REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

lunes, 4 de julio de 2016

MEDITANDO CON EL BEATO PIER GIORGIO

“Me siento cada día más apasionado por la montaña, me atrae su fascinación. Deseo cada vez más vivamente escalar las cumbres, llegar a las más elevadas cimas, experimentar esa alegría pura que da la montaña” 
“Como católicos tenemos un amor que sobrepuja a todos los demás, y que, después del que le debemos a Dios, es inmensamente bello, como bella es nuestra religión. Ese amor es la caridad de la que se hiciera abogado San Pablo, que la predicó diariamente a sus fieles: la caridad sin la cual, dice, nada son las demás virtudes. Sólo ella puede ser la finalidad de toda una vida, sólo ella puede cumplir un programa” 
“Mis afectuosos augurios, mejor diré, uno solo, pero creo que es el único que un verdadero amigo puede hacer a un querido amigo, y es que ¡la paz del Señor sea siempre contigo!, pues si posees cada día la paz serás verdaderamente rico” 
“Jesús me visita cada mañana en la comunión y yo le correspondo de la pobre manera en que pueda hacerlo, visitando a los pobres”.
“Doy gracias también por las oraciones que son la mejor prueba de amistad, porque es una exquisita prueba de caridad cristiana rezar por el que lo necesita” 
“Cada día que pasa comprendo mejor lo grande que es la gracia de ser católico. ¡Pobres desgraciados los que no tienen fe! Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, sin sostener, en lucha incesante, la verdad no es vivir sino es ir tirando” 
“En el curso de mis luchas interiores, me formulé a menudo estas preguntas: ¿por qué estar tristes…? ¿Por qué renegar contra el sacrificio? ¿Habré perdido acaso la fe…? No, a Dios gracias, mi fe es aún bastante fuerte. Entonces, aseguremos y fortalezcamos esta fe; es el único gozo que puede satisfacernos en este mundo; sólo ella da a cada sacrificio su valor”.
La fe: “Hay que agarrarse con fuerza a la fe; ¿qué sería sin ella toda nuestra vida? Nada, pasaría inútilmente. La fe que me dio el Bautismo me dice con voz segura: solo no harás nada, pero si tienes a Dios por centro de todos tus actos, llegarás hasta el final”. 
“Me preguntas si estoy alegre. ¿Cómo no estarlo mientras la fe me de fuerzas? ¡La tristeza debe ser barrida del alma del católico! El dolor no es la tristeza, la más detestable de todas las enfermedades. Esta enfermedad es casi siempre fruto del ateísmo; pero el fin para el cual hemos sido creados nos señala el camino, sembrado, si se quiere, de muchas espinas, pero de ningún modo triste. Es alegre, incluso a través del dolor” 
“En la vida terrenal, después del afecto de los padres y hermanas uno de los afectos más hermosos es el de la amistad”
“Creo que el día de mi muerte será el más hermoso de mi vida”.
“¡Qué suerte estar tan sanos como estamos! Pero tenemos la obligación de poner nuestra salud al servicio de los que no la tienen. Actuar de otra manera, significaría traicionar ese don de Dios”.
“Te pido que reces por mí un poco, para que Dios me dé una voluntad férrea, que no desfallezca ante sus proyectos”. 
“El porvenir está en manos de Dios, y de ninguna otra manera podrían las cosas ir mejor”.
“Con la violencia se siembra el odio y se recogen después los frutos nefastos de dicha siembra; con la caridad se cultiva en los hombres la paz, pero no la paz del mundo, la verdadera paz es solamente la que nos da la fe en Jesucristo que nos une los unos a los otros”.
“El apóstol San Pablo dice: “la caridad de Cristo nos apremia”, y es ciertamente el fuego de esa caridad el que poco a poco debe destruir nuestra personalidad para hacer que palpite solo por el dolor del prójimo, sino no seremos cristianos y mucho menos católicos”.
“También nosotros hemos perdido la cosa más bella y más buena que Dios ha dado a los hombres o sea la libertad”.
El sacrificio: “Nuestra vida, por ser cristiana, tiene que ser una constante renuncia, un continuo sacrificio, que no pesa si se considera qué son estos pocos años pasados en el dolor en comparación con la eterna felicidad, donde la alegría no tendrá medida ni fin, donde disfrutaremos de una paz que no se puede imaginar”.
La montaña: “Cuando se hace montañismo hay que ordenar primero la propia conciencia, porque nunca se sabe si se va a volver. Pero todo esto no me asusta y cada vez me gusta más escalar los montes, alcanzar las cimas más difíciles, sentir esa alegría pura que sólo se tiene en la montaña.
Oposición al fascismo: Estoy verdaderamente indignado porque la bandera que tantas veces, aunque indigno, he llevado en los cortejos religiosos la has sacado tú al balcón para homenajear al que destruye las Obras Pías, al que no pone freno a los fascistas ni impide que se mate a ministros de Dios, etc. y deja que se hagan otras porquerías, e intenta cubrir estas fechorías poniendo el crucifijo en las escuelas…” 

