REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

jueves, 19 de marzo de 2015

AMAR CON CORAZÓN DE ESPOSA Y MADRE

* Año de la Vida Consagrada
La Solemnidad del Santo Patrón de la Fraternidad, San José, siempre estará asociada en la mente y en el corazón de cuantos la conocieron y la trataron a la Madre María Elvira.
Se cumple hoy el 9º aniversario del fallecimiento de la Madre María Elvira de la Santa Cruz, Cofundadora de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina y de las Hermanas Misioneras de la Fraternidad.
Esa asociación entre la Solemnidad de San José y la Madre María Elvira está muy por encima de una coincidencia de fechas, si bien estoy plenamente convencido de que su partida de este mundo, coincidente con la fiesta de nuestro Santo Padre y Guardián San José, fue providentemente escogida por Dios nuestro Señor como una gracia para ella y también para cuantos compartíamos con ella el don del mismo carisma vocacional y apostólico en el seno de la Santa Iglesia.
Las decisiones de la Divina Providencia, que en ocasiones llegan a traspasar y romper de dolor nuestro pobre corazón humano, meditadas y guardadas día a día en lo más íntimo de nuestra alma al calor de la fe y de la esperanza terminan por ser plenamente aceptadas y estimadas como un don, fruto de la Sabiduría infinita de Dios, pero también como fruto de su amor y de su misericordia sin límites. Porque el mismo que hiere es quien venda la herida de los corazones y los acaba sanando. Y porque el Señor, en su Providencia amorosa, es el único que sabe y puede sacar de los males bienes incontables.
Humanamente la pérdida de la Madre María Elvira puede ser justamente considerada como una pérdida irreparable. Cada persona es única en su personalidad y en aquellas cualidades y gracias que ha recibido de Dios, y se convierte en un don para los otros cuando comparte su vida y su corazón con ellos.
Sin embargo, esa pérdida irreparable a nivel humano Dios la puede transformar en una gracia inmensa. Una gracia que ilumina, que fortalece, que acompaña a cuantos abren su corazón y aceptan superar ese drama apoyados en la fe, en la esperanza y en el amor de Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos.
No puedo menos, por deber y por un agradecimiento sin medida a Dios y a la Madre María Elvira, dejar de cantar y de contar las maravillas del Señor, siempre bajo mi limitada y pobre perspectiva, aunque consciente de que lo que percibimos de las obras del Señor en lo íntimo de sus hijos más fieles y que corresponden a su gracia es siempre tan sólo la punta del iceberg.
Soy testigo privilegiado del alto grado hasta el que nuestra Hermana se entregó con el fin de corresponder al don y a la vocación que recibió del Señor para vivir como Esposa y Madre.
Esposa de Cristo, cuya aspiración más alta consistía para ella en participar de la Cruz del Esposo uniendo a la oblación de su vida a la oblación que el Sumo y Eterno Sacerdote hizo de Sí mismo desde su Encarnación hasta la consumación de su entrega en el Calvario- Consummatum est-.
La oblación comprendida y plenamente aceptada como la prueba y manifestación del amor más grande hacia el Esposo y hacia el género humano - Pro eis ego sanctifico meipsum-.
Es el culmen, el broche de oro, la coronación de la sublime vocación recibida del Amado.
Esposa de Cristo para ser al mismo tiempo Madre por la fecundidad espiritual de la acción del Espíritu, Señor y dador de vida. Un maternidad espiritual que se alimenta y se ejerce en el seno de la Iglesia Madre.
Esta maternidad fecunda, la Madre María Elvira la fue aprendiendo y desarrollando en una intimidad maravillosa de la mano de Aquella que es Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres.
La Madre María Elvira fue alumna aventajada en la Escuela de María, como lo fueron las santas vírgenes cristianas. Como lo fue nuestra Santa Protectora Teresa del Niño Jesús. De tal forma que María Elvira aprendió velozmente que su vocación también consistía en ser el amor en el seno de su Madre la Iglesia. Sólo así podía corresponder a sus esponsales con Cristo y ejercitar su maternidad espiritual.
Ser el amor en el seno de la Madre Iglesia se concretizó para ella en una entrega sin reservas a Cristo vivo y victimado en la Eucaristía y a María Corredentora del género humano. Siempre con la santa pretensión de colaborar con la gracia para conformarse y asemejarse más y más al Esposo y a la Madre de misericordia.Y como fruto de ese amor, la entrega sin reservas a cuantos el Señor fue poniendo en el camino de su vida.
En su corazón maternal ocupaban un lugar especialísimo los niños, los ancianos y los más pobres. Un lugar muy particular reservaba en su corazón para los sacerdotes de Jesucristo.
Nunca he encontrado a nadie que superase a la Madre María Elvira respecto de la veneración hacia los sacerdotes. Su oración más inflamada y acompañada del ofrecimiento de sus mayores sacrificios eran especialmente reservados por ella para los ministros de Jesucristo.
En la Escuela de María aprendió a volar y voló bien alto.
Comprendió que no se es madre si no se engendra  no se transmite y no se comparte la propia  vida.
En la Escuela de María aprendió las lecciones divinas del Esposo y de la Madre: hay que morir para vivir; hay que entregar la propia vida para que otros tengan vida y la tengan en abundancia.
De esta forma quiso ofrecer su vida y aceptar con infinita paz su muerte. Como un acto de amor, como un ejercicio divino de amor maternal.
Su amor esponsal a Cristo y su amor maternal vivido hasta la consumación en el seno de la Iglesia han quedado sellados para toda la eternidad.
El vacío inmenso que ha dejado humanamente se compensa con la certeza personal de que su amor acrisolado y transfigurado es una llama viva que intercede constantemente ante Cristo Sacerdote por todos nosotros.
Ese vacío inmenso se va llenando con la esperanza de participar un día con ella y con todos los que mueren en el Señor de las alegrías de la Jerusalén celestial.
Quiera Dios y la Virgen Santísima que muchas jóvenes se decidan a seguir sus pasos, vivir su espiritualidad y ser continuadoras de su obra en el seno de la Iglesia.
Manuel María de Jesús F.F.

