conquista del alma, en una especie de ascensión humana, análoga a selección natural, que permite a los organismos inferiores transformarse en superiores. Nos encontramos ante un concepto al menos implícitamente materialista, porque la razón de la inmortalidad del alma es su espiritualidad: lo espiritual no puede disolverse, y quien afirma la posibilidad de dicha descomposición atribuye una naturaleza material al alma.
Una sustancia simple y espiritual como el alma no podría perderla sino por intervención de Dios, pero esto lo niegan los condicionistas, porque significaría admitir las sanciones de un Dios justo que premia y castiga en el tiempo y en la eternidad. Su concepto de un Dios sólo misericordioso atribuye por el contrario a la voluntad del hombre la facultad de autodeterminarse, escogiendo entre convertirse en una chispa que se disuelve en el fuego divino o extinguirse en la nada absoluta.
Las únicas opciones que le quedan al hombre en esta cosmología que no tiene nada que ver con la fe católica ni con el sentido común son el panteísmo y el nihilismo. Y para un ateo, de por sí convencido de que después de la muerte no hay nada, el condicionalismo elimina toda posibilidad de conversión, la cual procede del timor Domini: el temor del Señor, principio de toda sabiduría (Salmo 110, 10), a cuyo juicio nadie escapará. Solamente creyendo en la infalible justicia de Dios podremos abandonarnos a su inmensa misericordia.
Nunca como ahora ha sido más necesaria la predicación del destino último de las almas, que la Iglesia resume en los cuatro novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. La Virgen misma lo recordó en Fátima, previendo la deserción de los pastores de la Iglesia, pero garantizándonos que nunca nos faltará la asistencia del Cielo.
Profesor Roberto De Mattei
Corrispondenza Romana
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)
Fuente: adelantelafe.com

viernes, 30 de marzo de 2018

VIVIR ABRAZADOS A LA CRUZ

Desde el primer momento en que me pedías que me abrazara a tu cruz, sólo pude sentir, sin pensármelo más, una inmensa alegría, porque Tú me estabas invitando a unirme a Ti.

Sólo el alma que quiere sentirse enamorada de Cristo y que se siente unida a Cristo, puede comprender que sólo desde el sufrimiento se puede llegar a ser verdaderamente feliz.

¿Qué ha significado para mí el unirme a la cruz de Cristo?: el mayor de los regalos que me ha hecho el Señor. Es una gran muestra de amor y de intimidad que el Señor me ha dado. 
Caer en la cuenta de que Dios me quiere, pero de un modo muy especial: me quiere abrazada a su Cruz.

En medio de los mayores padecimientos Jesús da el consuelo para seguir adelante.
La cruz de Cristo me ha acompañado desde que nací, pero es Él quien me hace amar esta cruz.
La única manera de colaborar con Cristo es extendiendo nuestros brazos en la cruz, en la cruz de cada día.

Ofrecerse con Cristo es encontrar la paz del alma; ofrecerse con Cristo es haber encontrado el tesoro escondido desde los siglos, es haber encontrado el amor.

Como nuestro Santo Hermano Rafael nos dice y enseña, hoy yo también te pido, Señor: "Ayúdame a ser egoísta en el sufrir y desprendida en la alegría".
"Señor, enséñame a sufrir, que yo sepa llevar por Ti mi cruz con amor y alegría"

Señor, que siempre busque la senda estrecha de la vida que me lleva hasta Ti. Que no busque en mi vida la comodidad y el aplauso, sino saber descubrirte en cada una de la cruces que me encuentre en el camino.

Que al contemplarte en tu Pasión, al realizar el ejercicio del viacrucis, aprenda a amar el dolor y junto con tu Madre y mi Madre, María, permanezca para siempre calladamente a los pies de tu Cruz.

Hoy nos decían en la meditación de la tarde que preguntáramos al Señor:Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?.
- Y Tú me contestabas: sufrir por Mí; sufrir por Mí y aceptar gustosa las pruebas que yo te mande. Ellas serán las que te darán fuerzas para seguir luchando y llevando el evangelio en tu propia carne.