“¿Cómo va tu vida? La mía, como puedes juzgar por la introducción, atraviesa el período tal vez más agudo de una grave crisis, y precisamente en este momento mi hermana está lejos y me tocará a mí tener que estar alegre en casa y disimular la tristeza que me producen las muchas contrariedades que me rodean. Alegre exteriormente lo estaré siempre, aunque sólo será para demostrar a los compañeros nuestra convicción de que el ser católicos significa ser jóvenes alegres, pero, cuando esté solo, daré rienda suelta a mi tristeza”. 
El dolor: “Los dolores humanos nos afectan; pero si se los considera bajo la luz de la religión, y por lo tanto de la resignación, no son nocivos, sino saludables, porque purifican al alma de las pequeñas, pero inevitables manchas con las que los hombres, por nuestra naturaleza pequeña, nos ensuciamos”. 
Los pobres: “Lo importante es que no olvides nunca que, aunque la casa sea sucia, tú te acercas a Cristo. Recuerda siempre lo que ha dicho el Señor: El bien que haces a los pobres es el que me haces a mí. Alrededor del enfermo, del miserable, alrededor del desgraciado, yo veo una luz especial que nosotros no tenemos”.
“Ver a diario la fe con la que muchas veces las familias soportan los dolores más tremendos, el sacrificio constante que hacen, y que todo esto lo hagan por amor de Dios, nos hace muchas veces plantearnos este pensamiento: Yo, que he recibido tantas cosas de Dios, siempre he sido tan negativo, tan malo, mientras que ellos, que no han sido privilegiados como yo, son infinitamente mejores que yo. Y así llegamos a hacer el propósito, en conciencia, de seguir cada vez más el camino de la Cruz, único que nos lleva a la Salvación eterna”.
El estudio: “Sin una buena preparación profesional el apostolado no es eficaz”.
A los jóvenes: “Aprended a ser más fuertes de espíritu y de músculos; si lo sois así, seréis verdaderos apóstoles de la fe de Dios”.

