REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 3 de octubre de 2014

VIVIR DE AMOR


TERESA, HIJA DE MARÍA


LA ALEGRÍA, CARIDAD EXQUISITA


Querida Teresita:
Tenía yo diecisiete años cuando leí tu autobiografía.
Fue como si me hubiera caído un rayo. «Historia de una florecilla de mayo», la definiste tú, pero a mí me pareció la historia de una «barra de acero» por la fuerza de voluntad, la valentía y la decisión que se desprende de ella. Una vez elegido el camino de la entrega total a Dios, nada pudo cortarte el paso: ni la enfermedad, ni las contradicciones externas, ni las nieblas y tinieblas interiores.
Me acordé de ella cuando me llevaron enfermo al sanatorio. Eran aquéllos unos años en los que no se habían descubierto todavía la penicilina y los antibióticos y la perspectiva que se le presentaba al paciente era una muerte, más o menos próxima.
Me avergoncé de haber pasado un poco de miedo. «Teresa a sus veintitrés años, hasta entonces sana y rebosando vitalidad - me dije -, se inundó de alegría y esperanza cuando sintió que le venía a la boca la primera hemoptisis. Por sí esto fuera poco, y quitándole importancia a su mal, consiguió llevar hasta el final el ayuno a pan y agua. ¿Y tú te vas a echar a temblar? Eres sacerdote, ¡despierta, no hagas el tonto! »


                      
Releyéndote, con ocasión del centenario de tu nacimiento (1873-1973), me conmovió tu modo de amar a Dios y al prójimo. San Agustín ha escrito: «Vamos hacia Dios no caminando, sino amando», También tú llamas a tu camino «senda de amor». Cristo dice: Nadie viene a mí, si el Padre no le atrae. En línea exacta con estas palabras, tú te sentías como un «pajarillo débil y sin alas»; en cambio, viste en Dios al águila que desciende para llevarte sobre sus alas a las alturas. A la gracia divina la llamabas «ascensor», porque te levanta hasta Dios rápidamente y sin fatiga, siendo tú «demasiado pequeña para subir por la empinada escalera de la perfección».
Dije arriba «sin fatiga». Entendámonos: esto, desde un punto de vista; en cambio, desde otro... Estamos en tus últimos meses; tu alma avanza por   una especie de oscura galería, sin ver nada de aquello que antes veía con claridad. «La fe – escribiste - ¡ya no es un velo, sino un muro! » Los padecimientos físicos son tales que te hacen exclamar;  «Si no hubiera tenido la fe, me hubiera quitado la  vida». Pese a todo, seguías diciendo al Señor, con  la voluntad, que lo amabas: «Canto la felicidad  del paraíso, pero sin experimentar alegría; canto  simplemente que quiero creer». Tus últimas palabras fueron: « ¡Dios mío, te amo! »
Te habías ofrecido como víctima al amor misericordioso de Dios. Pero ello no te impedía gozar  de lo hermoso y bueno. Antes de tu última enfermedad, alegre, pintaste, escribiste poesías y dramitas sacros, algunas de cuyas partes interpretas con fino arte de actriz. Durante tu última enfermedad,  en un momento de mejoría, pediste unos pastelillos de chocolate. No te asustaban tus propias imperfecciones, ni aun cuando alguna vez te quedaras dormida de cansancio durante la meditación (« ¡los niños pequeños agradan a sus madres incluso dormidos! »).
Amando al prójimo, te esforzaste por prestar pequeños servicios que, siendo útiles, pasaran inadvertidos y preferir en todo caso a personas molestas y que congeniaban menos contigo. Detrás de aquel rostro nada simpático sabías encontrar el rostro simpatiquísimo de Cristo. Y nadie se daba cuenta de tanto esfuerzo y de esta búsqueda: «Qué misticismo el suyo en la capilla o el trabajo - escribió de ti la priora - y, al mismo tiempo, qué bromista y ocurrente en la recreación, hasta el punto de hacernos desternillar de risa».
  Estas breves líneas, trazadas por mí, cuan lejos están de contener todo tu mensaje a los cristianos. Sin embargo, bastan para trazarnos algunas directrices.
                


