REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

domingo, 15 de octubre de 2017

LLAMADA MARIANA PARA TODA LA IGLESIA

Conferencia del Profesor Roberto de Mattei
Abadía de Buckfast, Devon, Inglaterra

FÁTIMA 10O AÑOS DESPUÉS. LLAMADA MARIANA PARA TODA LA IGLESIA

Contexto histórico del Mensaje de Fátima
El mensaje de Fátima apunta al triunfo del Inmaculado Corazón de Maria. Ésta es su esencia, como bien han entendido autores como el P. Joaquín Alonso (1938-1981) [1], el P. Serafino Lanzetta [2] y otros. La profecía contenida en el mensaje del 13 de julio de 1917 tiene su punto culminante en la promesa: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». Es importante recalcar que esta promesa es incondicional [3].
Ahora bien, hay otra dimensión no menos importante que merece nuestra atención y en la que quiero centrarme.  Se trata de la profecía que afirma que si el mundo no se convierte le sobrevendrá un gran castigo. Lo de Fátima no es un llamado general a la oración y la penitencia, sino ante todo el anuncio de un castigo y del triunfo final en la historia de la divina Misericordia.
En el amplio horizonte de las revelaciones privadas, las apariciones de Fátima descuellan por una característica propia: su estrecha ligazón con la historia. Las grandes apariciones de Nuestra Señora en el siglo XIX –Rue du Bac (1830), Sant’Andrea delle Fratte (1842) y Lourdes (1858) –, si bien arrojan luz sobre su época, no tienen referencias históricas directas.
“El hombre  –afirma Dom Prosper Guéranger (1805-1875) – ha sido llamado por Dios a un destino sobrenatural, ese es su fin; la historia de la humanidad debe brindar testimonio de ello” [4]. Fátima nos recuerda que la historia no se debe juzgar según criterios de naturaleza geopolítica o socioeconómica, sino desde la perspectiva de Dios, ya que la historia es una criatura, y como tal, está ordenada a la gloria de Dios.
Por consiguiente, la revelación de Fátima es una teología de la historia que tiene por objeto el plan sobrenatural de Dios en la historia de los siglos XX y XXI. “Es –en palabras del padre Ramiro Sáenz– una intervención divina en una circunstancia histórica concreta para corregir su rumbo”[5]. “Desde todo punto de vista –señala Plinio Correa de Oliveira (1908-1995)–, por la naturaleza de su contenido y por la dignidad de Quien las dio, las revelaciones de Fátima sobrepasan todo lo que dicho la Povidencia a la humanidad ante los cataclismos que amenazan en la historia. Por tanto, puede afirmarse rotundamente y sin temor a contradicción que las apariciones de Nuestra Señora y del Ángel de la Paz en Fátima constituyen el suceso más importante y emocionante del siglo XX” [6].
El meollo de la profecía de Fátima es el mensaje del 13 de julio de 1917. Dicho mensaje se divide en tres partes, llamadas también secretos, pero las une un mismo hilo conductor y cada parte está armoniosamente entrelazada con las demás. El tríptico de Fátima, escribe el padre Alonso «forma una unidad tan compacta y perfecta que no es posible desligar una parte de otra» [7].
La primera parte del mensaje consiste en la visión del infierno, que es el castigo para las almas individuales que mueren impenitentes. En la segunda parte, el castigo se extiende a los pecados de las naciones. Una nación no sólo peca cuando la mayoría de sus ciudadanos vulnera la Ley de Dios, sino sobre todo cuando sus instituciones contradicen públicamente dicha Ley. El castigo de las naciones, que no tienen vida eterna, es su aniquilación material y espiritual.
La tercera parte del secreto se extiende a la Iglesia. El pecado de los hombres de la Iglesia, que tienen la misión de guiar a los fieles a la vida eterna, no se limita a su decadencia moral, sino –en su aspecto más profundo– a su apostasía de la fe. Cuando el clero deja de predicar la verdad y condenar los errores abdica de su misión pastoral y peca contra la fe. La visión del Tercer Secreto nos brinda una imagen simbólica del castigo de la Iglesia: la ruina de la Civitas Dei y la persecución de sus pastores y fieles.
Cada una de las partes de los tres secretos de Fátima está explicada por la precedente y, como declaró la hermana Lucía en una carta a Juan Pablo II el 12 de mayo de 1982, la trágica escena del Tercer Secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Rusia propagará sus errores por todo el mundo” [8]; es decir, a la segunda parte del Mensaje.
Ahora bien, ¿por qué desempeña Rusia esta misión tan central, y cuáles son sus errores? Ningún estudioso de Fátima tiene la menor duda al respecto. El error de Rusia es el comunismo, que a partir de 1917 empezó a difundirse por el mundo. Los pecados de las naciones y de la Iglesia consisten más que nada en haber abrazado dicho error. El castigo va en el propio pecado cometido, según enseña el libro de la Sabiduría: «per quae peccat quis, per haec et torquetur» (Sabiduría, XI, 17: “por donde uno peca, por ahí es atormentado”). El comunismo es el infierno de las naciones, y la propia Iglesia será la víctima de tan infernal maquinaria.
Rusia propagará sus errores por el mundo
El 26 de octubre de 1917, tres meses después del mensaje del 13 de julio, Vladimir Ilich Lenin (1870 -1924), se hizo con el poder en Rusia en un golpe de estado. Rusia se convirtió en la fuente de una ideología diametralmente opuesta al catolicismo. «La filosofía marxista –proclamó Lenin– es el materialismo filosófico integral» [9]. El materialismo integral también se define como materialismo dialéctico. Para el comunismo, todo es materia que evoluciona y se transforma. El alma del universo es la evolución dialéctica, que niega de raíz toda estabilidad del Ser. Todas las instituciones permanentes de la sociedad –la familia, la propiedad privada, el Estado, la Religión– están destinadas a ser absorbidas en la lucha incesante de sus contrarios [10].
Sin embargo, el comunismo no es sólo una idea filosófica, sino una organización de los apóstoles del error, que se proponen transformar la sociedad mediante su acción revolucionaria. En su segunda tesis sobre Feuerbach, Carlos Marx declara que el hombre debe encontrar la verdad de sus ideas en la praxis de éstas, y en su undécima tesis, afirma que la labor de los filósofos no es interpretar el mundo sino transformarlo [11]. El filósofo es sustituido por el revolucionario, y el revolucionario debe demostrar el poder y la eficacia de su pensamiento en la praxis. «Esto quiere decir –como señala el filósofo Augusto del Noce (1910-1989)– que es imposible tratar el marxismo independientemente de su  puesta en práctica histórica, precisamente porque no puede basar sus criterios de veracidad en nada que no sea su verificación histórica» [12].
La palabra Rusia, por tanto, es mucho más que una simple referencia geográfica: se refiere a la secta ideológica que gobierna el antiguo imperio de los zares desde 1917. Los revolucionarios –escribe Lenin– son hombres «que no sólo dedican su tiempo libre a la Revolución, sino su vida entera»[13], «hombres que se dedican a la acción revolucionaria»[14]. La Revolución Bolchevique, según el propósito de su autor, no se limita a una nación; es universal y permanente. En 1919, Lenin fundó en Moscú la Tercera Internacional o Komintern, organización multinacional de los partidos comunistas. En el congreso celebrado en Moscú en julio y agosto de 1920 dio a conocer su programa para la futura Revolución Mundial.
En Rusia y en los países en que el comunismo ha llegado al poder, el método empleado por la Revolución ha sido el terror. El 20 de diciembre de 1917, Lenin creó la Checa, policía secreta encargada de reprimir toda actividad contrarrevolucionaria. Su sede central, ubicada en la calle Lubianka, se convirtió en símbolo de un terror político sin precedentes en el mundo. Según el decreto del 5 de septiembre de 1918, bastaba con preguntar a cualquier persona por sus orígenes, sus estudios, su profesión o su domicilio. Dependiendo de lo que respondiese, si resultaba pertenecer a la clase media, su suerte estaba sellada[15]. El general Alexander Orlov (1895-1973), que desertó de la policía secreta comunista y se pasó a Occidente, calcula la cantidad de personas fusiladas entre 1917 y 1923 en más de un millón ochocientas mil[16], sin contar las que murieron de hambre y de privación. Un año después de la Revolución, en Moscú la gente iba por la calle en harapos y se desplomaba muerta en la nieve a consecuencia de la grave desnutrición. Stalin se valió del hambre para exterminar a poblaciones enteras, como los kulaks.
Comienza la Ostpolitik

Desde el principio, pocos se dieron cuenta del alcance de esta tragedia. Desgraciadamente, el consejo supremo de pastores de la Iglesia,  Benedicto XV (1914 – 1922) y Pío XI (1922-1939) tampoco lo entendieron. El historiador Anthony Rhodes (1916-2004) dice: «Hoy en día puede parecernos extraño que al principio el Vaticano no viera con suficiente aprensión a los nuevos dirigentes soviéticos de 1918»[17].
Tanto Benedicto XV como Pío XI basaron su política en el ralliement de León XIII (1878-1903) con la Tercera República Francesa[18]: que es necesario aceptar los poderes establecidos[19]. Y el poder en Rusia era Lenin, así como en tiempos del ralliement de León XIII el poder lo ejercía en Francia la Masonería. Para León XIII y su escuela diplomática, la piedad personal, incluso a alto nivel, no se metía en política, ya que está estaba reservada para la ciencia diplomática, de la cual la Iglesia era Maestra. Al igual que León XIII, otro historiador de la época, Philippe Chenaux, escribe: «Benedicto XV y Pío XI creían que podrían llegar a algún concordato con las autoridades soviéticas»[20].
La erudita italiana Laura Pettinaroli ha documentado la intensa actividad diplomática de la Santa Sede para con el bolchevismo a partir de la Conferencia Internacional de Génova celebrada en abril y mayo de 1922[21]. Los archivos de asuntos eclesiásticos extraordinarios de la Santa Sede, que he consultado, confirman que en 1923 se entablaron negociaciones con vistas al posible reconocimiento del gobierno soviético por parte de la Santa Sede. Los mismos archivos documentan que en diciembre de 1923 una comisión de cardenales estudió el posible reconocimiento del gobierno soviético por la Santa Sede[22].
Con todo, los archivos no sólo contienen una enérgica y profética carta de protesta enviada a Pío XI durante la conferencia de Génova por el comité nacional de rusos en el exilio, presidido por el teólogo ortodoxo Anton Vladimirovitch Kartachoff (1875-1960)[23], sino ante todo una impresionante nota de 1923-1924 enviada por una fuente bolchevique sobre los planes del Ejército Rojo para expandirse por Europa y el Próximo Oriente[24].
El misterio se complica cuando se descubre que entre 1922 y 1933, en el lapso de poco más de diez años, Pío XI cifró una confianza incondicional en un personaje ambiguo, el P. Michael d’Herbigny (1850-1957)[25], de la Compañía de Jesús, al que confió el cargo de deán en el Pontificio Instituto Oriental.
El P. D’Herbigny, llevó a cabo varias misiones en Rusia de parte de la Santa Sede entre 1925 y 1926. En un folleto publicado en Francia expuso sus impresiones del primer viaje, realizado en 1925. Según el religioso francés, las iglesias de Moscú estaban abiertas, se proclamaba abiertamente la libertad religiosa, el clero ortodoxo usaba abiertamente vestiduras eclesiásticas y no había señales de violencia, aunque la propaganda científica contra la religión fuera en aumento[26]. En el segundo viaje pasó por Berlín, donde fue consagrado obispo en secreto por monseñor Eugenio Pacelli en la capilla de la residencia del Nuncio. Por su parte, monseñor D’Herbigny consagró a tres obispos clandestinos.
La actividad de D’Herbigny tenía un doble propósito: intentar llegar a un acuerdo con los soviéticos, y la creación de una jerarquía clandestina en Rusia. a su regreso a Roma en agosto de  1926, Pío XI le encomendó la dirección de una comisión pontificia pro Rusia, que absorbió las competencias de la Congregación Oriental. En 1929 se fundó el Pontificium Collegium Russicum. Ya parecía que monseñor D’Herbigny estaba a punto de recibir el capelo cardenalicio, cuando su trayectoria eclesiástica sufrió un repentino y misterioso colapso. Parece que su caída se debió a cuestiones de índole política relacionadas con actividades de espionaje de su secretario en favor de la Unión Soviética (Alessandro Deubner 1899-1946). De hecho fue destituido de todos sus cargos, y en 1937 se le despojó de su título de obispo y fue desterrado a Francia. Todos los obispos ordenados en secreto por monseñor D’Herbigny fueron posteriormente encarcelados, exiliados o ejecutados. Aunque su proyecto era quimérico, durante diez años encarnó la política de la Santa Sede.
Nuevas revelaciones de la Hermana Lucía

