REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

miércoles, 30 de abril de 2014

JOSÉ SE ENTREGABA A SU HUMILDE TAREA



En medio, pues, de su familia de Nazaret, José se entregaba a su humilde tarea, preocupado ante todo de agradar a Dios observando la Ley. Vestía como los obreros de su corporación, y llevaba en la oreja, según la costumbre, una viruta de madera. Es de suponer, sin embargo, que su rostro reflejaría su dignidad y, más todavía, su santidad. Bajo sus hábitos artesanos, había unas maneras que llamaban la atención, pues no se solían encontrar entre gentes de su oficio. Tenía en su actitud y en su compostura un no sé qué de digno y sosegado que imponía respeto; en su rostro un aire de dulzura y de bondad, y en sus ojos un mirar limpio y profundo.
Todos, en la comarca, sabían que pertenecía a la casa de David, pero como era sencillo y humilde y jamás hacía valer sus títulos, y por otra parte la modestia de su oficio desdecía de su nobleza de origen, había quien se resistía a creerlo... ¡Ya era tiempo de que Dios viniese en persona a la tierra para revelar a los hombres en lo que consiste la verdadera grandeza!


Fr. Michel Gasnier

CONCORDIA, TESTIMONIO Y ATENCIÓN A LOS POBRES



Toda comunidad cristiana debería confrontar su propia vida con la que animaba a la primera Iglesia y verificar su propia capacidad de vivir en “armonía”, de dar testimonio de la Resurrección de Cristo y de asistir a los pobres. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
Un "icono" con tres “pinceladas”: es lo que presenta a la primera comunidad cristiana tal como aparece descrita en los Hechos de los Apóstoles. El Papa se detuvo en las tres características de este grupo, capaz de plena concordia en su interior, de dar testimonio de Cristo hacia fuera, y de impedir que sus miembros padecieran la miseria: las “tres peculiaridades del pueblo renacido”.
Francisco desarrolló su homilía a partir de lo que la Iglesia ha destacado durante toda la semana de Pascua: “renacer desde lo Alto”, del Espíritu, que da vida al primer núcleo de los “nuevos cristianos”, cuando “aún no se llamaban así”:



“‘Tenía un solo corazón y una sola alma’. La paz. Una comunidad en paz. Esto significa que en aquella comunidad no había lugar para los chismes, para las envidias, para las calumnias, para las difamaciones. Paz. El perdón: ‘El amor lo cubría todo’. Para calificar a una comunidad cristiana sobre esto, debemos preguntarnos cómo es la actitud de los cristianos. ¿Son mansos, humildes? En esa comunidad ¿hay peleas entre ellos por el poder? ¿Peleas de envidia? ¿Hay chismes? No están por el camino de Jesucristo. Esta característica es muy importante, muy importante, porque el demonio trata de dividirnos siempre. Es el padre de la división”.

No es que faltaran los problemas en aquella primera comunidad. De hecho, el Papa Francisco recordó “las luchas internas, las luchas doctrinales, las luchas de poder” que también aparecieron más adelante. Por ejemplo, dijo, cuando las viudas se lamentaron de no ser asistidas bien por los Apóstoles, por lo que “debieron hacer a los diáconos”.

Sin embargo, aquel “momento fuerte” del inicio fija para siempre la esencia de la comunidad nacida del Espíritu. Una comunidad acorde y, en segundo lugar, una comunidad de testigos de la fe, sobre la cual el Papa invitó a confrontar toda comunidad actual:




¿Es una comunidad que da testimonio de la resurrección de Jesucristo? Esta parroquia, esta comunidad, esta diócesis ¿cree verdaderamente que Jesucristo ha resucitado? O dice: ‘Sí, ha resucitado, pero de esta parte’, porque lo cree aquí solamente, con el corazón lejos de esta fuerza. Dar testimonio de que Jesús está vivo, está entre nosotros. Y así se puede verificar cómo va una comunidad”.