     El verdadero amor a Dios casa perfectamente con la decisión firme que se toma y que, dado el caso, se renueva.
     El vacilante Eneas de Metastasio, al decir: Pasto de confusión, saber no puedo - ¡oh, funesta duda! - si me voy o me quedo, demostraba no tener madera de verdadero amante de Dios.
     Mucho más razonable era tu compatriota, el mariscal Foch, quien durante la batalla del Marne, telegrafío; «¡El centro de nuestro ejército cede, el ala izquierda se retira, pero yo sigo atacando! » Un poquito de combatividad y de amor al peligro en el amor al Señor no es una catástrofe. Tú eres de ésas y, por lo mismo, viste en Juana de Arco una «hermana de armas».
     En el Elixir de amor, de Donizzetti, basta la «furtiva lágrima», despuntando en las pestañas de Adina, para devolver la tranquilidad y la felicidad al enamorado Nemorino. Dios, sin embargo, no se contenta con meras lágrimas furtivas. Una lágrima externa le complace en tanto en cuanto manifiesta que dentro, en la voluntad, hay una decisión. Lo   mismo ocurre con las obras externas; le gustan al Señor sólo si van acompañadas de un amor interior. El ayuno religioso había hecho estragos en el   rostro de los fariseos, pero a Cristo no le agradaban aquellas facciones demacradas, porque sabía   que el corazón de los fariseos estaba lejos de Dios. Tú has escrito; «El amor no consiste en los sentimientos, sino en las obras». Pero añadiste: «Dios no tiene necesidad de nuestras obras, sino solamente de nuestro amor». ¡Perfecto!
   Con Dios podemos amar no sé cuántas cosas.  Pero con una condición: que nadie sea amado contra o por encima de la propia medida de Dios. En  otros términos: el amor de Dios no debe ser exclusivo, sino prevalente, al menos en la estimación.
   Jacob enamoróse un día de Raquel y, para hacerla suya, sirvió nada menos que siete años, que «le  parecieron - dice la Biblia - unos cuantos días, dada  la fuerza con que la amaba» y Dios no sólo no  tuvo nada que decir, sino que dio su aprobación  y bendición.
   Otra cosa muy distinta es hisopear y bendecir todos los amores de este mundo. Desgraciadamente, está tratando de hacerlo cierto teólogo que, influenciado por Freud, Kinsey y Marcuse, exalta la «nueva moral sexual». Si no quieren caer en la confusión y el marasmo, en lugar de prestar oídos a estos teólogos, los cristianos deberán dirigirse al Magisterio de la Iglesia, que goza de especial asistencia tanto para conservar intacta la doctrina de Cristo como para adaptarla convenientemente a los nuevos tiempos.                                 
                     


   Ver el rostro de Cristo en el del prójimo es el único criterio que nos garantiza un amor serio a todos, más allá de antipatías, ideologías y simples filantropías.
  Un jovencito - escribe el viejo arzobispo Perini - llama una tarde a la puerta de una casa. Se ha puesto el traje de fiesta y lleva una flor en el ojal. En su interior, el corazón late insistente. ¿Quién sabe cómo van a recibir su chica y la familia de ella la proposición de matrimonio que tímidamente piensa hacerles?
     Abre la puerta ella en persona. Una ojeada y ¡a ruborizarse tocan!, pero la manifiesta complacencia (no hay tal «furtiva lágrima») de la señorita le tranquiliza y se le ensancha el corazón. Entra. Está la madre. Se le hace una señora simpatiquísima; le gustaría abrazarla. Ahí está el padre, a quien ha visto mil veces, pero esta tarde lo ve transfigurado de una luz nueva. Después llegan los dos hermanos; brazos al cuello, saludos calurosos.
     Perini se pregunta: ¿Qué le ha pasado a este jovencito? ¿Qué clase de amores son estos que han brotado de repente como si fueran hongos? Respuesta: no se trata de amores, sino de un solo amor; ama a la chica y el amor que le tiene lo difunde sobre todos sus parientes. Quien ama seriamente a Cristo no puede negarse a amar a los hombres, que son hermanos de Cristo. Sean feos, malos o pesados, debe el amor transfigurarlos un poquillo.
     Amor corriente. Frecuentemente es el único posible. Nunca he tenido ocasión de lanzarme a un torrente para salvar a un hombre en peligro; en cambio, muchísimas veces me han pedido que preste algo, que escriba unas cartas, que facilite unas modestas y nada complicadas indicaciones. Nunca me he encontrado en la calle con un perro rabioso; sí, en cambio, muchas y molestas moscas y mosquitos. No he tenido jamás enemigos que me golpeasen; sí, en cambio, muchas personas que me molestan hablando a gritos en la calle, poniendo la   televisión a todo volumen o, a veces, también haciendo cierto ruido cuando comen.
     Ayudar en lo que esté en nuestras manos, no llevarse mal, ser comprensivos, mantenerse serenos y sonrientes (¡todo lo que se pueda!); en estas ocasiones, eso es amar al prójimo sin retórica y con sentido práctico. Cristo ejerció mucho este tipo de   caridad. ¡Cuánta paciencia al tener que soportar las rivalidades que se traían entre ellos los apóstoles! ¡Cuan atento estaba siempre a animar y encomiar!; «No encontré nunca tanta fe en Israel», dijo del centurión y de la cananea. «Vosotros permanecisteis conmigo incluso en los momentos difíciles», les dice a los apóstoles. Y una vez le pidió por favor la barca a Pedro.
    «Señor de toda cortesía» le llamó Dante. Sabía meterse en el pellejo de los demás, sufrir con ellos. Protegía, defendía, además de perdonar, a los pecadores; así hizo con Zaqueo, con la adúltera, con  la Magdalena.
   Tú, en Lisieux, seguiste sus ejemplos; nosotros en el mundo hagamos otro tanto.