BEATO PIER GIORGIO FRASSATI

Letanías del Beato Pier Giorgio Frassati
Señor, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad
Señor ten piedad.
Padre nuestro que estás en el cielo,
ten piedad de nosotros.
Hijo de Dios, Salvador del mundo
ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo
ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad y un único Dios
ten piedad de nosotros
Santa María
Ruega por nosotros
Todos los ángeles y santos,
Rueguen por nosotros
Beato Pier Giorgio,
Ruega por nosotros (repetir después de cada invocación)
Amante hijo y hermano,
Sostén de la vida familiar,
Amigo de los que no tienen amigos,
El más cristiano de los compañeros,
Líder de la juventud,
Ayuda de los necesitados,
Maestro de la caridad,
Protector de los pobres,
Consuelo de los enfermos,
Atleta del Reino de Dios,
Conquistador de las cumbres de la vida,
Defensor de verdad y la virtud,
Oponente de toda injusticia,
Patriótico ciudadano de la nación,
Leal hijo de la Iglesia,
Devoto hijo de la Virgen,
Ardiente adorador de la Eucaristía,
Ferviente estudioso de las Escrituras,
Dedicado seguidor de Santo Domingo,
Apóstol de la oración y el ayuno,
Guía para un profundo amor a Jesús,
Diligente en el trabajo y en el estudio,
Alegre en todas las circunstancias de la vida,
Fuerte en mantener la castidad,
Callado en el dolor y sufrimiento,
Fiel a las promesas del Bautismo,
Modelo de humildad,
Ejemplo de desprendimiento,
Espejo de obediencia,
Hombre de las Bienaventuranzas,
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Ten piedad de nosotros
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Ten piedad de nosotros
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Ten piedad de nosotros
V. Ruega por nosotros, Beato Pier Giorgio Frassati,
R. Para que seamos hechos dignos de las promesas de Cristo.
Oración
Oh, Padre, tú has dado al joven Pier Giorgio Frassati la dicha de encontrar a Cristo y de vivir con coherencia su fe al servicio de los pobres y enfermos; por su intercesión haz que también nosotros subamos, como él, por los senderos de las bienaventuranzas evangélicas y que imitemos su generosidad, para difundir en la sociedad el espíritu del Evangelio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 21 de junio de 2016

"EL HOMBRE DEL AÑO 2000 TIENE NECESIDAD DEL CORAZÓN DE CRISTO"

La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús es la principal devoción cristiana porque en ella se contiene el compendio de toda la religión, a saber el amor a Dios por encima de todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo por amor a Dios. Es la norma de vida más perfecta, porque al contemplar el Corazón de Jesús aprendemos de Él el verdadero comportamiento que ha de tener y practicar un cristiano.
“Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy”. Los cristianos no tenemos otro Maestro por el que debamos guiarnos y de quien debamos aprender que el Sagrado Corazón de Jesús. Y no tenemos otro Señor por el que debamos dejarnos gobernar más que Nuestro Señor Jesucristo.
San Juan Pablo II, al que todos recordamos, enseñaba que “el hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Cristo para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; tiene necesidad de Él para construir la civilización del Amor”.
Realmente están equivocados todos aquellos que puedan pensar que la Devoción al Corazón de Cristo es algo pasado de moda, trasnochado, propio de tiempos pasados. Y están errados porque la devoción al Corazón de Jesús no es sólo la principal devoción cristiana, sino que es la Devoción cristiana por excelencia.
¿Qué significa tener devoción?: significa tener la voluntad de entregarse al servicio de Dios. ¿Y quién es el Sagrado Corazón de Jesús sino Dios mismo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se encarnó en el seno virginal de Santa María y se hizo hombre para redimirnos del pecado y para salvarnos de la muerte eterna.
Tener devoción al Corazón de Jesús significa, pues, tener la firme decisión de entregarse a su amor y a su servicio. Por ello ser cristiano implica y requiere tener una devoción profundísima al Corazón del Redentor.
Nos decimos personas religiosas, pero ¿somos conscientes de lo que significa la verdadera religión? “La verdadera religión consiste en entrar en sintonía con el Corazón de Cristo, “rico en misericordia”.
No seremos verdaderamente cristianos y por lo tanto no seremos personas auténticamente religiosas si no perseguimos como ideal de nuestra vida el llegar a tener en nosotros los mismos sentimientos del Corazón de Cristo Jesús.
¿Cuáles eran esos sentimientos? Dos, fundamentalmente: buscar la gloria del Padre y procurar la salvación del género de humano.
Así, también nosotros, hemos de buscar el glorificar a Dios con toda nuestra vida: abriéndonos a su amor, correspondiendo a la inmensidad de su amor, ajustando nuestra vida a sus mandamientos y a sus enseñanzas.
En definitiva, se trata de “ofrecernos a nosotros mismos, cada día, junto con Cristo, como hostia viva, santa y grata a Dios”, haciendo de nuestro ser y de nuestro obrar un culto espiritual agradable a Dios.
Y así, también nosotros, al igual que el Corazón de Jesús debemos sentir un celo profundo e inquietante por la salvación de todos los hombres. A esa salvación podemos contribuir dando testimonio de nuestra fe con obras y cuando sea necesario también con palabras. Orando y sacrificándonos por la conversión de los pobres pecadores y por la salvación de los fieles difuntos. Ofreciendo a Dios por las manos de María y en unión con Jesús inmolado en el Altar nuestros trabajos de cada día, nuestros sufrimientos y nuestras penas.
El ideal del cristiano no es otro que alcanzar la meta de la que nos habla el Apóstol San Pablo: “Vivo yo, más no soy yo, sino que es Cristo quien vive en Mí”.
Hemos de alcanzar ese grado de unión y de identificación con el Corazón de Jesús. Es esto mismo lo que le pedimos cuando rezamos: “Sagrado Corazón de Jesús, haced mi Corazón semejante al vuestro”
¿Comprendemos ahora la necesidad de ser devotos del Corazón de Jesús? ¿La necesidad de aprender de Él, de su vida y de sus enseñanzas?
¿Comprendemos la necesidad de vivir lo más íntimamente posible unidos a Él mediante una vida de oración, una vida eucarística y una frecuente práctica del sacramento de la Penitencia? Sólo así, podrá Jesús ir purificando y transformando nuestros pobres corazones para hacerlos semejantes al suyo. Amén.
Manuel María de Jesús 