PROTECTOR DE LA BUENA MUERTE

La vida santa de San José, la asistencia de Jesús y de María, todo contribuyó a que su muerte fuese preciosa ante los ojos del Señor.
La Iglesia compara aquella muerte con la hora de un sueño pacífico, como el de un niño que se adormece sobre el seno de su madre; con una antorcha odorífera, que se consume a medida que arde y que muere exhalando el perfume suave de su sustancia. La muerte de los santos es siempre envidiable, porque todos mueren en el beso del Señor, pero ese beso no es más que un dulce y precioso sentimiento de amor.
José murió verdaderamente en el beso del Señor, ya que exhaló su último suspiro en los brazos de Jesús. Y si, como creemos, él tuvo el uso de los sentidos y de la palabra hasta ese último suspiro, que no podía ser otro que un suspiro o un impulso de amor, ¿como no habrá él coronado una vida tan santa sino pronunciando los nombres sagrados de Jesús y de María?
¡Oh muerte feliz! Si no puedo, como José, exhalar mi último suspiro entre Jesús y María, visibles a mi mirada, pueda yo, al menos, sobre mi labios moribundos, unir vuestro nombre, ¡oh José! a los nombres de Jesús y de María.
La santa muerte de José ha producido preciosos frutos sobre la tierra. Fue como aromatizada del suave perfume que deja tras de sí una santa vida y una santa muerte, y dio a los cristianos un potente protector en el cielo cerca de Dios, especialmente para los agonizantes.
Cualquiera que invoque a San José en la última batalla, incluso si fuera violenta, atraerá la victoria. Bendito, por eso, quien coloca su confianza en este santo Patriarca y une al exhalar su último suspiro el santo nombre de José a los dulces nombres de Jesús y María.
Todo el mundo cristiano lo reconoce como abogado de los agonizantes y, por tanto, de la buena muerte. José, hijo de Jacob, socorría en el tiempo de la carestía a los egipcios distribuyendo entre ellos el trigo que había recogido. Pero para socorrer a los propios hermanos, hizo más: no contento con haber llenado sus sacos de trigo, les añadió el precio del mismo. Así hará ciertamente nuestro glorioso Santo José. ¿Con qué generosidad tratará a sus devotos? Así, en el momento de la extrema necesidad, en el punto de la muerte, él sabrá corresponder a los devotos homenajes con que haya sido honrado.
La muerte de los devotos de San José es sumamente tranquila y suave. Santa Teresa narra las circunstancias que acompañaban los últimos instantes de sus primeras hijas, tan devotas a San José. «He observado - dice ella -, que al momento de exhalar el último suspiro gozaban de inefable paz y tranquilidad. Esa muerte era semejante al dulce descanso de la oración. Nada indicaba que su interior fuese agitado por tentaciones. Aquellas lámparas divinas liberan mi corazón del temor de la muerte. Morir me parece ahora la cosa más fácil para una fiel devota de San José».

VARÓN JUSTO

Varón de quien sabemos
tan solo una palabra;
tus labios la dijeron,
tras ellas te ocultabas,
JESÚS,
la senda de Abraham
allí desembocaba.

José que fuiste justo,
perfecto en la Alianza,
tu dicha fue el silencio,
Jesús tu sola fama,
JESÚS,
Jesús el Salvador,
promesa a los patriarcas.

Varón de las congojas
al ver que Dios obraba,
no temas la luz pura
que el Hijo en torno irradia,
JESÚS,
Jesús te acoge a ti,
te invita a su Morada.

José, el esposo fiel,
de Virgen toda santa,
ternura de marido,
mujer bien custodiada,
JESÚS,
Jesús vivido en medio,
amor que os enlazaba.

Jesús que te servía
contigo el pan sudaba,
si tú le protegías
él era quien salvaba,
JESÚS,
Jesús el Emanuel,
la gracia y la esperanza.