   Cuenta Carnegie de una señora que un día sorprendió a los hombres de la casa - marido e hijos - con la mesa bien puesta y adornada de flores, pero  con un puñado de heno en cada plato. «¿Esto qué  es? ¿Hoy nos vas a poner heno?», le dijeron. «No es eso – respondió - ; en seguida os traigo la comida, pero dejadme que os diga una cosa. Llevo años cocinando, tratando de variar; un día, un arroz; otro, una sopa; hoy, un asado; mañana, una salsa, etcétera. Pero a vosotros nunca se os ha ocurrido decir: ¡Qué rico está esto! ¡Has estado estupenda! Haced el favor de decirme algo; no soy de piedra. ¡No se puede trabajar sin que a uno le reconozcan lo que hace o le animen, sólo por amor al arte! »
   Puede ser corriente también la caridad desprivatizada o social. Se produce una huelga justa; puede ocurrir que a mí, que nada tengo que ver con el conflicto, me sirva de molestia. Aceptar esta molestia, no despotricar, sentirse solidarios con unos hermanos que luchan por la defensa de sus derechos, es también caridad cristiana. Poco ostentosa, mas no por ello menos exquisita.
   Gozo mezclado con el amor cristiano. Aparece ya en el canto de los ángeles en Belén. Forma parte de la esencia del Evangelio, que es «nueva alegre». Es característico de los grandes santos: «Un santo triste es un triste santo», decía Santa Teresa de Avila. «Entre nosotros - apostillaba Santo Domingo Savio - se hace uno santo a base de alegría».
   La alegría puede convertirse en caridad exquisita cuando, precisamente como tú hacías en las recreaciones del Carmelo, se comunica a los demás.
   El irlandés del cuento que muere repentinamente y comparece ante el tribunal divino, estaba muy preocupado, pues el balance de su vida era más bien deficitario. Como había cola, se puso a observar y escuchar. Tras haber consultado el gran fichero, Cristo le dice al primero: «Veo que tuve  hambre y me diste de comer. ¡Muy bien!, ¡entra  en el paraíso!» Al siguiente: «Tuve sed y me diste de beber». A un tercero: «Estuve preso y me  visitaste». Y así sucesivamente.
   Por cada uno que era destinado al paraíso, el irlandés hacía examen y hallaba algo de qué temer; ni había dado de comer, ni de beber, no había visitado ni a presos ni a enfermos. Llegado su turno, temblaba, viendo a Cristo examinar el fichero. Pero, mira por dónde, Cristo levanta la vista y  dice: «No hay mucho escrito. Sin embargo, también tu hiciste algo: estaba triste, decaído, postrado y tú viniste y contaste unos cuantos chistes que  me hicieron reír y me devolvieron el ánimo. ¡Al  paraíso!»
   De acuerdo, es broma, pero subraya bien que  ninguna forma de caridad deja de tenerse en cuenta  o se minimiza.
   Teresa, el amor que tuviste a Dios (y al prójimo por amor a Dios) fue verdaderamente digno de Dios. Así ha de ser nuestro amor: llama, que se alimente de cuanto haya en nosotros de grande y de hermoso y que renuncie a cuanto haya en nosotros de rebelde; victoria, que montándonos en sus alas nos lleve como un obsequio hasta los pies de Dios.
                                       Junio 1973.
Albino Luciani (Juan Pablo I)

miércoles, 1 de octubre de 2014

LA VIRGEN DEL SILENCIO



Un filósofo chino ha dicho: “Los americanos no son felices; se ríen demasiado.” Una risa ruidosa es disipación; una sonrisa es comunión. La risa es chillona y sale de fuera del corazón; la sonrisa es tranquila y sale del interior del corazón. ¿Por qué tiene tanto atractivo el ruido en la moderna civilización? Probablemente porque las almas carentes de dicha y desilusionadas tienen necesidad de él para no fijarse en su insatisfacción. Ninguna casucha es tan pequeña ni está tan oscura, tan húmeda ni deteriorada como el interior de un modernista. El bullicio y el ruido externo apartan al alma de la contemplación de las heridas íntimas y retrasan su cicatrización.
Cuanto más nos aproximamos al espíritu, tanto más aumenta el silencio. A cada paso que da la criatura hacia el Creador, disminuyen las palabras. En los comienzos, el amor habla; luego, al profundizar en su abundancia, desaparecen las palabras. Al principio está el Verbo hecho carne; después, el Espíritu, que es demasiado profundo para las palabras. Al principio, el Verbo se “expresa” en Galilea; luego vienen los nueve días de silencioso retiro, en espera de la Pentecostés. Cuanto más profundo es el cariño del marido con la esposa, menos habla él delante de los demás.
Son tontos los que dicen que se quieren porque les gustan las mismas cosas: los paseos de otoño, la música de Wagner, la poesía, los valets o los objetos raros. Estas predilecciones “exteriores” no les servirán para nada si no se quieren entre sí en silencio. El amor aumenta y se despierta con el silencio. La amistad nace con las palabras; el amor proviene del silencio. También tiene el silencio armonías y equilibrio. Se precisan cuando menos dos personas para producir verdadero silencio. En el desacuerdo puede existir silencio, pero no comunidad de paz. El conferenciante que no se ha preparado habla más que el que se preparó. Cuanto más clara es la intuición de la verdad, menor es el número de palabras que se necesitan. En Dios sólo existe una Palabra que resume todo lo que se conoce o debe ser conocido.

