REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

sábado, 2 de enero de 2016

EN LA ESCUELA DE MARÍA

"Como Madre y Maestra, María nos irá enseñando a acoger la Palabra de Dios con limpio corazón, meditándola y guardándola en lo profundo de nuestra alma. Nos formará en el auténtico espíritu de adoración y reparación, y hará de nosotros instrumentos suyos para la extensión de su reinado maternal, por medio del cual vendrá el reinado de Cristo.
María, Virgen Corredentora, será nuestra guía segura hasta la Cruz de Cristo, sabiduría de Dios y fuente de toda bendición, enseñándonos a hacer de nosotros mismos y de nuestra vida una ofrenda de oblación en unión con Cristo para la gloria del Padre y para la salvación del género humano.
Esta llamada a ser corredentores, completando en nuestra carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia", es nuestra vocación más alta, y sólo en la "Escuela de María" se puede aprender esta ciencia divina de íntima comunión con Cristo Siervo Sufriente"
Un camino de fraternidad

viernes, 1 de enero de 2016

LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 2 de enero de 2008
La maternidad divina de María
Queridos hermanos y hermanas:
Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza así: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar ayer, primer día del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros, aquí presentes, y a todos los que en estas fiestas navideñas me han enviado testimonios de afectuosa cercanía espiritual.
Ayer celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. "Madre de Dios", Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.
Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, del año 431, como he dicho, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).
Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado "verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad" (DS 301). Como es sabido, el concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina. El capítulo se titula: "La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.
En estos día de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la "Presentación del Señor", que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos "contemporáneos" de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.
Del título de "Madre de Dios" derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la "Inmaculada Concepción", es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la "Asunción": no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.
Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de "Madre de la Iglesia".
Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tάíδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.
Queridos hermanos y hermanas, en estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.
¡Feliz año a todos! Este es el deseo que os expreso a vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos durante esta primera audiencia general del año 2008. Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.
Una vez más: ¡Feliz año a todos!

jueves, 24 de diciembre de 2015

DEUS DÓMINUS, ET ILLUXIT NOBIS

"Dios es el Señor, que ha hecho brillar su Luz sobre nosotros"
 (Salmo 117)

jueves, 10 de diciembre de 2015

REPARACIÓN, DESAGRAVIO, COMPENSACIÓN

En todas las apariciones modernas del Señor o de la Virgen María, aparece la noción de la necesidad de la ‘reparación’.
Se pide allí una ‘compensación’ por el pecado del mundo; pues el pecado es siempre una agresión y un atropello contra Dios. Dios, sin embargo, demuestra ciertamente estar dispuesto a perdonar o a diferir su justicia contra sus agresores, si encuentra en algunos, esa disposición de compensar esa deuda con oraciones, sacrificios y docilidad a Su voluntad.

La idea es perfectamente teológica, y se basa en toda la tradición bíblica del Pueblo de Dios. Cristo, máximo ejemplo de ‘reparador’, vino a la tierra para ‘satisfacer’ por los pecadores, ‘reparando’ con su obediencia total hasta la muerte y muerte de cruz, la desobediencia de Adán y sus descendientes. Él entregó a Dios Padre todo el amor filial y respeto, que ‘compensó’ el desamor y la rebeldía del reato de sus hijos.
La Santa Misa, donde Jesús se ofrece como víctima al Padre, es el mayor acto de desagravio que se puede ofrecer a Dios.

Esa compensación, reparación o desagravio, tiene como finalidad también apartar el castigo merecido por la ofensa hecha a un Padre tan bueno, grande y maravilloso, como lo es Dios. Dios es todo misericordia pero también es justo. Además, como Padre, tiene el deber de enseñar y corregir. La corrección es siempre un castigo amoroso que pretende el regreso, la enmienda y el cambio de sus hijos e hijas ingratos.



Todo cambio o conversión exige desagravio. Es indispensable conocer a fondo, con qué medios o formas se puede desagraviar, reparar o compensar. No es otra cosa que al ‘amor de Dios Padre’, va el ‘amor de nosotros sus hijos’, como el dulce y simple cariño de un hijo bueno.  Cuando hablamos de ‘reparación, no se trata de aplacar la ira de un monstruoso dios pagano, o de un fetiche animista; se trata de un Padre que todo lo merece de parte de sus hijos; se trata de un Dios Padre que parece mendigar el consuelo de unos pocos corazones sencillos y dóciles, a cambio de la ingratitud de otros muchos.