Bendito el Dios amante,
venido a nuestra raza,
del cielo hasta nosotros,
llegó por sangre humana,
JESÚS,
Jesús el bendecido,
a quien José cuidaba! Amén.

lunes, 16 de marzo de 2015

PATRONO Y MODELO DE LAS ALMAS INTERIORES

Tomad a San José como a vuestra dueño y señor, como al más íntimo de vuestros amigos y al más poderoso de vuestros protectores, pues fue entre todos los hombres el fidelísimo cooperador de la obra de Dios.
(Gersón)
Por una maravillosa disposición de la divina providencia, San José, cuya vida fue tan oscura y escondida a los ojos de los hombres, puede servir de perfecto modelo a todos los cristianos de vida interior, que en cualquier condición quieren servir fielmente a Jesucristo, y marchar en su seguimiento en el camino de la perfección. Podemos decir de San José lo que San Ambrosio dijo de la Santísima Virgen: Talis fuit Maria, ut ejus vita omnium sit disciplina, La vida interior consiste esencialmente en el recogimiento del espíritu, en la vigilancia de todos los afectos del corazón, y en una constante unión con Dios; es la feliz disposición de un alma que, alejada de las cosas externas y sensibles, se ocupa continuamente en los grandes misterios de la fe, y está siempre dispuesta a perfeccionarse en la piedad.
Tal fue la vida de San José, y tales las disposiciones habituales de su alma. Estudiémoslas diligentemente en la oración, a fin de uniformar nuestra conducta con la suya, y nuestros sentimientos, con los suyos. Oh, si penetráramos perfectamente en el corazón de este gran Santo, y viéramos cómo arde en el amor de Dios, no repararíamos ya tanto en lo que agrada o desagrada a nuestro amor propio. Hacednos conocer, Dios mío, ese interior  admirable; introducidnos en esa escuela de piedad, de recogimiento, de oración, a fin de que, disgustados de las cosas exteriores, abandonemos los falaces gustos de la vanidad mundana que nos alejan de Vos, alejan de Vos nuestro corazón, y nos privan de las riquezas inefables de vuestro Reino interior.
Guiados por Vos mismo, oh Señor, entraremos en el corazón del más amado e íntimo de vuestros amigos. ¡Qué calma perfecta en todas sus pasiones! ¡Qué silencio en las potencias todas de su alma! ¡Qué torrente de puras delicias inundan su corazón! … Su vida es una continua oración: sin ningún esfuerzo se eleva a la contemplación de los más sublimes misterios, siempre unido a Vos, con el pensamiento de vuestra presencia y por el más vivo sentimiento de amor. Él os ve, os conoce, os ama, y todo aquello que a Vos no se refiera, desaparece a sus ojos.
Con estas santas disposiciones, ¡cómo debió de aprovechar San José de la ventaja que tenía de conversar familiarmente con Jesús y con María, y de encontrarse junto a la fuente de la gracia! ¡Y qué maravillosos fueron en su alma, los efectos de la presencia visible de Dios!..
Por eso la Iglesia consideró siempre a este gran Santo como el patrono y el modelo de las almas interiores, porque sus ejemplos son los más eficaces para conducirlas a la perfección evangélica.
La devoción a San José, bien entendida y bien practicada, es uno de los medios más poderosos para hacer rápidos progresos en la verdadera y sólida piedad. Persuadidos de que la mejor manera de honrar a los santos es imitando sus virtudes, seremos humildes, castos, dulces, recogidos, fieles al silencio y a la oración, como San José. Se advertirá en nuestra conducta la misma conformidad con la voluntad de Dios, el mismo desapego de los bienes de la tierra, el mismo amor al trabajo y a la penitencia; se verá en nuestras costumbres la misma sencillez, el mismo candor, la misma pureza. Aprenderemos de este gran Santo a amar tiernamente a Jesús, a no obrar sino por El, a ser perfectos seguidores de la fe de la Iglesia, de esa Iglesia santa de la que la humilde casa de San José fue, por así decirlo, cuna y primer santuario.
San José debe servir de modelo, en modo particular, a las personas religiosas, que tienen la suerte de estar consagradas a Dios: separadas del mundo, gozan como él de la paz y del silencio. A ellas corresponde destacarse con una piedad más tierna, más particular hacia este Santo, a quien deben venerar como a padre y modelo, por cuanto su propia vocación las hace más semejantes a él. Y en verdad que toda la vida de San José fue una vida humilde, pobre, escondida, que trascurrió por entero en el recogimiento y en la oración; y nos ofrece el ejemplo de la pureza más inviolable, de la obediencia más perfecta, del espíritu de pobreza que debe animarlas, de la amorosa afección y unión de los corazones que debe reinar entre los miembros de una misma familia.
Todas las acciones de San José, todos sus trabajos, están consagrados a Jesús y a María, y su muerte puede considerarse como la más santa y afortunada. Por lo cual, ¿a quién podrá convenir mejor este perfecto modelo de vida interior, sino a las almas religiosas, quienes como él deben vivir en la humildad, en el desprendimiento de las criaturas, en la soledad y en la unión con Dios? ¿Quién, pues, debe ser más devoto de este Santo, cuyo corazón ardía en tanta caridad, sino las personas que tienen la felicidad de servir a Jesucristo en la persona de los niños y de los pobres?. 
¿Quién habrá que pueda infundirnos una mayor seguridad en la protección de este santo patrono de la buena muerte, sino las personas cuya vida fue una continua muerte a sí mismas y a las vanidades de este mundo?. . .
