Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)
Ofrecemos a los lectores, especialmente a los Sacerdotes, este artículo de Antonio Socci como materia de reflexión y como "provocación" espiritual para que cada uno tome conciencia de la triste situación en la que se encuentra la Iglesia militante y saque las consecuencias apropiadas; aquellas que esperan el Señor y el Corazón Inmaculado de María.
No es difícil para nadie, con el mínimo esfuerzo, acertar con la traducción correcta.
La Iglesia celebra con gozo el centenario de
las apariciones de Fátima y acoge con devoción los mensajes que la Blanca
Señora confió a los tres humildes pastorcitos para que fuesen transmitidos a la
Iglesia y al mundo.
Con
ocasión de la celebración del centenario el Papa Francisco acude estos días a
Fátima como peregrino a los pies de Nuestra Señora y con tal motivo va a
inscribir en el catálogo de los Santos a los pequeños Jacinta y Francisco
Marto, a quienes Nuestra Señora se apareció en 1917.
El
Mensaje de Fátima, en general, no es complicado. Sus pedidos son de oración,
reparación, arrepentimiento y sacrificio, y abandono del pecado. Antes de que
Nuestra Señora se apareciera a los tres niños: Lucía, Francisco y Jacinta, los
visitó el Ángel de la Paz. El Ángel preparó a los tres niños para recibir a la
Santísima Virgen María
El
Ángel enseñó a los niños la manera ferviente, atenta y compuesta en que
nosotros debemos rezar, y la reverencia debida a Dios en la oración. También
les explicó la gran importancia de la oración y de hacer sacrificios en
reparación por las ofensas cometidas contra Dios. El les dijo: “Haced de todo
lo que podáis un sacrificio y ofrecedlo a Dios como un acto de reparación por
los pecados por los que él es ofendido, y de súplica por la conversión de los
pecadores.” En su tercera y última aparición a los niños, el Ángel les dio la
Santa Comunión, y les mostró la manera propia de recibir a Nuestro Señor en la
Eucaristía: los tres de rodillas para recibir la Comunión; a Lucía le dio la Sagrada
Hostia en la lengua y luego hizo compartir a Francisco y a Jacinta la Sangre
del Cáliz.
Nuestra
Señora en cada una de sus apariciones insistió en la importancia de rezar el
Rosario, pidiendo a los niños rezar todos los días el Rosario por la paz del mundo.
Otra parte principal del Mensaje de Fátima es la devoción al Inmaculado Corazón
de María, terriblemente ultrajado y ofendido por los pecados de la humanidad.
Ella mostró a los niños Su Corazón, rodeado de espinas punzantes (que
representan los pecados contra Su Inmaculado Corazón). Los tres pequeños
comprendieron que los sacrificios ofrecidos con amor contribuyen a la
reparación de las ofensas que agravian el Corazón Inmaculado de María.
Los
niños vieron también que Dios está terriblemente ofendido por los pecados de la
humanidad, y que desea que cada uno de nosotros y que toda la humanidad
abandone el pecado y haga reparación por sus crímenes a través de la oración y
el sacrificio. Nuestra Señora suplicó con tristeza: “¡No ofendan más a Dios
Nuestro Señor, pues ya está muy ofendido!”
Nuestra
Señora también dijo a los niños que rezaran y se sacrificaran por los
pecadores, para salvarlos del infierno. Luego les mostró brevemente una visión
del infierno, después de lo cual Nuestra Señora les dijo: “Habéis visto el
infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios
quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si se hace
lo que digo, muchas almas se salvarán y habrá paz.”.
Ella
dijo que si la gente no dejaba de ofender a Dios, El castigaría al mundo
severamente por medio de la guerra, el hambre y la persecución de la Iglesia, y
la persecución del Santo Padre. Para evitar esos castigos, Nuestra Señora
ofreció un remedio: Ella volvería a pedir la Consagración de Rusia a Su
Inmaculado Corazón y la Comunión de Reparación de los Cinco Primeros Sábados.
Si se atendían sus pedidos habría paz. Si no, Rusia esparciría sus errores por
el mundo, causando guerras y persecuciones contra la Iglesia, el martirio de
los buenos y la aniquilación de varias naciones. El Santo Padre sufriría mucho.
Nuestra
Señora nos señaló la raíz específica de todas las desgracias del mundo, lo
único que causa guerras mundiales y tan terribles sufrimientos: el pecado. Ella
dio luego una solución, primero a los individuos, y luego a los líderes de la
Iglesia. Dios pide a cada uno de nosotros dejar de ofenderlo. Debemos rezar,
especialmente el Rosario. Por el rezo frecuente del Rosario, obtendremos las
gracias que necesitamos para vencer el pecado. Dios quiere que tengamos
devoción al Inmaculado Corazón de María y trabajemos para difundir esta
devoción a través del mundo. Nuestra Señora dijo: “Mi Inmaculado Corazón será
vuestro refugio y el camino que os llevará a Dios”. Si nosotros queremos ir a Dios, debemos tomar
el camino seguro hacia Él, por medio de la devoción verdadera al Inmaculado
Corazón de Su Madre.