Pero justamente, porque la reparación es cubrir una deuda de amor, exige un costo. Toda indemnización es una penalización. Toda deuda de amor se paga con sufrimiento. Por eso, en estas devociones reparadoras se habla continuamente de ‘ofrecer sacrificios’, ‘aceptar las penas’, sobrellevar adversidades y dolores’ etc.
¡Y más, teniendo en cuenta la dignidad de la Persona ofendida, en este caso Dios mismo!.
Al pedir ‘reparación’ sufriente, Dios nos enseña paternalmente quién es Él, nos acerca a su verdadera imagen, imagen divina la suya que está siempre amenazada (tergiversada) por nuestra condición humana. A Dios no Le vemos ni tenemos otra forma habitual de comprenderle, sino a través de la fe luminosamente enseñada por nuestra Madre la Iglesia que Cristo fundara. Sobre la roca de Cristo, dentro de la barca de la Iglesia, nuestra religiosidad tiene un fundamento y nuestra piedad, certeza.

Entre las devociones más recomendadas y recomendables, por su fuerza reparadora y de desagravio, se encuentran las prácticas de los ‘nueve primeros viernes de mes’-
(Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque)-, y la de los ‘cinco primeros sábados de mes’ (Sor Lucía de Fátima).
Esta última práctica es dedicada al Corazón Inmaculado de María.
Frente a tantas ofensas, blasfemias y calumnias contra el Corazón Inmaculado de María, practica dicha devoción; hazla conocer y vuélvete tú un alma dispuesta a reparar con tu amor, sufrimiento y oración, el Amor ofendido en el Corazón de Jesús y en el Inmaculado Corazón de María.
(Fuente:conocereisdeverdad.org)

90 ANIVERSARIO DE LA GRAN PROMESA

EL 10 DE DICIEMBRE DE 1925 EN LA CIUDAD DE PONTEVEDRA
El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se le apareció a Lucía de Fátima, y a su lado, suspenso en una nube luminosa, estaba el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso su mano en el hombro de Lucía y, mientras lo hacía, le mostró un Corazón rodeado de espinas que ella tenía en la otra mano. Al mismo tiempo, el Niño Jesús le dijo:
"Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos en cada momento le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para quitárselas".
Luego la Santísima Virgen le dijo:
"Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas, que los hombres ingratos en cada momento le clavan, con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz por consolarme, y dí que a todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen cinco decenas del Rosario y me hagan quince minutos de compañía meditando sobre los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación".

martes, 8 de diciembre de 2015

CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN,REINA Y MADRE INMACULADA

CONSAGRACIÓN DE LA FRATERNIDAD A SANTA MARÍA VIRGEN REINA
  Te saludamos, oh María, sin pecado concebida, Madre de Dios, Reina y  Madre nuestra.
  Somos tus hijos, rescatados por la Sangre de Jesús, peregrinos y militantes por los caminos del mundo entre gozos y tristezas, angustias y esperanzas. Desde el trono de la gloria regálanos tu mirada maternal de misericordia y de consuelo.
   En este día, Soberana Madre nuestra, nos consagramos cada uno de nosotros a tu Inmaculado Corazón, consagrándote también, en calidad de hijos esclavos de amor tuyos, la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina con todos sus miembros y colaboradores, sus bienhechores y sus obras. Somos enteramente tuyos, oh Reina y Madre nuestra, y cuanto tenemos tuyo es.
Reina en nuestras almas haciéndonos humildes y sencillos como Tú. Fortalece nuestra fe, aumenta  nuestra esperanza en las promesas de Jesús y aviva en nosotros el fuego del Amor de Dios. Vive Tú en cada uno de nosotros y dígnate servirte de nuestras humildes personas y obras apostólicas para dilatar tu reinado maternal hasta los confines de la tierra.
   Venga tu reinado de amor sobre las familias que las transforme en santuarios de la vida, de la piedad y de la entrega. Líbralas de tantas amenazas de muerte como se ciernen sobre ellas.
   Llegue tu reinado a los corazones de la infancia y de la juventud. ¡Sí, venga a ellos tu reino! Tuyos son y que siempre permanezcan tuyos.
   Reina en la Iglesia de Jesús, tu Iglesia, de la que eres Madre y Maestra y que hoy navega entre tempestades y amenazas de asalto a la Roca. Venga a ella tu reinado de unidad.
   Señora y Reina del mundo protege a los pueblos del monstruo de la guerra que siega las vidas de los inocentes, líbralos del hambre, instaurando tu reino de caridad en las almas. Defiéndelos de la injusticia y la explotación. No dejes al mundo caer en la tentación de despreciar la vida humana.
   Atrae hacia Cristo a todos los pueblos y naciones de la tierra, liberándolos de la esclavitud del pecado y de las tinieblas del error.
  Venga a nosotros tu Reino, oh María, nuevo adviento para la llegada de Cristo, Príncipe de la Paz y Rey de los cielos y de la tierra. Amén.