La clave del misterio de María, Madre de Jesús, la tenemos en su silencio. Los Evangelios solamente nos recuerdan hablando siete veces a lo largo de los treinta y tres años de íntima convivencia con Su Divino Hijo. Esto desmiente a los que atribuyen locuacidad a la mujer. La Virgen se calló aun en momentos en que creemos que debiera haber hablado. ¿Por qué no descubrió a José cuando pensaba repudiarla que el Niño lo había concebido en el templo de Su Cuerpo por el amor del Espíritu Santo? Tal vez le impulsara a frenar su lengua un sentido de pudor femenino, pero parece más probable que callase por saber que Dios, que había empezado el milagro en ella, aclararía también el misterio.
Es una regla absoluta de santidad no justificarse nunca ante los hombres. El Evangelio nos dice sencillamente que, acusado falsamente ante los jueces, “Jesús callaba.” El Señor nunca contestó a una mentira.
Las siete veces que habla la Virgen pueden llamarse sus “siete palabras,” y son un magnífico paralelo de las siete últimas Palabras pronunciadas por Jesucristo en la Cruz. La primera y la segunda de las palabras de la Virgen se dirigieron a un ángel; la tercera la dirigió a su prima Santa Isabel y es un saludo; la cuarta, su canto, el Magníficat; la quinta y la sexta las dijo a su Divino Hijo en el Templo y en las Bodas de Caná; la última, a los criados camareros. Hay ocasiones en las que esperaríamos alguna palabra de la Virgen; por ejemplo, en el nacimiento del Niño o cuando los Magos le ofrecieron sus regalos. Pasaron doce años entre el Magníficat y el reencuentro con Jesús en el Templo. Y desde este instante, calle de nuevo por espacio de cerca de veinte años. Es muy probable que, por su humildad, pidiera a los evangelistas que hablasen de ella lo menos posible, y corrobora esta hipótesis el hecho de que hable muy poco San Juan, que fue el evangelista que mejor la conoció y al que la confió Jesús para después de Su Muerte.
Cuando el Señor hubo obrado Su primer milagro cambiando el agua en vino, las Sagradas Escrituras no consignan ya ninguna otra palabra de la Virgen, a pesar de aparecer todavía en ministerio público al pie de la Cruz y en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles el día de Pentecostés.
En cuanto aparece el Sol, ya no es precisa la Luna.
Cuando habla el Verbo, la Virgen no tiene motivo para pronunciar ni una sola sílaba. El Verbo recibe el obsequio del silencio.

¿Y por qué es tan silenciosa la Virgen? ¿Por qué hablamos nosotros tanto de Ella?
¿Por qué es tan callada la Virgen? La respuesta es ésta:
Cuanto más habla uno con el Creador, más taciturno se hace con las criaturas. Esa es la naturaleza del amor.
Hasta en el amor romántico está silencioso el amante cuando tiene junto a sí a la amada. Está entregado al sueño con los ojos abiertos y se pierde entre nostalgias y recuerdos; parece insensible a lo que dicen los demás y no ve lo que hacen; tan arrobado está contemplando a la amada.
Trasladando esto a la vida espiritual, cuando el corazón humano prueba la formidable realidad del amor de Dios, todo lo demás carece de importancia.
San Pablo, arrebatado en éxtasis al tercer cielo, deseó recoger sus tiendas y marchar a estarse siempre con Jesucristo. Uno vez que había escuchado las celestes melodías, no podía ya soportar los ruidos bulliciosos de la tierra.
Pero si el amor engendra silencio, ¡qué silenciosa debía estar la Mujer que, como un sagrario, tuvo durante nueve meses el privilegio de llevar consigo misma al Albergador y Dueño del mundo.
Una madre terrenal mira los ojos de su hijo y ve lo más precioso que existe para ella; ¿y qué vería la Virgen sino el mismo Cielo al contemplar los ojos de Su Niño? Jugaría con las manecitas y los deditos de los que se desprendieron planetas y mundo; vería los labios que repiten el eco de la inmutable sabiduría de la eternidad; acariciaría los piececitos que un día serían taladrados por el hierro a causa del amor a los hombres, y todo esto inspira silencio por temor a perder un gesto o una sílaba.
Después de todo, entre el Criador y la criatura sólo existe el lenguaje del silencio.
Dos emociones dejan a uno sin habla: el miedo y la belleza. El miedo, porque queriendo obrar, no acierta a hablar; la belleza, porque prendado uno de su encanto y no queriendo interrumpir el lenguaje de los ojos, se queda uno enmudecido.
Para la Virgen María, descender de la belleza del Verbo a la trivialidad de las palabras, sería como bajar del aire puro de una montaña a la polvareda de los escombros y de los derribos.
La oración se empieza hablando con Dios, pero termina escuchando a Dios.
Frente a la Verdad absoluta, el silencio es la lengua del alma, pues sólo percibimos una palabra: la Palabra eterna, que es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.
La Mujer por medio de la que es conocida y comprendida toda otra mujer no era tampoco una señora de pocas palabras; era la Madre del Verbo.
Ante lo maravilloso, la lengua se limita a exclamación o dice: “Me quedo sin habla.” Ante el Eterno, el corazón queda silencioso. Lo bello es una unidad tan colmada, que describirlo con palabras es destruirlo. Por eso es silenciosa María.

