REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 12 de mayo de 2017

EL MENSAJE DE FÁTIMA


La Iglesia celebra con gozo el centenario de las apariciones de Fátima y acoge con devoción los mensajes que la Blanca Señora confió a los tres humildes pastorcitos para que fuesen transmitidos a la Iglesia y al mundo.
Con ocasión de la celebración del centenario el Papa Francisco acude estos días a Fátima como peregrino a los pies de Nuestra Señora y con tal motivo va a inscribir en el catálogo de los Santos a los pequeños Jacinta y Francisco Marto, a quienes Nuestra Señora se apareció en 1917.
El Mensaje de Fátima, en general, no es complicado. Sus pedidos son de oración, reparación, arrepentimiento y sacrificio, y abandono del pecado. Antes de que Nuestra Señora se apareciera a los tres niños: Lucía, Francisco y Jacinta, los visitó el Ángel de la Paz. El Ángel preparó a los tres niños para recibir a la Santísima Virgen María
El Ángel enseñó a los niños la manera ferviente, atenta y compuesta en que nosotros debemos rezar, y la reverencia debida a Dios en la oración. También les explicó la gran importancia de la oración y de hacer sacrificios en reparación por las ofensas cometidas contra Dios. El les dijo: “Haced de todo lo que podáis un sacrificio y ofrecedlo a Dios como un acto de reparación por los pecados por los que él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores.” En su tercera y última aparición a los niños, el Ángel les dio la Santa Comunión, y les mostró la manera propia de recibir a Nuestro Señor en la Eucaristía: los tres de rodillas para recibir la Comunión; a Lucía le dio la Sagrada Hostia en la lengua y luego hizo compartir a Francisco y a Jacinta la Sangre del Cáliz.
Nuestra Señora en cada una de sus apariciones insistió en la importancia de rezar el Rosario, pidiendo a los niños rezar todos los días el Rosario por la paz del mundo. Otra parte principal del Mensaje de Fátima es la devoción al Inmaculado Corazón de María, terriblemente ultrajado y ofendido por los pecados de la humanidad. Ella mostró a los niños Su Corazón, rodeado de espinas punzantes (que representan los pecados contra Su Inmaculado Corazón). Los tres pequeños comprendieron que los sacrificios ofrecidos con amor contribuyen a la reparación de las ofensas que agravian el Corazón Inmaculado de María.
Los niños vieron también que Dios está terriblemente ofendido por los pecados de la humanidad, y que desea que cada uno de nosotros y que toda la humanidad abandone el pecado y haga reparación por sus crímenes a través de la oración y el sacrificio. Nuestra Señora suplicó con tristeza: “¡No ofendan más a Dios Nuestro Señor, pues ya está muy ofendido!”
Nuestra Señora también dijo a los niños que rezaran y se sacrificaran por los pecadores, para salvarlos del infierno. Luego les mostró brevemente una visión del infierno, después de lo cual Nuestra Señora les dijo: “Habéis visto el infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que digo, muchas almas se salvarán y habrá paz.”.
Ella dijo que si la gente no dejaba de ofender a Dios, El castigaría al mundo severamente por medio de la guerra, el hambre y la persecución de la Iglesia, y la persecución del Santo Padre. Para evitar esos castigos, Nuestra Señora ofreció un remedio: Ella volvería a pedir la Consagración de Rusia a Su Inmaculado Corazón y la Comunión de Reparación de los Cinco Primeros Sábados. Si se atendían sus pedidos habría paz. Si no, Rusia esparciría sus errores por el mundo, causando guerras y persecuciones contra la Iglesia, el martirio de los buenos y la aniquilación de varias naciones. El Santo Padre sufriría mucho.