¡Cuánto provecho reportarán las penas y sufrimientos para las almas cuando se sufren con alegría y por amor a Jesucristo!
Madre María Elvira de la Santa Cruz
Misionera de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
(+ 19-III-2006)

OFRECERNOS AL PADRE CON CRISTO INMOLADO

Ofrecernos al Padre con Cristo inmolado sobre altar

    La pasión de Jesús ocupa un lugar tan importante en su vida; es de tal forma su obra, ha puesto tal valor en ella, que ha querido que su recuerdo perdurara entre nosotros, no solamente una vez al año, durante la semana santa, sino cada día; ha creado Él mismo un sacrificio para perpetuar a través de los siglos la memoria y los frutos de su oblación en el Calvario; es el sacrificio de la Misa: Hoc facite in meam commemorationem
   Una participación íntima y muy eficaz en la pasión de Jesús consiste en asistir a este santo Sacrificio, u ofrecerlo con Cristo.
   En efecto, sobre el altar, como sabéis, se reproduce el mismo sacrificio del Calvario; es el mismo pontífice, Jesucristo quien se ofrece a su Padre por manos del sacerdote; es la misma víctima; sólo se diferencia en la manera de ofrecerlo. Con frecuencia decimos: “¡Oh, si hubiese podido estar en el Gólgota con la Virgen, San Juan, la Magdalena!” Mas la fe nos sitúa ante Jesús inmolándose en el altar; El renueva, de una manera mística, su sacrificio, para hacernos participantes de sus méritos y de sus satisfacciones. No le vemos con nuestros ojos corporales, mas la fe nos dice que Él está allí, con los mismos fines por los que se ofrecía sobre la cruz. Si tenemos una fe viva, doblaremos nuestras rodillas a los pies de Jesús que se inmola, nos unirá a Él, a sus sentimientos de horror al pecado; nos hará decir con Él: “Padre, heme aquí, para hacer vuestra voluntad”: Ecce venio, ut faciam, Deus voluntatem tuam.
   Debemos estar unidos a Cristo en su inmolación, ofrecernos con Él; entonces nos une a Él, nos inunda con Él, nos coloca ante su Padre in odorem suavitatis. Somos nosotros mismos los que debemos ofrecernos con Jesucristo. Si los fieles participan por el bautismo del sacerdocio de Cristo, es, dice San Pedro, “para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”: Sacerdotium sanctus, offerre spirituales hostias, acceptabiles Deo per Jesum Christum. Eso es tan cierto, que en más de una de las oraciones que siguen a la oblación que acaba de hacer a Dios, esperando el momento  de la consagración, la Iglesia hace notar esta unión de nuestro sacrificio con el de su Esposo. “Dignaos, Señor, dice, santificar estos dones, aceptando la ofrenda de esta hostia espiritual, haced de nosotros mismos una oblación eterna a gloria vuestra, por Jesucristo Nuestro Señor”, Propitius, Domine, quaesumus, haec dona sanctifica, et hostias spiritualis oblatione suscepta, NOSMETIPSOS tibi perfice munus aeternum.
   Mas para que seamos aceptados por Dios, conviene que la ofrenda de nosotros mismos sea unida a la que Jesús hizo de su persona sobre la cruz, y que renueva sobre el altar. Nuestro Señor nos ha suplido en su inmolación; El nos ha reemplazado a todos, y, por esto, el golpe que fue de gracia para Él nos ha hecho morir a todos con Él: Si unus pro ómnibus mortuus est, ergo omnes mortui sunt:  “Si uno ha muerto por todos, todos, por tanto, han muerto”. Por nosotros, nosotros no morimos con Él sino uniéndonos a su sacrificio del altar. Y ¿cómo nos uniremos a Cristo en concepto de víctima? Entregándonos, como Él, al cumplimiento perfecto del beneplácito divino.
   Dios debe poder disponer plenamente de la víctima que se le ofrece: debemos permanecer en esta actitud básica de darlo todo a Dios, de llevar a cabo nuestros actos de renunciamiento y de mortificación, de aceptar los sufrimientos, las pruebas y las penas de cada día por amor a Él, de manera que podamos decir como Jesucristo en los momentos de su Pasión: Ut cognoscat mundus quia diligo Patrem, sic facio: “Obro así, para que el mundo sepa que amo al Padre”. Esto es ofrecerse con Jesús. Cuando ofrecemos al Padre eterno su divino Hijo, y nosotros nos ofrecemos a nosotros mismos “con la Hostia santa”, con las mismas disposiciones que animaban el Corazón Sagrado de Cristo sobre la cruz, es decir: amor intenso a su Padre y a nuestro hermanos, deseo ardiente de salvar las almas, abandono completo a la voluntad de lo alto, sobre todo en aquello que encierra algo de penoso o contrario para nuestra naturaleza, entonces es cuando ofrecemos a Dios el homenaje más agradable que puede recibir de nosotros.
Beato Dom Columba Marmión