Las personas consagradas a la educación de la juventud, también deben adoptar a San José como Patrono de una misión de tanta trascendencia, pues el que ha ejercido la tutela del Hijo de Dios puede alcanzarles la gracia toda particular que les facilite el cuidado de la juventud, y esta a su vez tendrá en Jesús el modelo perfecto de la docilidad, el amor y el respeto debidos a los maestros.
El piadoso señor Ollier proponía a sus discípulos el Santo Patriarca como perfecto modelo de la vida sacerdotal. «Sí —repetía—, son los sacerdotes quienes particularmente deben imitar a San José en lo que respecta a los hijos que engendran para Dios. Este Santo dirigía y gobernaba al Niño Jesús con el espíritu de su Padre celestial, con su dulzura, con su sabiduría, con su prudencia, y nosotros debemos proceder así con todos los miembros de Jesucristo confiados a nuestros cuidados, y a quienes debemos tratar con la misma veneración con que San José trataba al Niño Jesús» (Vida del padre Ollier).
El respeto con que San José gobernaba al Hijo de Dios, que había querido sujetarse a él, enseña a todos los ministros de Dios con qué reverencia y con qué temor deben celebrar el tremendo sacrificio, por el cual el divino Salvador se pone en sus manos para ser ofrecido a su Padre celestial. Sí, nosotros más que nadie; nosotros, que tocamos el Cuerpo de Jesucristo, ¡cuánto debemos amar a este Santo, que fue el primero entre todos los hombres que recibió en sus brazos al Salvador, y ofreció a Dios las primicias de esa Sangre preciosa, que el Verbo encarnado vertió en la Circuncisión!…
Debemos mirar a Jesús sobre nuestros altares con la misma fe y con la misma piedad con que San José le miraba en el pesebre.
San José tiene útiles lecciones y admirables ejemplos para los que se dedican al apostolado. Es su perfecto modelo en las penosas fatigas de su profesión; en los viajes y peregrinaciones; en los cuidados que dispensaba a la Sagrada Familia; en las instrucciones, el aliento y los consuelos que con tanto celo prodigaba al prójimo en Egipto y en Nazaret.
San José es perfectísimo modelo para los que abrazaron el estado de virginidad, y lo es también para aquellos que, respondiendo a la voluntad de Dios, se disponen al matrimonio o ya están en este estado. ¡Con qué santas disposiciones el castísimo José recibió a María por esposa!… No buscaba otra cosa sino uniformarse perfectamente a la voluntad de Dios y gloriarse de la compañía de tan augusta Virgen, para practicar con mayor mérito y perfeccionar en cierto modo la bella virtud de la pureza, virtud que, como María, había tenido la gracia de amar y estimar por sobre cualquier otra cosa de este mundo.
Santa Cecilia; San Eduardo, rey de Inglaterra; San Eleazar, conde Arián; Boleslao, rey de Polonia; Alfonso II, rey de Castilla, y muchos otros siervos de Dios, imitando el admirable ejemplo de San José, vivieron en el matrimonio como verdaderos ángeles.
Si, por último, consideráis a San José, no sólo como a esposo castísimo de la más pura de las vírgenes, sino también como a padre nutricio de Jesús, ¿no es también un excelente modelo de educador? Y ¿no es una lección para los padres cristianos, acerca del cuidado que deben tener con los hijos que Dios les ha dado, la amorosa solicitud con que San José cuidó de la infancia de Jesús?. . . Aun cuando era de la real estirpe de David, se vio obligado a ganarse el pan con el trabajo de sus manos, dando con ello ejemplo de la paciencia y de la sumisión a la voluntad de Dios con que los padres deben vivir en su pobreza.
En una palabra, los cristianos de toda condición hallan en todas las acciones de San José, las normas de conducta adaptadas a su propio estado: su vida es algo así como una enseñanza general propuesta por la Iglesia a todos los fieles que la componen.
Así como los pueblos azotados por el hambre acudían al rey de Egipto para obtener trigo, y este los enviaba a José, que era el depositario y dispensador de todas las riquezas del reino, dicién- doles: «Id a José: Ite ad Joseph», del mismo modo, Dios nos muestra al nuevo José, que El escogió de entre todos los hombres para confiarle la persona adorable de su Hijo, y todos los tesoros de gracia que encierra. Por lo que decimos, en consecuencia, a todos los cristianos: ¿Queréis obtener de Dios todas las gracias que necesitáis? Acudid con fe a la poderosa intercesión del predilecto del Rey de los reyes: Ite ad Joseph. ¿Os halláis en medio de graves tribulaciones? ¿Os apena algún temor? Ite ad Joseph, ¿Sentís alguna angustia? ¿Sois molestados por pasiones violentas? Ite ad Joseph. ¿Habéis perdido la paz del alma? ¿Sentís desgano en el servicio de Dios o aridez de espíritu? Ite ad Joseph. ¿Teméis las ilusiones del espíritu infernal? ¿Tenéis necesidad de consejo en vuestras dudas, y de luz para conocer la voluntad de Dios? Ite ad Joseph, que fue el único capaz de explicar  las misteriosas visiones de los sueños de Faraón: Ite ad Joseph.
Los demás santos son invocados en ciertas necesidades particulares, pues parece que Dios hubiera querido repartir entre todos su poder para socorrernos; pero San José recibió un poder general ilimitado para todas las necesidades del alma y del cuerpo.
La augusta Madre de Dios tiene, no hay duda, el primer lugar junto a su divino Hijo, y es a su misericordia a la que debemos dirigirnos con la más grande confianza en todas nuestras necesidades: la devoción a San José no se opone a la que debemos a su Santísima Esposa; antes bien, las dos devociones se completan.
Y no podemos, en nuestros ejercicios de piedad, separar a estos dos esposos, cuya unión fue formada por Dios, que así quiso dárnoslos como modelos y protectores: Quos Deus conjunxit, ho-mo non separet (Marc. X, 9).