Nuestra Señora nos señaló la raíz específica de todas las desgracias del mundo, lo único que causa guerras mundiales y tan terribles sufrimientos: el pecado. Ella dio luego una solución, primero a los individuos, y luego a los líderes de la Iglesia. Dios pide a cada uno de nosotros dejar de ofenderlo. Debemos rezar, especialmente el Rosario. Por el rezo frecuente del Rosario, obtendremos las gracias que necesitamos para vencer el pecado. Dios quiere que tengamos devoción al Inmaculado Corazón de María y trabajemos para difundir esta devoción a través del mundo. Nuestra Señora dijo: “Mi Inmaculado Corazón será vuestro refugio y el camino que os llevará a Dios”.  Si nosotros queremos ir a Dios, debemos tomar el camino seguro hacia Él, por medio de la devoción verdadera al Inmaculado Corazón de Su Madre.
Cuando la Hermana Lucía preguntó a Nuestro Señor por qué no convertía a Rusia sin la solemne consagración pública, nombrando específicamente a esa nación, Jesús respondió:
Porque quiero que toda Mi Iglesia reconozca esa consagración como un triunfo del Inmaculado Corazón de María, para después extender su culto y poner, al lado de la devoción a Mi Sagrado Corazón, la devoción a este Corazón Inmaculado.
La devoción al Inmaculado Corazón de María es central en el Mensaje de Fátima. Dios determinó que la Consagración de Rusia y la Comunión de Reparación en los Primeros Sábados son los medios para implementar esta devoción a lo largo del mundo, y encomendó esta tarea al Papa y a los obispos, y a las almas individuales, para practicar y promover esta devoción.
Para estar aún más cerca de Ella, y por lo tanto de Su Hijo, Nuestra Señora señaló la importancia de rezar al menos cinco decenas del Rosario diariamente. Ella nos pidió usar el Escapulario del Carmen, como símbolo de nuestra consagración a Ella. Y debemos hacer sacrificios, especialmente el sacrificio de cumplir nuestros deberes diarios, en reparación por los pecados cometidos contra Nuestro Señor y Nuestra Señora. Ella señaló también la necesidad de las oraciones y sacrificios para salvar del infierno a los pobres pecadores. El Mensaje de Fátima a las almas individuales, está resumido en estas cosas.
El Papa Pablo VI dijo que los mensajes de Fátima son un recordatorio de las verdades principales del Evangelio que por olvidadas y abandonadas, la Virgen movida por su amor maternal viene a recordar a los hombres en pleno siglo XX.
Porque el Evangelio comienza con la llamada de Jesús a la conversión, y en la entraña del evangelio se encuentran las enseñanzas de Jesús:
- “Si no hicieseis penitencia todos pereceréis”
- “El mandamiento primero  y principal es este: amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con todo tu corazón”
- “El que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz cada día y me siga”.
Fátima nos devuelve, pues, al corazón del evangelio en cuyo centro se alza la cruz redentora de Jesús. Esa cruz que es escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los que aman a Dios es fuerza y sabiduría de Dios.
Nuestra Señora viene a recordarnos lo que ya dijera el Apóstol Pablo a los primeros cristianos: “mirad que hay muchos que viven como enemigos de la cruz de Cristo”.
Fuera de esa cruz no hay salvación posible. Sólo ella es el camino para el cielo.