Cuando
la Hermana Lucía preguntó a Nuestro Señor por qué no convertía a Rusia sin la
solemne consagración pública, nombrando específicamente a esa nación, Jesús
respondió:
Porque
quiero que toda Mi Iglesia reconozca esa consagración como un triunfo del
Inmaculado Corazón de María, para después extender su culto y poner, al lado de
la devoción a Mi Sagrado Corazón, la devoción a este Corazón Inmaculado.
La
devoción al Inmaculado Corazón de María es central en el Mensaje de Fátima.
Dios determinó que la Consagración de Rusia y la Comunión de Reparación en los
Primeros Sábados son los medios para implementar esta devoción a lo largo del
mundo, y encomendó esta tarea al Papa y a los obispos, y a las almas
individuales, para practicar y promover esta devoción.
Para
estar aún más cerca de Ella, y por lo tanto de Su Hijo, Nuestra Señora señaló
la importancia de rezar al menos cinco decenas del Rosario diariamente. Ella
nos pidió usar el Escapulario del Carmen, como símbolo de nuestra consagración
a Ella. Y debemos hacer sacrificios, especialmente el sacrificio de cumplir
nuestros deberes diarios, en reparación por los pecados cometidos contra
Nuestro Señor y Nuestra Señora. Ella señaló también la necesidad de las
oraciones y sacrificios para salvar del infierno a los pobres pecadores. El
Mensaje de Fátima a las almas individuales, está resumido en estas cosas.
El
Papa Pablo VI dijo que los mensajes de Fátima son un recordatorio de las
verdades principales del Evangelio que por olvidadas y abandonadas, la Virgen
movida por su amor maternal viene a recordar a los hombres en pleno siglo XX.
Porque
el Evangelio comienza con la llamada de Jesús a la conversión, y en la entraña
del evangelio se encuentran las enseñanzas de Jesús:
-
“Si no hicieseis penitencia todos pereceréis”
-
“El mandamiento primero y principal es
este: amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con
todo tu corazón”
-
“El que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz cada día y me siga”.
Fátima
nos devuelve, pues, al corazón del evangelio en cuyo centro se alza la cruz
redentora de Jesús. Esa cruz que es escándalo para los judíos, necedad para los
griegos, pero para los que aman a Dios es fuerza y sabiduría de Dios.
Nuestra
Señora viene a recordarnos lo que ya dijera el Apóstol Pablo a los primeros
cristianos: “mirad que hay muchos que viven como enemigos de la cruz de
Cristo”.
Fuera
de esa cruz no hay salvación posible. Sólo ella es el camino para el cielo.
Salve
Reina, Bienaventurada Virgen de Fátima, Señora del Corazón Inmaculado, refugio
y camino que conduce a Dios.
Peregrino
de la Luz que procede de tus manos, doy gracias
a Dios Padre que, siempre y en todo lugar, interviene en la historia del
hombre; peregrino de la Paz que tú anuncias en este lugar, alabo a Cristo,
nuestra paz, y le imploro para el mundo la concordia entre todos los pueblos; peregrino
de la Esperanza que el Espíritu anima, vengo como profeta y mensajero para
lavar los pies a todos, en torno a la misma mesa que nos une.
¡Salve,
Madre de Misericordia, Señora de la blanca túnica!
En
este lugar, desde el que hace cien años manifestaste a todo el mundo los designios
de la misericordia de nuestro Dios, miro tu túnica de luz y, como obispo
vestido de blanco, tengo presente a todos aquellos que, vestidos con la
blancura bautismal, quieren vivir en Dios y recitan los misterios de Cristo
para obtener la paz.
¡Salve,
vida y dulzura, salve, esperanza nuestra, Oh Virgen Peregrina, oh Reina
Universal!
Desde
lo más profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón, mira los gozos del ser
humano cuando peregrina hacia la Patria Celeste.
Desde
lo más profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón mira los dolores de la
familia humana que gime y llora en este valle de lágrimas.
Desde
lo más íntimo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón, adórnanos con el fulgor
de las joyas de tu corona y haznos peregrinos como tú fuiste peregrina.
Con
tu sonrisa virginal, acrecienta la alegría de la Iglesia de Cristo.
Con
tu mirada de dulzura, fortalece la esperanza de los hijos de Dios.
Con
tus manos orantes que elevas al Señor, une a todos en una única familia humana.