La tercera característica sobre la cual verificar cómo va la vida de una comunidad cristiana está relacionada con “los pobres”. Y aquí el Papa Francisco distinguió el metro de verificación en dos puntos:

“Primero: ¿Cómo es tu actitud o la actitud de esta comunidad con los pobres? Y segundo: Esta comunidad ¿es pobre? ¿Pobre de corazón, pobre de espíritu? ¿O pone su confianza en las riquezas? ¿En el poder?

Armonía, testimonio, pobreza y atender a los pobres. Y esto es lo que Jesús explicaba a Nicodemo: este nacer desde lo Alto. Porque el único que puede hacer esto es el Espíritu. Esta es obra del Espíritu. A la Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu hace la unidad. El Espíritu te impulsa hacia el testimonio. El Espíritu te hace pobre, porque Él es la riqueza y hace que tú te ocupes de los pobres”.


“Que el Espíritu Santo – concluyó Francisco – nos ayude a caminar por este camino de renacidos por la fuerza del Bautismo”.

martes, 29 de abril de 2014

NO HAY VERDADERA DEVOCIÓN SIN OBRAS


El culto a la Divina Misericordia no está hecho de sólo oraciones. Responde a un planteamiento preciso de la vida, aquél que Jesús ha propuesto a todo cristiano: "Sean misericordiosos como el Padre... Ámense como Yo les he amado".
Ciertamente, la confianza en Dios se vincula con esta segunda exigencia: "CUALQUIER COSA QUE HAYAN HECHO AL MÁS PEQUEÑO DE USTEDES, ME LA HAN HECHO A MÍ. A esta declaración está ligada igualmente una promesa: "BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS PORQUE OBTENDRÁN MISERICORDIA".
El culto de la Misericordia es de tal naturaleza que más que cualquier otra de nuestras devociones exige de nosotros la imitación: "SI NO AMAS AL PRÓJIMO A QUIEN VES, NO PUEDES AMAR A DIOS A QUIEN NO VES" (I- Jn 4,20).
Coherentemente con esto Jesús dice a la Santa María Faustina:

"Si por medio tuyo pido a los hombres el culto a mi Divina Misericordia, debes ser tú la primera en distinguirte por la confianza en esta Misericordia. De tí quiero obras de misericordia que fluyan del amor que me tienes. Debes mostrarte misericordiosa hacia los demás, siempre y en todas partes; no te puedes eximir de esto, ni excusar mucho menos justificar. Has de saber que Yo estoy contigo. Yo establezco las dificultades y Yo las supero y en un instante puedo cambiar las posturas contrarias en posturas favorables a este causa" (D-1578).


Y continúa:
"Si un alma de algún modo no ejerce la misericordia hacia el prójimo, no conseguirá mi Misericordia en el día del juicio. Si las almas supieran acumular para sí estos tesoros, ni siquiera serían juzgadas, con la misericordia previenen mi juicio (D-1317).

"Escribe para las muchas almas que se afligen por no poseer bienes materiales, por lo cual padecen impotentes para las obras de misericordia diles que la misericordia del espíritu obtiene méritos aún mayores, y es accesible a todas las almas" (D. 1317).

Por lo demás, el Señor se adelanta con una indicación precisa:
Te propongo tres maneras de cumplir con misericordia hacia el prójimo: la primera es acción; la segunda la palabra; la tercera la oración. En estos tres puntos está la plenitud de la misericordia y ellos constituyen una prueba irrefutable del amor que se me tiene. Es así como el alma da gloría y culto a mi Misericordia (D. 742).

El pensamiento de la misericordia que debemos ejercitar entre nosotros no se pierde de vista cuando se habla de la Fiesta de la Misericordia:
"El primer domingo después de Pascua es la Fiesta que exijo se celebre solemnemente, pero deben practicarse también las obras de misericordia" (D.742).