La vida de la hermana Lucía (1907-2005), única superviviente de los videntes de Fátima tras la muerte de Francisco (1919) y Jacinta (1920), presenció cómo se sucedían estos acontecimientos. En octubre de 1925, Lucía ingresó como postulante en el instituto de las hermanas Doroteas, adoptando el nombre de María de los Dolores. Pasó 27 años en dicho instituto, primero en el monasterio de Pontevedra y más tarde en el de Tuy. El 25 de marzo de 1948, abandonó esta orden religiosa para ingresar en el Carmelo de Coimbra, donde pasó los restantes 57 años de su vida.
A lo largo de los doce años que siguieron a las apariciones del 13 de julio de de 1917, Lucía recibió dos revelaciones importantes. La primera en Pontevedra en 1925; la segunda, en Tuy el 13 de junio de 1929.
En el mensaje del 13 de julio de 1917, Nuestra Señora le dijo: «Vendré para pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados» [27]. El 10 de diciembre de 1925, Lucía se encontraba en su celda pontevedresa cuando se le apareció la Bienaventurada Virgen María, prometiendo asistencia en la hora de la muerte y todas las gracias necesarias para la salvación a todos los que el primer sábado de cinco meses consecutivos confesaran, recibieran la Sagrada Comunión, recitaran cinco misterios del Rosario y le hicieran compañía durante quince minutos meditando en los quince misterios del rosario, con la intención de hacer reparación para Ella [28].
El 13 de junio de 1929, Lucía, para entonces ya en el convento de Tuy, recibió una nueva revelación de Nuestra Señora, que le dijo: «Ha llegado el momento en el que Dios pide al Santo Padre que, en unión con todos los obispos del mundo, consagre Rusia a Inmaculado Corazón, prometiendo salvarlo por ese medio» [29].
El 29 de mayo de 1930, la hermana Lucía transmitió la petición a su director espiritual [30], el P. José Bernardo Gonçalves (1894-1967), el cual le pidió que respondiera a unas preguntas relacionadas con la comunicación celestial que había recibido.  En sus respuestas al cuestionario, la monja confirmó: «Nuestro buen Señor prometió “terminar la persecución en Rusia” si el Santo Padre en persona hacía un solemne acto de reparación y consagración de Rusia y “aprobaba y recomendaba” la devoción de los cinco primeros sábados de mes»[31]. Las peticiones de Pontevedra y de Tuy están estrechamente ligadas y apuntan a un mismo fin: la conversión de Rusia y el triunfo del Inmaculado Corazón de María.
El 13 de junio, el P. Goncalves envió la carta al obispo de Leiria, monseñor José Alves Correia da Silva (1872-1957), que a su vez la expidió a Pío XI. El 13 de abril de 1930, monseñor Da Silva aprobó el informe de la comisión canónica diocesana que declaraba la naturaleza sobrenatural de los sucesos [32], y el 13 de octubre del mismo año, en su carta pastoral A Divina Providência, reconoció oficialmente el culto de devoción a la Virgen de Fátima[33].
En ese momento, Stalin se encontraba en el ápice de su poder. La Cristiada mexicana había alcanzado su culmen y su conclusión. En España, 1931 vio la proclamación de una república atea y masónica que abrió las puertas a la anarquía y el comunismo. Pero Nuestra Señora había encomendado el eficaz remedio contra el comunismo a los hombres de la Iglesia. Se había pedido al Papa que hiciera y mandara hacer la consagración de Rusia y promoviera la devoción al Inmaculado corazón de María. Se llamó a todos los fieles a responder al pedido de Fátima, pero sin el Papa no se podía hacer nada. Y en ese momento el Papa era Pío XI, que estaba convencido de que podría doblegar las dictaduras llegando a acuerdos con ellas.
Anthony Rhodes concluye su libro The Age of Dictators afirmando:
«No obstante, es indudable que el Vaticano cometió errores en la época de los dictadores. La idea que tenía Pío XI de que una serie de concordatos con ellos contribuiría más a la actividad apostólica de la Iglesia que partidos católicos, era, por lo que se ve, errónea» [34].
El 29 de agosto de 1931, la hermana Lucía transmitió un terrible mensaje de Nuestro Señor al obispo de Leiria. Había recibido una comunicación íntima que decía: «No quisieron prestar atención a mi solicitud. Como el Rey de Francia, también se arrepentirán y lo harán, pero ya será tarde. Rusia ya habrá propagado sus errores por todo el mundo, causando guerras y persecuciones a la Iglesia. ¡El Santo Padre sufrirá mucho!» [35]
La alusión es a Luis XIV, que en 1689 no accedió al pedido que le había transmitido Santa Margarita María Alacoque de entronizar solemne y públicamente al Sagrado Corazón y consagrar su reino a dicho Corazón. La solicitud sería obedecida, pero demasiado tarde, el 15 de junio de 1792 por Luis XVI, en la cárcel del Temple [36]. El P. Alonso subraya la estrecha semejanza entre las dos grandes promesas incumplidas: la de Paray-le-Monial y la de Fátima[37].
Durante el reinado de Pío XI no hubo consagración de Rusia, y tampoco se aprobó ni fomentó la devoción de los cinco primeros sábados. La Santa Sede era plenamente consciente de que Rusia estaba difundiendo sus errores por el mundo. En los archivos de la Congregación para Asuntos Extraordinarios se guarda un informe enviado el 14 de abril de 1932 por el Secretario de Estado Eugenio Pacelli a los nuncios y delegados apostólicos de 48 países sobre la difusión mundial de la propaganda comunista[38].
Sin embargo, durante esos mismos años el comunismo se alzó con ferocidad anticatólica en España. La mayoría de los mártires del Siglo XX que han sido beatificados son de los seis primeros meses de la Guerra Civil Española, entre julio de 1936 y enero de 1937[39].
La guerra de España le abrió los ojos al Papa. el 19 de marzo de 1937 publicó la encíclica Divini Redemptoris, primer análisis claro de la doctrina del comunismo, en la que lo calificaba de «intrínsecamente perverso» [40].
Pero el remedio prescrito por Nuestra Señora para frenar el castigo divino no se había aplicado en la década transcurrida entre 1929 y 1939. Pío XI falleció el 10 de febrero de 1939 sin haber accedido a las peticiones de Nuestra Señora de Fátima. El 2 de marzo, su secretario de estado, cardenal Cardinal Eugenio Pacelli, fue elegido papa con el nombre de Pío XII (1939-1958). Había sido creado obispo en Roma el 13 de mayo de 1917, exactamente en el mismo día y a la misma hora que tuvo lugar la teofanía de Fátima.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, precedida por la señal celestial anunciada previamente en Fátima, Lucía lo vio como una trágica consecuencia, porque la jerarquía eclesiástica no había cumplido lo pedido por Nuestra Señora.
Les había faltado un acto de plena confianza en la promesa de Nuestra Señora. «Con ese acto– escribe la vidente al P. Goncalves el 21 de enero de 1940 –se habría aplacado la justicia divina y se habría perdonado al mundo librándolo del azote de la guerra que está promoviendo Rusia desde España a otras naciones» [41]. Rusia, en palabras de la Hermana Lucía, promueve ambas guerras, la recién terminada en España y la europea que todavía no ha terminado.
El 2 de diciembre de 1940, con autorización de su director espiritual, que hizo correcciones a la carta, la hermana Lucía escribió a Pío XII. La carta es histórica, no sólo por ser la primera que la vidente de Fátima escribía directamente al Romano Pontífice, sino porque resume de forma exhaustiva la historia de las apariciones. La hermana Lucía recuerda las dos peticiones explícitas recibidas tras el mensaje del 13 de julio de 1917: la primera, en 1925, relativa a la devoción a los cinco primeros sábados de mes, y la segunda en 1929, sobre la consagración de Rusia, y añade: «En varias comunicaciones íntimas, Nuestro Señor no ha dejado de insistir en este mandato suyo» [42].
El 31 de octubre de 1942, vigesimoquinto aniversario de las apariciones, Pío XII consagró la Iglesia y la humanidad al Inmaculado Corazón de María. Sabemos por la hermana Lucía que esté acto sirvió para abreviar la guerra, pero no obtuvo la conversión de Rusia, porque fue incompleto: faltó, precisamente, la mención explícita de dicho país[43].
El 4 de mayo de 1944, Pío XII instituyo la fiesta del Inmaculado Corazón de María, que se celebra el 22 de agosto, y el 13 de mayo de 1946 coronó la imagen de la Virgen por intermedio de su legado el cardenal  Benedetto Aloisi Masella. El 13 de octubre de 1951, el Sumo Pontífice clausuró el Año Santo enviando al cardenal Federico Tedeschini a Fátima como legado papal. En su alocución, el cardenal reveló que en la víspera de la definición del dogma de la Asunción, el 30 de octubre de 1950, Pío XII había observado en los jardines vaticanos la misma danza del sol que presenciaron 70.000 peregrinos en Fátima el 13 de octubre de 1917. El milagro se repitió ante los ojos del Papa el 31 de octubre y el 8 de noviembre del mismo año.
El 7 de julio de 1952, fiesta de los santos Cirilo y Metodio, apóstoles de los pueblos eslavos, Pío XII consagró en su carta apostólica Sacro Vergente Anno a todos los pueblos de Rusia al Inmaculado corazón de María. Una vez más, según la hermana Lucía, la consagración fue incompleta, porque aunque se nombrara a Rusia, faltó la unión solemne con los prelados católicos de todo el mundo.
A raíz de la Conferencia de Yalta en 1945, el comunismo había extendido su dominio a Europa Oriental. Grandes figuras entre el obispado católico, como el arzobispo de  Leopoli (Ucrani) Josef Slipyi (1803-1984), el arzobispo de Zagreb Alòjzije Stepìnac (1898-1960) y el primado de Hungría Josef Mindszenty (1892-1975), dieron testimonio de la fe católica contra el comunismo en aquellos años.
En 1949, Mao Tse Tung proclamó la República Popular de China, inaugurando una época de terror en el país asiático. El 18 de enero de 1952, en su carta apostólica Cupimus imprimis[44], Pío XII no vaciló en comparar la situación de los católicos y de toda la población de la China comunista con la de los cristianos de las primeras persecuciones romanas. La condena del comunismo por parte de la Santa Sede fue inflexible en aquellos años, sancionada por el decreto de excomunión del Santo Oficio del 1º de julio de 1949[45].
Faltaba poco para 1960, cuando tenía que haberse divulgado el Tercer Secreto. En 1958, la hermana Lucía escribió a Pío XII explicando por qué debía dar a conocer la carta ese año. “En 1960, el comunismo alcanzará su cenit, que puede reducirse en duración e intensidad, y al que debe seguir el triunfo del Inmaculado Corazón de María y el Reinado de Cristo»[46].
Pero el 9 de octubre de 1958 falleció el papa Pacelli. Le sucedió Juan XXIII, que el 25 de enero del año siguiente anunció la convocatoria de un concilio que sería de carácter pastoral. En el mismo mes de enero, la revolución comunista se adueñó de Cuba, que se convirtió en el centro difusor del comunismo en Hispanoamérica. El comunismo expresó con arrogancia su programa imperialista golpeando un zapato sobre una mesa, como hizo Nikita Kruschev, flamante presidente de la Unión Soviética, ante las Naciones Unidas. Era el 13 de octubre de 1960. El 13 de agosto de 1961, otra vez la fatídica fecha del 13, el gobierno comunista de Alemania del Este erigió el muro de Berlín. En octubre de 1962, el mundo se encontró al borde de la guerra nuclear por la crisis surgida a raíz de la instalación de los misiles soviéticos en Cuba.
El 17 de agosto de 1959, Juan XXIII abrió el sobre sellado que contenía el Tercer Secreto de Fátima. Tras leerlo, se limitó a dictar una nota a su secretario, monseñor Loris Capovilla, declarando que «el Papa había examinado el contenido del sobre y lo había pasado a otro – ¿su sucesor?– encomendándole la misión de hacer una declaración» [47].
En los vota de los obispos congregados en Roma para la etapa antepreparatoria del Concilio, el comunismo aparecía como el error más grave a condenar [48]. El Concilio Vaticano Segundo habría sido una oportunidad ideal para dar a conocer el Tercer Secreto, condenando solemnemente el comunismo, consagrando a Rusia al Inmaculado Corazón de María y promoviendo públicamente la devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes. Nada de esto se hizo.
Jean Madiran, en el número de febrero de 1963 de la revista Itinéraires, dio a conocer la existencia de un acuerdo secreto, sellado, llevado a cabo en agosto de 1962 en la pequeña localidad francesa de  Metz[49] entre el cardenal Tisserant, un representante del Vaticano y el arzobispo ortodoxo ruso Nikodim (1929-1978)[50]. Con arreglo a dicho acuerdo, el Patriarca de Moscú, que tenía estrechos lazos con el Kremlin, había aceptado la invitación de Juan XXIII de enviar  representantes al Concilio, mientras que el Papa garantizaba que el Concilio evitaría condenar el comunismo. En mi libro Il Concilio Vaticano Secondo, una storia mai scritta[51], doy pruebas más detalladas de este acuerdo.