FRANCISCO ANTE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA


Salve Reina, Bienaventurada Virgen de Fátima, Señora del Corazón Inmaculado, refugio y camino que conduce a Dios.
Peregrino de la Luz que procede de tus manos, doy  gracias a Dios Padre que, siempre y en todo lugar, interviene en la historia del hombre; peregrino de la Paz que tú anuncias en este lugar, alabo a Cristo, nuestra paz, y le imploro para el mundo la concordia entre todos los pueblos; peregrino de la Esperanza que el Espíritu anima, vengo como profeta y mensajero para lavar los pies a todos, en torno a la misma mesa que nos une.
¡Salve, Madre de Misericordia, Señora de la blanca túnica!
En este lugar, desde el que hace cien años manifestaste a todo el mundo los designios de la misericordia de nuestro Dios, miro tu túnica de luz y, como obispo vestido de blanco, tengo presente a todos aquellos que, vestidos con la blancura bautismal, quieren vivir en Dios y recitan los misterios de Cristo para obtener la paz.
¡Salve, vida y dulzura, salve, esperanza nuestra, Oh Virgen Peregrina, oh Reina Universal!
Desde lo más profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón, mira los gozos del ser humano cuando peregrina hacia la Patria Celeste.
Desde lo más profundo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón mira los dolores de la familia humana que gime y llora en este valle de lágrimas.
Desde lo más íntimo de tu ser, desde tu Inmaculado Corazón, adórnanos con el fulgor de las joyas de tu corona y haznos peregrinos como tú fuiste peregrina.
Con tu sonrisa virginal, acrecienta la alegría de la Iglesia de Cristo.
Con tu mirada de dulzura, fortalece la esperanza de los hijos de Dios.
Con tus manos orantes que elevas al Señor, une a todos en una única familia humana.
¡Oh clemente, oh piadosa, Oh dulce Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Haz que sigamos el ejemplo de los beatos Francisco y Jacinta, y de todos los que se entregan al anuncio del Evangelio.
Recorreremos, así, todas las rutas, seremos peregrinos de todos los caminos, derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras, yendo a todas las periferias, para revelar allí la justicia y la paz de Dios.
Seremos, con la alegría del Evangelio, la Iglesia vestida de blanco, de un candor blanqueado en la sangre del Cordero derramada también hoy en todas las guerras que destruyen el mundo en que vivimos.
Y así seremos, como tú, imagen de la columna refulgente que ilumina los caminos del mundo, manifestando a todos que Dios existe, que Dios está, que Dios habita en medio de su pueblo, ayer, hoy y por toda la eternidad.
¡Salve, Madre del Señor, Virgen María, Reina del Rosario de Fátima!
Bendita entre todas las mujeres, eres la imagen de la Iglesia vestida de luz pascual, eres el orgullo de nuestro pueblo, eres el triunfo frente a los ataques del mal.
Profecía del Amor misericordioso del Padre, Maestra del Anuncio de la Buena Noticia del Hijo,
Signo del Fuego ardiente del Espíritu Santo, enséñanos, en este valle de alegrías y de dolores, las verdades eternas que el Padre revela a los pequeños.
Muéstranos la fuerza de tu manto protector.
En tu Corazón Inmaculado, sé el refugio de los pecadores y el camino que conduce a Dios.
Unido a mis hermanos, en la Fe, la Esperanza y el Amor, me entrego a Ti.
Unido a mis hermanos, por ti, me consagro a Dios, Oh Virgen del Rosario de Fátima.
Y cuando al final me veré envuelto por la Luz que nos viene de tus manos, daré gloria al Señor por los siglos de los siglos.

Amén.