sábado, 14 de marzo de 2015

SÁBADO MARIANO

MARÍA, REINA DE LOS MÁRTIRES
Invocando a María como Reina de los mártires, deseamos reconocer su lugar eminente en la obra de la salvación, en cuanto esta obra suscita las ofrendas heroicas del martirio. 

El valor del martirio ha sido subrayado en particular por Jesús al dirigirse a Pedro: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Y el evangelista agrega: «Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios» (Jn 21,18-19). 

El anuncio hecho a Pedro nos hace comprender la importancia del martirio como don supremo que asocia al apóstol al destino de su Maestro. Jesús le había dicho a su discípulo: «Apacienta mis ovejas». Para cumplir adecuadamente su misión como pastor, Pedro estaba llamado a compartir el sacrificio de su propia vida: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). 

La predicción del martirio fue especialmente más dura para Pedro porque, en el primer anuncio de la Pasión, había reaccionado con violencia; se había rebelado y había pedido que el acontecimiento doloroso fuera borrado del programa, pero Jesús le había reprochado: «Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8,32). Luego, entendió que la prueba era necesaria para el cumplimiento de la misión. El anuncio del martirio futuro confirma esta verdad. 

Podemos observar que las circunstancias del anuncio suscitaron una reflexión en la mente de Pedro, con la comparación entre su suerte y la del discípulo predilecto: cuando Pedro había preguntado por Juan: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21,21), había recibido una respuesta que mostraba un destino muy distinto del martirio: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa?». 

Por voluntad de Cristo, el apóstol Juan no moriría de muerte violenta, sino que esperaría la llegada de aquél que lo había llamado y que, en el momento que él escogiera, pondría fin a su vida en 
la tierra. 

El
 destino dispuesto para Juan nos demuestra que no todos los apóstoles han acabado sus vidas con el martirio. Nos ayuda a comprender mejor que no era necesario que María diese el testimonio supremo del martirio para estar plenamente unida a su Hijo en el cumplimiento de su misión redentora. 

Por cierto, María ha ofrecido a Jesús la participación más elevada en la obra de la salvación y que ha dado mucho fruto para la humanidad. Pero esa participación no implicaba compartir la crucifixión. Era algo adecuado a su papel de madre. El dolor de María fue el de su corazón maternal. En este sentido, vivió el martirio no en su cuerpo, sino en su corazón. 
Desde este punto de vista, María es reina de los mártires, porque en ella el martirio ha encontrado una expresión nueva, el compromiso en un dolor que toca el fondo del alma en unión con el dolor de Cristo crucificado. Ese dolor es ofrecido perfectamente, con una generosidad sin reservas. 

En María, la participación en el sacrificio redentor está marcada por un clima de serenidad y mansedumbre, como conviene a un corazón de madre. A veces, las circunstancias del martirio podrían despertar tentaciones de venganza o de hostilidad. En el sufrimiento de la cruz, el corazón de la madre de Jesús permaneció colmado de compasión y perdón. La participación en la ofrenda del Salvador ha sido para María una participación en la bondad del corazón apacible y humilde de Cristo. 

En el Calvario, María ofreció un testimonio superior de caridad, que corresponde al significado fundamental del martirio. Su corazón maternal rebosaba de amor a Cristo y toda la humanidad.
P. Jean Galot