El 3 de febrero de 1964, el obispo de Leiria entregó a Pablo VI una petición firmada por más de setecientos prelados que urgía la consagración de Rusia y el mundo al Inmaculado Corazón. En 1964, durante el Concilio, 319 arzobispos y obispos de 78 países firmaron una petición al Papa para que, en unión con los padres del Concilio, consagrase el mundo entero, y de manera especial a Rusia, así como a los otros países dominados por el comunismo, al Inmaculado Corazón de María. Sin embargo, los padres conciliares no accedieron a la solicitud.
La abstención de la condena al comunismo por el Concilio Vaticano Segundo se puede achacar, aparte de a los acuerdos diplomáticos, al nuevo rumbo pastoral adoptado tras la muerte de Pío XII. En esta época surgió una especie de deshielo entre la Iglesia y el comunismo. Había nacido la Ostpolitik –política de apertura del Vaticano a los países del Este, representada por el entonces monseñor Agostino Casaroli (1914-1998) [52].
La Ostpolitik recogió la antorcha del ralliement de León XIII y de los concordatos políticos de Pío XI, pero añadió algo más. Tanto León XIII como Pío XI, aunque a nivel político buscaran un modus vivendi con los enemigos de la Iglesia, habían condenado firmemente los principios filosóficos del mundo moderno. La Ostpolitik atribuía un valor positivo a la modernidad, cuya máxima expresión parecía ser el comunismo. El comunismo no debía ser objeto de condena; lo que había que hacer era purificarlo de su ateísmo y reconciliarlo con la cristiandad.
Desde esta perspectiva, la consagración de Rusia era impensable. Desde los años cincuenta, el teólogo Dhanis (1902-1978), de la Compañía de Jesús, había procurado relativizar el mensaje de Fátima, reduciéndolo a una recomendación de rezar y hacer penitencia[53]. En 1963, Pablo VI, nombró al teólogo jesuita rector de la Universidad Gregoriana, y en 1967 secretario especial del primer sínodo de obispos.
El 27 de marzo de 1965, Pablo VI leyó el Tercer Secreto y, como su predecesor, envió el sobre de vuelta a los archivos del Santo Oficio, después de decidir que no lo daría a conocer[54]. El 13 de mayo del mismo año, envió la Rosa de Oro a Fátima en señal de veneración. Dos años más tarde, el 13 de mayo de 1967, Pablo VI visitó Fátima como peregrino. Era el primer pontífice que visitaba este santuario mariano. Durante la solemne Misa pontifical, la hermana Lucía recibió la Sagrada Comunión de manos de él, pero cuando al final de la Misa preguntó si podía encontrarse con él en privado, el Pontífice le respondió con un no categórico.
La presencia de Pablo VI en Fátima podría haber sido una ocasión histórica de revelar el Tercer Secreto y comenzar a cumplir las peticiones de Nuestra Señora, pero no se hizo nada de eso. El 30 de enero de 1967, el Papa recibió en el Vaticano al presidente soviético Nikolai Podgorni (1903-1977). La Ostpolitik alcanzó su punto culminante en los años setenta, generando una viva oposición entre los católicos de ambos lados del Telón de Acero.
En su libro Le passé d’une illusion, el historiador francés François Furet (1924-2006) esbozó una historia de la atracción y el éxito de la idea comunista, cuya difusión en el mundo ha superado con mucho al poder comunista. Es más, afirma que «ha sobrevivido por más tiempo en las mentes que en la realidad. Y por mucho más tiempo en el occidente que en el este europeo»[55].
Los errores comunistas se han difundido por el mundo gracias a una propaganda científicamente organizada. El llamado dossier Mitrojin[56] documentó lo que siempre había sido un secreto a voces: que la Unión Soviética, por medio del KGB, llevaba a cabo una sistemática labor de desinformación valiéndose de los servicios mercenarios de políticos, periodistas y hasta clérigos. En su biografía de Juan Pablo II, George Weigel se basó en documentos de los archivos del KGB, de la Służba Bezpieczeństwa polaca (SB) y de la Stasi germanooriental que confirman que los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países del Este se habían infiltrado en el Vaticano hasta el punto de promover sus intereses e instalarse en los puestos más altos de la jerarquía católica [57].
La elección de Juan Pablo II (1978-2005) se mostró como un momento decisivo. El papa Woytjla fue, lo mismo que Pío XII, uno de los más ligados a Fátima. Después de ser gravemente herido el 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro, atribuyó su supervivencia a la milagrosa intervención de Nuestra Señora de Fátima y se sintió motivado a estudiar más a fondo el mensaje. Y así, mientras se recuperaba en el Policlínico de Roma, pidió a su amiga polaca Wanda Poltawska que le leyese los Documentos de Fátima, que le había conseguido monseñor Pavel Hnilica (1931-2006). Más tarde, el 13 de mayo de 1982, acudió en peregrinaje al santuario de Fátima, donde confió y consagró a Nuestra Señora a «aquellos hombres y aquellas naciones que de esta entrega y esta consagración particularmente tienen necesidad», sin mención explícita de Rusia. En aquella ocasión se reunió con la hermana Lucía, que le habló de la necesidad de consagrar a Rusia en unión con todos los obispos del mundo. «Hay muchas dificultades –repuso el Pontífice–, pero haremos cuanto esté en nuestras manos» [58].
El 25 de marzo de 1984, en la Plaza de San Pedro y ante la imagen de la Virgen que había sido llevada expresamente desde Portugal, Juan Pablo II consagró al mundo al Inmaculado Corazón de María. El Papa había escrito a los obispos de todo el orbe pidiéndoles que se unieran a él, pero pocos hicieron caso de su convocatoria. Ni siquiera en esta ocasión se mencionó expresamente a Rusia. Todo se limitó a una alusión a los pueblos que Ella pedía que se encomendaran y consagraran. Poco después de la ceremonia de consagración, el Sumo Pontífice explicó al obispo Paul Josef Cordes, vicepresidente del Pontificio Consejo para los Laicos, que no había mencionado a Rusia por temor a que los dirigentes soviéticos interpretasen sus palabras como una provocación[59].
La hermana Lucía, al menos hasta 1989, afirmaba que no estaba contenta con esta consagración, pero después cambió de parecer y dijo que consideraba válido el acto de Juan Pablo[60]. Cuesta entender, sin embargo, por qué esta consagración fue válida y no lo fue la de Pío XII, igual de incompleta. Juan Pablo II fue el primer papa que se entrevistó con la hermana Lucía, y cabe suponer que tal vez él la convenciera de que la profecía de Fátima se habría cumplido durante su pontificado.  La Perestroika de Gorbachov (1985-89) y la espectacular autodisolución del régimen soviético (1991) sin insurrecciones ni revueltas parecía confirmar esta interpretación.
En realidad, lo que se había disuelto no era el núcleo de los errores comunistas, sino la aplicación de éstos que había tenido lugar a lo largo de setenta años en la Unión Soviética y sus países satélites. En su alocución al XVIII Congreso del Partido Comunista Italiano del 30 de marzo de 1989, Gorbachov declaró:
«El sentido profundo de la Perestroika estaba en el renacimiento de los valores originales de la Revolución de Octubre». Dichos valores jamás han sido oficialmente condenados oficialmente como criminales en Rusia, ni siquiera después de la caída del régimen soviético[61].
Juan Pablo II encomendó a la Congregación para la Doctrina de la Fe la misión de dar a conocer el Tercer Secreto, con un «comentario teológico» del cardenal  Ratzinger. El secreto se publicó el 26 de junio de 2000, y suscitó vivas controversias [62]. El 8 de octubre del mismo año, Juan Pablo celebró un tercer acto de consagración de la Iglesia y la humanidad a la Virgen.
Benedicto XVI (2005-2013), que sucedió a Juan Pablo II en 2005, estuvo en Fátima entre el 11 y el 14 de mayo de 2010. El 12 de mayo, arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora en la Capilla de las apariciones, le dirigió una plegaria de consagración, pidiéndole la liberación de «todos los peligros que se ciernen sobre nosotros», sin más alusiones. No obstante, en su Comentario teológico al Mensaje de Fátima el cardenal Ratzinger había hecho unas declaraciones similares a las del cardenal Sodano, en el sentido de que «los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen pertenecer ya al pasado» [63], mientras que el 12 de mayo de 2010, en su visita al santuario de Fátima, declaró: «Nos equivocaríamos si afirmáramos que la misión profética de Fátima ha concluido»[64].
El papa Francisco ha demostrado indiferencia hacia Fátima, y tiene una actitud escéptica hacia las apariciones en general. En su acto mariano del 13 de octubre de 2013, no utilizó la palabra consagración ni mencionó al Inmaculado Corazón, el mundo, la Iglesia, y menos aún, Rusia. El 13 de mayo de 2017, Francisco realizó una breve visita al santuario de Fátima, y una vez más, hizo caso omiso de las peticiones de Nuestra Señora.
Entre 1917 y 2017, nueve papas han reconocido a Fátima. Todos ellos, a partir de Benedicto XV, aprobaron el culto. Seis de ellos visitaron el santuario siendo pontífices o cardenales. Algunos, como Pío XII y Juan Pablo II, manifestaron gran devoción a las apariciones de 1917. Eso sí, ninguno de ellos hizo caso de las insistentes peticiones de Nuestra Señora.
La sangrienta factura pagada por el mundo a la ideología marxista se ha hecho efectiva a lo largo de un siglo aterrador. La publicación en Francia a finales de 1997 del Libro negro del comunismo apenas si reveló una parte de la mayor masacre de la historia[65]. Hablamos de doscientos millares de de muertos, repartidos entre la Revolución de Octubre, las posteriores guerras civiles de Rusia, México y España, la dictadura estalinista, la Revolución China, la Camboya de Pol Pot, la Cuba de Fidel Castro, y Corea del Norte. A estas cifras hay que añadir los cuarenta y nueve millones de muertos de la Segunda guerra Mundial y la innumerable cantidad de víctimas causadas por la legalización del aborto, también ligada a la ideología relativista surgida del comunismo. De hecho, Rusia fue el primer país en legalizar oficialmente el aborto, autorizado por sus dirigentes comunistas (1920).
Ahora bien, antes de ser un crimen, el comunismo es un error ideológico que ha empapado la mentalidad y las costumbres a todos los niveles de la sociedad. El ambiente de relativismo y secularización del que está impregnado actualmente Occidente se ajusta perfectamente a los planes de hegemonía cultural esbozados por el fundador del Partido Comunista Italiano Antonio Gramsci (1891-1937).
En la Rusia actual Stalin sigue siendo honrado como uno de los padres de la patria. El cuerpo embalsamado de Lenin todavía es objeto de veneración en el corazón de la Plaza Roja moscovita. El presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin se ha opuesto a la retirada del mausoleo de Lenin, para no tener que reconocer que generaciones de ciudadanos se adhirieron a una ideología perversa a lo largo de 70 años de régimen soviético.
China es una república popular en la que el poder sigue en las manos exclusivas del Partido Comunista que la gobierna desde 1949. El mayor peligro para la paz del mundo es el último heredero de la primera dinastía comunista de la historia  –Kim–, que desde hace más de 70 años gobierna Corea del Norte mediante una represión brutal. El propio islam ha adoptado las enseñanzas de Lenin y Gramsci en sus dos versiones estratégicas de conquista: la yihad blanda y la dura.
Lo que ha dejado existir no es el comunismo, sino el anticomunismo, cuya alma debería ser la Iglesia Católica. Los errores del comunismo se oponen diametralmente a la verdad católica custodiada por la Iglesia, que tiene su tribuna universal en la cátedra de San Pedro. Pero esa cátedra está ocupada desde 2013 por un papa que cree que los comunistas piensan como los cristianos, y que por tanto los cristianos deberían pensar como los comunistas [66]. El grueso de los medios de difusión del mundo entero calificado al papa Francisco de vez en cuanto de marxista, socialista y jefe de la izquierda internacional [67].
Incluso muchos opositores del papa Francisco  no ven al mayor enemigo de la Iglesia en los errores propagados por Rusia desde 1917, sino en los Estados Unidos, y aclaman a Putin como a un nuevo Constantino, del mismo modo que Gorbachov fue aclamado el 1º de diciembre de 1989 en el Vaticano, cuando, según diarios como el Corriere della Sera su visita dejaba entrever «la posibilidad de un nuevo Constantino, no pagano, sino jefe de un estado comunista y ateo que contribuiría de forma positiva a una novedosa actitud ecuménica entre las dos grandes almas de la Cristiandad»[68].
El tercer Secreto 

