REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 6 de febrero de 2015

REY DE AMOR Y PRÍNCIPE DE LA PAZ

Señor Jesucristo, Redentor del género humano, nos dirigimos a tu Sacratísimo Corazón con humildad y confianza, con reverencia y esperanza, con profundo deseo de darte gloria, honor y alabanza.
Señor Jesucristo, Salvador del mundo, te damos las gracias por todo lo que Tú eres y todo lo que Tú haces por la pequeña grey y los doce millones de personas que viven en esta archidiócesis de Delhi, que abarca también a los que han sido confiados para la administración de esta nación.
Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, te alabamos por el amor que has revelado a través de tu Sagrado Corazón, que fue traspasado por nosotros y ha llegado a ser fuente de nuestra alegría, manantial de nuestra vida eterna.
Reunidos juntos en tu Nombre, que está por encima de cualquier otro nombre, nos consagramos a tu Sacratísimo Corazón, en el cual habita la plenitud de la verdad y la caridad.
Al consagrarnos a Ti renovamos nuestro ferviente deseo de corresponder con amor a la rica efusión de tu misericordioso y pleno amor.
Señor Jesucristo, Rey de amor y Príncipe de la paz, reina en nuestros corazones y en nuestros hogares. Vence todos los poderes del maligno y llévanos a participar en la victoria de tu Sagrado Corazón. ¡Que todos proclamemos y demos gloria a Ti, al Padre y al Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos de los siglos! Amén.
San Juan Pablo II

