REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

viernes, 18 de abril de 2014

VÍA CRUCIS


VÍA CRUCIS DEL VIERNES SANTO, Coliseo Romano, 18-4-2014 «EL ROSTRO DE CRISTO, EL ROSTRO DEL HOMBRE», MEDITACIONES  de S.E. Mons. Giancarlo Maria BREGANTINI, Arzobispo de Campobasso-Boiano

INTRODUCCIÓN
«El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”» (Jn 19,35-37).

Dulce Jesús,
subiste al Gólgota sin titubear, como gesto de amor,
y te dejaste crucificar sin lamento.
Humilde hijo de María,
cargaste con nuestra noche
para mostrarnos con cuánta luz
querías henchir nuestro corazón.
En tu dolor, reside nuestra redención,
en tus lágrimas, se bosqueja la «hora»
en la que se desvela el amor gratuito de Dios.
Siete veces perdonados
en tus últimos suspiros de hombre entre los hombres,
nos devuelves a todos al corazón del Padre,
para indicarnos en tus últimas palabras
la vía redentora para todo nuestro dolor.
Tú, el plenamente encarnado, te anonadas en la cruz,
solamente comprendido por Ella, la Madre,
que permanecía fielmente al pie de aquel patíbulo.
Tu sed es fuente de esperanza siempre encendida,
mano tendida incluso para el malhechor arrepentido,
que hoy, gracias a ti, dulce Jesús, entra en el paraíso.
Concédenos a todos nosotros, Señor Jesús crucificado,
tu infinita misericordia,
perfume de Betania en el mundo,
gemido de vida para la humanidad.
Y, confiados finalmente en las manos de tu Padre,
ábrenos la puerta de la vida que nunca muere. Amén.

PRIMERA ESTACIÓN
Jesús condenado a muerte
El dedo acusador
«Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Por tercera vez les dijo: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad» (Lc 23,20-25).
Un Pilato atemorizado que no busca la verdad, el dedo acusador y el creciente clamor de la multitud, son los primeros pasos de la muerte de Jesús. Inocente como un cordero cuya sangre salva a su pueblo. Ese Jesús, que ha pasado entre nosotros curando y bendiciendo, es condenado ahora a la pena capital. Ninguna palabra de gratitud por parte del gentío que, en cambio, elige a Barrabás. Para Pilato, se convierte en un caso embarazoso. Lo entrega a la muchedumbre y se lava las manos, enteramente apegado a su poder. Lo entrega para que sea crucificado. No quiere saber nada de él. Para él, el caso está cerrado.
La condena apresurada de Jesús acoge así las acusaciones fáciles, los juicios superficiales entre la gente, las insinuaciones y prejuicios, que cierran el corazón y se convierten en cultura racista, de exclusión y descarte, con cartas anónimas y horribles calumnias. Si acusados, se salta inmediatamente en primera página; si absueltos, se termina en la última.
¿Y nosotros? ¿Sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que nunca dé la espalda al inocente, sino que luche con valor en favor de los débiles, resistiéndose a la injusticia y defendiendo por doquier la verdad ultrajada?

ORACIÓN
Señor Jesús,
hay manos que amparan y hay manos que firman sentencias injustas.
Haz que, ayudados por tu gracia, no descartemos a nadie.
Defiéndenos de la calumnia y la mentira.
Ayúdanos a buscar siempre la verdad,
y a estar siempre de parte de los débiles.
Y concede tu luz a quien, por misión, debe juzgar en el tribunal,
para que emita siempre sentencias justas y verdaderas. Amén.

SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas
El pesado madero de la crisis

«Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» (1 P 2,24-25).
Pesa el madero de la cruz, porque, en él, Jesús lleva consigo todos nuestros pecados. Se tambalea bajo este peso, demasiado grande para un solo hombre (cf. Jn 19,17).
Es también el peso de todas las injusticias que ha causado la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo, despidos; un dinero que gobierna en lugar de servir, la especulación financiera, el suicidio de empresarios, la corrupción y la usura, las empresas que abandonan el propio país.
Esta es la pesada cruz del mundo del trabajo, la injusticia en la espalda de los trabajadores. Jesús la carga sobre sus hombros y nos enseña a no vivir más en la injusticia, sino a ser capaces, con su ayuda, de crear puentes de solidaridad y esperanza, para no ser ovejas errantes ni extraviadas en esta crisis.
Volvamos, pues, a Cristo, pastor y guardián de nuestras almas. Luchemos juntos por el trabajo en reciprocidad, superando el miedo y el aislamiento, recuperando la estima por la política y tratando de solventar juntos los problemas.
La cruz, entonces, se hará más ligera, si la llevamos con Jesús y la levantamos todos juntos, porque con sus heridas – resquicios de luz – hemos sido curados.

ORACIÓN
Señor Jesús,
cada vez se hace más densa nuestra noche.
La pobreza se torna miseria.
No tenemos pan para los hijos y nuestras redes están vacías.
Nuestro futuro es incierto. Vela por el trabajo que falta.
Despierta en nosotros el celo por la justicia,
para que no arrastremos la vida,
sino que la llevemos con dignidad. Amén.

TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
La fragilidad que se abre a la acogida

«Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él» (Is 53,4-5).
Es un Jesús frágil, muy humano, el que contemplamos con asombro en esta estación de gran dolor. Pero es precisamente esta caída en tierra lo que revela aún más su inmenso amor. Está acorralado por el gentío, aturdido por los gritos de los soldados, cubierto por las llagas de la flagelación, lleno de amargura interior por la inmensa ingratitud humana. Y cae. Cae por tierra.
Pero en esta caída, en este ceder al peso y la fatiga, Jesús vuelve a ser una vez más maestro de vida. Nos enseña a aceptar nuestras fragilidades, a no desanimarnos por nuestros fallos, a reconocer con lealtad nuestras limitaciones: «El deseo del bien está a mi alcance – dice san Pablo – pero no el realizarlo» (Rm 7,18).
Con esta fuerza interior que viene del Padre, Jesús también nos ayuda a aceptar las debilidades de los demás; a no indignarnos con quien ha caído, a no ser indiferentes con quien cae. Y nos da la fuerza para no cerrar la puerta a quien llama a nuestra casa pidiendo asilo, dignidad y patria. Conscientes de nuestra fragilidad, acogeremos entre nosotros la fragilidad de los emigrantes, para que encuentren seguridad y esperanza.
En efecto, en el agua sucia del cántaro del Cenáculo, es decir, en nuestra fragilidad, es donde se refleja el verdadero rostro de nuestro Dios. Por eso, «todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios» (1 Jn 4,2).

ORACIÓN
Señor Jesús,
que te has humillado para rescatar nuestra debilidad,
haznos capaces de entrar en una verdadera comunión
con nuestros hermanos más pobres.
Arranca de nuestro corazón toda raíz de miedo y cómoda indiferencia,
que nos impide reconocerte en los emigrantes,
para dar testimonio de que tu Iglesia no tiene fronteras,
sino que es verdadera madre de todos. Amén.


CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con la Madre
Lágrimas solidarias

«Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,34-35). «Llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros» (Rm 12,15-16).
Este encuentro de Jesús con María, su madre, está cargado de emoción, de lágrimas amargas. En él se expresa la fuerza invencible del amor materno, que supera todo obstáculo y sabe abrir caminos. Pero impresiona aún más la mirada solidaria de María, que comparte e infunde fuerza al Hijo. Nuestro corazón se llena así de asombro al contemplar la grandeza de María, precisamente en su hacerse, ella misma criatura, «prójimo» para con su Dios y su Señor.
Ella recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados. En ellas escuchamos el lamento desgarrador de las madres por sus hijos, moribundos a causa de tumores producidos por la quema de residuos tóxicos.
¡Qué lágrimas tan amargas! ¡Solidaridad en compartir la ruina de los hijos! Madres que velan en la noche, con las luces encendidas, temblando por los jóvenes abrumados por la inseguridad o en las garras de la droga y el alcohol, especialmente las noches del sábado.
Junto a María, nunca seremos un pueblo huérfano. Nunca olvidados. Como a san Juan Diego, María también nos ofrece a nosotros la caricia de su consuelo materno, y nos dice: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).

ORACIÓN
Salve, Madre,
dame tu santa bendición.
Bendíceme, a mí y a toda mi casa.
Dígnate ofrecer a Dios todo lo que hoy haré y soportaré,
unido a tus méritos y a los de tu santísimo Hijo.
Te ofrezco y dedico todo mi ser y todas mis cosas a tu servicio,
poniéndome por entero bajo tu manto.
Obtén para mí, Señora, la pureza de la mente y del cuerpo,
y haz que, en este día,
no haga nada que desagrade a Dios.
Te lo pido por tu Inmaculada Concepción
y tu intacta virginidad. Amén
(San Gaspar Bertoni).

QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
La mano amiga que levanta

«A uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz» (Mc 15,21).
Simón de Cirene pasa casualmente por allí. Pero se convierte en un encuentro decisivo en su vida. Él volvía del campo. Hombre de fatigas y vigor. Por eso se le obligó a llevar la cruz de Jesús, condenado a una muerte infame (cf. Flp 2,8).
Pero este encuentro, el principio casual, se trasformará en un seguimiento decisivo y vital de Jesús, llevando cada día su cruz, negándose a sí mismo (cf. Mt 16,24-25). En efecto, Simón es recordado por Marcos como el padre de dos cristianos conocidos en la comunidad de Roma: Alejandro y Rufo. Un padre que ha impreso ciertamente en el corazón de los hijos la fuerza de la cruz de Jesús. Porque la vida, si uno se aferra demasiado a ella, enmohece y se agosta. Pero si la ofrece, florece y se convierte en espiga de grano, para él y para toda la comunidad.
En esto radica la verdadera cura de nuestro egoísmo, siempre al acecho. La relación con el otro nos rehabilita y crea una hermandad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que puede soportar las penas de la vida, apoyándose en el amor de Dios. Sólo con el corazón abierto al amor divino, me veo impulsado a buscar la felicidad de los demás en tantos gestos de voluntariado: una noche en el hospital, un préstamo sin intereses, una lágrima enjugada en familia, la gratuidad sincera, el compromiso con altas miras por el bien común, el compartir el pan y el trabajo, venciendo toda forma de recelo y envidia.
El mismo Jesús nos lo recuerda: «Lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

ORACIÓN
Señor Jesús,
en el Cireneo amigo vibra el corazón de tu Iglesia,
que se hace refugio de amor para cuantos tienen sed de ti.
La ayuda fraterna es la clave para atravesar juntos la puerta de la Vida.
No permitas que nuestro egoísmo nos haga pasar de largo,
y ayúdanos a derramar el ungüento de consolación en las heridas de los otros,
para hacernos compañeros leales de camino,
sin evasivas y sin cansarnos nunca de optar por la fraternidad. Amén.