Estas consideraciones nos llevan a unas reflexiones finales.
El Tercer Secreto publicado en el año 2000 consiste en la visión de un castigo que afecta a toda la humanidad, pero en primer lugar al Papa, los obispos, los sacerdotes y los religiosos.
Ese castigo se manifiesta por medio de persecución. Pero hoy en día sabemos que el escenario del Tercer Secreto no es esta trágica imagen final. Hay otra escena dramática que no forma parte del mismo mensaje pero se encuentra entre las revelaciones recibidas por la Hermana Lucía.
En su biografía, redactada por el Carmelo de Coimbra a partir de documentos desconocidos hasta entonces y conservados en sus archivos, se narra una visión que tuvo Lucía en la capilla del convento de Tuy estando ante el tabernáculo el 3 de enero de 1944. Después de exhortarla a escribir el texto del Tercer Secreto, Nuestra Señor le hizo ver una escena que Lucía describe con las siguientes palabras:
«Sentí el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios, y en Él vi y oí la punta de la lanza como llama que se separa, toca el eje de la Tierra y la hace temblar: montañas, ciudades, países y aldeas son sepultados junto con sus habitantes. El mar, los ríos y las nubes se salen de sus límites. Se desbordan, inundan y arrastran consigo en un torbellino casas y personas incontables. El mundo se purifica así del pecado en el que está inmerso. El odio y la ambición provocan la guerra destructiva. Después sentí que el corazón me latía a toda velocidad, y una suave voz dijo: “Con el tiempo una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia santa, católica y apostólica. ¡En la eternidad, el Cielo!” Esta palabra, Cielo, me llenó el corazón de paz y felicidad, de tal modo que, casi sin darme cuenta, seguí repitiendo durante mucho rato: “¡¡El Cielo, el Cielo!!”[69].
Esta visión parece representar una situación posterior a la del Tercer Secreto. El Tercer Secreto nos muestra una terrible persecución contra la Iglesia, pero la llama que brota de la espada que empuña el ángel se extingue cuando entra en contacto con la luz que irradia la mano diestra de Nuestra Señora. Pero en este caso, la punta del arma del ángel es una llama que se alarga hasta tocar el eje de la Tierra. Nuestra Señora no ha podido evitar el castigo supremo porque la humanidad ha rechazado su exhortación a la penitencia, pero también porque los pastores de la Iglesia no han cumplido lo que les mandó el Cielo.
La felicidad verdadera, total e infinita sólo se puede gozar en el Cielo. Ahora bien, el Cielo existe incluso aquí en la Tierra: en la Iglesia Católica, que, al igual que su Fundador, es el [único] Camino, la [única]  Verdad y la [única] Vida. «En la eternidad, en el Cielo», dice Nuestra Señora, pero con el tiempo: «una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia Santa, Católica y apostólica».
Las razones que impidieron la Consagración de Rusia no sólo tienen su origen en que no quisieron meterse en la política de otro país. La vacilación de los últimos papas para consagrar de modo explícito a Rusia hunde sus raíces también en el temor a perjudicar el reencuentro ecuménico entre cristianos del Este y de Occidente.
El profesor José Barreto señala: El episcopado ruso poscomunista, acusado de proselitismo, sostiene que el mensaje de Fátima sobre la conversión de Rusia no significa que esta deba convertirse en un país de religión católica romana» [70].
Sin embargo, las palabras de la Bienaventurada Virgen María condenan toda reunificación falsa entre la iglesia oriental y la latina. La conversión de Rusia pedida por Nuestra Señora es algo más que una mera conversión política o moral en un sentido genérico; es una conversión religiosa. Esto no sólo significa el derrumbamiento total de la ideología comunista en Rusia y en el mundo, sino el final del secular cisma en que está inmersa Rusia. Una nación se convierte cuando sus leyes e instituciones profesan la religión verdadera. Rusia se convertirá cuando vuelva al seno de la única Iglesia verdadera: la que es una, santa, católica, apostólica y romana.
El triunfo del Corazón Inmaculado, que es también el Reinado de María anunciado por muchos santos y almas escogidas, no es otra cosa que el triunfo de la Iglesia y del orden natural cristiano bajo el amparo de María. Hoy en día ese orden está conculcado, negado y trastornado. Y es precisamente ese orden el que queremos respetar, afirmar y restablecer.
Roberto de Mattei

