REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

miércoles, 5 de noviembre de 2014

MEDITAR LOS NOVÍSIMOS


Verdad trascendental

Los cuatro novísimos son los elementos últimos y decisivos que salen al encuentro del hombre al final de la vida: muerte, juicio, infierno o paraíso, sin olvidar al purgatorio.

La muerte no se puede evitar.

En las realidades humanas es cierta la muerte, pero incierta la hora en que llega. La muerte no entiende de inteligencia, ni de fuerza, no respeta el rango ni la estirpe, no distingue la juventud, ni tiene en cuenta la edad: para los ancianos está a la puerta, para los jóvenes al acecho. Escribe San Gregorio: Oh vida presente, cuanto has engañado. Mientras pasas eres nada; mientras existes eres sombre; mientras eres exhaltada eres humo. Para los necios eres dulce, para los sabios amarga. Los que te aman no te conocen. Los que huyen de ti, te comprenden perfectamente. Nadie acoge la muerte con serenidad y delicia, sino quienes en la vida están preparados para la muerte con buenas obras.

Equidad del Juicio final.

Piensa con responsabilidad lo que será de ti en el último día, cuando la conciencia te atribuya malos pensamientos, cuando los elementos te acusen de tus acciones. Por una parte, serán los pecados los acusadores, por otra, la justicia bajo el horrendo caos del infierno, cuando llegue el Juicio justo. "Y si el justo se salva con fatigas, ¿dónde acabarán el impío y el pecador?" (1 Pe 4,18). ¿Qué será entonces de los razonamientos fátuos y ociosos, de las palabras ligeras, frívolas, de las obras vanas e infructuosas?. No borres nunca de tu mente la sentencia: "Apartáos de mí, malditos, al fuego eterno" (Mt 25, 41).

Terrible sentencia.

Ante el espectáculo de la gloria y de la felicidad que disfrutarán los elegidos, los condenados sentirán crecer su pena y su confusión. En su cuerpo aparecerán las señales de los pecados cometidos y los castigos que hayan merecido. Sonarán entonces aquellas palabras terribles: "Id, malditos, al fuego eterno", el alma y el cuerpo irán a morar con los demonios sin remedio ni esperanza: en aquel lugar cada cual llevará sus iniquidades. El avaro arderá con sus pasiones por los tesoros de la tierra, el cruel con su crueldad, el inmundo con su inmundicia y miserable concupiscencia, el injusto con sus injusticias, el envidioso con la envidia, quién odia al prójimo con su odio. Los que hayan amado con amor desordenado - que provoca todos los males, porque junto con el orgullo, que es el principio de todos los vicios serán devorados por un fuego intolerable. (Decálogo, cap. XLII).

Penas del Infierno.

Los malvados serán separados de la comunidad de los justos y consignados al poder de los demonios. "Y estos irán al suplicio eterno" (Mt 25, 46); y allí estarán para siempre entre llantos y lamentos, lejos de las alegrías del Paraíso: no recibirán alivio alguno. Los condenados vivirán siempre sin esperanza de perdón ni de misericordia. Es tremendo el infierno pero lo es aun más el rostro airado del Juez: lo que sobrepasa todo terror y la lejanía eterna de la visión bienaventurada Trinidad. Ser privados de los bienes eternos y excluidos de los preparativos de Dios para los que le aman, causa tanta aflicción que, aunque no existiese ningún otro tormento exterior, esta pena bastaría por sí sola.