SEXTA ESTACIÓN
Verónica enjuga el rostro de Jesús
La ternura femenina

«Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 26,8-9).
Jesús se arrastra con dificultad, jadeando. Pero la luz de su rostro se mantiene intacta. No hay ofensa que pueda oponerse a su belleza. Los salivazos no la han empañado. Los golpes no han conseguido quebrarla. Este rostro se parece a una zarza ardiente que, cuanto más se le ultraja, más consigue emanar una luz de salvación. De los ojos del Maestro manan lágrimas silenciosas. Lleva el peso del abandono. Sin embargo, Jesús avanza, no se detiene, no vuelve atrás. Afronta la opresión. Está turbado por la crueldad, pero él sabe que su muerte no será en vano.

Jesús, entonces, se detiene ante una mujer que viene a su encuentro sin titubeos. Es la Verónica, verdadera imagen femenina de la ternura.
El Señor encarna aquí nuestra necesidad de gratuidad amorosa, de sentirnos amados y protegidos por gestos de solicitud y de cuidados. Las caricias de esta criatura se empapan de la sangre preciosa de Jesús y parecen purificarlo de las profanaciones recibidas en aquellas horas de tortura. La Verónica consigue tocar al dulce Jesús, rozar su candor. No sólo para aliviar, sino para participar en su sufrimiento. Reconoce en Jesús a cada prójimo que ha de consolar, con un toque de ternura, para entrar en el gemido de dolor de los que hoy no reciben asistencia ni calor de compasión. Y mueren de soledad.

ORACIÓN
Señor Jesús,
¡qué amarga la indiferencia de quien creíamos
a nuestro lado en los momentos de desolación!
Pero tú nos cubres con ese paño
que lleva impresa tu sangre preciosa,
que has derramado a lo largo del camino del abandono,
que también tú sufriste injustamente.
Sin ti, no tenemos
ni podemos dar alivio alguno. Amén.


SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
La angustia de la cárcel y de la tortura

«Me rodeaban cerrando el cerco… Me rodeaban como avispas, ardiendo como el fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé. Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó… Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte»(Sal 117,11.12-13.18).
En Jesús se cumplen verdaderamente las antiguas profecías del Siervo humilde y obediente, que carga sobre sus hombros toda nuestra historia de dolor. Y así, Jesús, llevado a empellones, se desploma por la fatiga y la opresión, rodeado, circundado por la violencia, ya sin fuerzas. Cada vez más solo, cada vez más en la oscuridad. Lacerado en la carne, con los huesos magullados.
En él reconocemos la amarga experiencia de los detenidos en prisión, con todas sus contradicciones inhumanas. Rodeados y cercados, «empujados para derribarlos». A la cárcel se la mantiene aún hoy demasiado lejana, olvidada, rechazada por la sociedad civil. Hay absurdos de la burocracia, lentitud de la justicia. El hacinamiento es una doble pena, un dolor agravado, una opresión injusta, que desgasta la carne y los huesos. Algunos – demasiados – no sobreviven… Y aun cuando un hermano nuestro sale, lo seguimos considerando «ex recluso», cerrándole así las puertas del rescate social y laboral.
Pero más grave es la tortura, por desgracia muy practicada en varias partes de la tierra de muchos modos. Como lo fue para Jesús, también él golpeado, humillado por la soldadesca, torturado con la corona de espinas, azotado con crueldad.
Ante esta caída, cómo nos percatamos de la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Estuve en la cárcel y no me visitasteis» (Mt 25,36). En toda cárcel, junto a cada torturado, siempre está él, el Cristo que sufre, encarcelado y torturado. Aunque probados duramente, él es nuestra ayuda, para no ser entregados al miedo. Sólo juntos nos levantamos, acompañados por agentes apropiados, apoyados en la mano fraterna de los voluntarios y rescatados de una sociedad civil que hace suyas las muchas injusticias cometidas dentro de los muros de una prisión.

ORACIÓN
Señor Jesús,
una conmoción indecible me embarga
al verte postrado en tierra por mí.
No hallas mérito alguno, sino una multitud de pecados, incongruencias, debilidades.
Y ¡qué amor de predilección como respuesta!
Al margen de la sociedad, denigrados por los juicios,
tú nos has bendecido para siempre.
Dichosos nosotros si hoy estamos aquí, por tierra, contigo, rescatados de la condena.
Haz que no eludamos nuestras responsabilidades,
concédenos vivir en tu humillación, a salvo de toda pretensión de omnipotencia,
para renacer a una vida nueva como criaturas hechas para el cielo. Amén.

OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
Compartir, no sólo conmiseración

«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23,28).
Las figuras femeninas en el camino del dolor se presentan como antorchas encendidas. Mujeres de fidelidad y valor que no se dejan intimidar por los guardias ni escandalizar por las llagas del Buen Maestro. Están dispuestas a encontrarlo y consolarlo. Jesús está allí, ante ellas. Hay quien lo pisotea mientras cae por tierra agotado. Pero las mujeres están allí, listas para darle ese cálido latido que el corazón ya no puede contener. Antes lo observan desde lejos, pero luego se acercan, como hace el amigo, el hermano o hermana cuando se da cuenta de las dificultades del ser querido.
Jesús se impresiona por su llanto amargo, pero les exhorta a no desgastar el corazón en verlo tan maltratado, a no ser mujeres que lloran, sino creyentes. Pide un dolor compartido y no una conmiseración sollozante. No más lamentos, sino deseos de renacer, de mirar hacia adelante, de proceder con fe y esperanza hacia esa aurora de luz que surgirá aún más cegadora sobre la cabeza de quienes caminan con los ojos puestos en Dios. Lloremos por nosotros mismos si aún no creemos en ese Jesús que nos ha anunciado el Reino de la salvación. Lloremos por nuestros pecados no confesados.
Y lloremos también por esos hombres que descargan sobre las mujeres la violencia que llevan dentro. Lloremos por las mujeres esclavizadas por el miedo y la explotación. Pero no basta compungirse y sentir compasión. Jesús es más exigente. Las mujeres deben ser amadas como un don inviolable para toda la humanidad. Para hacer crecer a nuestros hijos, en dignidad y esperanza.

ORACIÓN
Señor Jesús,
frena la mano que ataca a las mujeres.
Libera su corazón del abismo de la desesperación
cuando se convierten en víctimas de la violencia.
Enjuga su llanto cuando se encuentran solas.
Y abre nuestro corazón para compartir todo dolor,
con sinceridad y fidelidad,
más allá de la compasión natural,
para hacernos instrumentos de la verdadera liberación. Amén.

NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Superar la nociva nostalgia

«¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?… Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).
San Pablo enumera sus pruebas, pero sabe que Jesús ha pasado antes por ellas, que en el camino hacia el Gólgota cayó una, dos, tres veces. Destrozado por la tribulación, la persecución, la espada; oprimido por el madero de la cruz. Exhausto. Parece decir, como nosotros en tantos momentos de oscuridad: «¡Ya no puedo más!».
Es el grito de los perseguidos, los moribundos, los enfermos terminales, los oprimidos por el yugo.
Pero en Jesús se ve también su fuerza: «Si hace sufrir, se compadece» (Lm 3,32). Nos muestra que en la aflicción siempre está su consuelo, un «más allá» que se entrevé en la esperanza. Como la poda de la vid que el Padre celestial, con sabiduría, hace precisamente con los sarmientos que dan fruto (cf. Jn 15,8). Nunca para cercenar, sino siempre para rebrotar. Como una madre cuando llega su hora: se inquieta, gime, sufre en el parto. Pero sabe que son los dolores de la nueva vida, de la primavera en flor, precisamente por esa poda.
Que la contemplación de Jesús caído, pero capaz de ponerse en pie, nos ayude a vencer la congoja que el temor por el mañana imprime en nuestro corazón, especialmente en este tiempo de crisis. Superemos la nociva nostalgia del pasado, la comodidad del inmovilismo, del «siempre se ha hecho así». Ese Jesús que se tambalea y cae, pero que luego se levanta, es la certeza de una esperanza que, alimentada por la oración intensa, nace precisamente durante la prueba, y no después de la prueba ni sin prueba. Por la fuerza de su amor, saldremos más que victoriosos.

ORACIÓN
Señor Jesús,
te rogamos que levantes del polvo al mísero,
levanta a los pobres de la inmundicia, hazlos sentar con los jefes del pueblo
y asígnales un puesto de honor.
Quiebra el arco de los fuertes y reviste a los débiles de vigor,
porque sólo tú nos haces ricos precisamente con tu pobreza (cf. 1 S, 2,4-8; 2 Co 8,9). Amén.



DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de las vestiduras
La unidad y la dignidad

«Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados»(Jn 19,23-24).
No dejaron ni un trozo de tela que cubriera el cuerpo de Jesús. Lo despojaron. No tenía manto ni túnica, ningún vestido. Lo desnudaron como un acto de humillación extrema. Sólo le cubría la sangre, que borbotaba de sus numerosas heridas.
La túnica queda intacta: es símbolo de la unidad de la Iglesia, una unidad que se ha de recobrar mediante un camino paciente, una paz artesana, construida día a día en un tejido recompuesto con los hilos de oro de la fraternidad, en un clima de reconciliación y perdón mutuo.
En Jesús, inocente, despojado y torturado, reconocemos la dignidad violada de todos los inocentes, especialmente de los pequeños. Dios no impidió que su cuerpo despojado fuera expuesto en la cruz. Lo hizo para rescatar todo abuso injustamente cubierto, y demostrar que él, Dios, está irrevocablemente y sin medias tintas de parte de las víctimas.

ORACIÓN
Señor Jesús,
queremos volver a ser inocentes como niños,
para poder entrar en el reino de los cielos,
purificados de nuestra suciedad y de nuestros ídolos.
Retira de nuestro pecho el corazón de piedra de las divisiones,
que hacen a tu Iglesia poco creíble.
Danos un corazón nuevo y un espíritu nuevo,
para vivir según tus preceptos
y observar y poner en práctica tus leyes. Amén.

UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz
En el lecho de los enfermos

«Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor”» (Mc 15,24-28).
Y lo crucificaron. La pena de los infames, de los traidores, de los esclavos rebeldes. Esta es la pena que se aplica a nuestro Señor Jesús: ásperos clavos, dolor lacerante, la congoja de la madre, la vergüenza de verse acomunado a dos bandidos, la ropa repartida entre los soldados como un botín, la burlas crueles de quienes pasaban por allí: «A otros ha salvado y él no se puede salvar…, que baje ahora de la cruz y le creeremos» (Mt 27,42).
Y lo crucificaron. Jesús no desciende, no abandona la cruz. Permanece obediente hasta el fin a la voluntad del Padre. Ama y perdona.
También hoy, como Jesús, muchos hermanos y hermanas nuestros están clavados al lecho de dolor, en hospitales, asilos de ancianos, en nuestras familias. Es el tiempo de la prueba, de días amargos, de soledad e incluso de desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
Que nuestra mano nunca sea para clavar, sino siempre para acercar, consolar y acompañar a los enfermos, levantándolos de su lecho de dolor. La enfermedad no pide permiso. Llega siempre de improviso. A veces trastoca, limita los horizontes, pone a dura prueba la esperanza. Su hiel es amarga. Sólo si tenemos junto a nosotros a alguien que nos escucha, que nos es cercano, que se sienta en nuestro lecho…, entonces la enfermedad puede convertirse en una gran escuela de sabiduría, en encuentro con el Dios paciente. Cuando alguno toma sobre sí nuestra enfermedad por amor, también la noche del dolor se abre a la luz pascual de Cristo crucificado y resucitado. Lo que humanamente es una condena, puede transformarse en un ofrecimiento redentor por el bien de nuestras comunidades y familias. A ejemplo de los Santos.

ORACIÓN
Señor Jesús,
no te alejes de mí,
siéntate en mi lecho de dolor y hazme compañía.
No me dejes solo, tiende tu mano y levántame.
Yo creo que tú eres el Amor,
y creo que tu voluntad es la expresión de tu amor;
por eso me encomiendo a tu voluntad,
porque me confío a tu amor. Amén.

DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
El suspiro de las siete palabras

«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,28-30).
Las siete palabras de Jesús en la cruz son una obra maestra de esperanza. Jesús, lentamente, con pasos que también son los nuestros, atraviesa toda la oscuridad de la noche, para abandonarse confiado en los brazos del Padre. Es el gemido de los moribundos, el grito de los desesperados, la invocación de los perdedores. Es Jesús.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es el grito de Job, de todo hombre bajo el peso de la desgracia. Y Dios guarda silencio. Calla porque su respuesta está allí, en la cruz: él mismo, Jesús, es la respuesta de Dios, Palabra eterna encarnada por amor.
«Acuérdate de mí…» (Lc 23,42). La invocación fraterna del malhechor, convertido en compañero de dolor, llega al corazón de Jesús, que siente en ella el eco de su propio dolor. Y Jesús acoge la súplica: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42-43). El dolor del otro nos redime siempre, porque nos hace salir de nosotros mismos.
«Mujer, ahí tienes a tu hijo…» (Jn 19,26). Pero es su Madre, María, que estaba con Juan al pie de la cruz, rompiendo el acoso del miedo. La llena de ternura y esperanza. Jesús ya no se siente solo. Como nos pasa a nosotros cuando junto al lecho del dolor está quien nos ama. Fielmente. Hasta el final.
«Tengo sed» (Jn 19,28). Como el niño pide de beber a su mamá; como el enfermo abrasado por la fiebre… La sed de Jesús es la todos los sedientos de vida, de libertad, de justicia. Y es la sed del mayor de los sedientos, Dios, que infinitamente más que nosotros tiene sed de nuestra salvación.
«Está cumplido» (Jn 19,30). Todo cumplido: cada palabra, cada gesto, cada profecía, cada instante de la vida de Jesús. El tapiz está completo. Los mil colores del amor lucen ahora con hermosura. Nada se ha desperdiciado. Nada se ha desechado. Todo se ha convertido en amor. Todo está cumplido, para mí y para ti. Y, así, también el morir tiene un sentido.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Ahora, heroicamente, Jesús sale del miedo a la muerte. Porque si vivimos en el amor gratuito, todo es vida. El perdón renueva, sana, transforma y consuela. Crea un pueblo nuevo. Frena las guerras.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Ya no más desesperación ante la nada. Más bien plena confianza en sus manos de Padre, recostado en su corazón. Porque, en Dios, cada fragmento se compone finalmente en unidad.

ORACIÓN
Oh Dios, que en la pasión de Cristo nuestro Señor,
nos has liberado de la muerte, heredad del antiguo pecado,
transmitida a todo el género humano,
renuévanos a imagen de tu Hijo;
y, así como hemos llevado en nosotros por nacimiento
la imagen del hombre terrenal,
haz que, por la acción de tu Espíritu,
llevemos la imagen del hombre celestial.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.


DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
El amor es más fuerte que la muerte
«Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran» (Mt 27,57-58).
Antes de ser puesto en la tumba, Jesús es entregado finalmente a su Madre. Es el icono de un corazón destrozado, que nos dice cómo la muerte no impide el último beso de la madre a su hijo. Postrada ante el cuerpo de Jesús, María se encadena a él en un abrazo total. Este icono se llama simplemente «Piedad». Es desgarrador, pero demuestra que la muerte no quiebra el amor. Porque el amor es más fuerte que la muerte. El amor puro es perdurable. Ha llegado la tarde. La batalla está vencida. El amor no se ha truncado. Quién está dispuesto a sacrificar su vida por Cristo, la encontrará. Transfigurada más allá de la muerte.

En esta trágica entrega, se mezclan lágrimas y sangre. Como en la vida de nuestras familias, atribuladas a veces por pérdidas imprevistas y dolorosas, creando un vacío insalvable, sobre todo cuando muere un niño.
Piedad, entonces, significa hacerse cercanos de los hermanos en luto y que no se resignan. Es una caridad muy grande cuidar de quien está sufriendo en el cuerpo llagado, en la mente deprimida, en el ánimo desesperado. Amar hasta el final es la suprema enseñanza que nos han dejado Jesús y María. Y la misión fraterna diaria de consuelo, que se nos entrega en este abrazo fiel entre Jesús muerto y su Madre Dolorosa.
ORACIÓN
Oh, Virgen de los Dolores,
que en nuestros santuarios nos muestras tu rostro de luz,
mientras que con los ojos hacia el cielo
y las manos abiertas
ofreces al Padre un signo de ofrenda sacerdotal,
la víctima redentora de tu Hijo Jesús.
Muéstranos la dulzura del último fiel abrazo
y danos tu maternal consuelo,
para que el dolor cotidiano
nunca apague la esperanza de vida más allá de la muerte. Amén.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro
El jardín nuevo

«Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía… Allí pusieron a Jesús» (Jn 19,41-42).
Aquel jardín, donde se encuentra la tumba en la que Jesús fue sepultado, recuerda otro jardín: el Jardín del Edén. Un jardín que, a causa de la desobediencia, perdió su belleza y se convirtió en desolación, lugar de muerte en vez de vida.
Las ramas silvestres que nos impiden respirar la voluntad de Dios, como el apego al dinero, la soberbia, el derroche de la vida, se han de cortar e injertarlas ahora en el madero de la cruz. Este es el nuevo jardín: la cruz plantada en la tierra.

Desde allí, Jesús puede ahora llevar todo a la vida. Cuando retorne de los abismos infernales, donde Satanás ha encerrado a muchas almas, comenzará la renovación de todas las cosas. Aquel sepulcro representa el fin del hombre viejo. Y, como para Jesús, Dios tampoco ha permitido para nosotros que sus hijos fueran castigados con la muerte definitiva. La muerte de Cristo abate todos los tronos del mal, basados en la codicia y la dureza de corazón.
La muerte nos desarma, nos hace entender que estamos expuestos a una existencia terrenal que termina. Pero, ante ese cuerpo de Jesús puesto en el sepulcro, tomamos conciencia de lo que somos: criaturas que, para no morir, necesitan a su Creador.
El silencio que rodea ese jardín nos permite escuchar el susurro de una suave brisa: «Yo soy el que vive, y yo estoy con vosotros» (cf. Ex 3,14). El velo del templo se rasgó. Finalmente vemos el rostro de nuestro Señor. Y conocemos plenamente su nombre: misericordia y fidelidad, para no quedar nunca confusos, ni siquiera ante la muerte, porque el Hijo de Dios fue libre en medio de los muertos (cf. Sal 87,6 Vulg.).

ORACIÓN
Protégeme, oh Dios, en ti me refugio.
Tú eres mi heredad y mi copa,
en tus manos está mi vida.
Te pongo siempre ante mí, como mi Señor,
contigo a mi derecha, no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se regocija mi alma,
y también mi carne descansa segura.
No abandones mi vida en el abismo
ni dejes a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. Amén.

(cf. Sal 15)

jueves, 17 de abril de 2014

DÍA DEL SACERDOCIO CATÓLICO






JUEVES SANTO


Un Sacerdote debe ser

Muy grande
Y a la vez muy pequeño,
de espíritu noble como si llevara sangre real
Y sencillo como el labriego.

Héroe por haber triunfado de sí mismo
Y el hombre que llegó a luchar contra Dios.
Fuente inagotable de santidad
Y pecador a quien Dios perdonó.

Señor de sus propios deseos
Y servidor de los débiles y vacilantes.
Uno que jamás se doblegó ante los poderosos
Y se inclina, no obstante, ante los más pequeños.

Y es dócil discípulo de su Maestro
Y caudillo de valerosos combatientes.
Pordiosero de manos suplicantes
Y mensajero que distribuye oro a manos llenas.

Animoso soldado en el campo de batalla
Y mano tierna a la cabecera del enfermo.
Anciano por la prudencia de sus consejos
Y niño por su confianza en los demás.

Alguien que aspira siempre a lo más alto
Y amante de lo más humilde…..
Hecho para la alegría
Y acostumbrado al sufrimiento.
 Ajeno a toda envidia.