[1] Fr. Joaquín AlonsoDoctrina y espiridualidad del mensaje de Fatima, Arias Montano Editores, Madrid 1990, pp. 167-202.
[2] Fr. Serafino M. Lanzetta, Fatima. Un appello al cuore della Chiesa, Teologia della storia e spiritalità oblativa, Casa Mariana Editrice, Frigento 2017. Cfr. alsoPadre Stefano Maria Manelli, Fatima tra passato, presente e futuro, in “Immaculata Mediatrix, 3 (2007), pp. 299-341.
[3] Guido Vignelli, Fatima e il trionfo del Regno di Maria: significato e portata di una profezia incompresa, Conference held at the Fondazione Lepanto, July 4, 2017.
[4] Dom Prosper Guéranger, Il senso cristiano della storia, Società Editrice Il Falco, Milan 1982, p. 9.
[5] Fr. Ramiro Saenz, Fatima. Geografia, Historia, Teologia y Profecia, Gladius, Buenos Aires 2017, p. 56.
[6] Plinio Correa de Oliveira, Prefazione a Antonio Augusto Borelli MachadoFatima: Messaggio di tragedia o di speranza? Con la terza parte del segreto, it. tr. Luci sull’Est, Rome 2000,  p. 6.
[7] Fr. J. AlonsoDoctrina y espiridualidad, cit., p. 43.
[8] Congregation for the Doctrine of the FaithThe Message of Fatima, Vatican City 2000, p. 8.
[9] Vladimir Ilic Lenin, Tre fonti e tre parti integranti del marxismo, in Opere scelte, Editori Riuniti-Progress, Rome s.d., vol. I, pp. 42-44.
[10] Fr. Gustave Wetter, Storia della teoria marxista (private use), Pontifical Gregorian University, Rome 1972.
[11] Karl Marx, Tesi su Feuerbach, it. tr. in Feuerbach-Marx-Engels,Materialismo dialettico e materialismo storico, edited by Cornelio Fabro, La Scuola, Brescia 1962, pp. 81-86.
[12] Augusto Del Noce, Lezioni sul marxismo, Giuffré editore, Milan 1972, p. 79.
[13] V. I. Lenin,  I compiti urgenti del nostro movimento, in Opere, vol. IV, Editori Riuniti, Rome 1957, p. 406.
[14] V. I. Lenin, Che fare, in Opere scelte, Progress, Moscow 1947, vol. I, pp. 213-214.
[15] Antonio Caruso, Il comunismo al potere, Oltrecortina, Milan 1964, pp. 127-128.
[16] Alexandre Ouralov, Stalin al potere, it. tr. Cappelli, Bologna 1953, p. 6.
[17] Anthony Rhodes, The Vatican in the Age of the Dictators 1922-1945, Hodder and Stoughton, London 1973, p. 131 (pp. 131-140).
[18] Cfr. Roberto de Mattei, Il ralliement di Leone XIII. Il fallimento di un progetto pastorale, Le Lettere, Florence 2015.
[19] Frère Michel de la Sainte Trinité, Toute la Vérité sur Fatima, Editions Contre-Réforme Catholique, Saint Parres-les-Vaudes 1984-1985, vol. II, pp. 361-362.
[20] Philippe Chenaux, L’ultima eresia. La Chiesa cattolica e il comunismo in Europa da Lenin a Giovanni Paolo II (1917-1989), it. tr. Carocci, Rome 2011, p. 27.
[21] Laura Pettinaroli, La politique russe du Saint-Siège (1905-1939), Ecole française de Rome, Rome 2015.
[22] AA.EE.SS, Russia, Pos. 659, fasc. 38-41 (1923).
[23] AA.EE. SS,  Russia, pos. 625, fasc. 10, ff. 3-8.
[24] AA.EE. SS, Russia, Pos. 626, fasc. 16, ff. 64-72.
[25] Antoine WengerRome et Moscou 1900-1950, Desclée de Brouwer, Paris 1987.
[26] Michel d’Herbigny s.j., L’aspect religieux de Moscou en octobre 1925, Pontificium Institutum Orientalium Studiorum, Rome 1925.
[27] Memorias et cartas da Irma Lucia, ed. by Antonio Maria Martins s.j., Porto 1973, p. 341.
[28] Fatima in Lucia’s own words. Sister Lucia’s Memoirs, ed. by Fr Louis KondorSVD, Postulation Center, Fatima 1976, p. 192.
[29] Fatima in Lucia’s own words, cit., pp. 198-199.
[30] Memorias et cartas, cit.,  p. 405.
[31] Ivi, p. 411 (pp. 407-411).
[32] Documentazione critica su Fatima. Selezione di documenti (1917-1930),Pontificia Academia Mariana Internationalis, Vatican City 2016, pp. 451-529.
[33] Ivi, pp. 517-522.     
[34] A. Rhodes, The Vatican in the Age of the Dictators, cit., p. 355.
[35] Memorias et cartas, cit., p. 465.
[36] Fr. Jean-Baptiste Rovolt, Les Martyrs Eudistes, J.de Gigord, Paris 1926, pp. 52-56.
[37] Fr. J. AlonsoDoctrina y espiridualidad, cit., pp. 221-235.
[38] AA.EE. SS, Circa la propaganda comunista nel mondo, in Stati Ecclesiastici, Pos. 473-474, fasc. 475, ff. 23-29.
[39] Vicente Cárcel OrtiBuio sull’altare. 1931-1939: la persecuzione della Chiesa in Spagna, Città Nuova, Rome 1999; Mario Arturo Jannaccone, La repressione della Chiesa in Spagna fra Seconda Repubblica e Guerra Civile (1931-1939), Lindau, Turin 2015.
[40] Pius XI, Encyclical Divini Redemptoris of March 19, 1937, in Acta Apostolicae Sedis, 29 (1937), p. 96 (pp. 65-106.)
[41] Memorias et Cartas, cit., p. 419.
[42] Ivi, p. 437.
[43] Ivi, p. 446.
[44] Pius XII, Apostolic Letter Cupimus imprimis of January18, 1952, in AAS, 44 (1952), pp. 153-158.
[45] AAS, 41, 1949, pp. 427-428.
[46] Fr. R. Saenz, Fatima, cit., p. 341.
[47] Giovanni XXIII nel ricordo del Segretario Loris F. Capovilla, Edizioni San Paolo, Rome 1995, p. 115.
[48] Cfr. Vincenzo CarboneSchemi e discussioni sull’ateismo e sul marxismo nel Concilio Vaticano II. Documentazione, in “Rivista di Storia della Chiesa in Italia”, vol. XLIV (1990), pp. 11-12.
[49] Jean Madiran, L’accord de Metz ou pourquoi notre Mère fut muette, Via Romana, Versailles 2006.
[50] È stato documentato che Boris Georgievic Rotov fu un funzionario del KGB (cfr.Gerhard Besier-Armin Boyens-Gerhard LindemannNationaler Protestantismus und Ökumenische Bewegung. Kirchliches Handeln im kalten Krieg (1945-1990), Duncker und Humblot, Berlin 1999).
[51] Roberto de MatteiIl Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta, Lindau, Turin 2010, pp. 174-177.
[52] See also, Hansjacob Stehle, Eastern politics of the Vatican 1917-1979, Ohio University Press, Athens 1981; Alessio Ulisse FloridiMosca e il Vaticano, La Casa di Matriona, Milan 1976 and the documents collected by Giovanni Barberini,L’Ostpolitik della Santa Sede. Un dialogo lungo e faticoso, Il Mulino, Bologna 2007;Id., La politica del dialogo. Le carte Casaroli sull’Ostpolitik vaticana, Il Mulino, Bologna 2008.
[53] Edouard Dahnis s.j., Sguardo su Fatima. bilancio di una discussione, in “La Civiltà Cattolica”, 104, 2 (1953), pp. 392-406.
[54] Congregation of the Doctrine of the FaithIl Messaggio di Fatima, Città del Vaticano 2000,  p. 4.
[55] François FuretLe passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XX siècle, Robert Laffont /Callman Levy, Paris 1995, p. 13.
[56] The Mitrokhin dossier reconstructed the history of the KGB and its operations in Europe and in United States through thousands of documents that came directly from Moscow and were brought to Great Britain by the former Soviet spy Vasili Mitrokhin and catalogued by the University of Cambridge historian Christopher Andrei.
[57] George Weigel, The End and the Beginning: Pope John Paul II—The Victory of Freedom, the Last Years, the Legacy, Doubleday,  New York 2010, pp. 65-67.
[58] Carmelo de Coimbra, Um Caminho sob o olhar de Maria, Ediçoes Carmelo, Coimbra 2012, p. 417.
[59] Perché il Papa non ha nominato la Russia, in “Madre di Dio” (June 1985), p. 7.
[60] Frère François de Marie des Anges, Fatima. Joie intime, événement mondial, Editions de la Contre-Réforme Catholique, Saint-Parres-Les-Vaudes, 1991, pp. 372-382. In a letter to her sister Bélem of August 29, 1989, Lucia declared that the consecration done by the Pope on March 25, 1985, satisfied the requests of Our Lady.
[61] Mickail Gorbaciov, Perestrojka. Il nuovo pensiero per il nostro paese e per il mondo, it. tr. Mondadori, Milan 1987, p. 309.
[62] Cfr. Cristina SiccardiFatima e la Passione della Chiesa, Sugarco, Milan 2012.
[63] Benedict XVI, Theological commentary of the Message of Fatima, inCongregation of the Doctrine of the FaithThe message of Fatima, Vatican City 2000, p. 43.
[64] Benedict XVI, Insegnamenti, VI, 1 [2010], p. 699.
[65] Aa. Vv.Le Livre noir du communisme, Robert Laffont, Paris 1997, it. tr. Mondadori, Milan 1998.
[66] Interview with Eugenio Scalfari, “La Repubblica”, November 11, 2016.
[67] George NeumayrThe Political PopeHow Pope Francis Is Delighting the Liberal Left and Abandoning Conservatives, Hachette Book Group, New York 2017;Antonio Socci, Bergoglio è il leader della sinistra mondiale, “Libero”, November 13, 2016.
[68] Francesco Margiotta Broglio, Costantino in casa Wojtyla, in “Corriere della Sera”, February 2, 1990.
[69] Carmelo de Coimbra, Um Caminho sob  o olhar de Maria, p. 267.
[70] José BarretoRussia e Fatima, in Enciclopedia di Fatima, a cura di Carlos Moreira Azevedo e Luciano Cristino, tr. it. Cantagalli, Siena 2007, p. 430.