El Purgatorio

La tercera realidad escatológica es el Purgatorio. Su existencia está confirmada en la Bíblia, en (2 Mac 12,43) y (1 Cor.12-15). Es una dimensión temporal de las almas que durará sólo hasta el Juicio Universal, antes de la resurrección de la carne. En el Purgatorio, las almas de los justos saldan sus deudas contraídas con la Justicia divina, experimentando penas purificadoras muy dolorosas. Está bien subrayar que la purificación del Purgatorio no se refiere a la culpabilidad, sino a la pena. Si el perdón divino concedido al alma arrepentida borra la culpa, no hace desaparecer la pena, y por medio de la expiación el hombre repara el desorden causado por sus pecados. Aquí el alma se somete a la pena bajo la forma de una purificación obligatoria.
El Concilio ecuménico de Florencia (1438-1445) define como verdad de fe no sólo la existencia del Purgatorio, sino también la posibilidad de que las almas purgantes puedan ser liberadas prematuramente, gracias a los sufragios de los fieles vivientes. También esta posibilidad tiene un fundamento bíblico: el sacrificio expiatorio que Judas Macabeo ofreció por la absolución de los muertos que habían pecado de idolatría (2 Mac 12,46) y la comunión mística con Cristo, sea en el bien o en el mal, de todos los hombres. El mismo San Juan Crisóstomo reitera y confirma la piadosa práctica. (Homilía sobre la primera carta a los Corintios 41,5).

Paraíso

El Paraíso es el amor eterno donde la sed de felicidad encuentra su perfecta saciedad. La alegría del Paraíso puede ser ya parcialmente experimentada en esta tierra cuando se está en intimidad con Jesús y en gracia de Dios, en las acciones y en las intenciones (1 Jn 15,11). La doctrina católica y la Bíblica enseñan que en el Paraíso existe una distinción de gloria, según el grado de santidad que cada cual ha alcanzado en la propia vida. Otro es el esplendor de San Francisco o de un mártir que ha derramado su sangre por amor a Dios, otro el de quien ha sido salvado por misericordioso.

La alegría Celestial

Corre, alma mía, no con pasos físicos, sino con el afecto y el deseo, porque te esperan, no sólo los ángeles y los santos, sino también el Señor y el Maestro de los ángeles y de los santos. Dios Padre te espera para constituirte heredero de todos los bienes y para hacerte partícipe de sus bondades y delicias. Cuánto será el gozo del triunfo, todo cuanto has sufrido en la tierra se convertirá en júbilo eterno. Entonces con tus labios exultantes alabarás al Señor tu Dios por todas estas cosas diciendo: Tus misericordias, Señor, quiero cantar eternamente. Nada será más gozoso que este canto, que se elevará en alabanza a la gloria de Cristo, cuya sangre nos ha redimido. ¿Qué lengua puede decir, o qué mente puede comprender cuán sea el gozo de la ciudad sobrenatural, la alegría de participar con los coros angélicos, de formar parte de los santísimos espíritus celestiales, de la gloria del Creador y de no alejarse nunca de la compañía sumamente feliz de los bienaventurados; exultar siempre con ellos y de su alegría?. Allá el amor de los justos será gozoso y perfecto.
Solamente balbuceando es posible hacer eco de las realidades sublimes de Dios, y el corazón que se fija sólo una vez en las cosas celestiales comprende de inmediato que es nada lo que antes parecía sublime. Cuando llegues a aquel lugar entonces comenzarás, con el corazón rebosante de alegría, a decir con San Pedro: "Señor, qué bien se está aquí" (Mt 17, 4). Aquí están el padre, la madre, la hermana, el hermano: el ojo verá una belleza incomparable, el gusto experimentará un dulcísimo sabor. El olfato percibirá un perfume suave, el tacto abrazará la más deliciosa de las realidades, el oído se recreará en una armonía extraordinaria.
Quien podría narrar cuanta alegría, la admirable gloria, inefable alabanza que se experimentará, por haber dominado virilmente el propio cuerpo con el escudo de la castidad y de la continencia, por haber vencido al mundo, huyendo de las tentaciones.