jueves, 9 de junio de 2016

REINARÉ EN ESPAÑA

Corazón de Jesús Sacramentado, Rey de Reyes y Señor de los que dominan: ante vuestro augusto trono de gracia y de misericordia se postra España entera, hija muy amada de vuestro Corazón.  Somos vuestro pueblo que de nuevo se consagra hoy a Vos. Reinad sobre nosotros. Que vuestro imperio se dilate por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 29 de mayo de 2016

MADRE MARÍA ELVIRA, ALMA EUCARÍSTICA

"¡Cómo te he sentido esta tarde, Señor!
¡Cómo se notó tu presencia entre nosotros!
Allí estabas como cada tarde del lunes en la Custodia, pero hoy tu presencia yo la pude sentir tan clara que creí hasta oír los latidos de tu Corazón.
Perdona, Señor, mi atrevimiento ante estas palabras, pero es cierto. Nunca te había sentido tan cerca y tan en mí como aquél día en que tu infinita misericordia y mi nada se juntaron.
Fue maravilloso sentirte así tan cerca, pero como siempre todo gran gozo lleva consigo una pequeña tribulación, pues para llegar a la luz hay que pasar por la cruz.
Sufrimiento y gozo se juntaron en mí, y yo en mi interior lo ofrecía al Padre Eterno por las Vocaciones a la Fraternidad.
¡Cuánto anhelaba yo que para gloria tuya nos enviaras vocaciones a la vida sacerdotal y Consagrada!
Qué hermoso sería, Señor, que yo supiera ser Marta y María. Un Marta capaz de servirte en mis hermanos, siempre dispuesta y pronta a servir a los demás.
Y una María capaz de sentarme a tus pies y escuchar tus enseñanzas, entregándote por entero cuanto soy y cuanto tengo.
Hoy, Señor, al recibirte me he dado cuenta y he hallado algo de respuesta a la pregunta que días atrás te hacía: ¿Cuándo sabré ver las cosas claras y podré hablar contigo sin palabras?
Ya he empezado a verlas, y sin hablar comienzo a comprender lo que quieres de mí: verme despojada de todo lo terreno para solo confundirme en Ti."
Madre María Elvira de la Santa Cruz, M.F.