lunes, 2 de febrero de 2015

JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA

Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor:
1. Constituye para mí una profunda alegría encontrarme hoy, en esta basílica, con vosotros, religiosos y religiosas, que representáis de manera privilegiada esa gran riqueza espiritual, que es, para el crecimiento y el dinamismo de la Iglesia de Dios, la vida consagrada. Saludo también a los representantes de las basílicas patriarcales, de las colegiatas de Roma, de las iglesias nacionales en la Urbe, al colegio de los párrocos urbanos, a los seminarios romanos, a los colegios eclesiásticos, a las archicofradías y a todos los fieles.
Este encuentro tiene lugar en un rito que, dentro de la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II, ha asumido un lugar y un significado particulares: estamos reunidos para celebrar la fiesta a la que se ha restituido —como afirmó mi predecesor Pablo VI— la denominación de "Presentación del Señor", y que "debe ser considerada, para poder asimilar su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yavé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza, por el sufrimiento y por la persecución".
2. La liturgia de hoy representa y actualiza de nuevo un "misterio" de la vida de Cristo: en el templo, centro religioso de la nación judía, en el cual se sacrificaban continuamente animales para ser ofrecidos a Dios, entra por primera vez, humilde y modesto, Aquel que. según la profecía de Malaquías, deberá sentarse "para fundir y purificar" (Mal 3, 3), en particular a las personas consagradas al culto y al servicio de Dios. Hace su primera entrada en el templo Aquel que "tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo" (Heb 2, 17).
El Salmista, previendo esta venida, exclama lleno de entusiasmo, dirigiéndose al templo mismo: "¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra... El Señor de los Ejércitos: El es el Rey de la gloria" (Sal 23 [24], 7-10).
Pero el "Rey de la gloría" es, ahora, un pequeño recién nacido de 40 días, que es llevado al templo para ser ofrecido a Dios, según la prescripción de la ley de Moisés.
¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El "la salvación" de Dios, la "luz para alumbrar a las naciones", la "gloria" del pueblo de Israel, la "ruina y la resurrección de muchos en Israel", el "signo de contradicción". Todo esto es ese Niño, que, aun siendo "Rey de la gloria", "Señor del templo", entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana.
3. Hoy, 40 días después de la solemnidad del misterio de la Navidad de Cristo, con la fiesta de la Presentación del Señor, la liturgia intenta ya iluminar ante nosotros la perspectiva de la Vigilia pascual, en la que se bendecirá el cirio, símbolo de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.
También hoy la Iglesia nos hace bendecir las candelas, que vosotros, queridísimos hermanos y hermanas, habéis traído con vosotros en un gesto de ofrenda, cargado de un profundo significado interior. El cirio, que tenéis en vuestras manos, es ante todo el símbolo de Cristo, "gloria de Israel y luz de los pueblos", y, además, símbolo de su potencia y misión mesiánica. Por esto compartimos con los otros esta luz y tratamos de transmitirla a todas las actitudes de nuestra vida.
4. Este cirio representa también el don de la fe, infundida en vosotros en el santo bautismo, donde fuisteis ofrecidos y consagrados a la Santísima Trinidad. Pero este cirio, en vuestras manos de religiosos y religiosas, quiere significar, en particular, esa opción incondicionada que habéis hecho por Cristo, luz de vuestra vida, con el don definitivo y total de vosotros mismos, consagrándoos a la vida religiosa, que es una forma más perfecta de la consagración bautismal: "Los miembros de cualquier instituto —afirma el Concilio Vaticano II— recuerden ante todo que, por la profesión de los consejos evangélicos, respondieron a un llamamiento divino, de forma que, no sólo muertos al pecado, sino también renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, entregaron su vida entera al servicio de Dios, lo cual constituye, sin duda, una peculiar consagración, que radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud".
Por tanto, estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios ésta debe consumarse toda entera para su gloria.
5. Os conforta, ayuda e impulsa a esta imitación y a este testimonio la ejemplar actitud interior de las personas, de las que habla el Evangelio de hoy: el amor silencioso y tierno de San José; la fe fuerte y constante del anciano Simeón; la fidelidad continua y orante de la anciana profetisa Ana; pero sobre todo la absoluta y total disponibilidad de la Virgen Santísima, protagonista, juntamente con el Hijo, de este misterio de salvación, que orienta el episodio de la Presentación en el templo hacia el acontecimiento salvífico de la cruz. La Iglesia misma —escribió Pablo VI— "ha percibido en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del rito".
También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa "voluntad de oblación", con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo. La castidad, abrazada por el Reino de los cielos, hace libre de manera especial el corazón de la persona, de modo que la enciende cada vez más en la caridad hacia Dios y hacia los hermanos; la pobreza, abrazada voluntariamente para seguir a Cristo, hace partícipes de esa pobreza de Cristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, a fin de enriquecernos con su pobreza; la obediencia, mediante la cual se ofrece a Dios la completa consagración de la propia voluntad como sacrificio de sí mismos, une a la voluntad salvífica de Dios.
Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un "signo de contradicción", es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad.
6. Hoy, mientras mutuamente nos comunicamos y compartimos la "luz", que brilla en los cirios, pensamos en todos los religiosos y religiosas esparcidos por el mundo, oramos intensamente por ellos, para que, dondequiera se encuentren, brillen verdaderamente con esa luz que es Cristo, y sean siempre un signo auténtico de su Evangelio y de su Espíritu.
¡Que todos los religiosos y religiosas sepan ofrecerse juntamente con Cristo, como una llama que se consume en el amor! ¡Que vivan de El y para El, en la Iglesia y para la Iglesia! Y que María Santísima los lleve a esta cada vez mayor intimidad con su Hijo, precediéndolos en el camino de la oblación y de la donación. Sea siempre María vuestro ejemplo, vuestro modelo, vuestra fuerza, queridísimos hermanos y hermanas. "Esta Mujer —como he dicho en otra ocasión—, por asociación con su Hijo, se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza... Esta Mujer, que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente..., esta Mujer, que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos... Esta Mujer... es la expresión más grande de total consagración a Jesucristo" .
Es mi deseo y mi bendición.
Amén. Amén.
San Juan Pablo IIBasílica de San Pedro
Lunes 2 de febrero de 1981

sábado, 31 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

Madre:
Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
Amén. 