jueves, 29 de marzo de 2018

SACERDOCIO, EUCARISTÍA, MANDATO NUEVO

   “Nosotros debemos gloriarnos de la cruz de nuestro Señor Jesucristo en quien está nuestra salud, vida y resurrección y por quien hemos sido salvados y libertados”.
Con estas palabras de la Carta de San Pablo a los Gálatas, comienza la Iglesia en el introito la celebración de la Santa Misa de este día.
Sin duda alguna, estas palabras centran el contenido del misterio que en este día de Jueves Santo celebra la Iglesia e ilumina para nosotros el sentido de lo acontecido en el primer Jueves Santo de la Historia.
El Jueves Santo no está desligado del misterio de la Cruz, al contrario forma una unidad indisoluble con el Viernes Santo y con los misterios de la Pasión y de la Muerte del Señor.
En la noche del Jueves Santo, en el contexto de la Última Cena del Señor con sus Apóstoles, Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para la salvación del mundo. Y como culminación de la institución dio el Señor a su Apóstoles el mandato de actualizar y renovar permanentemente hasta la consumación de  los siglos el Sacrificio Eucarístico: HACED ESTO, EN CONMEMORACIÓN MÍA. Esto es, renovar a través de los tiempos el Sacramento de la Nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y para la salvación del mundo.
Quiso el Señor dotar a su Iglesia de un Sacrificio visible aunque incruento, renovación del Sacrificio de la Cruz, para que a través de su renovación se fuese aplicando a las almas la virtud salvadora de la Cruz, las gracias de la redención.
No es otra, pues, la misión fundamental de la Iglesia de Cristo que completar la obra redentora de su Señor. La completa renovando el Santo Sacrificio ofrecido en el Altar de la Cruz, acercando a cuantos  desean salvarse hasta la Cruz redentora, para que del Costado herido y abierto del Salvador beban de las fuentes de la Salvación.
Comprenderemos, pues, que la Iglesia tiene su razón de ser en el Sacrificio de Cristo que perdona los pecados del mundo y otorga a las almas los frutos de la Redención. Y es en íntima asociación con el Sacrificio de Cristo que nace, se renueva y se fortalece la vida sobrenatural de los cristianos.
Para que el Sacrificio de la cruz pudiese ser renovado de tal forma que las gracias redentoras fluyan hacia las almas, instituyó el Señor el sacerdocio católico.
No puede haber sacrificio sin sacerdocio, ni tiene razón de ser el sacerdocio si no es en función del sacrificio.
Los sacerdotes católicos son los dispensadores de los misterios de Dios, los dispensadores de las gracias de la Redención que brotan abundantes de la Cruz del Salvador.
El Sacerdote es para el Altar y para el Sacrificio. Es ahí donde está el sentido de su vida y de su vocación, la razón de ser de su altísima dignidad y de su altísimo ministerio. Para eso ha sido configurado con Cristo Cabeza y Pastor de su Iglesia, de tal manera que una vez ungido por Dios ya no se pertenece a sí mismo, ni ha de vivir para sí mismo, sino únicamente para Aquél que por nosotros murió y resucitó, para Aquél que lo ha elegido, consagrado y enviado para ser instrumento suyo en la propagación de la obra redentora. Más que nunca hemos de renovar la fe y la estima en el inmenso y maravilloso don que nuestro Señor Jesucristo ha dado a su Iglesia y al mundo entero a través del sacerdocio católico, pues cada sacerdote es misteriosa y verdaderamente  “otro Cristo”, “el mismo Cristo” que a través de sus ungidos continúa haciendo presente en la historia de los hombres su misión salvadora.
¿Es pues de extrañar que las insidias del infierno y las maquinaciones del mundo se dirijan hacia otro lado que no sea el corazón mismo de la Iglesia fundada por  Cristo?
Sólo así podemos explicarnos como los ataques más virulentos, desde la falta de fe, los errores doctrinales y la propagación del escándalo tienen su meta principal en la destrucción del Santo Sacrificio de la Misa y en la perversión de la identidad y la misión del sacerdocio católico.
“Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” que es nuestra vida y salvación “porque en atención a Cristo crucificado envió el Padre Eterno a nosotros el Espíritu Santo que es el principio de nuestra vida espiritual. Es, en fin nuestra salud, porque como dice Isaías, la sangre de sus llagas y los cardenales de todos sus miembros bárbaramente flagelados son como un bálsamo, medicamento de vicios y de pasiones”.
Hagamos de la Cruz de Cristo que se eleva en nuestros altares el centro de nuestra vida cristiana. Hagamos de la vida eucarística el principio y fundamento de nuestra vida espiritual.
Recuperemos la fe en el ministerio sacerdotal, presencia de Cristo Salvador a favor de los hombres par alcanzar la meta de la Salvación eterna.
Y vivamos el mandato nuevo de Cristo aprendiendo de Nuestra Madre Santísima  a ofrecernos juntamente con Él haciendo de nuestra vida y de nuestra lucha espiritual una oblación para la gloria de Dios.
Manuel María de Jesús F.F.