jueves, 4 de mayo de 2017

MES DE MAYO

Cenáculo de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
MES DE MAYO
¡Gloria a Jesús en María!
Hemos subrayado siempre, y así nos esforzamos por vivirlo cada día, que nuestra espiritualidad comunitaria no tiene nada de novedoso, aunque paradógicamente en las circunstancias de los tiempos que nos tocan vivir resulte toda una novedad.
Se trata de la espiritualidad católica, de la esencia de nuestra fe, de la fe de los primeros cristianos, de la fe de los Santos, de la fe profesada y vivida a lo largo de dos mil años por los hijos de la Iglesia.
No queremos añadidos, ni adaptaciones, ni glosas, ni reduccionismos, ni traiciones descaradas, que vienen siendo el pan envenenado de cada día.
Tenemos la obligación,  y nos asiste el derecho, a negarnos en rotundo a sacrificar nuestra identidad católica en los apestosos e idolátricos altares del sincretismo religioso, del falso ecumenismo, del indiferentismo, del sectarismo masónico, y de la diabólica pretensión de la religión mundialista.
¡Obedeceremos siempre a Dios antes que a los hombres!
Comenzamos el mes de mayo, el mes especialmente consagrado a la Santísima Virgen María.
Ella está presente en nuestra vida y en la vivencia de nuestra fe todos y cada uno de los días del año. Está presente en todos y cada uno de los misterios de la vida de Cristo nuestro Señor. Porque no hay Jesús sin María, ni María sin Jesús.
¡Nadie puede separar lo que Dios ha unido en el tiempo y en la eternidad! Y quien osara semejante pretensión satánica  no escapará a la ira de Dios Altísimo.
La Trinidad Santísima no va a tolerar, bajo ninguna excusa, que las blasfemia, irreverencias,  ultrajes, desprecios o indiferencias hacia la Madre de Dios queden impunes.
Quienes consideren a la Virgen Santísima como un escollo para acercarse al Hijo de Dios, como una figura irrelevante en la fe por Él revelada, no podrán gozar jamás del beneplácito de Dios.Jesús viene a nosotros por María, y a Jesús se va por María.
El mes de mayo nos ofrece la posibilidad de purificar, renovar y fortalecer nuestra piedad mariana.
En la contemplación diaria de las virtudes vividas por María encontraremos las gracias más preciadas para que la imagen de Cristo se vaya formando en nosotros con mayor perfección.
En la imitación de las virtudes practicadas por Nuestra Señora se nos ofrece el camino de mayor perfección en el seguimiento de Cristo.
En la plegaria filial y confiada, elevada desde lo profundo del corazón a la Madre de Dios, encontraremos la fuente de mayor consuelo y cuanta fortaleza necesitemos para perseverar en el amor a Dios y al prójimo.
¡Nada sin Jesús, nada sin María!
¡Todo por Jesús, todo por María!
Manuel María de Jesús F.F.

domingo, 16 de abril de 2017

¡CRISTO HA RESUCITADO!

¡Creo en tu Resurrección, Señor!
¡Creo que al tercer día, después de tu muerte en la cruz, te despertaste victorioso del sueño de la muerte por el poder de tu divinidad!
No creo por la luz de mi humana inteligencia, sino por la gracia de la fe que me regalaste en el santo bautismo.
¡Creo en Tí, Señor, pero aumenta mi fe!
La llama ardiente de tu amor al Padre, y la compasión por el género humano, te movió a encarnarte y entregar tu vida para redimirnos del pecado y de la muerte.
Con tu Resurrección has abierto el camino para que cuantos crean en tu Nombre puedan participar de tu triunfo y alcanzar la bienaventuranza eterna.
¡Gracias, Señor, por tu Encarnación, por tu Pasión, por tu Muerte y Resurrección!
Te abajaste hasta nosotros y te humillaste, haciéndote Siervo, anonadándote hasta las profundidades de nuestra miseria y de nuestro pecado.
Te erguiste victorioso de la postración de la muerte para elevarnos contigo a las alturas de la vida y de la felicidad eternas.
¡En tu muerte y sepultura hemos muerto y hemos sido sepultados contigo!
¡En tu Resurrección hemos resucitado contigo a una vida nueva y llevamos en nosotros la semilla de la resurrección futura!
Viniste al mundo para traernos vida y vida en abundancia. La vida nueva, germen de la vida futura en toda su plenitud, pero que ya aquí y ahora nos da la capacidad de hacer brotar esa nueva vida que es germen y anticipo de la vida que esperamos gozar en tu reino.
A tu paso por esta tierra todo lo ibas llenando de luz y de vida con la fuerza de tu amor, con las caricias de tu ternura, con el bálsamo de tu compasión.
Curaste a los leprosos, devolviste la vista a los ciegos, hiciste andar a los tullidos, acogiste a los pecadores, bendeciste a los niños, hiciste volver a la vida a los muertos, sanaste a los enfermos, tuviste palabras de esperanza y de justicia para los pobres... ¡Todo en Ti irradiaba vida y esperanza!
¡Haznos, Señor, testigos de tu Resurrección!
Líbranos de una fe mortecina y sacude nuestra tibieza.
Líbranos de la carcoma del fariseísmo y revístenos del espíritu de humildad, para que nuestra fe sea pura y nuestro testimonio sea atrayente y creíble para nuestro prójimo.
Que con tu gracia y con tu vida en nosotros pasemos por el mundo resucitando y llenando de vida todo lo que está mortecino, desesperanzado, humillado y desolado en el corazón de nuestros hermanos.
Tú Resurrección es un no rotundo a todo aquello: palabras, obras, actitudes y circunstancias que destruyen al ser humano, que rompen el corazón de las personas, que infringen dolor, angustia y desolación.
¡Cristo Resucitado, llénanos de la vida de tu amor para que seamos portadores de tu paz, de tu  luz y de tu bondad, para sanar todos los corazones afligidos!
Manuel María de Jesús F,F.