La misma exigencia reaparece también cuando trata de la veneración de la Imagen:
"Por medio de mi Imagen concederé muchas gracias, pero ella debe también recordar las exigencias prácticas de la misericordia, porque la fe, aunque sea fuerte, de nada sirve sin las obras" (D. 742).

Al colocar en un lugar de honor en nuestras casas la imagen del Salvador misericordioso, no hemos de hacerlo solamente para que nos defienda y proteja, ni mucho menos únicamente como signo auspicioso de gracias y favores, sino también para que haga florecer entre las paredes domésticas el espíritu de misericordia y dé a nuestras relaciones con el prójimo -ya se trate de nuestros seres queridos o de los desconocidos- el reflejo de los rayos de una bondad fraterna y solidaria.

Para entender hasta dónde se extienden las exigencias de las que habla Jesús, no necesitamos sino buscar en el Evangelio, donde el Señor dice sin vacilación:

"Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo; porque Él es bueno aún con los ingratos y los malvados" (Lc 6,35).


SAN LUIS MARÍA


San Luis María Grignion de Montfort, santo francés que vivió en los siglos XVII y XVIII y que al ser ordenado sacerdote escogió como lema de su vida sacerdotal «ser esclavo de María»: «Totus Tuus» (soy todo tuyo).
San Luis María fue poco comprendido por los demás. Su tiempo en el seminario estuvo lleno de grandes pruebas. Sus superiores no sabían si considerarlo un santo o como un fanático. Enseguida empezaron a surgir cruces mas grandes en su vida: le negaron varias veces ejercer sus funciones de sacerdote, no podía confesar ni predicar. Fue rechazado por sus amigos mas íntimos, hasta su propio obispo empieza a dudar seriamente de el. San Luis María comprende que la razón de los ataques es la doctrina mariana que enseñaba. Recurre al Papa y le visita en Roma; quería saber si de verdad estaba equivocado como todos decían o si cumplía la voluntad de Dios, que era su único deseo. En Roma, San Luis María recibe la bendición y el titulo de Misionero Apostólico.
Siento vivos anhelos de hacer amar al Señor y a su Santísima Madre, de ir en forma pobre y sencilla a enseñar el catecismo a los pobres de los campos y excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen.

Ante todo, San Luis María es un misionero. Recorre los caminos de Francia con un un bastón, coronado por un crucifijo o una estatuilla de la Virgen; a la espalda una mochila en la que lleva su Biblia, su breviario, su cuaderno de notas. Lleva a la cintura un rosario muy grande que atrae las miradas de todos. Pero no por eso cesaron las incomprensiones y la persecución y San Luis tiene que buscar diócesis cuyos obispos eran notoriamente contrarios al jansenismo, la herejía tan del gusto de aquella Francia del siglo de la ilustración y del racionalismo. Como ocurre en nuestros días, entre los seguidores de las ideologías “modernas” se reclutaban los más radicales enemigos del cristianismo.
De ahí su predicación en la región de la Vandea, que después, en 1793, se levantaría contra la sangrienta y atea Revolución Francesa. Fue allí donde trabajó durante los últimos cinco años de su vida, implantando en aquellas poblaciones una sólida formación católica. Ésta fue, décadas más tarde, un decisivo hecho para la gloriosa Guerra de la Vandea, contra los impíos revolucionarios de 1789.

¿Qué nos enseña Grignon de Montfort? No nos dice nada nuevo. ¿Queremos ir a Jesucristo? ¡Vayamos por María!
Hay que ir a Jesucristo, y por Jesucristo a Dios en el Espíritu Santo. Pero escogemos un camino fácil, encantador, podríamos decir, como es María. Porque María nos llevará necesariamente a Jesucristo. María se convierte en el atajo más rápido para llegar a Dios.
  • Hacer todo CON María, en su compañía, sin perderla nunca de vista, pues, haciéndolo todo con Ella, venimos a hacerlo todo como María, con su misma finura, y salimos imitadores suyos perfectos.
  • Hacer todo EN María, es decir, meterse en María, en sus sentimientos, en su corazón, de modo que sea María el motor de toda nuestra actividad.
  • Hacer todo POR María, o sea, dirigirse a Jesucristo y a Dios por medio de la Virgen María, por ser una intercesora y una Medianera poderosa de la Gracia.
  • Hacer todo PARA María, porque nos rendimos a Ella como unos esclavos, que no tienen más ilusión que servir gozosos a su Reina y Señora.