viernes, 15 de septiembre de 2017

STABAT MATER DOLOROSA


Permitid que en esta celebración tan solemne, y a la vez tan familiar, os invite a que meditemos juntos un bellísimo texto que nos ofrece la liturgia de la fiesta de la Virgen de los Dolores. Se trata del himno que hemos escuchado, cantado en latín, antes del evangelio. A ese himno la liturgia lo llama Secuencia, porque antiguamente se cantaba en algunas fiestas (como esta de hoy, pero también en Pascua, Pentecostés o Corpus Christi) a continuación del Aleluya, siguiéndolo como una especie de prolongación contemplativa y orante del mismo. Pues bien, nuestra Secuencia de hoy es un precioso himno latino, atribuido a un franciscano del siglo XIV, llamado Jacopone de Todi. Se titula Stabat mater dolorosa, por las palabras con las que se inicia la primera estrofa, y es una conmovedora meditación de la escena del Calvario, descrita por san Juan en el evangelio que acabamos de proclamar (cf. Jn 19, 25-27), en la que el autor intenta entrar en el alma de María, sufriente con su Hijo al pie de la cruz, para escrutar sus sentimientos y, desde esa experiencia, pedirle la gracia de poder compartir con Ella los dolores redentores del Salvador. Y es precisamente en una de esas peticiones de la Secuencia en la que yo quisiera que nos fijáramos esta tarde. Dice así en latín: Iuxta crucem tecum stare ac me tibi sociare in planctu desidero. Lo cual, traducido, viene a decir: «En pie deseo acompañarte junto a la cruz, para unirme contigo en el llanto.» Yo creo que es una estrofa preciosa en su aparente sencillez, porque, en ella, con un sutil juego de palabras, lo que al principio del himno era una simple descripción del modo de estar de María junto a la cruz de Jesús (Stabat matear dolorosa juxta crucem lacrimosa...) se transforma en una hermosa súplica dirigida a Ella : Iuxta crucem tecum stare... Podríamos decir que, en esta estrofa, María deja de ser simplemente el objeto de nuestra contemplación devota, para pasar a ser nuestra interlocutora en la plegaria: Iuxta crucem tecum stare... Pero, ¿por qué pedimos a María que nos permita acompañarla junto a la cruz de Jesús? ¿Qué supone eso para nosotros? O dicho con otras palabras: ¿es que acaso el modo de estar María al pie de la cruz nos puede enseñar algo sobre nuestro modo de estar en el mundo, sobre nuestra manera de ser cristianos? Y, si es así, ¿qué nos enseña la Madre dolorosa al pie de la cruz? ¿Cómo estuvo ella junto a su Hijo? Creo que lo primero que deberíamos decir, en el espíritu de nuestra Secuencia, es que la presencia de María junto a la cruz de Jesús es una presencia dolorosa: Stabat mater dolorosa... Dolorosa hasta las lágrimas, hasta el llanto: iuxta crucem lacrimosa. Es muy curioso este detalle propio del autor del himno, porque el evangelio sólo nos dice que junto a la cruz de Jesús estaba su madre, sin más. Pero el poeta, como si viera más allá de la letra del evangelio, nos describe las lágrimas de María. ¿Para qué? Sin duda, para suscitar también en nosotros mismos el llanto. Y es que —como escribía no hace mucho un famoso teólogo— «sobre Jesús se habla mucho, pero nadie lo llora. Se analizan sus dichos, es convertido en objeto de la cristología, de la profesión de fe... Pero la clave es el lamento» (K. BERGER, Jesús, «Panorama» 12, Sal Terrae, Santander 2009, 244-245). 2 Nadie llora a Jesús... ni siquiera los cristianos, lo cual significa que, sin darnos cuenta, se está convirtiendo en algo sobre lo que se cree, se discute o se piensa, pero no en alguien significativo, alguien realmente querido para nosotros. ¿Cómo, si no, puede entenderse que ya aceptemos con resignación, o peor, que empiece a parecernos normal, que se le desprecie, se le ridiculice o se le insulte en distintos ámbitos? Es verdad que él no necesita nuestros lamentos, sino que más bien somos nosotros quienes necesitamos su compasión. Pero también es verdad que una fe sin sentimientos, sin afectos, no es una fe auténticamente humana, sino rayana al fundamentalismo. Por eso le decimos hoy a María: «Deja que contigo me una al llanto, de pie junto a la cruz». En segundo lugar, la presencia de María junto a la cruz es una presencia creyente: Stabat mater dolorosa..., dice el texto empleando un verbo —stare— que, en latín, no sólo significa estar, o estar presente, sino más aún: estar de pie, estar firme... Esta firmeza de la fe de María, junto a la cruz de Jesús, contrasta fuertemente con la cobardía de los apóstoles y con el escándalo y las burlas de los judíos. Todos ellos han "caído" ante la cruz, porque, en el fondo, no han "creído" en Jesús, como él mismo les había anunciado la víspera de la pasión: «Esta noche todos os escandalizaréis por mi causa...» (Mt 26,31). Creer, en definitiva, es sinónimo de firmeza, de solidez, de estabilidad en nuestra vida. Y, ante la cruz, reconozcámoslo, nos cuesta mantenernos en pie, porque ante ella no se puede suspender el juicio: se cree o no; se la abraza para seguir a Jesús o se huye de ella... y nosotros, somos tan débiles, tenemos tanto miedo a darnos, nos hundimos con tanta facilidad, que necesitamos una mano que nos levante. Por eso le suplicamos a María: iuxta crucem tecum stare, ayúdame a estar contigo firme junto a la cruz, a compartir tu fe, a dejarme sostener por tu Hijo, la única mano que puede levantarme de mis postraciones y elevarme a la gloria. Por último, la presencia de María junto a la cruz es también una presencia compasiva. Es algo que la Secuencia encarece repetidamente: la profundidad del dolor de María, que penetra hasta el hondón mismo de su alma: cuius animan gementem, contristatam et dolentem pertransivit gladius... y es que María ha compartido realmente los dolores de su Hijo al pie de la cruz (MISAL ROMANO, Oración colecta, 15 de septiembre}, no en su cuerpo desde luego —que no ha sufrido los azotes, ni los clavos—, pero sí, como no podía ser de otra forma, en su corazón. Por eso, con una expresión feliz, san Bernardo de Claraval habla de la Virgen Dolorosa como «mártir en el alma» (cf LITURGIA DE LAS HORAS, Oficio de lectura). Así, María nos enseña que los cristianos también debemos estar en este mundo, muchas veces insolidario y egoísta, con toda la carga de sufrimiento que esto genera, compartiendo los dolores de los demás, como decía san Pablo: «Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo» (Ga 6,2). Es verdad que, con frecuencia, es a nosotros a quienes nos toca atravesar la oscura senda del sufrimiento, pero eso no nos exime de la compasión. Siempre habrá a nuestro lado otros "cristos", otros hermanos, esperando no sólo nuestra ayuda material sino sobre todo el consuelo de nuestro amor. Juxta crucem tecum stare... «Quiero estar contigo, de pie, junto a la cruz...» Que María, la Madre dolorosa, acoja hoy esta nuestra súplica, queridos hermanos: que nos admita en su compañía junto a la cruz de Cristo, que es el verdadero árbol de la vida, para que, saciándonos de sus frutos, nos mantengamos ardientes en el amor de su Hijo, firmes en la fe, y constantes y solícitos en nuestra compasión por los que sufren. Amén.
Mariano Ruiz Campos
 Sacerdote

martes, 22 de agosto de 2017

¡SANTA MARÍA REINA, INTERCEDE POR NUESTRAS FAMILIAS!


La Iglesia la confiesa y saluda Señora y Reina de los ángeles y de los hombres.
Reina de todo lo creado en el orden de la naturaleza y de la gracia.
Reina de los reyes y de los vasallos.
Reina de los cielos y de la tierra.
Reina de la Iglesia triunfante y militante.
Reina de la fe y de las misiones.
Reina de la misericordia.
Reina del mundo, y Reina especialmente nuestra, de las tierras y de las gentes hispanas ya desde los días del Pilar bendito. Reina del reino de Cristo, que es reino de “verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Y en este reino y reinado de Cristo, que es la Iglesia santa, es Ella Reina por fueros de maternidad y de mediación universal y, además, por aclamación universal de todos sus hijos.

ORACIÓN

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Amén

jueves, 17 de agosto de 2017

MARÍA, ESPERANZA NUESTRA

QUIÉN ES LA VIRGEN MARÍA
María, que en hebreo quiere decir "Señora" y según otros "Mar amargo", es la mujer con la cual se abre la promesa en la antigua alianza (Gn. 3:15) y con la cual cierra Simeón la antigua profecía (Lc. 2, 25-35).
Es la Mujer que ha tenido el mayor contacto con la Santísima Trinidad en la historia. El Padre la escoge entre todas las mujeres para ser madre de su hijo unigénito, el Espíritu Santo engendro un hijo en sus entrañas y la segunda persona tomo carne y sangre en su vientre.
Si por Eva entró el pecado en el mundo, por la Virgen María entró la salvación.
Tiene la misión de combatir contra el "dragón" y la "bestia" del mal en los tiempos finales según el Apocalipsis.
CUÁLES SON LOS DOGMAS MARIANOS
Los dogmas marianos proclamados por la Iglesia Católica Apostólica Romana son cuatro:
1) En el año 431, el Concilio de Efeso declaró a María Madre de Dios, Theotokos.
2) En el año 649 (dos siglos después) el Papa Martin I declaró su Virginidad Perpetua (antes, durante y después del parto).
3) Más de mil años después se proclamó el próximo dogma: la Inmaculada Concepción (1854), por el Papa Pío IX. Este dogma enseña que María fue siempre libre de pecado. No tuvo pecado original.
4) Un siglo después, el Papa Pio XII proclamó la Asunción de María (1950): Al final de su vida terrenal, la Madre de Jesús fue llevada a la gloria del cielo en cuerpo y alma.
A) MADRE DE JESÚS Y POR TANTO MADRE DE DIOS
María es Madre de Jesús quien es Dios y Hombre. Si negáramos su maternidad divina entonces también negaríamos que Jesucristo, su hijo, sea Dios.
Esta expresión, Madre de Dios, no dice que sea María quien por su engendramiento ha dado a Jesús su divinidad, sino que dice que María ha engendrado según la carne a aquel que es eternamente engendrado por Dios.
B) VIRGINIDAD PERPETUA DE MARÍA
La Iglesia afirma la doctrina de la virginidad perpetua de María Santísima. Esto significa que ella fue siempre virgen: antes, durante y después de dar a luz a Jesucristo.
La virginidad de María antes del parto está firmemente atestiguada por los evangelios de san Mateo y de san Lucas. Este último en su relato de la Anunciación insiste en que "el ángel Gabriel fue enviado por Dios... a una virgen... y el nombre de la virgen era María" (Lc 1,26-27). Mateo dice que en la concepción de Jesús se cumplió la profecía de Is 7,14 sobre la concepción virginal del Mesías (Mt 1,22-23) y que José no conoció a María "hasta que dio a luz un hijo" (Mt 1,25) con lo cual queda excluida cualquier relación carnal antes del nacimiento de Jesús.
C) MARÍA CONCEBIDA SIN PECADO
¿Cómo mantener la realidad pecadora de una madre, marcada como todo ser humano por el pecado original, y la realidad no pecadora de un niño como Jesús?.
El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX definió la fe de la Iglesia católica sobre la Inmaculada Concepción: "Desde el primer instante de su concepción, por la gracia y el privilegio de Dios todopoderoso, y en consideración de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, la Virgen María fue preservada intacta de mancha de pecado original".
Por consiguiente, no solamente María no ha cometido pecado, sino que no ha sido alcanzada por el pecado original.
D) LA ASUNCIÓN DE MARÍA  EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS
¿Cómo se terminó la vida terrestre de María?. El 1º de noviembre de 1950 el Papa Pío XII definió solemnemente, después de consulta a todos los obispos, que «la Inmaculada Madre de Dios, María siempre virgen, después de haber acabado el curso de su vida terrestre, ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Nada se dice sobre si María murió o no antes de haber sido elevada al cielo. Lo que se afirma es que su cuerpo no ha conocido la corrupción, no se ha degradado, sino que ha sido elevado a la gloria celestial.
Nótese también la diferencia entre la Ascensión, en la que Jesucristo resucitado de entre los muertos sube al cielo (Él es el actor de la acción), y la Asunción, en la que María es elevada al cielo por Dios (ella es pasiva, es Dios quien actúa).
MARÍA REINA
El pueblo cristiano siempre ha reconocido a María Reina por ser madre del Rey de reyes y Señor de Señores. Su poder y sus atributos los recibe del Todopoderoso: Su Hijo, Jesucristo.
Es El quien la constituye Reina y Señora de todo lo creado, de los hombres, de los ángeles y para vencer a satanás.
María Santísima es Reina por ser la madre de Dios hecho hombre, El Mesías, El Rey universal.
Por ser la perfecta discípula que acompañó a Su Hijo desde el principio hasta el final, Cristo le otorga la corona.
El papa Juan Pablo II, en la audiencia del 23-7-97 dijo que "María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque (...) cooperó en la obra de la redención del género humano. (...). Asunta al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo".
MARÍA COOPERA EN NUESTRA SALVACIÓN
Esta cuestión divide a católicos y protestantes. Los católicos dicen que María, al convertirse en Madre de Dios, ha cooperado a la realización de nuestra salvación (por su escucha, su servicio de intercesión como en Caná, etc.).
Pero eso no significa sin embargo que María sea una segunda mediadora al lado de Cristo, como si añadiera alguna cosa a la obra de Él. María está en efecto, como nosotros, del lado de los salvados.
MARÍA CORREDENTORA
Actualmente hay un movimiento que propone al Papa la aprobación del 5º dogma de María Corredentora. El título Mariano "Corredentora", se refiera a la participación única de María en la obra de nuestra redención llevada a cabo por Jesucristo. Es un paso más a su carácter de cooperadora en la salvación.
El término como ha sido usado por la Iglesia nunca pone a María en nivel de igualdad con Jesucristo, el divino redentor. Sin embargo, la libre y activa cooperación humana de la Madre de Jesús en la redención, particularmente en la Anunciación y en el Calvario, es correctamente reconocida por el magisterio y las enseñanzas papales del Concilio Vaticano Segundo –Ver "Lumen Gentium" Nos. 56, 57, 58 y 61-- y se convierte en un ejemplo preeminente de cómo el Cristiano está llamado a hacerse un "co-trabajador con Dios".
MARÍA MADRE DE LA FE, DE LA ESPERANZA Y DE LOS CREYENTES
María es mujer de fe, de esperanza y de caridad como ninguna otra criatura había sido antes ni jamás lo ha de ser.
En estos tiempos de general apostasía y de consecuente destrucción del hombre, la Madre de Dios nos asegura con su presencia el favor del cielo, la victoria de nuestro Señor sobre el pecado, sobre la muerte y sobre satanás. Ella viene a traernos la luz de Cristo. Ella viene a llevarnos a Cristo, Ella viene a defender a la Iglesia y a su Pastor. Su presencia continua reaviva y fortalece nuestra esperanza e ilumina nuestra fe.
MADRE DE LA IGLESIA
Los primeros cristianos han concedido mucho valor a la presencia de María al pie de la cruz de su hijo, Jesús. Se acuerdan de estas palabras dichas a Juan: «He ahí a tu madre» (Jn. 19,27).
La expresión Madre de la Iglesia no ha visto la luz hasta el fin del concilio Vaticano II. El Papa Pablo VI proclamó entonces a María Madre de la Iglesia, es decir Madre de sus fieles y de sus pastores.
MARÍA MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS
Todas las Gracias vienen a través de María porque Jesucristo El Salvador del mundo viene a través de ella. No hay mayor Gracia aparte de Jesús.
Todas las gracias vienen a nosotros a través de María porque su intercesión es un preámbulo a todas las gracias.