Queda por contestar otra pregunta: ¿Por qué ensalzamos tanto a la Virgen? ¿Por qué hay tantos libros escritos sobre Ella? Continuamente estamos enojando a sus enemigos hablando de Ella, lo mismo que enojamos a los enemigos de Su Hijo al hablar de Él.
El silencio provoca alabanzas de los demás. Pero quienes hablan de su “yo,” no ven ensalzados sus méritos por los demás. Al hacerse su autobiografía, se ven privados justamente de una biografía.
El corazón humano desea instintivamente poner palabras en los labios de los que no hablan, del mismo modo que una mamá interpreta las palabras no pronunciadas aún por los labios de su pimpollo. El silencio invita a hablar a los admiradores. El silencio de la selva ha movido a millares de poetas a cantar sus loas. Una rosa encarnada, un niño que está durmiendo, la mirada espiritual de una monja, todo eso inspira alabanzas, deseos y admiración.
La Virgen, que supo callar, ha sido objeto de todos los elogios; todas las generaciones la llaman bienaventurada. Sin embargo, Herodes, que habló con la lengua y con la espada, no ha recibido el elogio de nadie.
¿Han probado alguna vez decir a su madre lo mucho que la quieren? ¿No se han dado cuenta que no encontraban palabras para ello? Tal vez le hayan dicho alguna vez: “Mamá, te quiero mucho,” sin acertar a decir más. Sus labios no han logrado ir al paso del corazón: su cariño era superior a lo que podían manifestar mediante las palabras.
Lo mismo sucede en las cosas del amor; éste se halla tan dentro del corazón, que los labios son una ventanilla demasiado estrecha. Resulta como querer pasar un camello por el ojo de una aguja.
El amor puede compararse también con un ovillo de hilo: se compone de millones de argumentos de amor, como si fueran hilillos; pero si tratamos de deshilvanarlo en palabras, nos encontraremos sin el ovillo de amor. Cuando decimos a nuestra madre que la queremos mucho, notamos que hemos dejado sin expresar nuestro amor tal como lo sentimos. Cuanto más queremos a una persona, mayor es la dificultad con que tropezamos para encontrar palabras con que expresar nuestros afectos. Siempre resultan meros intentos.
Este es el motivo por el que se escriben tantos libros y poesías en loor de nuestra Bendita Madre. Como unos niños, creemos que si a lo que ya se ha dicho añadimos algunas palabras nuestras, habremos dado una prueba de nuestro amor. A mí me sucede que hablo un domingo tras otro por la radio de la Madre del Señor, pero nunca quedo satisfecho. Si la amara más, de la que la amo, no tendría palabras. Tal vez la quieren tanto ustedes, que no tengan palabras con que expresarlo y por eso no habrán escrito ningún libro sobre Ella ni hablado de Ella por la radio. Sin embargo, si mi discurso sobre la Virgen les deja sin hablar, me sentiré dichoso por cooperar al aumento de su amor y los envidiaré que la quieran más que yo.
Me sentiré feliz si les convenzo de que deben unir el silencio a la palabra. Que sus palabras sean oración, y su silencio, meditación. Hablan al rezar el Rosario; escuchan cuando meditan sobre los hermosos misterios de la vida del Señor. ¡En el Rosario, lo mismo que en cualquier otra oración, el oído es más importante que la lengua!
En la cruzada mundial del Rosario por la paz del Mundo, pueden unir ambas cosas. En el Rosario podrán apreciar una combinación de la Palabra con el Silencio, de la Acción y Contemplación, porque tres decenas están dedicadas a los pueblos contemplativos del mundo: las cuentas verdes, para la misiones de África; las azules, para las del Pacífico; las amarillas, para las de Asia. Las otras dos decenas se dedican a los pueblos activos: las cuentas encarnadas, para las misiones de América, y las blancas para las de Europa. Les diré que el Cardenal Fumasoni Biondi, que está al frente de la Obra de Propagación de la Fe y es mi superior inmediato, me ha escrito en estos términos: “Admiro la ingeniosa manera de dar a las personas una conciencia misionera a través de la Cruzada Mundial del Rosario. También la empleo yo.”