El alma inmersa en la alegría celestial

Dio Dios Padre esta instrucción sobre el cielo a Santa María Magdalena de Pazzi: "Ve, hija mía, la diferencia que existe entre un hombre que bebe un vaso de agua y otro que se baña en el mar. Se dice del primero que el agua entra en él, porque ella entra en la boca y pasa por el estómago para refrescarlo, pero del segundo se dice que entra en el mar, porque la cantidad de agua que lo compone es tan grande que ejércitos enteros pueden entrar y perderse, sin que quede de ellos la más mínima huella. Así es para el alma. Las consolaciones que ella recibe en este mundo no hacen sino entrar en ella, como agua en un vaso muy pequeño. de modo que ella no puede recibirlo sino en una medida muy limitada. Él que dijo a una de tales almas: rebosa de dulzuras, deplorando la pequeñez de su vaso que no podría contener cuanta habría querido. Basta, Señor, basta. En el cielo se entra en la alegría del Señor, buceando en un océano sin fondo de dulzuras y de consuelos inefables, es decir, en Dios mismo, que será todo en todos. Dentro de vosotros, fuera de vosotros, sobre vosotros y alrededor de vosotros, ante vosotros y detrás de vosotros: todo será gozo, alegría, dulzura y consuelos, porque en todos lados encontraréis a Dios. "Erit Deus omnia in omnibus".(P. I, c. XYII).
Fuente: digilander.libero.it

domingo, 2 de noviembre de 2014

IN MEMORIAM


ORACIONES POR LOS DIFUNTOS


RESPONSO

V. No te acuerdes, Señor, de mis pecados.
R. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.
V. Señor, Dios mío, dirige mis pasos en tu presencia.
R. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.

V. Concédele (s), Señor, el descanso eterno, Y que le (s) alumbre la luz etema.
R. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.

Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad.
Padre nuestro...
V. Libra, Señor, su alma (sus almas) .
R. De las penas del infierno.

V. Descanse (descansen) en paz.
R. Amén.

V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a ti mi clamor.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Oración: Te rogamos, Señor, que absuelvas el alma de tu siervo N. (de tu sierva N.) de todo vínculo de pecado, para que viva en la gloria de la resurrección, entre tus santos y elegidos. Por Cristo nuestro Señor.
R. Amén.
V. Concédele (concédeles) Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él (ella, ellos) la luz eterna.

V. Descanse (descansen) en paz.
R. Amén.
V. Su alma (sus almas) y las de todos los fieles difuntos descansen en paz, por la misericordia del Señor.
R. Amén.

OTRAS ORACIONES
Por los padres
Oremos: Oh, Dios que nos mandaste honrar al padre y a la madre, apiádate clemente de las almas de nuestros padres, y perdónales sus pecados; y haz que los veamos en el gozo de la eterna caridad. Por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

Por todos los fieles difuntos:
Oremos: Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, concede a las almas de tus siervos y siervas el perdón de todos los pecados, para que consigan por nuestras piadosas suplicas la indulgencia que siempre desearon. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.



V. Ne recordéris peccáta mea, Dómine.
R. Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.

V. Dírige, Dómine, Deus meus, in conspéctu tuo viam meam.
R. Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.

V. Réquiem ætérnam dona ei (eis), Dómine, et lux perpétua lúceat ei (eis)
R. Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.

Kyrie, eléison, Christe, eléison. Kyrie, eléison.
Pater noster...
V. A porta ínferi.
R. Erue, Dómine, ánimam eius (ánimas eórum).

V. Requiescat (requiescant) in pace.
R. Amen.

V. Dómine, exáudi oratiónem meam.
R. Et clámor meus ad te véniat.

V. Dóminus vobíscum.
R. Et cum spíritu túo.

Orémus: Absólve, quæsumus, Dómine, ánimam fámuli tui N. (fámulæ tuæ N.) ab omni vínculo delictórum: ut, in resurrectiónis glória, ínter Sanctos et eléctos tuos resuscitata respíret. Per Chrístum Dóminum nostrum.
R. Amen.
V. Réquiem ætémam dona ei (eis), Dómine.
R. Et lux perpétua lúceat ei (eis).