MADRE DE LA EUCARISTÍA

“Hijos predilectos, cómo rebosa de gozo mi Corazón al veros reunidos aquí en una peregrinación sacerdotal de adoración, de amor, de reparación y de acción de gracias a Jesús, mi Hijo y mi Dios, presente en la Eucaristía, para consolarle de tanto vacío, de tanta ingratitud y tanta indiferencia de que se ve rodeado por tantos hijos míos en Su real presencia de amor en todos los sagrarios de la tierra, sobre todo, por muchos de mis hijos predilectos, los Sacerdotes.
Gracias por la alegría que dais al Corazón de Jesús, que os sonríe complacido y estremecido de ternura por vosotros. Gracias también por la alegría que dais al Corazón Inmaculado de vuestra Madre Celestial en medio de su profundo dolor.
Yo soy la Madre del Santísimo sacramento.
Llegué a serlo con mi Sí, porque en el momento de la Encarnación, di la posibilidad al Verbo del Padre, de bajar a mi seno virginal y, si bien soy también verdadera Madre de Dios, porque Jesús es verdadero Dios, mi colaboración se concretó, sobre todo, en dar al Verbo la naturaleza humana, que le permitiera a Él, segunda persona de la Santísima Trinidad, Hijo coeterno del Padre, hacerse también Hombre en el tiempo y ser verdadero hermano vuestro.
Al asumir la naturaleza humana le fue posible realizar la obra de la Redención.
Por ser la Madre de la Encarnación, soy también Madre de la Redención.
Una Redención efectuada desde el momento de la Encarnación hasta el momento de Su muerte en la Cruz, donde Jesús debido a la humanidad asumida, ha podido realizar lo que no podía hacer como Dios: sufrir, padecer, morir, ofreciéndose en perfecto rescate al Padre y dando a Su justicia una reparación digna y justa.
Verdaderamente Él ha sufrido por todos vosotros, redimiéndoos del pecado y dándoos la posibilidad de recibir aquella vida divina, que se había perdido para todos en el momento del primer pecado, cometido por nuestros progenitores.
Mirad a Jesús mientras ama, obra, ora, sufre, se inmola desde su descenso a mi seno virginal hasta su elevación en la Cruz, en ésta Su perenne acción sacerdotal, para que podáis comprender cómo Yo soy sobre todo Madre de Jesús Sacerdote.
Por esto soy también verdadera madre de la Santísima Eucaristía. No porque Yo lo engendre todavía en esta realidad misteriosa sobre el Altar.
¡Este ministerio está reservado sólo a vosotros, mis hijos predilectos!
Es un ministerio, empero, que os asemeja mucho a mi función maternal, porque también vosotros, durante la Santa Misa y por medio de las palabras de la Consagración, engendráis verdaderamente a mi Hijo.
Por Mí lo acogió el frío pesebre de una gruta, pobre e incómoda; por vosotros, lo acoge ahora la fría piedra de un altar.
Pero también vosotros, al igual que Yo, generáis a mi Hijo.
Por esto no podéis sino ser hijos de una particular, más bien particularísima, predilección de Aquella que es Madre, verdadera Madre de su Hijo Jesús
Mas Yo también soy verdadera Madre de la Eucaristía, porque Jesús se hace realmente presente, en el momento de la Consagración, por medio de vuestra acción sacerdotal.
Con vuestro sí humano, dado a la poderosa acción del Espíritu, que transforma la materia del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, hacéis posible que Él tenga esta nueva y real presencia Suya entre vosotros.
Y se hace presente para continuar la Obra de la Encarnación y de la Redención, que le fue posible ofrecer al Padre por causa de su naturaleza humana, asumida con el Cuerpo que Yo le he dado. Así Jesús, en la Eucaristía, se hace presente con Su divinidad y con Su Cuerpo glorioso, aquel Cuerpo que le fue dado por vuestra Madre Celestial, verdadero Cuerpo nacido de María Virgen.