jueves, 29 de enero de 2015

UNA FORMA PARTICULAR DE CONSAGRACIÓN A DIOS

*Año de la Vida Consagrada
LA VIDA RELIGIOSA: UNA FORMA 
PARTICULAR DE CONSAGRACIÓN A DIOS
5. La consagración es la base de la vida religiosa. Al afirmarlo, la Iglesia quiere poner en primer lugar la iniciativa de Dios y la relación transformante con El que implica la vida religiosa. La consagración es una acción divina. Dios llama a una persona y la separa para dedicársela a Si mismo de modo particular. Al mismo tiempo, da la gracia de responder, de tal manera que la consagración se exprese, por parte del hombre, en una entrega de sí, profunda y libre. La interrelación resultante es puro don: es una alianza de mutuo amor y fidelidad, de comunión y misión para gloria de Dios, gozo de la persona consagrada y salvación del mundo.
6. Jesús mismo es Aquel a quien el Padre consagró y envió en el más alto de los modos (cf. Jn 10, 86). En El se resumen todas las consagraciones de la antigua Ley, que simbolizaban la suya y en El está consagrado el nuevo Pueblo de Dios, de ahí en adelante misteriosamente unido a El. Por el bautismo Jesús comparte su vida con cada cristiano; cada uno es santificado en el Hijo; cada uno es llamado a la santidad; cada uno es enviado a compartir la misión de Cristo, con capacidad de crecer en el amor y en el servicio del Señor. Este don bautismal es la consagración fundamental cristiana y viene a ser raíz de todas las demás.
7. Jesús vivió su consagración precisamente como Hijo de Dios: dependiendo del Padre, amándole sobre todas las cosas y entregado por entero a su voluntad. Estos aspectos de su vida como Hijo son compartidos por todos los cristianos. A algunos, sin embargo, para bien de todos, Dios da el don de seguir más de cerca a Cristo en su pobreza, su castidad y su obediencia por medio de la profesión pública de estos consejos con la mediación de la Iglesia. Esta profesión, a imitación de Cristo, pone de manifiesto una consagración particular que está « enraizada en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud » (PC 5). La expresión « con mayor plenitud » nos hace pensar en el dominio de la Persona divina del Verbo sobre la naturaleza humana que asumió y nos invita a una respuesta como la de Jesús: un don de sí mismo a Dios de una manera que sólo El puede hacer posible y que es testimonio de su santidad y de su ser absoluto. Una tal consagración es un don de Dios: una gracia gratuitamente dada.
8. Cuando la consagración por la profesión de los consejos es confirmada, como respuesta definitiva a Dios, con un compromiso público tomado ante la Iglesia, pertenece a la vida y santidad de la Iglesia (cf. LG 44). Es la Iglesia quien autentica el don y es mediadora de la consagración. Los cristianos así consagrados se esfuerzan por vivir desde ahora lo que será la vida futura. Una vida semejante « manifiesta más cumplidamente a todos los creyentes la presencia de los bienes celestiales ya en posesión aquí abajo » (LG 44). De esta manera, tales cristianos « dan un testimonio contundente y excepcional de que el mundo no puede ser transfigurado y ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas » (LG 31).
9. La unión con Cristo por la consagración, mediante la profesión de los consejos, puede ser vivida en medio del mundo, puede actuar con obras del mundo y expresarse a la manera del mundo. Esta es la vocación especial de los institutos seculares, definidos por Pío XII como « consagrados a Dios y a los otros » en el mundo y « con los medios del mundo » (Primo felicíter, V y II). Por sí mismos los consejos no separan necesariamente del mundo. En efecto, es un don de Dios a la Iglesia que la consagración mediante la profesión de los consejos pueda tomar la forma de una vida para ser vivida como fermento escondido. Los cristianos así consagrados realizan su obra de salvación comunicando el amor de Cristo, por medio de su presencia en el mundo y de su santificación desde dentro del mundo. Su estilo de vida y presencia no se distingue externamente del de los otros cristianos. Su testimonio se da en el ambiente común de sus vidas. Esta forma discreta de testimonio proviene de la misma naturaleza de su vocación secular y forma parte del modo propio con que su consagración debe vivirse (cf. PC 11).