viernes, 14 de abril de 2017

IN MEMORIAM

Rogad a Dios por el alma de 
Monseñor Ignacio Barreiro Carámbula, presbítero
Doctor en Derecho y en Sagrada Teología
Director de Vida Humana Internacional en Roma
22 Oct. MCMXLVII - 13 Apr. MMXVII
Requiescat in pace 

viernes, 7 de abril de 2017

DOLOROSA

Dolorosa, siempre unida a Jesús en sus tribulaciones.
Dolorosa, al pie de la Cruz en la tarde del Viernes Santo.
Dolorosa, en la amargura y en la soledad del Sábado sin Jesús
Dolorosa, a través de los siglos.
Siempre al pie de la Cruz donde el Cuerpo Místico es crucificado.
Dolorosa, compartiendo los sufrimientos de la humanidad lacerada, humillada y sometida al poder del mal.
Es en tus Dolores donde más fácilmente apreciamos el peso de tu maternidad, la verdad de tu ser de Madre, la profundidad de tu amor a Dios y al género humano.
Todavía hoy la espada continua traspasando tu alma, y seguirá clavada en tu corazón hasta que tu Hijo vuelva a la tierra para inaugurar los cielos nuevos y la tierra nueva.
En tu sufrir silencioso tan sólo esperas de nosotros un acto de amor. 
No nos dejes caer en la tentación de engañarnos a nosotros mismos pensando que son los demás los causantes de tu dolor.
Concédenos la humildad suficiente para que cada uno sepa aceptar la propia responsabilidad en la contribución a tu sufrimiento maternal.
Que no confundamos la compasión que esperas de nosotros con un sentimiento hipócrita y estéril, sino que sea un compromiso verdadero por llevar a nuestra vida diaria la práctica de tus ejemplos y virtudes.
La espada que atraviesa tu corazón sencillo y humilde es la soberbia y altanería de los que nos decimos seguidores de Cristo e hijos tuyos.
La espada que atraviesa tu alma rebosante de amor y de misericordia es la dureza de corazón de los que cada día nos atrevemos a orar al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo.
La espada que atraviesa tu alma fidelísima son nuestras escandalosas faltas de fe, esperanza y caridad. Nuestros corazones fríos y resecos ante las necesidades de nuestro prójimo.
Espadas que se clavan en tu corazón son todas nuestras traiciones al espíritu y a la letra del Evangelio.
Perdónanos, Madre, por ser causantes de tu dolor.
Traspasa Tú nuestros corazones con la espada del amor de Dios y del amor al prójimo.
Manuel María de Jesús F.F.