V. Requiescat (requiescant) in pace.
R. Amen.
V. Anima eius (ánimæ eórum) et ánimæ ómnium fidélium defunctórum per misericórdiam Dei requiéscant in pace.
R. Amen.

ALIÆ ORATIONES
Pro paréntibus
Orémus: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre prcecepísti: miserere clementer animábus paréntum nostrórum, eorúmque peccáta dimítte; nosque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére. Per Chrístum Dóminum nóstrum.
R. Amen.

Pro omnibus fidélibus defunctis
Oremus: Fidélium, Deus, ómnium cónditor et redémptor, animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum: ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, píis supplicatiónibus consequántur. Per Chrístum Dóminum nóstrum.
R. Amen.

sábado, 1 de noviembre de 2014

MEDITAR SOBRE LA SANTIDAD


  • Sed santos como el Padre celestial es santo. Nuestro Señor Jesucristo (Mt. 5,48)
  • Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. San Pablo (1 Tes 4,3; Ef 1,4)
  • Los que enseñen a otros la santidad brillarán como estrellas por toda la eternidad. Profeta Daniel
  • ¡Quiero ser santo! Santo Domingo Savio
  • La santidad consiste en estar siempre alegres. San Juan Bosco
  • La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios. San Juan Pablo II
  • Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian. Benedicto XVI
  • La santidad se encuentra en el camino que nos abre cada uno de nuestros días, en que se ofrecen a nosotros, con atractivo desigual, los deberes de nuestra vida cotidiana. San Francisco de Sales
  • Siento el deseo, la necesidad de hacerme santo; nunca me hubiera imaginado yo que pudiese llegar a serlo con tanta facilidad; pero ahora que he visto que se puede lograrlo estando alegre, quiero absolutamente hacerme santo. Santo Domingo Savio
  • Un gran deseo de ser santo, es el primer peldaño para llegar a serlo; y al deseo se ha de unir una firme resolución. San Alfonso María de Ligorio
  • Quiero ser santa, pero no a medias, sino completamente. Santa Teresa del Niño Jesús
  • El secreto de la santidad consiste en no cansarnos nunca de estar empezando siempre. P. Rey
  • El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo. A.W. Tozer
  • En lugar de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Santa Teresa del Niño Jesús
  • La marca de un santo no es la perfección, sino la consagración. Un santo no es un hombre sin faltas, es un hombre que se ha dado sin reservas a Dios. W. T. Richardson
  • Nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres. Santo Domingo Savio
  • La santidad consiste en la disposición del corazón. Santa Teresa del Niño Jesús 
  • La santidad es muy sencilla, dejarse confiada y amorosamente en brazos de Dios, queriendo y haciendo lo que creemos que Él quiere. Santa Madre Maravillas de Jesús
  • Los santos fueron santos, porque quisieron, con inmenso querer, ser fieles. Santa Madre Maravillas de Jesús
  • La santidad no es un privilegio para algunos, sino una obligación para todos, "para usted y para mí". Santa Madre Teresa de Calcuta
  • No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Tomás de Kempis
  • Solo hay una desgracia: no ser santo. Léon Bloy
  • Un santo triste es un triste santo. San Francisco de Sales 

miércoles, 29 de octubre de 2014

RECUPERAR EL TIEMPO PERDIDO


 “Parece, Señor mío, que descansa mi alma considerando el gozo que tendrá, si por vuestra misericordia le fuere concedido gozar de Vos. Mas querría primero serviros, pues ha de gozar de lo que Vos, sirviéndola a ella, le ganasteis. ¿Qué haré, Señor mío? ¿Qué haré, mi Dios? ¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué temprano andabais Vos, Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos! ¿Por ventura, Señor, desamparasteis al miserable, o apartasteis al pobre mendigo cuando se quiso llegar a Vos? ¿Por ventura Señor, tienen término vuestras grandezas o vuestras magnificas obras? ¡Oh Dios mío y misericordia mía!, ¡y cómo las podréis mostrar ahora en vuestra sierva! Poderoso sois, gran Dios. Ahora se podrá entender si mi alma se entiende a sí mirando el tiempo que ha perdido y cómo en un punto podéis Vos, Señor, que le torne a ganar. Paréceme que desatino, pues el tiempo perdido suelen decir que no se puede tornar a cobrar. ¡Bendito sea mi Dios!

¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? Quered Vos, Señor mío, quered, que aunque soy miserable, firmemente creo que podéis lo que queréis, y mientras mayores maravillas oigo vuestras y considero que podéis hacer más, más se fortalece mi fe y con mayor determinación creo que lo haréis Vos. ¿Y qué hay que maravillar de lo que hace el Todopoderoso? Bien sabéis Vos, mi Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia. Válgame, Señor, esto en que no os he ofendido.
Recuperad, Dios mío, el tiempo perdido con darme gracia en el presente y porvenir, para que parezca delante de Vos con vestiduras de bodas, pues si queréis podéis.”
Santa Teresa de Jesús

domingo, 26 de octubre de 2014

CRISTO JESÚS, REY UNIVERSAL


¡Oh Cristo Jesús! ¡Yo te reconozco por Rey universal! Todo cuanto existe, de ti ha recibido el ser. Ejerce sobre mí todos tus derechos, renuevo las promesas de mi bautismo. Renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y te ofrezco vivir como buen cristiano. Me esforzaré muy particularmente, por hacer triunfar, en cuanto pueda, los derechos de Dios y de tu iglesia. Te ofrezco, ¡oh Cristo Rey! mis pobres acciones para alcanzar que todos los corazones reconozcan tu amorosísimo reinado, y que de este modo se establezca en el mundo el reino de tu paz. Amén.
¡Viva Cristo Rey de la paz en mi corazón, en mi casa, en mi patria y en todo el mundo! Amén.

sábado, 25 de octubre de 2014

SÁBADO: DÍA CONSAGRADO A MARÍA


Que tu intercesión nos proteja siempre, ¡oh Madre purísima!, y ayúdanos en las necesidades según tus deseos.
Somos desterrados en esta tierra y tenemos ante los ojos siempre nuestro fin, y, así y todo, muchos de los nuestros perecen.
Ayúdanos con tus oraciones, ¡oh Doncella misericordiosa! y sé siempre nuestra abogada para que nuestra mala voluntad no nos pierda.
Bendita y Santa María, ruega a Dios por nosotros, ya que tú le llevaste en el seno, para que se apiade de nosotros por tu intercesión. Amén
  
