REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

miércoles, 23 de marzo de 2016

VIVIR EL VÍA CRUCIS

X ANIVERSARIO 
M. María Elvira de la Santa Cruz M.F.
+ 19-III-2006

SANTO EJERCICIO DEL VÍA CRUCIS
Pensamientos y viviencias de la Madre María Elvira de la Santa Cruz M.F.
Por la señal de la Santa Cruz... Señor mío Jesucristo...
Oremos: Señor Jesucristo, colma nuestros corazones con la luz de tu Espíritu Santo, para que, siguiéndote en tu último camino, sepamos cuál es el precio de nuestra redención y seamos dignos de participar en los frutos de tu pasión, muerte y resurrección. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. (San Juan Pablo II)

PRIMERA ESTACIÓN:
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Hágase tu voluntad; en esto consiste toda mi dicha.
Señor, si es necesario más sufrimiento por el bien de las almas, envíamelo. Te diré como San Agustín: "dame lo que me pides y pídeme lo que quieras".
Sé, Señor, que el sufrimiento nunca es estéril a tus ojos.
¡María, ayúdame a llevar a cabo mi abandono total en las manos de Jesucristo!”
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
SEGUNDA ESTACIÓN:
JESÚS CARGA CON LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Las palabras de Cristo misericordioso a través de mi confesor consuelan mi alma y me ayudan a abrazar la cruz, al igual que Cristo, como la prueba del amor más grande...
Para mí el unirme a la Cruz de Cristo es el mayor de los regalos que me ha hecho el Señor. Es una gran muestra de amor y de intimidad que el Señor me ha dado".
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
TERCERA ESTACIÓN:
JESÚS CAE EN TIERRA POR PRIMERA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Yo no quiero ser causa de sufrimiento para el Amado, y me duele enormemente el alma, pensar que con mis desánimos le hago sufrir...
Siento que todavía me reservo algo y necesito vaciarme por entero para llenarme de Cristo.
¡Que todo sea por Ti, Señor, y por la salvación de las almas!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
CUARTA ESTACIÓN:
JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Madre, ayúdame a vivir a tu lado, firme junto a la cruz de tu Hijo. Llévate mis miedos y mis dudas. Enséñame a ser fuerte ante la tentación y a saber corresponder a tantas gracias recibidas...
En todo sufrimiento vencemos por Aquél que nos ha amado.
¡Madre mía, enséñame a orar desde el sufrimiento!"
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
QUINTA ESTACIÓN:
SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Desde el primer momento en que me pedías que me abrazara a tu cruz sólo pude sentir, sin pensármelo más, una inmensa alegría porque Tú me estabas invitando a unirme a Ti...
Gracias, Señor, por haberme reservado un sitio junto a tu Cruz. Tan sólo quiero que esos sufrimientos que faltan para completar tu Pasión pueda yo sufrirlos en mi carne.
Yo tan sólo quiero cumplir y amar tu santa voluntad".
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
SEXTA ESTACIÓN:
LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“No dejemos escapar esta oportunidad. La fe está decayendo en las almas y hacen falta amigos fuertes de Jesús, que les ayuden a llevar y amar la cruz de cada día. Amigos de Cristo que trabajen sin descanso por y con la Santa Madre Iglesia”
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
SÉPTIMA ESTACIÓN:
JESÚS CAE EN TIERRA POR SEGUNDA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Sólo pido al Señor que me de paciencia y fortaleza para llevar el peso de esta cruz. Que nunca falte por mi parte la caridad para con esta persona, y que todas las humillaciones que he recibido hoy me ayuden a ser un alma humilde y mortificada. La humildad se aprende a base de humillaciones.
¡Gracias, Señor!”
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
OCTAVA ESTACIÓN:
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Le vienen las lágrimas a los ojos a esta pobre alma, pero lágrimas de alegría, al saber que todo un Dios le pide que se una cada día más al madero de su cruz, hasta sentirse verdaderamente crucificada con Él...
Cuánto aprende uno, Señor, cuando despojada de todo lo terreno y sentada a los pies de tu Sagrario, abierta el alma para escuchar tu voz, Tú vienes y me llenas de Ti, de tus consuelos, de tus caricias.