VIERNES DE DOLORES

Recordemos que cuando todo el amor se ha concentrado en una sola persona, si esta falta, el corazón se siente tanto más solo cuanto mayor es aquel afecto. No importa que se esté acompañado de otras y aunque muchas personas  la rodeen de atenciones y cuidados, ese corazón siente un vacío que nada ni nadie puede llenar.
Dos son los más grandes amores que pueden existir en una criatura: en el orden natural, el amor de una madre a su hijo; en el orden sobrenatural, el de un alma santa a su Dios.
Ahora bien estos dos amores, llevados a su grado más sublime, los encontramos en la Santísima Virgen, pero reunidos en un solo ser, en Jesús, su Hijo y su Dios. Ninguna madre, ni todas juntas, han tenido un amor maternal comparable al de la Madre de Dios. Ningún santo ni todos juntos, incluyendo aun a todos los ángeles, han amado a Dios como la Santísima Virgen.
Y con esos dos amores, los más grandes después del Amor divino, María amó a Jesús: ¿podemos entonces imaginarnos el vacío y la soledad del Corazón de la Santísima Virgen al perder físicamente a su Hijo, además Dios verdadero?
Todo sufrimiento es una privación, pero una privación de algo que amamos. Cuando amamos a una persona, el dolor consiste en que de una o de otra manera la perdemos. Todos los sufrimientos se compendian en la muerte, en la muerte moral o en la muerte física: unos la preparan, la acompañan otros o son consecuencia de ella. Toda pena nos hace morir un poco; por eso el Apóstol decía: "… algo de mí muere todos los días". Y toda muerte es una pérdida, una separación, una soledad.
En resumen, el dolor se puede medir por el amor que se profesa a la persona amada que se pierde, de la que es preciso separarse. De aquí también que todo dolor sea en el fondo una soledad, que se puede medir por el amor al ausente.
De estos razonamientos podríamos concluir que la Soledad de la Santísima Virgen fue un dolor inmensamente más grande que el de toda criatura, aun incluidas todas juntas; porque no hubo ni puede haber criatura cuyo amor sea más grande que el suyo.
 El anciano Simeón le anunció a la Santísima Virgen que una espada traspasaría su Corazón. Esa espada era sin duda la Pasión de su Hijo, Pasión interna que duró toda su vida, Pasión exterior que duró unas quince horas, pero que prepararon ambas su muerte. Y la muerte de Jesús fue la Soledad de María.
La huida a Egipto. Amenazado de muerte el Niño de Belén por Herodes el sanguinario, María y José huyen con el Niño para salvarlo de la muerte. Sin duda que María tuvo noticia de la orgía de sangre inocente que cubrió de luto a Belén. En cada uno de aquellos niños sacrificados veía una imagen anticipada de la víctima del Calvario, de aquel tesoro que llevaba en su regazo y que un día tendría que perder. Y en cada incidente del camino, era natural que temiera encontrarse con los esbirros de Herodes que le arrebatarían a su Hijo y le darían la muerte ante sus mismos ojos.
Ahora esta Soledad de María, es el dolor más grande que criatura alguna ha sufrido. Ya vimos que la principal medida del dolor la da el amor. Por eso mismo la da también el conocimiento; porque no se ama sino lo que se conoce, y cuanto mejor se conoce tanto más se ama.
Ninguna criatura ha conocido a Jesús como María: lo conoció, porque lo trató íntimamente durante treinta años; lo conoció por su fe vivísima y por las luces de los Dones de ciencia, de inteligencia y de sabiduría. ¡Qué contemplación de los más arcanos misterios de Dios como la de María! ¡Qué contemplación más profunda y más sublime y más extensa!
Por eso nadie pudo apreciar como Ella la ausencia de Jesús. Es una misericordia de Dios que la suma de dolor que hemos de sufrir durante toda nuestra vida no nos la dé toda a la vez: el dolor humano va siempre como diluido en los instantes del tiempo. Lo que sufrimos hoy no es lo que sufrimos ayer ni lo que sufriremos mañana. El dolor de ayer ya pasó, el de mañana no existe todavía.