Transparente en sus pensamientos.
Sincero en sus palabras.
Amigo de la paz.
Enemigo de la pereza,
Seguro de sí mismo.
   

     (De un manuscrito medieval)

lunes, 14 de abril de 2014

¡JESÚS, YO CONFÍO EN TI!


¡JESÚS, YO CONFÍO EN TI!


VÍA CRUCIS DE UN NIÑO



“En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno
de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis.” (Mateo 25: 40).

1ª Estación:
Jesús es condenado a muerte.
Igual que tú, Señor, he sido condenado a muerte. ¡Yo... antes de nacer!
El amor no me ha llamado a la vida y por eso nadie me ama.

2ª Estación:
Jesús carga la Cruz.
Me han cargado con el estigma de "no deseado", se me considera una desgracia, una carga no querida, una complicación y me rechazan. Debo desaparecer.

3ª Estación:
Jesús cae por primera vez.
Me han convertido en un problema, un caso, nadie me considera una persona... sólo soy un "caso de embarazo no deseado", un inoportuno del cual fácilmente se pueden deshacer.

4ª Estación:
Jesús se encuentra con su Santísima Madre.
Tu encuentro con María, tu madre, Señor, ha sido muy doloroso y triste, pero yo no tengo una madre como tú, que me consuele y llore por mí. Por el contrario, la mía será una mujer que me entregará para que me maten.

5ª Estación:
Simón el cirineo, ayuda a Jesús a cargar la cruz.
A ti, Señor, te han ayudado a llevar tu cruz, a mí nadie me ayuda ni se compadece de mí...
A mi madre le darán anestésicos para que no sufra cuando yo me esté muriendo...

6ª Estación:
Verónica limpia el rostro de Jesús.
¡Oh, Jesús, si a mí pudiera consolarme y ayudarme una Verónica en mi impotencia e indefensión!
Nadie está enterado ni entiende mi desgracia, mi tragedia personal. Nadie me defiende. ¿Por qué callan las leyes? ¿Por qué callan los cristianos? ¿Por qué dicen que no hay que estar hablando de esto habitualmente?


7ª Estación:
Jesús cae por segunda vez.
Mientras yo sea así de pequeño e indefenso, fácilmente me pueden destruir.
Mi padre hace cálculos a nivel económico, cuánto le puede llegar a costar, en lo referente a la crianza, educación, etc.
Económicamente soy una carga, eso me hará caer. Evidentemente mi muerte es más barata, menos gasto, es el argumento de más peso... el que decidió mi suerte.

8ª Estación:
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
¡Jesús, mucho no te han ayudado el llanto de las mujeres de Jerusalén, ellas no han podido evitar tu muerte!
Cómo a mí... ¿de qué me sirven los tan proclamados derechos y las leyes, si en vez de protegerme abren y allanan el camino a mi muerte?

9 Estación:
Jesús cae por tercera vez.
¡La situación es clara, debo morir! Las planificaciones del más alto nivel mundial, las llamadas "políticas de población" así lo han decidido... justo para mí no hay espacio ni lugar en este ancho y largo mundo...Lo han decidido: debo de caer, debo de morir.

10 Estación:
Jesús es despojado de sus vestiduras.
Antes de crucificarte, Señor, te han despojado de tus vestiduras, yo en cambio todavía no tengo nada que me cubra... sólo esta delicada piel de la cual me tomarán firmemente y ¡la desgarrarán! No podrán despojarme de vestidura alguna porque no la poseo, pero sí de mi vida.

11ª Estación:
Jesús es clavado en la Cruz.
A ti te han clavado en una cruz. A mi cuerpo lo despedazarán y desgarrarán. Concienzudamente serán contados todos mis restos... no sea que incluso pueda llegar a provocar una infección. A eso me reducen: a una posible infección.

12ª Estación:
Jesús muere en la cruz.
Tú te estás muriendo... y yo también. Tú eres inocente... igual que yo. Mueres perdonando. Perdona también, Señor, a quienes debiendo llenarme de amor arrebatan mi vida de este modo, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

13ª Estación:
Jesús es bajado de la Cruz.
Muerto tú has sido recogido por los brazos amorosos de tu afligida madre, y así nuevamente te acunó sobre el seno que te dio la vida...
Pero a mí... nadie me recoge, sólo soy un mal recuerdo, una carga que pesa gravemente sobre la conciencia...

14ª Estación:
Jesús es colocado en el sepulcro.
A ti te depositaron en un sepulcro, a mí... en un recipiente de desperdicios, de basura.
Han olvidado que la vara que utilizarás el Día del Juicio tú ya la has señalado: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mateo 25: 40).
Y mientras espero ese día, cuando con profundo dolor deberé testificar contra "mis padres", ruego con todo mi amor de hijo, como tú me enseñaste... Padre, perdónalos, como yo los he perdonado, que se arrepientan y abran a tiempo sus ojos, porque ¡no saben lo que hacen!


 Fuente: Catolicidad.com

viernes, 11 de abril de 2014

¡OH MADRE CUÁNTO, CUÁNTO TE HEMOS COSTADO!