jueves, 12 de marzo de 2015

LA VIDA DE ORACIÓN

El laico vive en condiciones que hacen más difícil la meditación, la paz interior y la vida de oración. Vivir inmersos en las cosas del mundo es propio de ellos, a diferencia del sacerdote y del religioso que ha sido "tomado de entre los hombres..." (Heb 5,1) «El mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los laicos» (Christifideles laici, 15). Cuanto más caminan en el desierto, mayor sed experimentan. Cuanto más buscan, más desean el encuentro. Cuanto más se afanan, más anhelan descanso duradero. Cuanto más se agitan, más necesitan la paz interior.
Considerando la condición de vida del laico, creo que algunas características de su estilo de oración deberían ser las siguientes:
1. Que busquen sobre todo la vida de oración, entendida como una relación de amistad con Dios a lo largo de la jornada, una relación estable, un estado. La oración no como algo paralelo a la vida cotidiana, sino como su condición de criatura que se relaciona con su Creador, de hijo que trata con su Padre, de pecador que ama a su Salvador, de caminante que escucha y se deja ayudar por su Guía. La oración es trato directo con el Dios vivo. La relación con Dios es mucho más profunda y va mucho más allá que una actividad que dure 5, 15 ó 30 minutos al día. La vida de oración es cuestión de identidad.
2. Que la jornada sea búsqueda y hallazgo de Dios a lo largo del día, descubrimiento continuo de una Presencia omnipresente. Esto lo permite la audacia y la condescendencia de Dios que nos sale al paso en todas partes y que se revela en todas las cosas. Así la vida de oración será escucha atenta capaz de descubrir en todo la voz de Dios que nos dice que nos ama y del Espíritu Santo que nos muestra el camino. La vida de oración será mirada pura y penetrante capaz de reconocer en todo los rasgos del Autor. Todo es transparencia de la presencia de Dios, todo es voz que comunica la Palabra: el alba, la luz, el trabajo, las personas, las voces, los silencios, los árboles, las nubes, la lluvia, la comida, las ideas, los éxitos, los fracasos, las sonrisas, las tristezas, las caricias, las heridas, la oscuridad, las estrellas. "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables." (Rm 1,20).
3. Que busquen espacios de silencio y soledad, tiempos fuertes reservados y dedicados exclusivamente al encuentro consigo mismos y al trato de amistad con Jesucristo. Que para ello busquen o se hagan un tiempo diario para Dios, en un lugar que favorezca el recogimiento y libre de interrupciones. Es difícil y exigente, pero indispensable. En un principio cuesta, pero luego se convierte en una necesidad. Requiere orden, disciplina, mortificación y constancia, pero si no quiere morir de hambre tiene que darse tiempo para comer: "He aquí que yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo." (Ap 3,20) El silencio exterior será el camino para hacer silencio interior y descubrir la presencia de Cristo en su corazón, por la gracia.
4. Que encuentren en la oración una respuesta a la intensidad de la vida, a la dispersión mental y al reclamo profundo del corazón. En medio de tanto ruido, tantos estímulos, tantas prisas y presiones, la oración personal se convierte para el laico en una necesidad. La oración no debería verse como algo más que meter a presión en un horario ya de por sí saturado, como una carga o compromiso, sino como descanso y liberación, remanso de paz, fuente de inspiración para seguir adelante.
5. Que su oración sea encuentro con un Amigo que llevan dentro, como acogida de Aquél que les amó primero, como trato natural con un Compañero cercano, con un Padre que mendiga atención, con un Amor rico en misericordia, fiel y duradero. La meditación es encuentro personal con Quien está siempre pensando en mí, que nunca jamás me abandona ni me suelta aunque le falle o no le ponga atención, con el Dios que me escruta y me conoce, para quien todas mis sendas le son familiares (cfr. Salmo 139), que es misericordioso aunque le ignore o le rechace, que habita en mi corazón como dulce huésped del alma. Que en ese encuentro diario hallen respuesta a la búsqueda mutua de fidelidad e intimidad: la de Dios y la suya propia.
6. Que descubran en la meditación cristiana un camino capaz de integrar y unificar la existencia: Como constataba el Card. Ratzinger en la introducción a la carta "Orationis formas", hay una nueva conciencia de la unidad de la persona humana, de su corporeidad y espiritualidad; de la necesidad de un principio unificador del cosmos y de la propia existencia. La meditación integra el mundo en que vivimos, las personas con que nos relacionamos, los problemas, todo el acontecer de la vida cotidiana, la propia historia (pasado, presente y futuro), el origen y el fin. Ante tanta dispersión, la meditación cristiana ofrece un principio unificador, que lo llevamos dentro y que a la vez nos trasciende. La meditación cristiana permite volver sobre sí mismo y descubrir que somos un ser en relación con el Dios de la fe, nuestro Creador, Salvador y Guía. La meditación cristiana ubica, ayuda a construir la propia existencia con sentido de lo esencial. La meditación cristiana armoniza y da sentido, porque es encuentro consigo mismo como ser libre ante Aquél que libremente nos ha creado y nos interpela. Todo mi yo que encuentra y responde al Tú de Dios.
7. Oración de quien sabe disfrutar la vida y que alaba y agradece al Creador a lo largo de la jornada por tantas experiencias maravillosas que ofrecen el amor humano, la familia, la naturaleza, el desarrollo, la vida social, la cultura, el arte, la ciencia... Oración de quien al palpar los límites y la caducidad de las cosas materiales y de los hombres, y experimentar la fugacidad inexorable de la vida, se adhiere con fe y confianza a la roca firme del amor de Dios, del que no puede dudar aunque no siempre lo sienta.
8. Que su meditación brote de su vida ordinaria: la familia, las amistades, el peso de las responsabilidades, las alegrías y tristezas, los triunfos y fracasos, los problemas de la vida, los sufrimientos, las decisiones que tomar, el trabajo, la economía, la misión... Oración del buscador que al analizar su vida y antes de tomar decisiones se pregunta cómo obraría Cristo; y que encuentra inspiración y respuesta en la Sagrada Escritura y en la Eucaristía la fuerza para obrar en consecuencia. Es decir, que el laico haga el hábito de acordarse de Dios a lo largo del día, que no viva como si fuera un huérfano, sino que recuerde que allí a un paso tiene a su Padre para pedirle ayuda, consejo, fortaleza.
9. Que su oración sea la propia de un bautizado, hijo de Dios, llamado a ser como Cristo; oración del hombre con un proyecto: la propia identificación con Cristo. Que bien parado en la tierra mantenga la mirada en alto, oteando siempre la otra orilla, donde está Cristo con los brazos abiertos en la puerta del cielo. Que los límites, fracasos y frustraciones de esta vida le ayuden a conocerse mejor y a buscar su realización en la belleza que no marchita. Que la experiencia del misterio tremendo y fascinante del Dios que habita en su corazón desde el día de su bautismo, le lleve a buscar y a gustar la felicidad verdadera.
10. Meditación desde la propia vocación y misión de ser testigo de la experiencia de Cristo, sal de la tierra, levadura en la masa, apóstol con la misión de colaborar con Cristo en la instauración de Su Reino en el mundo y en la historia.
No pretendo abrumar a nadie, todo lo contrario. Una oración así es don del Espíritu Santo y es lucha de toda una vida. El Espíritu Santo trabaja siempre en sinergia, quiere que le pidamos con insistencia que queremos orar así, y que entremos con decisión al combate de la oración.
Fuente: P. Evaristo Sada | La-oracion.com