En efecto, cuántos se atormentan con su imaginación inventando penas futuras que quizá no lleguen nunca, pero que en todo caso actualmente no existen y es absurdo sufrirlas antes de que vengan, ni tenemos gracia para sobrellevarlas, pues ese auxilio divino no vendrá hasta que la pena llegue.
Pero si Nuestro Señor nos descubriera el porvenir y nos hiciera ver de antemano todo lo que tenemos que sufrir, entonces sí, cada vez que recordáramos esas penas, las sufriríamos anticipadamente y se amargarían con esta perspectiva las alegrías de la vida.
Por ejemplo, si Dios revelara a una persona que moriría muy pronto y de la enfermedad más repugnante y dolorosa, como cáncer, lepra, etc., y en la mayor miseria y abandono, su imaginación la haría sufrir más que cuando de hecho llegaran esos males. Es pues una gran bondad de Dios que nos vaya dando el dolor en pequeñas dosis, para que nuestra debilidad pueda soportarlo.
No pasó así con la Santísima Virgen. Desde antes de la Encarnación no ignoraba que el Mesías futuro sería un "Varón de dolores". Durante su estancia en el Templo había leído y meditado la Sagrada Escritura y la profecía de Isaías era demasiado clara.
 Cuando la Anunciación, recibió una iluminación divina que le descubrió el plan de la Redención y su participación en ella como Corredentora. Así debió ser, tanto por la lealtad y delicadeza de Dios, que nunca pide a su criatura un sacrificio sin solicitar su consentimiento, un consentimiento libre y con conocimiento de causa, no a ciegas; porque la respuesta de María supone este conocimiento. No se dice "fiat" para recibir una dignidad, un honor, sino para aceptar una pena.
Después, con la profecía de Simeón, recibió una nueva luz que la hizo penetrar más en el misterio, así como la persecución de Herodes. En los años de Nazaret, en las íntimas confidencias de Jesús, era imposible que no fuera éste uno de los temas principales. Si Jesús habló varias veces a sus Apóstoles de su Pasión, ¿cómo no lo había de hacer con su Madre Santísima?
De manera que María no podía ver a su Hijo, sino en el panorama sangriento de la Pasión: veía sus manos y ya las veía traspasadas; contemplaba sus pies y le parecían ya taladrados. ¿No lo había profetizado David? Cuando acariciaba sus mejillas, sabía que las habían de abofetear y de cubrir de salivas e inmundicias; cuando besaba su frente, quedaba en sus labios el sabor acre de la sangre. Cuando lo estrechaba en su regazo, presentía que no muchos años después lo tendría también en sus brazos, pero yerto y destrozado...
Pero la Pasión exterior se queda muy lejos, como vimos ya, comparada con la Pasión interna, con la Pasión del Corazón de Cristo. Aquélla fue para Él más bien un alivio: ¡deseaba tanto sufrir por nosotros! Varias veces expresó este anhelo: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, ¡y cómo anhelo que llegue ese día!”. "Con un deseo inmenso he deseado celebrar esta pascua", la pascua de su Sacrificio y de su muerte.
Y aunque su Pasión exterior duró sólo unas horas; la de su Corazón duró toda su vida, desde la Encarnación hasta que expiró en la Cruz. Esta Pasión no es posible comprenderla, si Dios mismo no la revela. Así lo ha hecho con algunas almas privilegiadas.
Pero a nadie se la manifestó como a la Santísima Virgen. Esa fue la espada que llevó siempre clavada en su Corazón. ¿Podríamos comprender ahora un poco cómo las luces que tuvo la Santísima Virgen aumentaron inmensamente su dolor?
La sensibilidad es otra de las circunstancias que hacen sufrir más. Hay que entender aquí por sensibilidad no sólo la física, sino también la psíquica, lo que pudiéramos también llamar finura y delicadeza de alma.
Es fácil comprender que, mientras más sensible es una persona, mayor es su capacidad para amar como para sufrir; porque tiene una perspicacia muy afinada para captar todos los detalles, todos los matices de una pena, donde otros nada ven o casi nada.