Para nosotros cuando se trata del amor y devoción a la Virgen, parece que sobran todas las recomendaciones. El amor a la Virgen María lo llevamos entrañado en el alma. Y ahora, al escuchar a San Luis María nosotros nos llenamos de ilusión por formar parte en esa legión de hijos amantes de María, para que Ella nos lleve a Jesús.
Y para que nos lleve —aunque esto ya nos resulta más fuerte— precisamente por el camino real de la Cruz. Con la Virgen, y llevando con gallardía cada uno nuestra cruz, el seguir a Jesucristo se hace más fácil como lo predicaba siempre Luis María Grignion de Montfort.


Su mensaje final dirigido hoy a nosotros, lo resume en estas palabras, que son el compendio de toda su vida de santo y de apóstol: ¡Amad ardientemente a Jesucristo, amadle por María!
Fuente: tradiciondigital.es

viernes, 25 de abril de 2014

MISTERIO


La sangre del justo
y la del malvado,
pasan por tu mismo corazón.

La espalda del que golpea
y la que recibe el latigazo
son parte de tu mismo cuerpo.

En tus lágrimas lloran
el dolor del bueno
y la confusión de su agresor.

Tu misma ternura abraza
el rostro de tu Madre María
y la del soldado que te clava.

En tu corazón no hay excluidos,
en tu cuerpo todos cabemos,
en tus lagrimas todos lloramos,
en tu ternura todos existimos.

¡Déjame entrar contigo,
Señor, en tu misterio,
y vivir en el hogar de tu pasión
donde reconcilias lo imposible!”

Fuente: Caminar (Religiosa contemplativa)

jueves, 24 de abril de 2014

COMO EL HIJO CUBIERTO DE LLAGAS



Conviene evocar en todas las cosas la memoria de la gloriosísima Virgen María, Madre bendita de Jesús, a cuyos méritos y ruegos te debes encomendar cada día y recurrir a ella en todas las necesidades como acude a su querida madre el hijo cubierto de llagas. Pues el dulce nombre de María da confianza al que la invoca y la llama. Y ella está dispuesta a decir cosas buenas a su hijo Jesús a favor del alma atribulada y miserable.

Si María, con los santos en el cielo, no rogara diariamente por el mundo, ¿cómo podría permanecer aún el mundo, que tanto ofende a Dios con tan graves pecados y tan poca enmienda?

María, pues, ha de ser invocada por todos los cristianos: por los justos y los pecadores, y principalmente por los religiosos y personas consagradas, que tienen el propósito de la continencia y por medio de santos deseos suspiran por las cosas del cielo y nada quieren tener ni obrar con el mundo.

Mas ¿qué se ha de pedir? Pide, en primer lugar, el perdón de tus pecados; después, la virtud de la continencia y humildad, que es un don muy grato a Dios, para que siempre aparezcas humilde en presencia de Dios y desees ser tomado por vil y miserable y no te gloríes de ningún bien, no vayas a perder todo lo que pareces tener. Lamenta estar tan lejos de las verdaderas virtudes, de la humildad profunda, de la santa pobreza, de la perfecta obediencia, de la purísima castidad, de la oración devotísima, de la ferviente caridad, que todas estas cosas estuvieron plenísimamente en María, la Madre de Dios.

Por tanto, arrójate a sus pies como pobre mendigo para que al menos adquieras el mínimo grado de estas virtudes, ya que por tu desidia no puedes subir al máximo. Cualquier cosa que desees, pídelo humildemente por manos de la bienaventurada María, porque con sus gloriosos méritos son ayudados los que están en el purgatorio y en la tierra.