Desearía que todos nosotros terminásemos el rezo del santo Rosario por la paz del mundo con la Salve, tal como la cantan los silenciosos Trapenses.
Siempre que rezo esta oración, pienso en los días que pasé predicando un retiro espiritual a los monjes Trapenses del monasterio de Nuestro Señor del Getsemaní, en el Kentucky.
Oficialmente era yo quien predicaba el retiro a los 215 santos varones del monasterio, pero en realidad de verdad, fueron ellos los que me lo predicaron a mí.
Como ya lo sabrán, esos religiosos llevan una vida de silencio y sólo hacen uso de la palabra para orar. Al fin de la jornada, una vez acabadas las siete horas de oración formal, se apagan todas las luces de la Capilla y en esa completa oscuridad empiezan a cantar en latín “Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra.” En este momento la gran vidriera policroma del fondo de la larga nave, que no se veía con la oscuridad, empieza a iluminarse y a emitir un ligero temblequeo de luces. En el punto en que los santos varones, inspirados por la belleza de la Madre del Salvador, desatan sus lenguas para el canto más vibrante y de mayor emoción de todo el día, comienza a distinguirse la cara de la Santísima Virgen. La luz va difundiéndose por la vidriera y poco a poco se va distinguiendo, clara y hermosa, la Santa Madre con el Niño abrazado a su cuello. La presencia de la Virgen intensifica su necesidad de intercesión, y en la Capilla resuenan las palabras: “A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” Ya iluminada por completo la vidriera, aparecen todos los santos de la Orden de la Trapa en torno de la Virgen y de Su Divino Hijito.
Identificándose con esta gran familia, continúan los frailes su canto de alegría: “Vuelve a nosotros, abogada nuestra, esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.”
Nadie canta en el mundo como esos trapenses cuando elevan su canto nocturno al Señor y a la Virgen. Hay allí más de doscientos hombres enamorados y todos ellos están enamorados de la misma mujer. Y sin sombra de mutua envidia, con ímpetu sereno, piden un solo favor: que Ella, “con la placentera atracción de sus ojos,” los lleve al Corazón de Su Divino Hijo. Del mismo modo que San Juan Bautista se sobresaltó de gozo en el seno de su madre a la vista de la Virgen, estos monjes, encerrados en el seno oscuro de la contemplación, se sobresaltan de alegría como otros tantos Bautistas en presencia de la Virgen, y sirviéndome de las palabras de ellos, diré que “reciben a Cristo en sus noches con flechas de inteligencia blancas como relámpagos.”
He pedido a todos los trapenses que esta noche ofrezcan su Salve por ustedes y por la paz del mundo mediante la Cruzada Mundial del Rosario, y me han prometido hacerlo a las siete de esta noche.
¡Quisiera que pudieran escucharlos! Pero los escucharán, por su amor, el Corazón Inmaculado de María y el Sagrado Corazón de Jesús.
¡Por el amor de Jesús!
Monseñor Fulton Sheen

lunes, 29 de septiembre de 2014

PARA COMPRENDER LA HORA ACTUAL DE LA IGLESIA



“Dios no ha hecho ni formado nunca más que una sola enemistad, mas ésta irreconciliable, que durará y aumentará incluso hasta el fin, y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer, de suerte que el más terrible de los enemigos que Dios ha creado contra el demonio es María, a quien dio desde el Paraíso Terrestre, a pesar de que Ella sólo existía entonces en la mente divina, tal odio contra el maldito enemigo de Dios, tanta industria para descubrir la malicia de aquella antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, aterrar y aplastar a ese orgulloso impío, que él la teme, no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino hasta en cierto sentido más que al mismo Dios: y esto no porque la ira, el odio y el poder de Dios no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino, primero, porque Satanás, a causa de su orgullo, padece infinitamente más al ser vencido y castigado de una pequeña y humilde esclava de Dios, y la humildad de Ésta lo humilla más que el poder divino; segundo, porque Dios ha otorgado a María un poder tan grande contra los diablos, que más temen ellos, según muchas veces han declarado a su pesar por la boca de los posesos, uno solo de los suspiros de María en favor de algún alma, que las oraciones de todos los santos, y una sola amenaza suya contra ellos, más que todos los otros tormentos".
“Lo que Lucifer perdió por orgullo, loa ganó María por humildad; lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María por su obediencia. Eva, obedeciendo la voz de la serpiente, perdió consigo a todos sus hijos y los entregó al poder de Satanás. María, conservándose perfectamente fiel a Dios, ha salvado con Ella a todos sus hijos y servidores y los ha consagrado a la Majestad divina".
“Dios no sólo ha creado una enemistad, sino enemistades y no sólo entre María y el demonio, sino entre la descendencia de la Santísima Virgen y la del diablo; es decir, que Dios ha levantado enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de su Madre y los hijos y esclavos del demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo (pues estos distintos nombres significan una misma cosa), han perseguido incesantemente hasta aquí y perseguirán todavía más que nunca a aquellos y aquellas que pertenezcan a la Santísima Virgen, así como en otro tiempo Caín persiguió a su hermano Abel, y Esaú a su hermano Jacob, que son figuras de los réprobos y de los predestinados. Pero la humildad de María triunfará siempre del orgulloso demonio; y la victoria será tan grande, que llegará hasta aplastarle la cabeza, en donde reside su orgullo. Ella descubrirá siempre su malicia de serpiente, hará manifiestas sus tramas infernales, disipará sus consejos diabólicos y a sus fieles servidores los librará hasta el fin de los tiempos de sus crueles garras".

“Pero el poder de María sobre todos los diablos brillará particularmente en los últimos tiempos, en que Satanás pondrá asechanzas a su talón, es decir, a sus humildes esclavos y a sus pobres hijos, que Ella suscitará para hacerle la guerra. Serán pequeños y pobres, según el mundo, y rebajados ante los otros como el talón, hollados y oprimidos como el talón lo es respecto de los demás miembros del cuerpo; mas, en cambio, serán ricos de las gracias de Dios, que María les distribuirá abundantemente, grandes y exaltados en santidad delante de Dios, superiores a toda criatura por su celo inflamado y tan fuertemente apoyados en el socorro divino, que con la humildad de su talón, en unión de María, aplastarán la cabeza del diablo y harán triunfar a Jesucristo”.
(S. Luis María Grignion de Montfort, Obras Completas, Tratado de la verdadera devoción, Págs. 468–471 o núms. 51 a 53)

PUBLICAN UN TEXTO INÉDITO ESCRITO POR LA HERMANA LUCÍA


Este documento fue incluido en una biografía de Sor Lucía, escrita por las monjas Carmelitas de Coimbra con base en sus cartas y en su Diario espiritual aún inédito. Titulada Un camino bajo la mirada de María, la biografía fue publicada en 2013 por el Carmelo de Coimbra.