Una contraprueba la tenemos en las personas degeneradas por el vicio que han perdido esa sensibilidad. Un alcohólico, por ejemplo, puede contemplar la ruina de su hogar causada por él mismo, el hambre de sus hijos, el trabajo agobiador de su esposa que él explota; y nada de esto lo conmueve. Le pueden decir las palabras más duras o las injurias que rebelarían a cualquier hombre; él ha perdido la dignidad, su sensibilidad se ha embotado y nada le hace mella.
No cabe duda pues que en la medida en que crece la sensibilidad, crece el dolor. Ahora bien, después de la humanidad de Jesús, ¿qué finura de alma puede compararse con la exquisita de María? Fue delicadísima, porque fue mujer, porque fue virgen, porque fue madre, porque fue santa.
La mujer "bendita entre todas" y prototipo de todas las mujeres; la Virgen de las vírgenes, de una pureza inmaculada; la Madre en cuyo Corazón pudo caber un amor que envolvió al Hombre Dios y a toda la humanidad; el alma más santa donde parece que se agotó el poder de Dios. Por eso fue de una sensibilidad sin igual. Por eso también sufrió como nadie.
 Otro de los motivos que aumentaron su pena fue el comprobar que su dolor, lejos de disminuir el de su Hijo, lo aumentaba. No puede haber un hijo bien nacido que no sufra con las penas de su madre, tanto y más que con las suyas propias. ¿Qué decir de Jesús el hijo más amantísimo que ha existido?
Además, aquí era un flujo y reflujo: María sufría por los sufrimientos de Jesús y por aumentar Ella el dolor de su Hijo. Jesús sufría de ver penar a su Madre y muy en especial, por ser Él el motivo de las penas de María.
Alguien expresó: "Que nadie se admire si digo que el dolor de María no tuvo semejante, que produjo en Ella efectos que no se pueden encontrar en ninguna otra parte, porque no hay nada que pueda producirlos parecidos.
El Padre y el Hijo comparten en la eternidad una misma gloria; la Madre y el Hijo comparten en el tiempo los mismos sufrimientos. El Padre y el Hijo tienen una misma fuente de felicidad; la Madre y el Hijo, un mismo torrente de amargura. El Padre y el Hijo, un mismo trono; la Madre y el Hijo, una misma cruz.
 Si Jesús tiene la cabeza coronada de espinas, todas ellas desgarran a María; si le presentan hiel y vinagre, María bebe toda su amargura; si lo clavan en la cruz, María sufre toda la violencia de ese martirio.
Así sus sufrimientos se acrecientan sin medida, mientras que las olas que levantan chocan unas contra otras en un flujo y reflujo continuos: a tal grado, que el amor de la Santísima Virgen en esto es más infortunado; porque sufre con Jesús y no lo consuela, comparte sus dolores y no los disminuye: al contrario se ve forzada a redoblar las penas del Hijo porque se las comunica a la Madre".
Señalemos un último motivo - no porque se hayan agotado, sino en favor de la brevedad - que aumentó el dolor de María. Es indudable que Jesús por ser nuestro Redentor, Salvador y Santificador, por ser la Cabeza de su Cuerpo místico, por ser una sola cosa con nosotros, hizo suyos todos los sufrimientos de los hombres en la sucesión de los siglos. Antes de herir nuestro corazón, hirieron el suyo.
Pues bien, todas esas penas que se han sufrido y se sufrirán en la tierra María las hizo suyas por un doble título: por haberlas hecho suyas su Hijo divino y por ser nuestras, de nosotros que somos también sus hijos.
Como las aguas turbias al pasar por filtros se purifican, así todo el dolor humano, al pasar por el Corazón de Cristo y de María, perdieron casi toda su amargura, porque la dejaron en esos Corazones tan amorosos como dolientes.
Para darnos una idea de la magnitud del dolor de la Santísima Virgen, por ejemplo, San Anselmo aseguraba que por grande que haya sido la crueldad con que atormentaron a los mártires, fue leve, más bien fue nada, comparada con la crueldad de la pasión de María.
Y San Bernardino de Sena afirma que el dolor de María fue tan grande que, si lo hubiera repartido entre todas las criaturas capaces de sufrir, todas hubieran muerto al instante.
¡Oh Madre cuánto, cuánto te hemos costado!
Fuente: “El Martirio de María” de J. G. Treviño, M. Sp. S., de Editorial La Cruz, México 1986.