jueves, 10 de agosto de 2017

INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO VATICANO II Y SU RELACIÓN CON LA CRISIS ACTUAL DE LA IGLESIA


La crisis sin precedentes que atraviesa actualmente la Iglesia se puede comparar con la crisis general del siglo IV, cuando el arrianismo había contaminado a la abrumadora mayoría del episcopado y asumido una posición dominante en la vida de la Iglesia. Por un lado, debemos procurar ver la presente situación con realismo, y, por otra parte, con espíritu sobrenatural, con profundo amor por la nuestra Santa Madre Iglesia, que está sufriendo la Pasión de Cristo a causa de esta tremenda y general confusión doctrinal, litúrgica y pastoral.
Tenemos que renovar nuestra fe para creer que la Iglesia está en las seguras manos de Cristo, y que Él siempre intervendrá para renovarla en los momentos en que parece que la barca de la Iglesia está a punto de zozobrar, como resulta patente en nuestros días.
Por lo que respecta a nuestra actitud con relación al Concilio Vaticano Segundo, hay que evitar dos extremos: rechazarlo totalmente (como hacen los sedevacantistas y un sector de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), o atribuir un carácter infalible a todo lo que dijo el Concilio.
El Concilio Vaticano II fue una asamblea legítima presidida por los pontífices, y tenemos que mantener una actitud respetuosa hacia el mismo. Ahora bien, eso no quiere decir que nos esté vedado expresar dudas razonablemente fundadas o proponer con respeto mejoras con respecto a determinadas cuestiones, en tanto que lo hagamos basados en la totalidad de la Tradición de la Iglesia y su Magisterio perenne.
Las tradicionales y constantes afirmaciones del Magisterio a lo largo de un los siglos tienen precedencia y constituyen un criterio para verificar la exactitud de las afirmaciones magisteriales posteriores. Toda nueva declaración del Magisterio debe ser de por sí más precisa y más clara, pero nunca ambiguas ni parecer que contradiga previos pronunciamientos constantes del Magisterio.
Las afirmaciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas deben ser leídas e interpretadas según las de la totalidad de la Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia.
En caso de duda, las afirmaciones del Magisterio constante (es decir, los concilios y documentos pontificios cuyo contenido ha demostrado ser una tradición segura y constante durante siglos en un mismo sentido) se imponen sobre las que son objetivamente ambiguas o las afirmaciones novedosas del Concilio Vaticano II que, con toda objetividad, difícilmente concuerdan con las afirmaciones del Magisterio constante anterior (v.g., el deber del Estado de venerar públicamente a Cristo, Rey de toda sociedad humana, el verdadero sentido de la colegialidad episcopal con relación al primado petrino y al gobierno universal de la Iglesia, el carácter nocivo de las religiones no católicas y el peligro que suponen para la salvación eterna de las almas).
Hay que ver y aceptar el Concilio Vaticano II como tenía por objeto ser y como lo que fue en realidad: un concilio ante todo pastoral. Es decir, que la intención de dicho concilio no era proponer nuevas doctrinas ni hacerlo de forma definitiva. La mayor parte de sus afirmaciones confirmaban la doctrina tradicional y perenne de la Iglesia.
Algunas de las nuevas afirmaciones del Concilio (v.g. la colegialidad, la libertad religiosa, el diálogo ecuménico e interreligioso, la actitud para con el mundo) carecen de carácter definitivo, y por ello aparentemente o en realidad, no se ajustan a las afirmaciones tradicionales y constantes del Magisterio, y es necesario complementarlas con explicaciones más exactas y suplementos doctrinales más precisos. Una aplicación ciega del principio de la “hermenéutica de la continuidad” tampoco ayuda, porque de ese modo se crean interpretaciones forzadas que no convencen ni ayudan a llegar a un conocimiento más claro de las verdades inmutables de la fe católica y su aplicación concreta.
A lo largo de la historia se han dado casos de afirmaciones no definitivas de concilios ecuménicos que más tarde, gracias a un sereno debate teológico, fueron matizadas o tácitamente corregidas (por ejemplo, las afirmaciones del Concilio de Florencia con relación al sacramento del Orden, según lo cual la materia la constituía la entrega de instrumentos, cuando la más cierta y constante tradición afirmaba que bastaba con la imposición de manos por parte del obispo; esto fue confirmado por Pío XII en 1947). Si después del Concilio de Florencia los teólogos hubieran aplicado ciegamente el principio de la “hermenéutica de la continuidad”, a dicha declaración del Concilio de Florencia (que es objetivamente errónea), defendiendo la tesis de que la entrega de instrumentos como materia del sacramento del Orden se ajustaba al Magisterio constante, probablemente no se habría llegado a un consenso general de los teólogos con respecto a la verdad que afirma que sólo la imposición de manos por el obispo constituye la verdadera materia del sacramento del Orden.
Es necesario fomentar en la Iglesia un clima sereno de debate doctrinal en relación con aquellas declaraciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas o han dado lugar a interpretaciones erróneas. No hay nada de escandaloso en tal debate doctrinal; todo lo contrario, contribuirá a mantener y explicar de un modo más seguro e integral el depósito de la fe inmutable de la Iglesia.
No se debe hacer excesivo hincapié en un concilio determinado, otorgándole un carácter absoluto o equiparándolo a la Palabra de Dios oralmente transmitida (Sagrada Tradición) o por escrito (Sagradas Escrituras). El propio Concilio Vaticano II afirmó correctamente (cf. Dei Verbum, 10), que el Magisterio (el Papa, los concilios y el magisterio ordinario y universal) no están por encima de la Palabra de Dios, sino por debajo, supeditados a ella, y es solamente su siervo (de la Palabra de Dios transmitida oralmente = Sagrada Tradición, y de la Palabra de Dios escrita = Sagradas Escrituras)
Desde un punto de vista objetivo, las afirmaciones magisteriales (del Papa y de los concilios) con carácter definitivo tienen más valor y más peso comparados con las de naturaleza pastoral, que son de por sí mudables y temporales en función de las circunstancias históricas o de situaciones pastorales circunscritas a un momento determinado, como sucede con la mayoría de las declaraciones del Concilio Vaticano II.
El aporte original y valioso del Concilio Vaticano II radica en la llamada a la santidad de todos los miembros de la Iglesia (cap. 5 de Lumen gentium), en la doctrina sobre el papel central de Nuestra Señora en la vida de la Iglesia (cap. 8 de Lumen gentium), en la importancia de los fieles laicos para mantener, defender y promover la fe católica y en el deber de éstos de evangelizar y santificar las realidades temporales con arreglo al sentido perenne de la Iglesia (cap. 4 de Lumen gentium), y en la primacía de la adoración de Dios en la vida de la Iglesia y la celebración litúrgica (Sacrosanctum Concilium, nn. 2; 5-10). El resto se podría considerar hasta cierto punto secundario, provisional, y probablemente en un futuro hasta olvidables, como ha sucedido con algunas afirmaciones no definitivas, pastorales o disciplinarias de diversos concilios ecuménicos del pasado.
Las cuatro cuestiones siguientes -Nuestra Señora, la santificación de la vida personal, la defensa de la fe con la santificación del mundo según el espíritu perenne de la Iglesia y el carácter prioritario de la adoración de Dios- son los que con más urgencia se tienen que vivir y aplicar hoy en día. En esto, el Concilio Vaticano II tiene un papel profética que, desgraciadamente, no se ha cumplido todavía de modo satisfactorio.
En vez de vivir estos cuatro aspectos, un sector numeroso de la nomenclatura teológica y administrativa de la Iglesia lleva medio siglo promoviendo cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas ambiguas, distorsionando con ello la intención original del Concilio o abusando de afirmaciones doctrinales ambiguas o poco claras con miras a crear una iglesia diferente, de tipo relativista o protestante. Hoy en día asistimos a la culminación de este proceso.
La crisis actual de la Iglesia consiste en parte en que a algunas declaraciones del Concilio Vaticano II que son objetivamente ambiguas, o en que a esas pocas afirmaciones que difícilmente se ajustan a la tradición magisterial constante de la Iglesia, se las ha llegado a considerar infalibles. Y así se ha llegado a bloquear un sano debate con las respectivas correcciones necesarias, implícitas o tácitas. Al mismo tiempo, se ha fomentado el surgimiento de afirmación teológicas en conflicto con la tradición perenne (v.g. con relación a la nueva teoría del llamado doble sujeto supremo ordinario del gobierno de la Iglesia, es decir, el Papa por sí solo y todo el colegio episcopal junto con el Papa, la doctrina de la neutralidad del Estado hacia el culto público que debe rendir al Dios verdadero, que es Jesucristo, Rey también de toda sociedad humana y política, y la relativización de la verdad de que la Iglesia Católica es la única vía de salvación querida y ordenada por Dios).
Tenemos que liberarnos de las cadenas que imponen un carácter absoluto e infalible al Concilio Vaticano II y pedir un clima de debate sereno y respetuoso motivado por un amor sincero a la Iglesia y a la fe inmutable de la Iglesia.
Podemos ver una señal positiva de ello en que el 2 de agosto de 2012 Benedicto XVI escribió un prefacio al volumen relativo al Concilio Vaticano II en la edición de sus obras completas, en el cual manifiesta sus reservas con respecto a contenidos concretos de Gaudium et spes y Nostra aetate. Del tenor de dichas palabras de Benedicto XVI se deduce que los defectos concretos de determinadas partes de los documentos no se pueden mejorar con la “hermenéutica de la continuidad”.
Una FSSPX canónica y plenamente integrada en la vida de la Iglesia podría hacer un aporte muy valioso a dicho debate, como deseaba también el arzobispo Marcel Lefebvre. La presencia canónica plena de la FSSPX en la vida de la Iglesia actual contribuiría también a suscitar un clima general de debate constructivo a fin de que lo que siempre creyeron todos los católicos en todas partes durante dos mil años se crea de un modo más claro y seguro también en nuestros tiempos, realizando así la verdadera intención pastoral de los padres del Concilio Vaticano Segundo.
La auténtica finalidad pastoral apunta a la salvación eterna de las almas, la cual sólo se puede alcanzar anunciando toda la voluntad de Dios (Hch.20, 27). Una ambigüedad en la doctrina de la fe y en su aplicación concreta (en la liturgia y en la pastoral) supondría un peligro para la salvación eterna de las almas y sería por consiguiente antipastoral, dado que la proclamación de la claridad y de la integridad de la fe católica y de su fiel aplicación es voluntad explícita de Dios. Únicamente la obediencia perfecta a esta voluntad de Dios, que nos reveló la verdadera fe por medio de Cristo, Verbo Encarnado, y de los apóstoles, la fe interpretada y practicada constantemente en el mismo sentido por el Magisterio de la Iglesia, lleva la salvación a las almas.
+ Athanasius Schneider,
Obispo auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima de Astaná, Kazajistán
Fuente: adelante la fe.com