EXCELENCIA DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

Excelencia de la devoción a San José
Nuestra salvación está en vuestras manos, ¡oh José!
Gén. XLVII, 25.
Después de la devoción a Jesús y a su divina Madre, no hay devoción más justa y más sólida que la que la Santa Madre Iglesia nos invita a tener a San José. De todos los santos propuestos a nuestra devoción, ninguno es más poderoso que él cerca de Dios, y nadie tiene más derechos que él a nuestro amor, a nuestra confianza y a nuestro homenaje de piedad filial.
Dios Padre, confiando a San José los tesoros más preciosos del cielo y de la tierra, al escogerlo entre todos los hombres para ser el jefe de la Sagrada Familia, nos dio en cierto modo la medida del respeto que le debemos.
El antiguo patriarca José conoció en su juventud, por misteriosa revelación, el grado sublime a que sería elevado; vio en un sueño a los dos principales astros de nuestro firmamento inclinarse respetuosos delante de él; pero esta profética visión no se verificó exactamente sino con el segundo José, del cual el primero fue tan sólo una imagen, pues Jesucristo, que es el verdadero Sol de justicia que ilumina a los hombres, y María, la Luna esplendente (Pulchra ut Luna) que envía a la tierra la luz que recibe del Sol, se sometieron enteramente a la dirección de San José, y le tributaron el homenaje de la más respetuosa obediencia, como a su jefe.
La vida de Jesús debe ser nuestro modelo. «Os he dado el ejemplo, a fin de que lo que Yo hice, lo hagáis vosotros también».
Pues bien; desde el momento que el Eterno Padre escogió a San  José para que le representara sobre la tierra, Jesús, lo honró como a su padre, le obedeció en todas las cosas, y lo sirvió con sus divinas manos, tributándole la más obsequiosa reverencia.
Gersón encuentra en el profundo abajamiento de Jesús, obediente a José, la justa medida de la altura sublime a que fue elevado nuestro Santo. Este subió en la misma proporción en que descendió Jesús, de manera que la obediencia de Jesús nos prueba al mismo tiempo su incomprensible humildad y la incomparable dignidad de José. De manera que los actos de sumisión que practicaba el Hijo de Dios obedeciendo a José, eran para este otros tantos grados de la más sublime elevación. ¿Cómo podremos, pues, comprender la dignidad de un Santo que se vio obedecido, respetado y servido, por el espacio de tantos años, por su Creador, por su Dios?. . .
María respetó y honró a San José como a dueño y como a esposo, destinado por el Eterno Padre para protegerla y dirigirla y Ella, que es reverenciada por los ángeles y por los serafines; que vio inclinarse reverente al arcángel Gabriel, y ante quien se postra la Iglesia triunfante y militante, se humilló ante José, prestándole los más humildes servicios.
Uno de los motivos que tenía la Virgen Santísima para honrar así a San José, era que conocía todos los tesoros de gracias con que el Espíritu Santo había colmado su corazón; pero cuando vio al Hijo de Dios respetar a José como a padre, servirlo como a su señor, escucharlo como se escucha al maestro, ¿quién podrá apreciar a qué grado se elevó su amor y reverencia a tan santo esposo?.. . Deseó entonces honrarlo como Jesús lo honraba; y no pudiendo hacerlo con la misma humildad, pues aquella era la de un Dios, se confundía en esa misma impotencia y manifestaba esa santa confusión a José, para compensarlo en alguna manera de cuanto hubiera deseado hacer, no sólo como esposa, sino como sierva, a imitación de Jesús.
La Santa Iglesia, a quien Dios confió las llaves de la ver-dad, para que nos condujera por el camino de la piedad sólida, al recomendamos la devoción a San José, trata de inspirarnos una gran confianza en su poderosa protección. Le levantó magníficos santuarios, y estableció más de una fiesta solemne en su honor, que se celebran en todo el mundo católico: de manera que de oriente a occidente, doquiera resuena el nombre augusto del divino Salvador, se repite también el de su dilectísimo Custodio, verificándose así el oráculo de Nuestro Señor Jesucristo: «El que permanece alerta en la guardia de su Señor, será glorificado».
La Iglesia propone a San José como modelo de vida interior y patrono de la buena muerte; nos exhorta a consagrarle el miércoles de cada semana, y para inducir a los fieles a honrarlo siempre más y más, concede numerosas indulgencias a las prácticas piadosas que se hacen en su honor.
Es así como la Iglesia trata de dar a su santo Protector un justiciero tributo de reconocimiento, por los favores insignes que de él ha recibido. En efecto —dice San Bernardo—, San José, con la santidad de su vida, cooperó al misterio de la Encarnación del Verbo más que todos los antiguos Patriarcas con sus vivos deseos, con sus lágrimas y con sus méritos. La pureza de San José ha sido, en cierto modo, más fecunda que la fecundidad de todos los antecesores del Salvador. El, con su castidad, fue más afortunado que todos los héroes de la Ley antigua; y en cierto modo fue necesario, por así decirlo, para que se cumpliera el más augusto de los misterios: no tan sólo para que el Salvador viniera al mundo, con toda la honra que merecía, sino también —dice Santo Tomás— para que ese mismo mundo creyera al mismo tiempo en la Encarnación del Hijo de Dios y en la Virginidad Inmaculada de María.