¡Qué bien se está junto a tu Cruz!"
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
NOVENA ESTACIÓN:
JESÚS CAE EN TIERRA POR TERCERA VEZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“En medio de los mayores padecimientos, Jesús da el consuelo necesario para seguir adelante.
La cruz de Cristo me ha acompañado desde que nací, pero es Él quien me hace amar esta cruz...
¡Bendita cruz que ha cambiado mi vida, que me ha unido a Ti!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
DÉCIMA ESTACIÓN:
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Qué fácil es, Señor, decir te quiero, pero qué duro el quererte de verdad, el renunciar a tantas cosas por tu amor. Eso es lo que yo quiero, pero cuánto le cuesta a esta pobre alma desprenderse de verdad de todo cuánto le estorba para amarte...
Ahora entiendo, Señor, lo que es renunciar a las propias apetencias y ponerlas con amor ante el altar de Dios; ofrecer el dolor que uno lleva dentro y transformarlo en obras de amor para con los demás".
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
ÚNDÉCIMA ESTACIÓN:
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“La única manera de colaborar con Cristo es extendiendo nuestros brazos en la cruz, en la cruz de cada día.
Ofrecerse con Cristo es encontrar la paz del alma. Ofrecerse con Cristo es haber encontrado el tesoro escondido desde los siglos; es haber encontrado el amor...
He terminado de ver claro lo que de verdad querías de mí: abandono total en tus manos, despojada de todo y de todos".
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
DUODÉCIMA ESTACIÓN:
JESÚS MUERE EN LA CRUZ
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Enséñame, Señor, a morir contigo para resucitar a una vida nueva. Que sepa renunciar a todos mis pensamientos y sólo querer los tuyos, a todos mis planes, afectos, ilusiones, y sólo querer todo lo tuyo...
Sufrir y gozar:¡eso es amar!
Cuánto duele el sufrir; pero qué hermoso hacerlo por Ti, ¡oh, Señor!"
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN:
JESÚS ES PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU MADRE
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
¡Cuánto he aprendido y aprendo cada vez que os contemplo, Madre!
Sois la gran enseñanza del amor, la escuela en la que se nos enseña a dar la vida por los demás, por medio del sufrimiento silencioso y ofrecido a Dios...
Señor, que al contemplarte en tu Pasión, aprenda a amar el dolor y junto con tu Madre y mi Madre, María, permanezca siempre calladamente a los pies de tu Cruz".
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN:
JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
[V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.]
“Ser uno con Cristo, ser toda para Él; entrar hasta el fondo del alma y llenarme tan sólo de Él.
Yo sólo quiero, Señor, habitar en tu morada todos los días de mi vida, con toda el alma...
Tengo una batalla interior que librar mientras de verdad, dentro y fuera de mí, no grite: ¡Sólo Dios basta!"
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
Oremos: 
Señor Jesucristo, tú nos has concedido acompañarte, con María tu Madre, en los misterios de tu pasión, muerte y sepultura, para que te acompañemos también en tu resurrección; concédenos caminar contigo por los nuevos caminos del amor y de la paz que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Padrenuestro, Avemaría y Gloria por la intenciones del Romano Pontífice.

domingo, 20 de marzo de 2016

IN MEMORIAM

MADRE MARÍA ELVIRA DE LA SANTA CRUZ
COFUNDADORA DE LAS HERMANAS MISIONERAS DE LA FRATERNIDAD
X ANIVERSARIO DE SU MUERTE (19-III-2006)
Psalmus 129
De profúndis clamávi ad te, Dómine :
Dómine, exáudi vocem meam :
Fiant aures tuæ intendéntes,
in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine :
Dómine, quis sustinébit ?
Quia apud te propitiátio est :
et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo eius :
sperávit ánima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem :
speret Israel in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia :
et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Israel,
ex ómnibus iniquitátibus eius.