Hijos, el Suyo es un Cuerpo Glorioso, pero no uno diverso, o sea, no se trata de un nuevo nacimiento Suyo. En efecto, es el mismo Cuerpo que Yo le di: nacido en Belén, muerto en el Calvario, depositado en el Sepulcro y desde allí resucitado, pero asumiendo una forma nueva, Su forma divina, la de la gloria.
Jesús en el Paraíso, con Su Cuerpo Glorioso, sigue siendo hijo de María; así Aquel que, con Su divinidad, vosotros generáis en el momento de la Consagración Eucarística, es siempre hijo de María.
Yo soy, por tanto Madre de la Eucaristía.
Y, como Madre, Yo estoy siempre al lado de mi Hijo.
Lo estuve en esta tierra; lo estoy ahora en el Paraíso, por el privilegio de mi Asunción corporal al Cielo; estoy también donde Jesús está presente, en todos los Sagrarios de la tierra.
Así como Su Cuerpo Glorioso, estando fuera de los límites del tiempo y del espacio, le permite estar aquí delante de vosotros en el Sagrario de esta pequeña iglesia de montaña, le permite al mismo tiempo estar presente en todos los Sagrarios esparcidos por el mundo; así también vuestra Madre Celestial, con su cuerpo glorioso, que le permite estar aquí y en todas partes, se halla verdaderamente junto a todos los Sagrarios donde Jesús está custodiado.
Mi Corazón Inmaculado, le hace de vivo, palpitante, materno Sagrario de amor, de adoración, de gratitud y de perenne reparación.
Yo soy la Madre Gozosa de la Eucaristía.
Vosotros, hijos predilectos, sabéis bien que donde está el Hijo están también el Padre y el Espíritu Santo. Como en la gloria del Paraíso, Jesús está sentado a la derecha del Padre, en íntima unión con el Espíritu Santo, así también cuando, llamado por vosotros, se hace presente en la Eucaristía y se custodia en el Sagrario, acompañado por mi Corazón de Madre, junto al Hijo están realmente presentes el Padre y el Espíritu Santo, morando siempre allí la Divina y Santísima Trinidad.
Y, como ocurre en el Paraíso, también junto a cada Sagrario, está la presencia extasiada y gozosa de vuestra Madre Celestial.
Después están allí todos los Ángeles, dispuestos en sus nueve Coros de Luz, para cantar la Omnipotencia de la Santísima Trinidad, con diversas modulaciones de armonía y de gloria, como si quisieran exteriorizar, en grados diferentes, Su grande y divino poder.
Junto a los Coros Angélicos, se hallan también todos los Santos y Bienaventurados que propiamente de la luz, del amor, del perenne gozo y de la inmensa gloria, que brotan de la Santísima Trinidad, reciben un aumento continuo de su eterna y siempre creciente bienaventuranza.
A este supremo vértice del Paraíso suben también las profundas inspiraciones, los sufrimientos purificadores, la oración incesante de todas las almas del Purgatorio. Hacia él tienden con un deseo, con una caridad cada día más ardiente, cuya perfección es proporcionada a su progresiva liberación de toda deuda contraída por la fragilidad y por sus culpas, hasta el momento en que, perfectamente renovadas por el Amor, pueden asociarse al canto celestial que se forma en torno a la Santísima y Divina Trinidad, que mora en el Paraíso y en todos los Sagrarios, donde Jesús está presente, aún en los lugares más remotos y apartados de la tierra.
Por esto, junto a Jesús, Yo soy la Madre Gozosa de la Eucaristía.
Yo soy la Madre Dolorosa de la Eucaristía.