TRIDUO DE LA INMACULADA (III)

Por la señal...
Señor mío Jesucristo...

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres, Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción: así como por Eva nos vino la muerte, así nos viene la vida por ti, que por la gracia de Dios has sido elegida para ser Madre del nuevo pueblo que Jesucristo ha formado con su sangre.
A ti, purísima Madre, restauradora del caído linaje de Adán y Eva, venimos confiados y suplicantes, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.
Acordaos, Virgen Santísima, que habéis sido hecha Madre de Dios, no sólo para vuestra dignidad y gloría, sino también para salvación nuestra y provecho de todo el género humano. Acordaos que jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección e implorado vuestro socorro, haya sido desamparado. No me dejéis, pues, a mi tampoco, porque si me dejáis me perderé; que yo tampoco quiero dejaros a vos, antes bien, cada día quiero crecer más en vuestra verdadera devoción.
Y alcanzadme principalmente estas tres gracias: la primera, no cometer jamás pecado mortal; la segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana, y la tercera, una buena muerte. Además, dadme la gracia particular que os pido (hacer aquí la petición que se desea obtener).
REFLEXIÓN
LA SANTIDAD DE MARÍA
Hasta ahora hemos considerado, sobre todo, la ausencia de pecado en la Santísima Virgen. Veremos en seguida: 1º) la ausencia de pecado actual y, 2º) la plenitud de gracia santificante, tan perfecta y abundante, como convenía a la dignidad de la Madre de Dios; que es por ello, superior en santidad a los ángeles y a los bienaventurados en el Cielo.
El Papa Pío IX dice: "María (…) manifiesta tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios" (Bula Ineffabilis Deus: DZ. 1641). Y así, la Iglesia exclama con gozo: "Más que tú, sólo Dios".
Exenta de toda falta actual, incluso venial
Como consecuencia de la radical ausencia de pecado hay que negar en María aún la menor imperfección moral.
En Ella nunca existió movimiento alguno desordenado de la concupiscencia: siempre tuvo la perfecta subordinación de la sensibilidad a la inteligencia y a la voluntad, y éstas a Dios. Sus juicios fueron siempre rectos y su voluntad estuvo siempre en el bien verdadero. Por ello se le llama: Trono de la Sabiduría, Reina de los Doctores, Virgen Prudentísima, Madre del Buen Consejo, Madre del Amor Hermoso, Virgen Castísima …
El Concilio de Trento enseña que el justo puede evitar cada uno de los pecados veniales en particular, pero no puede evitarlos en su conjunto, a no ser por un privilegio como del que gozó la Virgen María (cfr. DZ. 833).
En el caso de Santa María la impecabilidad es debida por los siguientes motivos:
1°) Tener un altísimo grado de gracia habitual y de caridad, que inclina con mucha fuerza al alma hacia el amor de Dios, apartándola del pecado;
2°) La confirmación en gracia, que se realiza en la tierra mediante un gran aumento de caridad, acompañado de gracias actuales eficaces que de hecho preservan del pecado y conducen a actos libres y meritorios;
3°) Una asistencia especial de la Providencia, que preservaba todas sus facultades de una posible desviación moral.
Dice Santo Tomás: "A los que Dios elige para una misión determinada, los prepara y dispone convenientemente… Si María fue elegida para ser la Madre del Verbo… no sería idó nea si hubiera pecado alguna vez aunque fuera levemente" (S. Th. III, q.27, a.4) y esto por tres razones:
1ª) Porque el honor de los padres redunda en los hijos, luego, por contraste y oposición, la ignominia de la Madre hubiera redundado en el Hijo;
2ª) Por su especialísima afinidad con Cristo, quien de Ella recibió su carne purísima;
3ª) Porque el Hijo de Dios, que es la Sabiduría divina, habitó en María… y dice la Escritura: "en el alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en un cuerpo esclavo del pecado"(Sab. 1.4).
La plenitud de gracia en María