HONRA A NUESTRA SEÑORA REZANDO EL SANTO ROSARIO


LA VIRGEN DEL SOL


En la Pascua de este hoy no hay la alegría que debiera haber. Los enemigos de Dios están muy contentos y los amigos se muestran demasiado pesimistas.
Los enemigos de Dios están muy contentos porque piensan que han ganado. A fines del siglo último, Nietzshe se jactaba de que “Dios había muerto”. Desde entonces, los enemigos de Dios han dado un salto enorme. El 37 por 100 de la población del mundo está hoy bajo los golpes del martillo o cortada por la hoz del comunismo ateo. En la carta de las Naciones Unidas no figura el nombre de Dios ni se menciona Su Ley moral. El último Congreso de una de las grandes organizaciones mundiales al servicio de la humanidad ha excluído de su preámbulo el nombre de Dios. Los enemigos de Dios pueden vanagloriarse de que en nueve Estados no puede predicarse el Evangelio de Cristo y en los que ha sido crucificado de nuevo y no sólo bajo el letrero escrito en hebreo, griego y latín, sino en la mayor parte de los idiomas del mundo.
Por otra parte, los amigos de Dios se muestran demasiado pesimistas. El ver expulsados de China a 13,000 misioneros y destruida su labor de siglos; a Rusia, tierra en otro tiempo sagrada, violada hoy por unos dictadores que siembran de bombas su camino hacia los tronos proletarios; a Polonia, antes la Irlanda del Este, reducida a un guiñol en manos ateas; el pulpo rojo extendiendo sus tentáculos para entenebrecer las inteligencias, contaminar la verdad, transformándola en mentira y llamando luz a la oscuridad, lleva a los amantes de Cristo Crucificado a exclamar en su turbación: “Domine, usquequo?”
¿Y qué otra cosa es ese falso optimismo de los enemigos de Dios y esa turbación injustificada de sus amigos sino la repetición de cuanto fue sucediendo en los últimos días de la vida terrena de Jesucristo cuando sus enemigos estaban demasiado contentos y sus amigos extremadamente pesimistas? ¡Los enemigos del Señor se mostraban demasiado optimistas! Por medio de la agitación y propaganda entre las masas y de demostraciones organizadas ante el palacio del Gobernador, decían a un político claudicante: “No queremos que este hombre sea nuestro rey.” Y ante Nuestro Señor, crucificado como un vulgar delincuente, dispararon sus injurias, que sonaban a vanagloria de su triunfo y la completa derrota del Señor. Le echaban en cara que había predicho que destruiría el templo y que lo reconstruiría y, en cambio, permanecía en pie como testigo contra Su vanagloria. Le reprochaban que habiendo librado a otros de sus males, no pudiese librarse Él de la cruz. Le recordaban que había dicho que era Rey, pero que en realidad lo era de la burla, con una corona de espinas por diadema, con un clavo por cetro y con una crucifixión en lugar de la ceremonia de coronación. Le enfrentaban diciéndole que su pretensión de ser Hijo de Dios no pasaba de ser una estúpida majadería desde el momento en que su pretendido Padre no acudía en su ayuda.
Bajado Jesús de la Cruz, José de Arimatea se apresuró a presentarse decidido a Pilatos para pedirle el sagrado cuerpo del Señor. Los Evangelios ponen en labios de José la palabra griega “soma”, que indica respeto por un cuerpo muerto, mientras que Pilatos, llevado de su optimismo, convencido de que el poder del César no declinaría nunca, repuso a José con la palabra “ptoma”, que significa cadáver o inmundicia. El optimismo final de los enemigos culminó con la colocación de guardianes, no para impedir la Resurrección, sino para evitar que los Apóstoles, después de robar el cuerpo, pudieran decir que había resucitado de entre los muertos. En fin, parecían haber triunfado definitivamente, y para mayor escarnio, ruedan un voluminoso bloque hasta la puerta de la tumba, y Quien se había llamado “piedra” estaba aprisionado por una piedra. Paro no levantarse ya más. Mucho antes de que Nietzsche escribiera su primer renglón blasfemo, ya los enemigos de Jesucristo habían celebrado su aparente victoria: Dios había muerto.