¡Oh
clemente, oh piadosa, Oh dulce Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Haz
que sigamos el ejemplo de los beatos Francisco y Jacinta, y de todos los que se
entregan al anuncio del Evangelio.
Recorreremos,
así, todas las rutas, seremos peregrinos de todos los caminos, derribaremos
todos los muros y superaremos todas las fronteras, yendo a todas las
periferias, para revelar allí la justicia y la paz de Dios.
Seremos,
con la alegría del Evangelio, la Iglesia vestida de blanco, de un candor
blanqueado en la sangre del Cordero derramada también hoy en todas las guerras
que destruyen el mundo en que vivimos.
Y
así seremos, como tú, imagen de la columna refulgente que ilumina los caminos
del mundo, manifestando a todos que Dios existe, que Dios está, que Dios habita
en medio de su pueblo, ayer, hoy y por toda la eternidad.
¡Salve,
Madre del Señor, Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Bendita
entre todas las mujeres, eres la imagen de la Iglesia vestida de luz pascual, eres
el orgullo de nuestro pueblo, eres el triunfo frente a los ataques del mal.
Profecía
del Amor misericordioso del Padre, Maestra del Anuncio de la Buena Noticia del
Hijo,
Signo
del Fuego ardiente del Espíritu Santo, enséñanos, en este valle de alegrías y
de dolores, las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
Muéstranos
la fuerza de tu manto protector.
En
tu Corazón Inmaculado, sé el refugio de los pecadores y el camino que conduce a
Dios.
Unido
a mis hermanos, en la Fe, la Esperanza y el Amor, me entrego a Ti.
Unido
a mis hermanos, por ti, me consagro a Dios, Oh Virgen del Rosario de Fátima.
Y
cuando al final me veré envuelto por la Luz que nos viene de tus manos, daré
gloria al Señor por los siglos de los siglos.
Cenáculo de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
MES DE MAYO
¡Gloria a Jesús en María! Hemos subrayado siempre, y así nos esforzamos por vivirlo cada día, que nuestra espiritualidad comunitaria no tiene nada de novedoso, aunque paradógicamente en las circunstancias de los tiempos que nos tocan vivir resulte toda una novedad.
Se trata de la espiritualidad católica, de la esencia de nuestra fe, de la fe de los primeros cristianos, de la fe de los Santos, de la fe profesada y vivida a lo largo de dos mil años por los hijos de la Iglesia.
No queremos añadidos, ni adaptaciones, ni glosas, ni reduccionismos, ni traiciones descaradas, que vienen siendo el pan envenenado de cada día.
Tenemos la obligación, y nos asiste el derecho, a negarnos en rotundo a sacrificar nuestra identidad católica en los apestosos e idolátricos altares del sincretismo religioso, del falso ecumenismo, del indiferentismo, del sectarismo masónico, y de la diabólica pretensión de la religión mundialista. ¡Obedeceremos siempre a Dios antes que a los hombres! Comenzamos el mes de mayo, el mes especialmente consagrado a la Santísima Virgen María. Ella está presente en nuestra vida y en la vivencia de nuestra fe todos y cada uno de los días del año. Está presente en todos y cada uno de los misterios de la vida de Cristo nuestro Señor. Porque no hay Jesús sin María, ni María sin Jesús. ¡Nadie puede separar lo que Dios ha unido en el tiempo y en la eternidad! Y quien osara semejante pretensión satánica no escapará a la ira de Dios Altísimo. La Trinidad Santísima no va a tolerar, bajo ninguna excusa, que las blasfemia, irreverencias, ultrajes, desprecios o indiferencias hacia la Madre de Dios queden impunes. Quienes consideren a la Virgen Santísima como un escollo para acercarse al Hijo de Dios, como una figura irrelevante en la fe por Él revelada, no podrán gozar jamás del beneplácito de Dios.Jesús viene a nosotros por María, y a Jesús se va por María. El mes de mayo nos ofrece la posibilidad de purificar, renovar y fortalecer nuestra piedad mariana. En la contemplación diaria de las virtudes vividas por María encontraremos las gracias más preciadas para que la imagen de Cristo se vaya formando en nosotros con mayor perfección. En la imitación de las virtudes practicadas por Nuestra Señora se nos ofrece el camino de mayor perfección en el seguimiento de Cristo. En la plegaria filial y confiada, elevada desde lo profundo del corazón a la Madre de Dios, encontraremos la fuente de mayor consuelo y cuanta fortaleza necesitemos para perseverar en el amor a Dios y al prójimo. ¡Nada sin Jesús, nada sin María! ¡Todo por Jesús, todo por María! Manuel María de Jesús F.F.
¡Creo que al tercer día, después de tu muerte en la cruz, te despertaste victorioso del sueño de la muerte por el poder de tu divinidad!
No creo por la luz de mi humana inteligencia, sino por la gracia de la fe que me regalaste en el santo bautismo.