Gran gracia, gran gloria la suya en Jesús, su Salvador, sobre todos los santos en el cielo; pero todo para nosotros que vivimos en el mundo.

Confíate, pues, con seguridad a la fidelidad de aquella cuyas oraciones son escuchadas por Dios, no pidiendo, sin embargo, ni buscando otra cosa sino lo que agrada a ella y a su amado Hijo y conviene a tu salvación, como saben ellos mejor.
Rogar por los pecadores y conservar el corazón en la humildad agrada mucho a Dios y a la bienaventurada Virgen. Pues ella se glorió ante Dios únicamente de la humildad, y de lo demás nada dijo; y, a pesar de la gracia que tuvo, no se apartó de la humildad. Ruegue, pues, por nosotros piadosamente la Virgen María para que seamos dignos de la gracia de Dios.


P. Antonio Royo Marín

miércoles, 23 de abril de 2014

LA MIRADA



La mirada. ¡Qué importante es! ¡Cuántas cosas pueden decirse con una mirada! Afecto, aliento, compasión, amor, pero también reproche, envidia, soberbia, incluso odio. Con frecuencia, la mirada dice más que las palabras, o dice aquello que las palabras no pueden o no se atreven a decir.

¿A quién mira la Virgen María? Nos mira a todos, a cada uno de nosotros. Y, ¿cómo nos mira? Nos mira como Madre, con ternura, con misericordia, con amor. Así ha mirado al hijo Jesús en todos los momentos de su vida, gozosos, luminosos, dolorosos, gloriosos, como contemplamos en los Misterios del Santo Rosario, simplemente con amor.

Cuando estamos cansados, desanimados, abrumados por los problemas, volvámonos a María, sintamos su mirada que dice a nuestro corazón: "¡Animo, hijo, que yo te sostengo!" La Virgen nos conoce bien, es madre, sabe muy bien cuáles son nuestras alegrías y nuestras dificultades, nuestras esperanzas y nuestras desilusiones. Cuando sintamos el peso de nuestras debilidades, de nuestros pecados, volvámonos a María, que dice a nuestro corazón: "!Levántate, acude a mi Hijo Jesús!, en Él encontrarás acogida, misericordia y nueva fuerza para continuar el camino".

La mirada de María no se dirige solamente a nosotros. Al pie de la cruz, cuando Jesús le confía al Apóstol Juan, y con él a todos nosotros, diciendo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", los ojos de María están fijos en Jesús. Y María nos dice, como en las Bodas de Caná: "Haced lo que Él os diga". María indica a Jesús, nos invita a dar testimonio de Jesús, nos guía siempre a su Hijo Jesús, porque sólo en Él hay salvación, sólo Él puede trasformar el agua de la soledad, de la dificultad, del pecado, en el vino del encuentro, de la alegría, del perdón. Sólo Él.

"Bienaventurada porque has creído". María es bienaventurada por su fe en Dios, por su fe, porque la mirada de su corazón ha estado siempre fija en Dios, en el Hijo de Dios que ha llevado en su seno y que ha contemplado en la cruz. En la Adoración del Santísimo Sacramento, María nos dice: "Mira a mi Hijo Jesús, ten los ojos fijos en Él, escúchalo, habla con Él. Él te mira con amor. No tengas miedo. Él te enseñará a seguirlo para dar testimonio de Él en las grandes y pequeñas obras de tu vida, en las relaciones de familia, en tu trabajo, en los momentos de fiesta; te enseñará a salir de ti mismo, de ti misma, para mirar a los demás con amor, como Él, que te ha amado y te ama, no de palabra, sino con obras".

¡Oh María!, haznos sentir tu mirada de Madre, guíanos a tu Hijo, haz que no seamos cristianos "de escaparate", sino de los que saben "mancharse la manos" para construir con tu Hijo Jesús su Reino de amor, de alegría y de paz”.


Fuente: Caminar ( monja contemplativa)