La aparición relatada por Lucía ocurrió al comienzo del año 1944, cuando era monja en el convento de las Hermanas Doroteas en Tuy (Galicia). Dos años antes, en diciembre de 1941, ella ya había escrito por orden superior las dos primeras partes del secreto de Fátima (la visión del infierno y los avisos y predicciones de la Virgen), pero dejó pendiente la tercera parte.
El obispo de Leiría —la diócesis de Fátima— la instaba reiteradamente a redactar también ese “tercer secreto”; pero como la Virgen le había mandado guardar reserva, ella se abstuvo de hacerlo. Sin embargo, interiormente su perplejidad era muy grande: estando el mundo en plena II Guerra Mundial, ¿no habría llegado el momento de escribirlo?
En esas circunstancias, hacia las 4 de la tarde del día 3 de enero de 1944 —relata Lucía—, mientras rezaba en la capilla del convento ante el tabernáculo, “pedí a Jesús que me hiciese conocer cuál era su voluntad”, y con el rostro entre las manos esperaba alguna respuesta: “Sentí entonces que una mano amiga, afectuosa y materna, me toca el hombro. Levanto la mirada y veo a la querida Madre del Cielo”.
La Virgen le dice: “«No temas, quiso Dios probar tu obediencia, fe y humildad. Queda en paz y escribe lo que te mandan, pero no aquello que te es dado comprender de su significado»”. Le instruye guardar lo que irá a escribir en un sobre lacrado y anotar por fuera de este «que sólo puede ser abierto en 1960».
Enseguida, prosigue Lucía, “sentí el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios y en Él vi y oí: la punta de la lanza como llama que se desprende, toca el eje de la Tierra. Ella se estremece: montañas, ciudades, villas y aldeas con sus habitantes son sepultadas. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordándose, inundando y arrastrando en un remolino, casas y gente en un número que no se puede contar, es la purificación del mundo, por el pecado en el cual está inmerso. – ¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!
“– Después sentí  en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu el eco de una voz suave que decía: ‘En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica – En la eternidad, ¡el Cielo!’
“Esta palabra ‘Cielo’ llenó mi corazón de paz y felicidad, de tal forma que, casi sin darme cuenta, me quedé repitiendo por mucho tiempo: ’el Cielo, el Cielo’”.

Alentada por estas maravillosas palabras finales, Sor Lucía cobró fuerzas para escribir el Tercer Secreto, tal como la Virgen le había ordenado: “Apenas pasó la mayor fuerza de lo sobrenatural, fui a escribir y lo hice sin dificultad, el día 3 de enero de 1944, de rodillas apoyada sobre la cama que me sirvió de mesa. Ave María”. Así concluye el relato manuscrito de la visión.

jueves, 18 de septiembre de 2014

EXILIO EN MALTA PARA EL CARDENAL BURKE



CIUDAD DEL VATICANO, 17 de setiembre de 2014 –  La “revolución” del papa Francisco en el gobierno eclesiástico no pierde su empuje propulsor. Y así, como acontece en toda revolución que se precia de tal, siguen cayendo cabezas de eclesiásticos considerados merecedores de esta metafórica guillotina.

En sus primeros meses como obispo de Roma, el papa Bergoglio procedió rápidamente para transferir a cargos de menor rango a tres destacadas personalidades curiales: el cardenal Mauro Piacenza, el arzobispo Guido Pozzo y el obispo Giuseppe Sciacca, considerados por su sensibilidad teológica y litúrgica entre los más “ratzingerianos” de la curia romana.

También parece signada la suerte del arzobispo español Celso Morga Iruzubieta, miembro del Opus Dei y secretario de la Congregación para el Clero, destinado a dejar Roma por una diócesis ibérica que no es de primer nivel.

Pero ahora estaría por producirse una decapitación todavía más notable.

La próxima víctima sería efectivamente el purpurado estadounidense Raymond Leo Burke, quien de prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica no sería promovido – como fantasearon algunos en el mundo web – a la difícil pero prestigiosa sede de Chicago, sino que sería degradado al pomposo – pero eclesiásticamente modestísimo – título de “cardenal patrono” de la Soberana Orden Militar de Malta, reemplazando al actual titular Paolo Sardi, quien hace poco cumplió 80 años de edad.

Si se confirma, el exilio de Burke sería todavía más drástico que el impuesto al cardenal Piacenza, quien ha sido transferido de la importante Congregación para el Clero a la marginal Penitenciaría Apostólica, aunque de todos modos ha permanecido a la cabeza de un dicasterio curial.

Con el desplazamiento en ciernes, Burke sería desplazado totalmente de la curia y colocado en un cargo puramente honorífico y sin ninguna incidencia en el gobierno de la Iglesia universal.

Este sería un movimiento que no parece tener precedentes.

En efecto, en el pasado el título de “cardinalis patronus” de los Caballeros de Malta, en vigor desde 1961, así como el anterior de Gran Prior de Roma, ha sido asignado siempre a cardenales de primer o primerísimo plano como un cargo superior respecto al principal.