A la Iglesia triunfante y a la purgante, que palpitan en torno al centro del amor, que es Jesús Eucarístico, debería unirse también la Iglesia militante, deberíais uniros todos vosotros, mis hijos predilectos, religiosos y fieles, para componer con el Paraíso y con el Purgatorio un himno perenne de adoración y alabanza.
Por el contrario, Jesús hoy en el Sagrario está rodeado de tanto vacío, de tanto abandono, de tanta ingratitud.
Estos tiempos han sido predichos por Mí en Fátima por medio de la voz del Ángel, aparecido a los niños, a quienes enseñó esta oración:
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente, Te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, de los sacrilegios y de la indiferencia de que está rodeado...”
Esta oración fue enseñada para estos tiempos vuestros.
Jesús hoy vive rodeado del vacío formado especialmente por vosotros Sacerdotes que, en vuestra acción apostólica, giráis a menudo inútilmente y muy en la periferia, yendo a las cosas menos importantes y más secundarias, olvidando que el centro de vuestra jornada sacerdotal debe estar aquí, delante del Sagrario, donde Jesús se halla presente y se guarda sobre todo por vosotros.
Está rodeado también de la indiferencia de tantos hijos míos, que viven como si Él no existiera, y, cuando entran en la Iglesia para las funciones litúrgicas, no se percatan de Su divina y real presencia entre vosotros. Con frecuencia Jesús Eucarístico es puesto en un rincón perdido, cuando debe ser colocado en el centro de la Iglesia y en el centro de vuestras reuniones eclesiales, porque la Iglesia es Su Templo, que ha sido construido en primer lugar para Él y después para vosotros.
Amarga profundamente a mi Corazón de Madre el modo con que Jesús, presente en el Sagrario, es tratado en tantas iglesias, donde es arrinconado, como un objeto cualquiera para usar en vuestras reuniones eclesiales.
Pero están sobre todo los sacrilegios que forman hoy, en torno a mi Corazón Inmaculado, una dolorosa corona de espinas.
En estos tiempos ¡cuántas comuniones y cuántos sacrilegios se cometen! Se puede decir que hoy ya no hay una celebración eucarística en la que no se hagan comuniones sacrílegas. ¡Si vierais con mis propios ojos cuán grande es esta plaga, que ha contaminado a toda la Iglesia y la paraliza, la detiene, la hace impura y tan enferma!
Si vierais con mis ojos, también vosotros derramaríais Conmigo lágrimas copiosas.
Por tanto, sed hoy vosotros mis predilectos e hijos consagrados a mi Corazón un fuerte llamamiento para el pleno retorno de toda la Iglesia militante a Jesús presente en la Eucaristía.
Porque sólo ahí está la fuente de agua viva, que purificará su aridez y renovará el desierto a que está reducida; sólo ahí está el secreto de la Vida, que abrirá para ella un segundo Pentecostés de gracia y de luz; sólo ahí está la fuente de su renovada santidad: ¡Jesús en la Eucaristía!
No son vuestros planes pastorales ni vuestras discusiones, no son los medios humanos en que ponéis tanta confianza y seguridad, sino sólo es Jesús Eucarístico quien dará a toda la Iglesia la fuerza de una completa renovación, que la llevará a ser pobre, evangélica, casta, despojada de todos los apoyos en que confía, santa, bella, sin mancha ni arruga, a imitación de vuestra madre Celestial.
Deseo que este mensaje mío se haga público, sea reseñado y se incluya entre los contenidos de mi libro.
Deseo que sea difundido en todo el mundo, porque de todas las partes de la tierra os llamo hoy a todos a ser una corona de amor, de adoración, de agradecimiento y de reparación sobre el Corazón Inmaculado de Aquella que es verdadera Madre –Madre Gozosa, pero también Madre Dolorosa– de la Santísima Eucaristía.