¡Creo en Tí, Señor, pero aumenta mi fe!
La llama ardiente de tu amor al Padre, y la compasión por el género humano, te movió a encarnarte y entregar tu vida para redimirnos del pecado y de la muerte.
Con tu Resurrección has abierto el camino para que cuantos crean en tu Nombre puedan participar de tu triunfo y alcanzar la bienaventuranza eterna.
¡Gracias, Señor, por tu Encarnación, por tu Pasión, por tu Muerte y Resurrección!
Te abajaste hasta nosotros y te humillaste, haciéndote Siervo, anonadándote hasta las profundidades de nuestra miseria y de nuestro pecado.
Te erguiste victorioso de la postración de la muerte para elevarnos contigo a las alturas de la vida y de la felicidad eternas.
¡En tu muerte y sepultura hemos muerto y hemos sido sepultados contigo!
¡En tu Resurrección hemos resucitado contigo a una vida nueva y llevamos en nosotros la semilla de la resurrección futura!
Viniste al mundo para traernos vida y vida en abundancia. La vida nueva, germen de la vida futura en toda su plenitud, pero que ya aquí y ahora nos da la capacidad de hacer brotar esa nueva vida que es germen y anticipo de la vida que esperamos gozar en tu reino.
A tu paso por esta tierra todo lo ibas llenando de luz y de vida con la fuerza de tu amor, con las caricias de tu ternura, con el bálsamo de tu compasión.
Curaste a los leprosos, devolviste la vista a los ciegos, hiciste andar a los tullidos, acogiste a los pecadores, bendeciste a los niños, hiciste volver a la vida a los muertos, sanaste a los enfermos, tuviste palabras de esperanza y de justicia para los pobres... ¡Todo en Ti irradiaba vida y esperanza!
¡Haznos, Señor, testigos de tu Resurrección!
Líbranos de una fe mortecina y sacude nuestra tibieza.
Líbranos de la carcoma del fariseísmo y revístenos del espíritu de humildad, para que nuestra fe sea pura y nuestro testimonio sea atrayente y creíble para nuestro prójimo.
Que con tu gracia y con tu vida en nosotros pasemos por el mundo resucitando y llenando de vida todo lo que está mortecino, desesperanzado, humillado y desolado en el corazón de nuestros hermanos.
Tú Resurrección es un no rotundo a todo aquello: palabras, obras, actitudes y circunstancias que destruyen al ser humano, que rompen el corazón de las personas, que infringen dolor, angustia y desolación.
¡Cristo Resucitado, llénanos de la vida de tu amor para que seamos portadores de tu paz, de tu luz y de tu bondad, para sanar todos los corazones afligidos!
Dolorosa, siempre unida a Jesús en sus tribulaciones.
Dolorosa, al pie de la Cruz en la tarde del Viernes Santo.
Dolorosa, en la amargura y en la soledad del Sábado sin Jesús
Dolorosa, a través de los siglos.
Siempre al pie de la Cruz donde el Cuerpo Místico es crucificado.
Dolorosa, compartiendo los sufrimientos de la humanidad lacerada, humillada y sometida al poder del mal.
Es en tus Dolores donde más fácilmente apreciamos el peso de tu maternidad, la verdad de tu ser de Madre, la profundidad de tu amor a Dios y al género humano.
Todavía hoy la espada continua traspasando tu alma, y seguirá clavada en tu corazón hasta que tu Hijo vuelva a la tierra para inaugurar los cielos nuevos y la tierra nueva.
En tu sufrir silencioso tan sólo esperas de nosotros un acto de amor.
No nos dejes caer en la tentación de engañarnos a nosotros mismos pensando que son los demás los causantes de tu dolor.
Concédenos la humildad suficiente para que cada uno sepa aceptar la propia responsabilidad en la contribución a tu sufrimiento maternal.
Que no confundamos la compasión que esperas de nosotros con un sentimiento hipócrita y estéril, sino que sea un compromiso verdadero por llevar a nuestra vida diaria la práctica de tus ejemplos y virtudes.
La espada que atraviesa tu corazón sencillo y humilde es la soberbia y altanería de los que nos decimos seguidores de Cristo e hijos tuyos.
La espada que atraviesa tu alma rebosante de amor y de misericordia es la dureza de corazón de los que cada día nos atrevemos a orar al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo.
La espada que atraviesa tu alma fidelísima son nuestras escandalosas faltas de fe, esperanza y caridad. Nuestros corazones fríos y resecos ante las necesidades de nuestro prójimo.
Espadas que se clavan en tu corazón son todas nuestras traiciones al espíritu y a la letra del Evangelio.
Perdónanos, Madre, por ser causantes de tu dolor.
Traspasa Tú nuestros corazones con la espada del amor de Dios y del amor al prójimo.