10. En cambio, no puede decirse lo mismo de aquellos a quienes la consagración por la profesión de los consejos constituye como religiosos. La naturaleza misma de la vocación religiosa lleva consigo el testimonio público de Cristo y de la Iglesia. La profesión religiosa se realiza mediante votos que la Iglesia recibe como públicos. La forma estable de vida común en un instituto canónicamente erigido por la autoridad eclesiástica competente, manifiesta en forma visible la alianza y comunión que la vida religiosa expresa. Desde el momento mismo del ingreso en el noviciado, una cierta separación de la familia y de la vida profesional, habla potentemente de lo absoluto de Dios; pero al mismo tiempo, se establece un vínculo nuevo y más profundo en Cristo con la familia que se ha dejado. Este vínculo se refuerza aún más cuando el desprendimiento de otras relaciones, ocupaciones y formas de diversión en sí legítimas, siguen reflejando públicamente en la vida lo absoluto de Dios. Otro aspecto de la naturaleza pública de la consagración religiosa está en el apostolado de los religiosos que, en cierto sentido, es siempre comunitario. La presencia religiosa es visible tanto en las formas de actuar, como en las de vestir o en el estilo de vida.
11. La consagración religiosa se vive dentro de un determinado instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad, acepta y aprueba. Esto significa que la consagración se vive según un esquema específico que pone de manifiesto y profundiza la propia identidad. Esa identidad proviene de la acción del Espíritu Santo, que constituye el don fundacional del instituto y crea un tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado y de tradición (cfr. MR 11). Cuando se contemplan las numerosas familias religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de dones fundacionales. El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos como dones que son de Dios (cf PC 2b). Ellos determinan la naturaleza, espíritu, fin y carácter, que forman el patrimonio espiritual de cada instituto y constituyen el fundamento del sentido de identidad, que es un elemento clave en la fidelidad de cada religioso (cf ET 51).
12. En el caso de institutos dedicados a obras de apostolado, la consagración religiosa presenta aún otra característica: la participación en la misión de Cristo en forma específica y concreta. Perfecta Caritatis recuerda que la naturaleza misma de estos institutos exige « la actividad apostólica y las obras de caridad » (PC 8). Por el mero hecho de su consagración, los miembros de estos institutos están dedicados a Dios y disponibles para ser enviados. Su vocación implica la proclamación activa del Evangelio por medio de «obras de caridad, confiadas al instituto por la Iglesia y realizadas en su nombre» (PC 8). Por esta razón, la actividad apostólica de tales institutos no es simplemente un esfuerzo humano para hacer el bien, sino « una acción profundamente eclesial» (EN 60) que hunde sus raíces en la unión con Cristo, enviado por el Padre para realizar su obra y que expresa una consagración por parte de Dios, que envía a los religiosos para servir a Cristo en sus miembros de determinadas maneras (cf EN 69), de acuerdo con los dones fundacionales del instituto (cf MR 15). « Toda la vida de tales religiosos debe estar imbuída de espíritu apostólico y toda su actividad apostólica de espíritu religioso » (PC 8).
CONGREGACIÓN PARA LOS RELIGIOSOS E INSTITUTOS SECULARES
ELEMENTOS ESENCIALES DE LA DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LA VIDA RELIGIOSA
DIRIGIDOS A LOS INSTITUTOS DEDICADOS A OBRAS APOSTÓLICAS