BELLEZAS DEL CORPUS

 Mas nosotros católicos, fieles adoradores del Santísimo Sacramento, ¡"con qué alegría" exclama el elocuente Padre Fáber, "debemos contemplar esta resplandeciente e inmensa nube de gloria que la Iglesia hace hoy subir hacia Dios! ¡Sí, se diría que el mundo está aún en su estado de fervor e inocencia, primitivas! Mirad estas gloriosas procesiones que con sus estandartes resplandecientes por el sol, se desarrollan en las plazas de las opulentas ciudades, por la calles de los pueblos cristianos cubiertas de flores, bajo las bóvedas venerables de las antiguas basílicas y a lo largo de los jardines de los Seminarios, asilos de piedad. En esta aglomeración de pueblos, el color del rostro y la diversidad de lenguas no son sino nuevas pruebas de la unidad de esta fe que todos se regocijan de profesar por la voz del magnífico ritual Romano. ¡En cuántos altares de distinta arquitectura, adornados con las flores más suaves y resplandecientes, en medio de nubes de incienso, al son de cantos sagrados y en presencia de una multitud prosternada y recogida, el Santísimo Sacramento es elevado sucesivamente para recibir las adoraciones de los fieles, y descendido para bendecirlos! ¡Cuántos actos inefables de fe y de amor, de triunfo y reparación, cada una de estas cosas nos representan! El mundo entero y el aire de la primavera se llenan de cantos de alegría. Los jardines se despojan de las bellas flores, que manos piadosas arrojan al paso de Dios, oculto en el Santísimo Sacramento. Las campanas tocan a lo lejos sus graciosos carrillones. El Papa en su trono y la doncella de su aldea, las religiosas claustradas y los ermitaños solitarios, los obispos, los dignatarios y predicadores, los emperadores, los reyes y los principes, todos piensan hoy en el Santísimo Sacramento. Las ciudades se ven iluminadas, las moradas de los hombres se animan con trasportes de alegría. Es tal el gozo universal, que los hombres se entregan a él sin saber por qué, y que se comunica de rechazo a todos los corazones donde reina la tristeza, a los pobres, a todos los que lloran su libertad, su familia o su patria. Toaos estos millones de almas que pertenecen al pueblo regio y al linaje espiritual de San Pedro, están hoy más o menos preocupados con la idea del Santísimo Sacramento; de suerte que la Iglesia militante entera salta de un gozo y de una emoción semejante al oleaje del mar agitado. El pecado parece olvidado; las lágrimas mismas parecen arrancadas más bien por la abundancia dé felicidad que por la penitencia. Es una embriaguez semejante a la que transporta al alma a su entrada en el cielo; o bien se diría que la tierra se convierte en cielo, como podría suceder por efecto de la alegría de que la inunda el Santísimo Sacramento".
Durante la procesión se cantan los himnos del oficio del día, el Lauda Sion, el Te Deum, y según la duración del trayecto, el Benedictus, el Magníficat u otras piezas litúrgicas, que tienen alguna relación con la fiesta, como los himnos de la Ascensión indicados en el Ritual. De vuelta a la Iglesia, la función se acaba como las exposiciones ordinarias, con el canto del Tantum ergo, del verso y la oración del Santísimo Sacramento. Mas después de la Bendición solemne, el Diácono expone la Sagrada Hostia sobre el trono, donde los fieles la formarán, durante ocho días, una guardia amorosa y solícita.
No debemos concluir esta festividad sin mencionar, aunque sea brevemente la gran devoción que en España se viene teniendo, ya de antiguo, al Santísimo Sacramento, y el esplendor con que en siglos pasados se celebró y sigue celebrándose hoy día la gran fiesta del Corpus y su Procesión. Esta veneración hacia Jesús Sacramentado la testimoniaron de consuno el arte y la literatura. El arte nos ha legado un tesoro inmenso de custodias que son verdaderas joyas, cuajadas de primores artísticos no menos que de materias preciosas. La literatura nos ofrece una riquísima copia de Autos Sacramentales en que el ingenio y la doctrina de nuestros dramaturgos clásicos, derrochó galanuras de elocuencia y poesía e hizo de nuestro pueblo un pueblo que podríamos llamar teólogo.
Esta devoción al Santísimo, junto con la de la Inmaculada Madre del Verbo hecho Hombre, la supieron inocular nuestros misioneros en toda la América Española, que, si tenía a gala en competir antiguamente con la Madre Patria en rendir honores al Dios de la Hostia, hoy conserva todavía esa singular veneración al más augusto de los misterios del cristianismo. ¡Gloria a la España Católica, y gloria a las naciones por ella cristianizadas!
Dom Prósper Gueranger, O.S.B.