San José, como el virrey de Egipto, no solamente almacenó el trigo natural para sustentar a los súbditos de un rey idólatra, sino que preparó y conservó para el pueblo de Dios, el trigo de los elegidos, el Pan de los ángeles, el alimento que lleva a la vida eterna. Y       la Iglesia, teniendo presentes favores tan inestimables, ha querido tributar a San José, honores mucho más elevados que los que otorgara el Faraón al hijo de Jacob.
Oh José —exclama la Iglesia—, pongo todos mis hijos bajo vuestra protección. María Inmaculada es mi Madre, mi Reina; Jesús, vuestro Hijo, es mi Esposo divino, y vos ocuparéis el lugar de Protector y de Padre. Adoptando por Hijo al Salvador del mundo, adoptasteis también a sus hermanos, que son mis hijos, y estoy segura de que vuestra caridad inextinguible no les negará ni los cuidados, ni los servicios que tributasteis a Jesús,
Después de estas sublimes e importantes consideraciones, no nos sorprenderá que todos los fieles tengan tanta confianza en San José, ni de que todas las Congregaciones, que son ornamento de la Iglesia, se hayan colocado bajo su protección, tomándolo como Patrono y modelo.
Todos los santos han tenido la más tierna devoción a San José. Recordemos a San Bernardino de Sena, San Bernardo, Santa Brígida, San Francisco de Sales y Santa Teresa, verdaderos modelos de esta devoción.
El santo Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales,  en todas sus obras habla de San José con la más tierna devoción. A él le dedicó, como al más querido Protector, su sublime Tratado del amor de Dios, y se gloría doquiera de pertenecer a este gran Patriarca. Escogió al casto esposo de María como a principal Patrono y ángel tutelar de la Visitación, y manda a las novicias, que lo tengan como guía particular en el camino de la oración mental y de la contemplación. Gracias a su celo, se erigió en la ciudad de Annecy un hermoso templo en honor de este gran Santo, y en la víspera de su muerte manifestó al rector de la iglesia que San José lo había visitado, añadiendo: «¿No sabéis, Padre mío, que soy todo de San José?…» El religioso que lo asistía, tomando entre sus manos el breviario del Santo, no halló en él más que una estampa, y era la de San José.
El celo de Santa Teresa se hermana con el del piadoso Obispo de Ginebra. Encendida en la más viva y tierna devoción a San José, ¡con qué empeño se dedicó a propagarla!. . . Escribió, habló, y nada ahorró para que San José fuera conocido, amado y honrado de acuerdo con sus méritos. Lo invocaba como a su Padre y señor; no emprendía ninguna obra sin implorar su socorro; le consagró trece monasterios que fundó en su honor, y exhortaba siempre a todos los fieles a recurrir a él con confianza, y a ponerse bajo su patrocinio. A pesar de su solicitud en ocultar los favores con que Dios se complacía en enriquecerla, tratándose de contribuir a la gloria de San José, su pluma y su lengua ponían de manifiesto el secreto de su afecto: no podía dejar de manifestar las gracias extraordinarias que obtenía por su mediación.
Pero dejemos que ella misma hable en el capítulo VI de su Vida. La autoridad de una Santa tan venerada en la Iglesia por sus extraordinarias virtudes, debe inspirarnos confianza plena en tan poderoso Protector.
«No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo corno de alma. Que a otros santos parece les dio el Señor
gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre, siendo hayo, le podía mandar; así en el cielo hace cuánto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia. Y aún hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando ésta verdad. . .
«Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud. Porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años, que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío... Sólo pido por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción; en especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas. Que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que los ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro, y no errará en el camino» (Vida, VI, 47).
Por fin, el amor que debemos a Jesús es un dulce estímulo para honrar a aquel que le sirvió de padre. La devoción a los santos que tuvieron más íntima relación con su divina Persona en esta tierra, le es más grata que cualquiera otra. De consiguiente, si amamos verdaderamente al divino Salvador, si queremos agradarle, ¿cómo no amaremos al Santo que El tanto amó, y que tuvo para El un amor tan tierno y tan perfecto?. . .
Fuente: http://elsagradocorazon.blogspot.com.es/