domingo, 25 de enero de 2015

ORACIÓN DE CONVERSIÓN

EN EL XVI ANIVERSARIO DE LA APROBACIÓN CANÓNICA DE LA FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA: LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI!
(25 DE ENERO DE 1999)
ORACIÓN
Señor Jesús,
yo me coloco en Tu presencia en oración, y confiado en Tu Palabra abro totalmente mi corazón a Ti.
Reconozco mis pecados y Te pido perdón por cada uno. Yo Te presento toda mi vida, desde el momento en que fui concebido hasta ahora. En ella están todos mis errores, fracasos, angustias, sufrimientos y toda mi ignorancia de Tu Palabra.
¡Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, ten compasión de mí que soy pecador(a)!
¡Sálvame, Jesús! Perdona mis pecados, conocidos y desconocidos.
Libérame, Señor, de todo yugo de Satanás en mi vida.
Libérame, Jesús, de todo vicio y de todo dominio del mal en mi mente.
Yo Te pido, Señor, que esa vieja naturaleza mía, vendida al pecado, sea crucificada en Tu cruz. ¡Lávame con Tu Sangre, purifícame, libérame, Señor!
En Tu presencia, quiero perdonar a todas las personas que me ofendieron, que me amargaron, que intentaron el mal contra mí, que me maldijeron y hablaron mal de mí. Y así como estoy pidiendo Tu perdón para mis pecados, contando con Tu gracia, yo las perdono y las entrego a Ti, clamando sobre mí y sobre ellas Tu infinita misericordia.
Y ahora, Jesús, te pido que vengas a mí; yo Te recibo como mi dueño y Señor. Ven a vivir en mí, dame la gracia de vivir intensamente Tu Palabra en todas las circunstancias de mí día a día. Inúndame con Tu Espíritu. Ven a vivir en mí, Jesús, y no permitas que yo me aleje de Ti.
Con todo mi corazón profeso la fe de mi bautismo, confiando en que la Gracia que el Padre nos concede en Ti por el poder del Santo Espíritu me sanará, sostendrá y guiará en esta nueva etapa que hoy comienzo a Tu lado.
Amén.
Fuente: Maisa Castro

RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS BAUTISMALES
Yo, N.N., quién por la tierna misericordia del Padre Eterno fui privilegiado al ser bautizado "en el nombre del Señor Jesús " (Actos 19, 5) y así compartir la dignidad de la herencia de su Divino Hijo, deseo ahora en la Presencia de este mismo Padre amante y por su Único Hijo engendrado, renovar con toda sinceridad las promesas que solemnemente hice en el momento de mi santo Bautismo. 
Yo, por lo tanto, ahora renuncio nuevamente a satanás; renuncio a todas sus obras; renuncio a todas sus vanidades. 
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo su único Hijo Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.
Nació de Santa María Virgen, 
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, todopoderoso.
Desde allí va a venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén
Habiendo sido sepultado con Cristo en la muerte y habiendo resucitado con Él a una nueva vida, prometo no volver a vivir más para mí mismo o para ese mundo que es el enemigo de Dios, pero sí viviré para Él que murió por mí y luego resucitó. 
Serviré fielmente a Dios mi Padre celestial hasta la muerte, en la Santa Iglesia Católica. 
Enseñado por el mandato de nuestro Salvador y formado por la palabra de Dios, ahora me atrevo a decir: 
Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad 
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos 
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