Leemos en la Sagrada Escritura que el Arcángel Gabriel la saluda diciendo: "Dios te salve, llena eres de gracia" (Lc. 1,28). Estas palabras manifiestan con toda claridad la santidad completa del alma de María, en virtud de que son irreconciliables el pecado y la gracia, como lo son la luz y las tinieblas. Hemos visto en el número anterior que la Virgen Santísima además de no haber contraído el pecado original, tampoco tuvo durante su vida falta alguna incluso venial; por tanto, si en el alma se da la ausencia total de pecado, debe haber en ella la presencia total de gracia, como dice explícita mente la Escritura con las palabras del Arcángel.
"Dios te salve, llena de gracia. Y en verdad que es llena de gracia, porque a los demás se da con medida, pero en María se derramó al mismo tiempo toda la plenitud de la gracia. Verdaderamente es llena de gracia aquella por la cual toda criatura fue inundada con la lluvia abundante del Espíritu Santo" (San Jerónimo, Sermón sobre la Asunción de la Virgen).
"No temas, María, porque hallaste gracia a los ojos de Dios ¿Cuánta gracia? Una gracia llena, una gracia singular ( … ). Es tan singular como general, pues tú sola recibes más gracia que todas las demás criaturas. Es singular, por cuanto tú sola hallaste esta plenitud; es general, porque de esa plenitud reciben todos" (San Bernardo, Homilía en la Asunción, 3).
Por otra parte, debemos tener presente que la gracia de María, como toda gracia, es una participación misteriosa en el hombre de la naturaleza divina (cfr. 2 Pe. 1,4). Por esta razón, dicha gracia, es una realidad creada y distinta de la Gracia increada que es Dios mismo. Además, al decir plenitud de gracia se afirma que Santa María, a lo largo de su vida y en cada momento de ella, estuvo siempre llena de gracia, la cual, no obstante, aumentó continuamente debido al mérito de sus obras.
El aumento de gracia en María
Santa María, siempre llena y siempre en crecimiento, rebosa de la gracia que en cada momento de su vida terrena le permite tener y se le aumenta y crece su capacidad de recibir mas gracia y más mérito por sus actos libres; por su fiat continuado y actual en todo momento de su existencia. Ahora en el cielo goza de modo consumando de la gloria que mere ció por sus méritos en la tierra (cfr. S.Th.,III, q.27, a.5, ad 2 y ad 3).
La Iglesia nos enseña que la gracia puede aumentar de tres modos: por las buenas obras (ex opere operantis), por la recepción de los Sacramentos (ex opere operato), y por la oración. En el caso de Santa María, el aumento de gracia se dio también por estos tres modos.
* (Las buenas obras) Si la calidad de las obras se mide por la calidad del objeto al que tienden y por las disposiciones subjetivas del sujeto que las realiza, en María el objeto de sus obras fue siempre Dios, al que se alcanza por las virtudes teologales que Ella poseía en grado máximo; del mismo modo sus disposiciones subjetivas eran de adhesión constante e incondicional a la voluntad de Dios. Luego, las obras de María le obtuvieron un aumento de gracia y en mayor grado que a cualquier hombre.
* (Los Sacramentos) La Penitencia nunca la necesitó; el Orden esta reservado a los varones; el Matrimonio se celebró según el rito de la Antigua Ley; la Unción de los Enfermos no la necesitó; la Confirmación no la necesitó, pues recibió en forma plena sus efectos el día de Pentecostés; el Bautismo tampoco lo necesitó por el privilegio de su concepción inmaculada; luego sólo queda la Eucaristía y es doctrina común que Ella la recibió.
* (La oración) La eficacia de la oración depende de tres cosas: la humildad, confianza y perseverancia con que se pide. En María estas tres cualidades se dieron en grado supremo, lue­go, su oración era sumamente eficaz.
(Fuente: encuentra.com)
ORACIONES FINALES
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Rezar tres Avemarías.
Tu Inmaculada Concepción, oh Virgen Madre de Dios, anunció alegría al universo mundo.
ORACIÓN. Oh Dios mío, que por la Inmaculada Concepción de la Virgen, preparaste digna habitación a tu Hijo: te rogamos que, así como por la previsión de la muerte de tu Hijo libraste a ella de toda mancha, así a nosotros nos concedas por su intercesión llegar a ti limpios de pecado. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo. Amén.