Por otra parte, los amigos de Jesús estaban muy desmoralizados y pesimistas. Aunque habían oído decir al Señor que resucitaría al tercer día de después de su muerte, no lo creían. Las mujeres iban al sepulcro con perfumes que habían preparado, no para festejar al Señor Resucitado, sino para ungir su cuerpo muerto. Muy lejos de esperar la resurrección, se decían: “¿Quién nos apartará la piedra del sepulcro?” La misma María Magdalena que había resucitado de la muerte del pecado a la renovación de la vida divina, y que había oído decir al Señor que Él era la Resurrección y la Vida, acudió con perfume y lloros, pero no de alegría esperando la resurrección, sino de pena por haber muerto el amado. Y al encontrar vacío el sepulcro, no piensa que hubiese podido resucitar, sino que contesta al Ángel, que llora porque se han llevado al Señor y no sabe ella dónde lo han podido poner. Y cuando se le aparece el Señor en el huerto, ni siquiera levanta la mirada y trata de señor a la persona que a ella se le figura el hortelano y le dice: “Si te lo has llevado tú, dime dónde lo has colocado, para ir yo por Él.” La santa esperaba encontrar un cadáver al que dar nueva sepultura; no estaba preparada para enfrentarse con el vencedor de la muerte. Pero al hablarle el Señor, Lo reconoce al momento y le llama con el nombre de Sus íntimos: “Rabóni”, ¡Maestro!, y se apresura a comunicar la noticia a Pedro y a Juan, quienes no la creen y toman sus palabras por “fantasías de mujer”. En la tarde del día de Pascua, yendo como compañero de viaje por el camino de Emaús con dos de sus discípulos, Jesús los ve abatidos por el desaliento, motivado por el hecho de haber transcurrido tres días desde Su Muerte; y temen que no sea el Redentor de Israel, conforme lo habían creído. Y siete días después afirmaba el apóstol Santo Tomás que no creería la noticia de la resurrección del Señor hasta no meter los dedos en Sus manos y su mano en el costado. Aparecióse Jesús en aquel preciso instante, y le dijo: “Mete aquí tu dedo y examina mis manos. ¡Alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente!” Con toda evidencia, lo que menos se esperaban los Apóstoles y los seguidores del Señor, era Su Resurrección. Se les apareció en su niebla, al disiparles su temor les dijo: “¿Por qué están turbados y por qué abriga su corazón tantos recelos?”
Pido que en este día de Pascua repita el Señor a sus amigos: “¿Por qué están tan deprimidos, abatidos, y por qué esta turbado su corazón?” Alégrense de que en el mundo existan negruras y persecuciones. ¿No dijo el Maestro que del mismo modo que le persiguieron a Él perseguirían también a sus seguidores? ¿Es que hemos perdido la cristiana virtud de la esperanza? ¿Por qué ha de ser nuestra conducta diferente de la de los cristianos del primer siglo de nuestra era? También miraban ellos el mundo con recelo, esperándose de un momento a otro su fin, precedido por la venida de Jesucristo y el juicio. Pero lo esperaban animosamente: buscaban las cosas más elevadas con fe en la Resurrección.
Hoy, por el contrario, son mayoría los que, de la Resurrección, anhelan la seguridad más que la felicidad. Son o somos como los que durante una travesía marítima se preocupan más del chaleco salvavidas que del camarote, o que en un viaje aéreo se interesan más por el paracaídas que por la hermosura del cielo de Dios, o que en un viaje por ferrocarril piensan más en que haya puestos de socorro que en la excursión que están efectuando. Digamos, en cambio, con San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, somos los seres más miserables del mundo.” ¿Cómo podemos creer que Dios reserve a sus enemigos todas las satisfacciones y alegrías y a sus hijos todos los lutos y contrariedades? ¿Estamos condenados acaso a colgar nuestras armas en los sauces llorones, a entonar tan sólo dolorosos lamentos, mientras los hijos de Satanás rían y triunfen? ¡Oh, no! Vayamos a Dios y llamémosle “Padre”, como hijos suyos que somos por adopción, que no es lo mismo que por esclavitud. ¡No temamos! Estemos plenamente convencidos de que Quien entró en el sepulcro era la mismísima Verdad, y que la Verdad, pisoteada resurgirá nuevamente de manera irresistible.