* Pater noster...

Réquiem ætérnam dona eis, Dómine.
Et lux perpétua lúceat eis.

********************************************
"El justo, aunque muera prematuarmente, tendrá el descanso. Vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de los años; que las canas del hombre son la prudencia; la edad avanzada, una vida sin tacha. Agradó a Dios, y Dios lo amó; vivía entre pecadores, y Dios se lo llevó; lo arrebató para que la malicia no pervirtiera su conciencia, para que la perfidia no sedujera su alma.
La fascinación del vicio oscurece lo bueno, el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia. Madurando en pocos años, llenó mucho tiempo. Como su alma era agradable a Dios, lo sacó aprisa de en medio de la maldad. Lo vieron las gentes, pero no lo entendieron, no reflexionaron sobre ello; la gracia y la misericordia son para los elegidos del Señor, y la visitación para sus santos" (Sab. 4, 7-15)

miércoles, 16 de marzo de 2016

ITE AD JOSEPH

El mes de marzo es especialmente querido en la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina por estar dedicado a Nuestro Santo Patrono el Glorioso Patriarca San José. También quiso la Divina Providencia que aconteciese precisamente en el día de su Fiesta, el 19 de marzo, la partida de este mundo de nuestra Hermana María Elvira de la Santa Cruz, cumpliéndose en este año el décimo aniversario. La recordamos cotidianamente en nuestras oraciones.
¿Quién mejor que el Santo Patriarca podría inspirarnos y enseñarnos a amar a Jesús y a María con la intensidad y del modo que sólo ellos merecen ser amados? No en vano resuena permanentemente en la Fraternidad la invitación Ite ad Joseph -Id a José- . Una invitación que nos mueve a tener una confianza plena en nuestro celestial Patrono; nos provoca para que no dejemos de buscar en  su vida y en sus ejemplos sobrenatural inspiración para nuestra vida cristiana, y nos recuerda el compromiso de ser apóstoles de la espiritualidad josefina, promoviendo su culto, su veneración y su conocimiento entre el pueblo de Dios a través de nuestros apostolados.
Ite ad Joseph; acudamos confiadamente a San José, y admiremos en él la imagen del siervo fiel y prudente que supo poner a Dios en el centro de su vida y de su corazón. Hoy que es tan fácil dejarse arrastrar por el torbellino de una vida tan materialista, por un ambiente tan superficial, alejado y descuidado de la dimensión espiritual del ser humano y de la existencia. San José nos da un ejemplo de prudencia y de sensatez, mostrándonos a Dios como el único cimiento sólido y duradero sobre el que edificar nuestra vida.
Ite ad Joseph; necesitamos acudir a José para comprender que si de verdad estimamos nuestra fe como el mayor y el más valioso de los tesoros recibidos de Dios, entonces nuestra vida ha de girar toda ella en torno a Jesús y a María, porque allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Es cuestión de aprender a ordenar acertadamente las prioridades de nuestra vida. El amor a Dios y nuestra santificación debieran ser el valor prioritario y todo lo demás añadidura.
Ite ad Joseph; porque tenemos necesidad de redescubrir que la fidelidad a Dios pasa por entregarle a Él el timón de nuestra vida para que nos dirija y gobierne sabiamente. Ser fiel a Dios conlleva vivir en actitud de escucha atenta a sus disposiciones, en actitud de confianza que se traduce en obediencia a su voluntad y en colaboración generosa con Él, sin negarle nada, sin resistencias ni cálculos mezquinos. No se vive en auténtica fidelidad a Dios cuando no se practica el santo abandono, tal y como el niño se abandona enteramente en los brazos de su padre y de su madre. Cuanto más queramos controlarlo todo, atar todos los cabos de nuestra vida, proyectar cada segundo de nuestro tiempo y asegurar hasta el más mínimo  riesgo, entonces más necesitados estaremos de Ir a José para aprender de él la sabiduría del Varón justo que se ha puesto totalmente en manos de Dios y a disposición de su voluntad salvadora.
Ite ad Joseph; vayamos a él sin vacilar, que nos enseñará la ciencia escondida a los sabios y revelada a los sencillos y humildes de corazón, no con palabras, sino con los ejemplos de su propia vida. Quizás estemos necesitados, hoy más que nunca, de las lecciones de San José para comprender que la fe no es cuestión de palabras sino de obras, no es cuestión de grandes proezas sino de siembra amorosa y sacrificada, grano a grano y día a día, en el surco de cada jornada. Quizás estemos muy necesitados de recordar que al gran desafío de la increencia, del alejamiento y de la negación de Dios, más que con palabras habremos de responder con el testimonio de una vida firmemente enraizada en un amor ardiente a Jesús y en una tierna y  filial devoción hacia María nuestra Madre Inmaculada.
P. Manuel María de Jesús, F.F.