EL ESPÍRITU DE CONVERSIÓN

*Año de la Vida Consagrada
Por el P. Severino Mª Alonso CMF
El escollo de la mediocridad
    En todas las formas y estados de vida, la conversión no es un acto, que se realiza de una vez para siempre, sino un verdadero proceso, que ha de durar la vida entera. Por eso, no puede darse nunca por terminado o concluido, sino que debe proseguirse ininterrumpidamente, sin posible cansancio. Y es que, en realidad, nunca se está del todo convertido. Y sería un grave síntoma de necesitar urgente conversión,  llegar a creer que uno ya está convertido de veras. Aunque sería más grave todavía ‘no necesitar’ conversión. Porque, no tiene realmente salvación, quien no la necesita de verdad.
    La verdadera conversión -metanoia, en sentido bíblico- es una transformación radical, es decir, un cambio de toda la persona por dentro: de su mentalidad, de su lógica interna, de su escala de valores, de sus actitudes vitales. En realidad, es un permanente y progresivo reajuste con la mentalidad, la lógica, la escala de valores y las actitudes vitales de Jesús.
    La vida consagrada, por su misma naturaleza, es una forma especialmente radical de entender y de vivir la conversión evangélica. Por eso, se consideró siempre la conversio morum -el cambio de costumbres-, como nota característica de este modo de vida cristiana. Se trata de cambiar de estilo, adoptando uno de mayor sencillez y austeridad, marcado por la oración y el ayuno y, sobre todo, por la actitud de servicio en una comunidad de vida espiritual, fraterna y apostólica. Ya no se trata, propiamente, de pasar de la incredulidad a la fe, o del escándalo a una vida ejemplar, y ni siquiera del pecado a la gracia, sino de un grado de fidelidad a otro de mayor fidelidad todavía, progresando ininterrumpidamente en real configuración con Jesús, en “su modo de existir y de actuar, como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos” (cf VC 22). Este proceso no admite dilación, ni tiene verdaderos límites.
    La vida consagrada supone y exige una actitud permanente de conversión. Por eso, debe ser un ejemplo constante de crecimiento en el Espíritu, en fidelidad ascendente y progresiva. Sin embargo, por extraño que pudiera parecer, se da en ella -no pocas veces- un tono de rutina y hasta de mediocridad. Y es que, cuando se vive más en lógica de contrato jurídico que de alianza bíblica, suelen predominar las normas sobre los criterios, lo institucional sobre lo carismático y, en definitiva, la simple observancia sobre la auténtica fidelidad. De ahí que, fácilmente, uno se vaya acostumbrando a todo, en el peor sentido de la palabra costumbre.
    En este caso -no infrecuente, por desgracia- se ha perdido ya el entusiasmo, la vibración interior, el anhelo de de autosuperación y, en consecuencia, la verdadera fidelidad, aunque uno siga siendo, más o menos, ‘observante’. El religioso o la religiosa mediocre no comete grandes pecados, ni escandaliza a nadie con su conducta, pues se mantiene deliberadamente entre lo mandado y lo prohibido, a una prudente y calculada distancia. Personifica el conformismo y las medias tintas. No es frío ni calor. Ni siquiera conoce las grandes pasiones. Adopta, de hecho, la medianía como nivel. Esto es más grave y peligroso, cuando la mediocridad se ha convertido ya en actitud vital y en estilo de vida. Cuando ya ni siquiera produce resquemor interior, ni suscita ninguna inquietud salvadora, pues se vive más por inercia que por decisión personal, cómodamente instalados en la rutina, envueltos mortecinamente en el ‘sudario’ de unas costumbres y hasta de unas ‘manías’, que suplantan la verdadera vida.
    Es, de veras, una situación lamentable. Pero que no es fácil superar, porque quien la vive y la ‘padece’ no suele ser muy consciente de su propia ‘enfermedad’ y, desde luego, en ningún momento la considera grave.
    La misma gracia de Dios ‘resbala’ en la superficie de un alma ‘acostumbrada’, replegada sobre sí misma, que se cierra a toda acción divina, lo mismo que el agua no puede penetrar en una superficie barnizada. La persona ‘mediocre’ se vuelve impermeable a la gracia. Sobre todo, si ya ha caído en el ‘fariseismo’. Segura, como el fariseo, de sí misma, amparada tras el cumplimiento de unas normas de moral, ni siquiera experimenta necesidad de salvación. No tiene llagas que curar. Y resulta que no hay posible salvación para quien no necesita de verdad la salvación. Porque el mayor pecado no es ser ‘pecador’, sino creerse justo. Y la más grave de las enfermedades espirituales no es estar ‘enfermo’, sino creerse sano.