sábado, 8 de julio de 2017

RAZONES PARA ELEGIR LA MISA TRADICIONAL

1. Seréis como los santos
Si se toma en consideración que la misa tradicional celebrada hasta 1970 era, en lo esencial, la de San Gregorio Magno (codificada hacia el año 600), estamos hablando de 1400 años de la vida de la Iglesia, es decir, la mayor parte de la historia de sus santos. Las oraciones, los himnos, las lecturas que han alimentado su fe son las mismas que alimentan la nuestra. Es la misa de Santo Tomás de Aquino, quien compuso el propio de la fiesta de Corpus Christi, es la misa a la que asistía San Luis Rey de Francia hasta tres veces por día, es la misa que sumía a San Felipe Neri en éxtasis de los que era preciso sustraerlo, es la misa que se celebraba clandestinamente en Inglaterra y en Irlanda en la época de las persecuciones, es la misa que rezaba San Damián de Molokai en la capilla construida con sus manos leprosas…
2. Lo que es verdadero para nosotros lo es aún más para nuestros hijos
La liturgia tradicional forma la mente y el corazón de nuestros hijos en la alabanza divina mediante la ejercitación de las virtudes de la humildad, la obediencia y la adoración silenciosa. Llena sus sentidos y su imaginación con los signos y los símbolos sagrados, con «ceremonias místicas» como las llamaba el Concilio de Trento. Los pedagogos saben que los niños son más sensibles a las ilustraciones visuales que a los largos discursos. La solemnidad de la liturgia tradicional abrirá a los niños catequizados a la trascendencia y hará nacer en muchos niños varones el deseo de servir en el altar.
3. La misa universal
La liturgia tradicional no sólo establece un vínculo de unidad temporal entre nuestra generación y las que nos han precedido, sino también un vínculo de unidad espacial entre todos los fieles del globo terrestre. Antes de la reforma litúrgica, era un gran consuelo para los viajeros descubrir que más allá de las culturas y los climas, la misa era siempre la misma en todas partes, la misma que celebraba el sacerdote de su parroquia. Era también la más evidente confirmación de la auténtica catolicidad de su catolicismo. ¡Qué contraste con ciertas parroquias actuales donde la misa cambia de un sacerdote a otro y de un domingo a otro…!
4. Sabemos a qué atenernos
Una ceremonia centrada en el sacrificio de Nuestro Señor en el Calvario. El silencio, antes, durante y después. Monaguillos varones únicamente. Sólo manos consagradas para tocar el Cuerpo de Cristo. Nada de extravagancias en los ornamentos o la música. En otros términos, la única actividad que el hombre, cuando no si celebra de manera inadecuada, no puede desviar de su único objeto: la alabanza del verdadero Dios. El padre Jonathan Robinson, del Oratorio de San Felipe Neri, en su libro The Mass and Modernity (Ignatius Press, 2005), escrito antes de que se familiarizara con la liturgia tradicional, señala que la atracción principal y perenne de lo que aún era el rito antiguo reside en que ofrece «una referencia trascendente », aunque sea mal celebrada. Mientras que, en la misa nueva, nada garantiza «la centralidad del misterio pascual».
5. Es el original
El rito romano tradicional tiene una orientación teo y cristo céntrica patente, manifestada tanto la en la posición ad Orientem del celebrante como en los ricos textos del misal que destacan el misterio trinitario, la divinidad de Nuestro Señor y su sacrificio en la Cruz. Como bien lo ha documentado el profesor Lauren Pristas (3), las oraciones del nuevo misal carecen de claridad en la expresión del dogma y de la ascesis católica; en cambio, las oraciones del antiguo misal no tienen ni ambigüedad ni equívocos. Cada vez es mayor el número de católicos que se percatan de hasta qué punto la reforma litúrgica fue precipitada y de cómo conduce a la confusión a causa de sus opciones casi ilimitadas y de su discontinuidad con los catorce siglos anteriores de oración de la Iglesia.
6. Un santoral superior
En los debates litúrgicos, una gran parte de los intercambios se centra, como es lógico, en la defensa o la crítica de los cambios aportados al ordinario de la misa. Pero no se debe olvidar que una de las diferencias más importantes introducidas en el misal de 1970 es su calendario, empezando por el santoral. El calendario de 1962 es una maravillosa introducción a la historia de la Iglesia, en especial, la historia de la Iglesia primitiva, hoy tan frecuentemente olvidada. Está ordenado tan providencialmente que la sucesión de ciertas festividades forma conjuntos que ilustran una faceta particular de la santidad. Por su parte, los creadores del calendario reformado han eliminado o degradado 200 santos, empezando por San Valentín. San Cristóbal, el patrono de los viajeros, ha desaparecido, con la excusa de que no habría existido, a pesar de las innumerables vidas que salva cotidianamente. Se ha privilegiado de forma sistemática la ciencia histórica moderna frente a las tradiciones orales de la Iglesia. Esta preferencia científica hace pensar en las siguientes palabras de Chesterton en su obra Ortodoxia: «Es muy fácil comprender por qué una leyenda se considera y debe ser considerada con mayor respeto que una obra histórica. La leyenda es, generalmente, obra de la mayoría de los miembros de la aldea, una mayoría de hombres sanos de espíritu. El libro, por lo general, está escrito por el único hombre loco de la aldea» .
7. Un temporal superior
El temporal también padeció alteraciones. El ciclo litúrgico es mucho más rico en el calendario de 1962. Cada domingo del año tiene su contenido propio, que constituye una suerte de marcador para los fieles gracias al cual pueden medir, año tras año, su progreso o retroceso espiritual. El calendario tradicional observa antiguas circunstancias recurrentes, como las Cuatro Témporas o las Rogativas que manifiestan, además de nuestra gratitud hacia el Creador, nuestra sumisión alegre al ciclo natural de las estaciones y de las cosechas. El calendario tradicional no tiene un «tiempo ordinario», expresión muy poco feliz si se considera que después de la Encarnación ya nada puede ser «ordinario»; en cambio, tiene un tiempo después de la Epifanía y un tiempo después de Pentecostés, lo que prolonga el eco de dichas fiestas. Como Navidad y Pascua, Pentecostés, fiesta no menor, tiene su octava durante la cual la Iglesia cuenta con tiempo suficiente para renovar su ardor bajo el influjo del fuego celestial. Sin olvidar el tiempo de Septuagésima que ayuda al pueblo de Dios a pasar con suavidad de la alegría de la Navidad al dolor de la Cuaresma. Todos estos tesoros preciosamente conservados nos conectan con la Iglesia de los primeros siglos…
8. Una mejor introducción a la Biblia
La opinión corriente pretende que uno de los progresos principales del nuevo Ordo es su ciclo trienal y las lecturas más numerosas que supuestamente ayudan a un mejor conocimiento de la Biblia. Pero con esto se ignora que si bien es cierto que la nueva disposición ha multiplicado las lecturas, también ha destruido el vínculo que las unía en el antiguo Ordo y que constituía la trama de la misa domingo a domingo. En materia de lecturas bíblicas, el Ordo tradicional responde a dos principios admirables:
– en primer lugar, los pasajes no se eligen por su propio interés (con el fin de cubrir la mayor extensión posible de la Escritura) sino para iluminar la festividad particular celebrada;
– en segundo lugar, el acento, más que en una mayor alfabetización bíblica de los fieles, está puesto en la «mistagogia». En otras palabras, las lecturas de la misa no han sido concebidas como un curso bíblico dominical sino como una iniciación progresiva a los misterios de la fe a través de la liturgia. Su número más limitado, su concisión, su pertinencia litúrgica y su repetición anual las convierten en un agente muy eficaz de formación espiritual y en una perfecta preparación para el sacrificio eucarístico.
9. La devoción a la Sagrada Eucaristía
Naturalmente, la forma ordinaria puede ser celebrada con reverencia y devoción y en el momento de la comunión, puede ocurrir que sólo la distribuyan los ministros ordenados a los fieles en la boca. Pero todos los domingos, en la mayoría de las parroquias ordinarias, se recurre a los ministros extraordinarios para dar la sagrada comunión a los fieles presentes, quienes, en gran medida, la toman, más que la reciben, con la mano. Estas dos actitudes minan profundamente el sacrosanto respeto debido al Santísimo Sacramento y, por ende, la comprensión del misterio eucarístico. Y aun cuando uno comulgue en la boca, poniéndose en la fila del sacerdote en vez de en la del ministro extraordinario, se corre el riesgo de acercarse a Jesús Hostia con el alma distraída, atormentada o incluso, indiferente, lo que no es mejor. Momento de gran solemnidad, tradicionalmente muy edificante para los niños, la comunión termina, de este modo, por convertirse en un momento de agitación y confusión. El olvido de la presencia real de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía desemboca inexorablemente en la «protestantización» de nuestra relación con Dios. Mientras que el indulto de la comunión en la mano no sea abolido, la liturgia tradicional es la única vía segura para preservar y alimentar nuestra comprensión del misterio de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo tanto en la Sagrada Eucaristía como en la Iglesia y en nuestras vidas de cristianos.
10. El misterio de la Fe

Si sólo hubiera que quedarse con una razón que justificara la elección de la forma extraordinaria, sería simplemente que ésta es la expresión más perfecta del Misterio de la Fe. Lo que San Pablo llamaba misterio y que la tradición latina designa con los términos de mysterium y sacramentum es todo menos un concepto marginal en la Cristiandad. La increíble revelación de Dios a los hombres, a lo largo de toda la historia y en particular en la persona de Cristo, es un misterio en el sentido más elevado del término: es la revelación de una realidad perfectamente inteligible pero siempre ineluctable, siempre luminosa pero enceguecedora por su misma luminosidad. Las ceremonias litúrgicas que nos ponen en contacto con Dios deberían llevar el sello de su esencia misteriosa eterna e infinita. Por su lengua sagrada, su ordenamiento, su música y la postura del sacerdote, la forma extraordinaria del rito romano tiene, sin duda alguna, ese sello. Al favorecer el sentido de lo sagrado, la misa tradicional conserva intacto el misterio de la fe .
Peter Kwasniewski