lunes, 29 de febrero de 2016

NO TE ASUSTE LA CRUZ

No te asuste la cruz. La prueba más cierta de amor consiste en sufrir por el amado y, si Dios por tanto amor sufrió tanto dolor, el dolor que se sufre por él resulta tan amable como el amor. En las aflicciones que el Señor te regala, sé paciente y confórmate al Corazón divino con alegría, sabiendo que todo es una broma continua del amante.
Las tribulaciones, las cruces han sido siempre la herencia y la porción de las almas elegidas. Cuánto más quiere Jesús elevar un alma a la perfección, tanto más le aumenta la cruz de la tribulación… Cuanto más atribulada estés, tanto más debes alegrarte porque el alma en el fuego de las tribulaciones se convertirá en oro fino, digno de ser colocado para brillar en el palacio del cielo.
(Santo Padre Pío)

sábado, 2 de enero de 2016

EN LA ESCUELA DE MARÍA

"Como Madre y Maestra, María nos irá enseñando a acoger la Palabra de Dios con limpio corazón, meditándola y guardándola en lo profundo de nuestra alma. Nos formará en el auténtico espíritu de adoración y reparación, y hará de nosotros instrumentos suyos para la extensión de su reinado maternal, por medio del cual vendrá el reinado de Cristo.
María, Virgen Corredentora, será nuestra guía segura hasta la Cruz de Cristo, sabiduría de Dios y fuente de toda bendición, enseñándonos a hacer de nosotros mismos y de nuestra vida una ofrenda de oblación en unión con Cristo para la gloria del Padre y para la salvación del género humano.
Esta llamada a ser corredentores, completando en nuestra carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia", es nuestra vocación más alta, y sólo en la "Escuela de María" se puede aprender esta ciencia divina de íntima comunión con Cristo Siervo Sufriente"
Un camino de fraternidad

viernes, 1 de enero de 2016

LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 2 de enero de 2008
La maternidad divina de María
Queridos hermanos y hermanas:
Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza así: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar ayer, primer día del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros, aquí presentes, y a todos los que en estas fiestas navideñas me han enviado testimonios de afectuosa cercanía espiritual.
Ayer celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. "Madre de Dios", Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.
Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, del año 431, como he dicho, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).
Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado "verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad" (DS 301). Como es sabido, el concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina. El capítulo se titula: "La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.
En estos día de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la "Presentación del Señor", que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos "contemporáneos" de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.
Del título de "Madre de Dios" derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la "Inmaculada Concepción", es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la "Asunción": no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.
Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de "Madre de la Iglesia".
Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tάíδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.
Queridos hermanos y hermanas, en estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.
¡Feliz año a todos! Este es el deseo que os expreso a vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos durante esta primera audiencia general del año 2008. Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.
Una vez más: ¡Feliz año a todos!

jueves, 24 de diciembre de 2015

DEUS DÓMINUS, ET ILLUXIT NOBIS

"Dios es el Señor, que ha hecho brillar su Luz sobre nosotros"
 (Salmo 117)