    Charles Péguy lo ha hecho notar, hablando de “les honnêtes gens” -las gentes de bien o los buenos de siempre, los que se creen y a sí mismos se llaman honrados-. Para ellos, la misma moral se ha convertido en una especie de coraza, de chaleco blindado, donde se estrellan inevitablemente las saetas del amor y de la gracia salvadora de Dios. No tienen ninguna profunda inquietud y no dejan ninguna abertura al Espíritu Santo. Así se explica que, muchas veces, “mientras la gracia logra victorias inesperadas en el alma de los mayores pecadores, queda con frecuencia inoperante en las gentes de bien… Estas no presentan esa entrada a la gracia que es esencialmente el pecado. Porque no están heridas, tampoco son vulnerables. Porque no tienen falta de nada, nada se les puede dar. Porque de nada carecen, no pueden recibir al que lo es todo. La caridad misma de Dios no puede curar a quien no tiene llagas… Las honnêtes gens  no se dejan penetrar por la gracia. Es una cuestión de física molecular o globular. Eso que se llama moral es, muchas veces, una capa o barniz que hace al hombre impermeable a la gracia”1. Por eso, Léon Bloy confesaba:"Un hombre cubierto de crímenes es siempre interesante, es un blanco estupendo para la misericordia"2.Y François Mauriac, por su parte, añadía: "En el peor de todos los criminales se encierran siempre algunos elementos de santidad que podrían convertirlo en santo; y, por el contrario, en el ser más puro pueden esconderse algunas posibilidades espantosas”3.
    Es más fácil que se convierta de su mala vida el hijo pródigo que el otro hijo, que se quedó en casa con espíritu de mercenario y que se creía justo y, desde luego, mucho mejor que su hermano.  Por lo demás, ¿de qué podría arrepentirse, si todo lo había hecho bien y había cumplido puntualmente todas las órdenes del padre? (cf Lc 15, 11-32). Es más fácil que se convierta el publicano-pecador de la parábola, que el fariseo, cumplidor escrupuloso de la ley, que se consideraba justo y que despreciaba a los demás (cf Lc 18, 9-14; 11, 42).
    Georges Bernanos, en Dialogues des carmélites, sobre el martirio de las Carmelitas del monasterio de Compiègne (Francia), hace una severa afirmación acerca de este mismo tema: “El estado de una religiosa mediocre me parece más deplorable que el de un bandido. El bandido puede convertirse… La religiosa mediocre ya no puede nacer de nuevo, nació ya y falló en su nacimiento. Salvo un milagro, será siempre un aborto”4.
    La mediocridad es lo más abiertamente opuesto a la vida consagrada, que, por su misma naturaleza y definición, es una realidad carismática, con todas las notas esenciales del verdadero carisma: espontaneidad, impulso vigoroso del Espíritu, novedad, audacia, fortaleza, etc. La mediocridad es la negación práctica de esa dimensión esencialmente carismática.
    Y es que la vida religiosa, vivida en fidelidad horizontal -siempre lo mismo- como se vive un contrato jurídico, va apagando los más generosos impulsos y termina o en la mediocridad existencial o en una nueva forma de legalismo farisaico, impermeable a la acción transformadora de la gracia. Por el contrario, cuando se vive en lógica de amistad o de alianza bíblica, es decir, en fidelidad ascendente y progresiva -cada día, un poco mejor: in dies melius (LG 46)-, en constante anhelo de superación, en docilidad creciente al Espíritu, se vive en ese ‘proceso’ de conversión, en que consiste la auténtica y verdadera fidelidad.
 Ch. Péguy, Note conjointe sur M. Descartes et la philosophie cartésienne, en ” Ooeuvres en prose”, Bibliothèque de la Plèyade, Paris, 1957, t. II., pp. 1333-1334.
 L. Bloy,  Le désesperé, Paris, 1886, p. 184.
 F. Mauriac,  Los ángeles  negros, Planeta, Madrid, 1968, p. 255.
 G. Bernanos, Dialogues desde carmélites, Paris, 1949, p. 34.

sábado, 24 de enero de 2015

SÁBADO MARIANO

Ave María, dulce Madre de la Eucaristía.
Con dolor y mucho amor, nos has dado
a tu Hijo Jesús mientras pendía de la Cruz.
Nosotros, débiles creaturas, nos aferramos a Ti
para ser hijos dignos de este
gran AMOR y DOLOR.
Ayúdanos a ser humildes y sencillos,
ayúdanos a amar a todos los hombres,
ayúdanos a vivir en la gracia
estando siempre listos para recibir
a Jesús en nuestro corazón.
Oh María, Madre de la Eucaristía,
nosotros, por cuenta propia, no podremos comprender
este gran misterio de amor.
Que obtengamos la luz del Espíritu Santo,
para que así podamos comprender
aunque sea por un solo instante,
todo el infinito amor de tu Jesús
que se entrega a Sí mismo por nosotros.
AMÉN