Sucedió así con los cardenales Mariano Rampolla del Tindaro (nombrado Gran Prior en 1896, pero permaneciendo como secretario de Estado), Gaetano Bisleti (en ese momento prefecto de la Congregación para la Educación Católica), Gennaro Granito Pignatelli (cardenal decano y obispo de Albano), Nicola Canali (gobernador de la Ciudad del Vaticano), Paolo Giobbe (en la conducción de la dataría apostólica), Paul-Pierre Philippe (también prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales hasta que cumplió 75 años de edad), Sebastiano Baggio (removido de la Congregación para los Obispos pero mantenido como gobernador de la Ciudad del Vaticano y camarlengo), Pio Laghi (hasta los 77 años de edad también prefecto de la Congregación para la Educación Católica).

Dos casos distintos ha sido los del cardenal Giacomo Violardo, quien dos meses después de haber recibido la púrpura al término de un largo servicio curial, a los 71 años de edad reemplazó como patrono al octogésimo nono Giobbe, y del saliente Sardi, nombrado a los 75 años pro-patrono en el 2009 y creado cardenal en el 2010, luego de haber sido durante muchos años el responsable de la oficina que redacta los documentos pontificios.

Además, la jubilación de Sardi no sería una acción obligada, dado que para los cargos extracuriales no vale el límite de los 80 años de edad. En efecto, con la excepción de Paolo Giobbe, todos los cardenales patronos arriba citados pasaron a mejor vida “durante munere”.

Burke tiene 66 años, es decir, está en la plenitud de la edad. Ordenado sacerdote por Pablo VI en 1975, trabajó en la Signatura Apostólica como simple sacerdote con Juan Pablo II, quien en 1993 lo hizo obispo de su diócesis natal de LaCrosse, en Wisconsin. También el papa Karol Wojtyla lo promovió en el 2003 como arzobispo en la prestigiosa sede, alguna vez cardenalicia, de St. Louis, en Missouri. Benedetto XVI lo llamó a Roma en el 2008 y lo creó cardenal en el 2010.

Personalidad muy piadosa, se reconoce también en él la rara virtud de no haber negociado jamás para obtener promociones o prebendas eclesiásticas.

En el campo litúrgico y teológico está muy próximo a la sensibilidad de Joseph Ratzinger. Ha celebrado muchas veces según el rito antiguo, revestido también con la “capa magna”, como por otra parte lo siguen haciendo también los cardenales George Pell y Antonio Cañizares Llovera, sin que por esto hayan sido castigados por el papa Francisco.

Gran experto en Derecho Canónico, por eso mismo nombrado en la Signatura Apostólica, no teme extraer las consecuencias más incómodas, como cuando a tono con los artículos del Código – precisamente el 915 – sostuvo la imposibilidad de dar la comunión a los políticos que pertinaz y públicamente reivindican el derecho al aborto, razón por la cual se ha ganado la recriminación de dos colegas estadounidenses valorados por el papa Francisco: Sean Patrick, de Boston, y Donald Wuerl, de Washington.

Libre en sus juicios, ha sido uno de los pocos que desarrolló anotaciones críticas sobre la "Evangelii gaudium", señalando, a juicio suyo, su valor programático pero no magisterial. Y en vista del próximo sínodo de los obispos reiteradamente ha tomado posición contra las tesis del cardenal Walter Kasper – notoriamente agraciado por el papa Francisco – favorables a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. 

El dicasterio presidido por Burke, eminentemente técnico, ha aceptado recientemente un recurso de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada contra una medida tomada respecto a ellas por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apóstolica. Un valiente movimiento a contramano por parte de Burke, que se sitúa en el interior de la acción punitiva emprendida por la Congregación vaticana contra una de las realidades más emblemáticas del tradicionalismo católico, acción que el papa Francisco ha avalado aprobando en forma específica la decisión de la Congregación de impedir a los frailes de la Inmaculada la celebración de la Misa según el rito “tridentino”. Efectivamente, sólo con este tipo de aprobación pontificia un decreto de la curia puede contradecir la ley vigente y, en este caso específico, el motu proprio "Summorum pontificum", de Benedicto XVI.

Es difícil individualizar entre estos antecedentes a los que pueden haber influido en la suerte del cardenal Burke.

Pero es fácil prever que esta degradación definitiva provocará tanto una tumultuosa reacción en el mundo tradicionalista, donde Burke es considerado un héroe, como una oleada de júbilo en el mundo opuesto, donde por el contrario es considerado un esperpento. 

Respecto a esta segunda vertiente se puede recordar que el comentarista católico "liberal" Michael Sean Winters, en el "National Catholic Reporter" del 26 de noviembre de 2013, había pedido la cabeza del cardenal Burke, en cuanto miembro de la Congregación para los Obispos, por la nefasta influencia, según su criterio, que él ejercía sobre los nombramientos episcopales en Estados Unidos. 

En efecto, el 16 de diciembre el papa Francisco humilló a Burke eliminándolo de los miembros de la Congregación, entre los hosannas del catolicismo "liberal" no sólo estadounidense.

Por cierto, el Papa no lo hizo para obedecer a los deseos del "National Catholic Reporter".

Pero ahora parece justamente que está a punto de dar curso a la segunda y más grave degradación de una de las personalidades más ejemplares que conoce la curia vaticana.
Sandro Magister
Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/