Dostoievsky cuenta la siguiente anécdota de dos hombres que estaban observando el cuadro de Holbein “El descendimiento de la Cruz”. Decía uno: “Me gusta contemplar este cuadro.” Respondióle el otro: “Muchos han perdido la fe por causa de esta obra.” Y con razón. Ese cuadro destruirá la fe de un materialista, de un ateo, de un comunista y de todos los que crean que después de la muerte ya no hay nada más. Si Cristo murió y no resucitó, no cabe pensar ni en la bondad de Dios ni en la de los hombres. Pero si Quien escogió lo peor de la vida, venció, el mal no podrá prevalecer nunca. ¡Alegrémonos porque Quien estaba muerto vive ahora; y aunque toquen las campanas por la ejecución de la Iglesia, la ejecución quedará eternamente aplazada.
¡No pierdan el ánimo los que crean en la Resurrección! Acuérdense que la Iglesia, lo mismo que Jesús, no sólo tiene una vida continuada, sino que ha sobrevivido a millares de crucifixiones a través de otras tantas resurrecciones. Aunque se haya bajado el telón de acero contra el Evangelio de Jesús en Rusia y el de bambú contra la Iglesia en China, estén seguros de que Quien rompió la Piedra, inflingiendo a la tierra la única herida grave recibida de ella, de una tumba vacía, levantará un día los telones, disipará la oscuridad que precede a la luz y Quien creían que estaba muerto volará en alas de la mañana.
No se dejen desmoralizar por el pensamiento de la bomba atómica, preguntándose despavoridos: “¿Moriremos”, sino que, por el contrario ante la luz de la Redención, habremos de preguntarnos: “¿Resucitaremos?” Aunque los sabios modernos puedan llevarse el átomo del sol para despedazarlo y dividirlo, recuerden que en Fátima se apareció la Virgen con el Sol a merced suya para que nos fijáramos en que el sol y sus rayos le pertenecen a Ella y a la vida, y no a los ateos y a la muerte.
Si oyen hablara de la maldad diabólica de unos hombres cuya bandera está enrojecida con la sangre de sus víctimas; si oyen hablar de los que martirizan los cuerpos y las almas, creando lo que podríamos llamar martirios áridos, como el de Mindszenty, Stepinac y Beran, estén seguros de que las mentes hechas pedazos y los cuerpos macilentos provocarán un castigo del cielo más fuerte que el originado por la sangre del inocente Abel y que alboreará un nuevo día de esperanza cuando estos varones perseguidos entonen un “requiem” en la tumba de los que ganaron una batalla y perdieron la guerra.
Dios no consiente nunca el mal sin sacar de él un bien. El comunismo es un mal, pero para la Divina Providencia puede convertirle en el fertilizante de una nueva civilización; la muerte se ha extendido por el mundo durante el invierno de su insatisfacción para preparar a la tierra inerte a revelar sus secretos en la nueva primavera del espíritu.
Puede darse que en este segundo milenio de historia cristiana se encuentre el mundo en los dolores de un nuevo nacimiento y que el mensaje cristiano vaya desde el Occidente al Oriente. Dentro de poco, el crucificado Cuerpo Místico de Cristo tenderá Sus manos sangrantes a los japoneses, que pondrán en ellas sus flores de loto para trasmutar las heridas del odio en las llagas cicatrizadas del amor. A los chinos les llevará Su cuerpo contusionado y lacerado para que los lisiados, paticojos, ciegos y famélicos tiendan sus manos curadas ya después de haber hecho desaparecer de nuestra vista los vestigios que quedaban de una noche ida para siempre. A los pueblos de la India les mostrará la llaga abierta de Su costado, y ellos, que han buscado la paz en un Nirvana e inconsciencia acudirán por fin a Su Corazón con el amor que es la salvación para el alma. Finalmente, penetrando en la oscuridad a través de una corona de espinas, se dirigirá al África y a los pueblos de la Virgen negra, y esos africanos Le sacarán las espinas y Lo coronarán de flores y de capullos, tan blancos como sus almas y tan perfumados como su fe.
¡No se desanimen! Recuerden que su Rey, aunque tambaleándose a veces en Su trono y concediendo al mal sus horas, vence siempre en la contienda. Digan con San Pablo:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo?”, ¿la tribulación o la angustia?, ¿el hambre, la desnudez, los peligros, la persecución o la espada? Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los Ángeles, ni los Principados, ni las Virtudes, ni cosas actuales o futuras, ni poderes, ni alturas, ni profundidades, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro.
¡Por el amor de Jesús!
Monseñor Fulton Sheen