Recordemos que cuando todo el amor se ha concentrado en una sola persona, si esta falta, el corazón se siente tanto más solo cuanto mayor es aquel afecto. No importa que se esté acompañado de otras y aunque muchas personas  la rodeen de atenciones y cuidados, ese corazón siente un vacío que nada ni nadie puede llenar.
Dos son los más grandes amores que pueden existir en una criatura: en el orden natural, el amor de una madre a su hijo; en el orden sobrenatural, el de un alma santa a su Dios.
Ahora bien estos dos amores, llevados a su grado más sublime, los encontramos en la Santísima Virgen, pero reunidos en un solo ser, en Jesús, su Hijo y su Dios. Ninguna madre, ni todas juntas, han tenido un amor maternal comparable al de la Madre de Dios. Ningún santo ni todos juntos, incluyendo aun a todos los ángeles, han amado a Dios como la Santísima Virgen.
Y con esos dos amores, los más grandes después del Amor divino, María amó a Jesús: ¿podemos entonces imaginarnos el vacío y la soledad del Corazón de la Santísima Virgen al perder físicamente a su Hijo, además Dios verdadero?
Todo sufrimiento es una privación, pero una privación de algo que amamos. Cuando amamos a una persona, el dolor consiste en que de una o de otra manera la perdemos. Todos los sufrimientos se compendian en la muerte, en la muerte moral o en la muerte física: unos la preparan, la acompañan otros o son consecuencia de ella. Toda pena nos hace morir un poco; por eso el Apóstol decía: "… algo de mí muere todos los días". Y toda muerte es una pérdida, una separación, una soledad.
En resumen, el dolor se puede medir por el amor que se profesa a la persona amada que se pierde, de la que es preciso separarse. De aquí también que todo dolor sea en el fondo una soledad, que se puede medir por el amor al ausente.
De estos razonamientos podríamos concluir que la Soledad de la Santísima Virgen fue un dolor inmensamente más grande que el de toda criatura, aun incluidas todas juntas; porque no hubo ni puede haber criatura cuyo amor sea más grande que el suyo.


El anciano Simeón le anunció a la Santísima Virgen que una espada traspasaría su Corazón. Esa espada era sin duda la Pasión de su Hijo, Pasión interna que duró toda su vida, Pasión exterior que duró unas quince horas, pero que prepararon ambas su muerte. Y la muerte de Jesús fue la Soledad de María.
La huida a Egipto. Amenazado de muerte el Niño de Belén por Herodes el sanguinario, María y José huyen con el Niño para salvarlo de la muerte. Sin duda que María tuvo noticia de la orgía de sangre inocente que cubrió de luto a Belén. En cada uno de aquellos niños sacrificados veía una imagen anticipada de la víctima del Calvario, de aquel tesoro que llevaba en su regazo y que un día tendría que perder. Y en cada incidente del camino, era natural que temiera encontrarse con los esbirros de Herodes que le arrebatarían a su Hijo y le darían la muerte ante sus mismos ojos.
Ahora esta Soledad de María, es el dolor más grande que criatura alguna ha sufrido. Ya vimos que la principal medida del dolor la da el amor. Por eso mismo la da también el conocimiento; porque no se ama sino lo que se conoce, y cuanto mejor se conoce tanto más se ama.
Ninguna criatura ha conocido a Jesús como María: lo conoció, porque lo trató íntimamente durante treinta años; lo conoció por su fe vivísima y por las luces de los Dones de ciencia, de inteligencia y de sabiduría. ¡Qué contemplación de los más arcanos misterios de Dios como la de María! ¡Qué contemplación más profunda y más sublime y más extensa!
Por eso nadie pudo apreciar como Ella la ausencia de Jesús. Es una misericordia de Dios que la suma de dolor que hemos de sufrir durante toda nuestra vida no nos la dé toda a la vez: el dolor humano va siempre como diluido en los instantes del tiempo. Lo que sufrimos hoy no es lo que sufrimos ayer ni lo que sufriremos mañana. El dolor de ayer ya pasó, el de mañana no existe todavía.
En efecto, cuántos se atormentan con su imaginación inventando penas futuras que quizá no lleguen nunca, pero que en todo caso actualmente no existen y es absurdo sufrirlas antes de que vengan, ni tenemos gracia para sobrellevarlas, pues ese auxilio divino no vendrá hasta que la pena llegue.
Pero si Nuestro Señor nos descubriera el porvenir y nos hiciera ver de antemano todo lo que tenemos que sufrir, entonces sí, cada vez que recordáramos esas penas, las sufriríamos anticipadamente y se amargarían con esta perspectiva las alegrías de la vida.
Por ejemplo, si Dios revelara a una persona que moriría muy pronto y de la enfermedad más repugnante y dolorosa, como cáncer, lepra, etc., y en la mayor miseria y abandono, su imaginación la haría sufrir más que cuando de hecho llegaran esos males. Es pues una gran bondad de Dios que nos vaya dando el dolor en pequeñas dosis, para que nuestra debilidad pueda soportarlo.
No pasó así con la Santísima Virgen. Desde antes de la Encarnación no ignoraba que el Mesías futuro sería un "Varón de dolores". Durante su estancia en el Templo había leído y meditado la Sagrada Escritura y la profecía de Isaías era demasiado clara.


 Cuando la Anunciación, recibió una iluminación divina que le descubrió el plan de la Redención y su participación en ella como Corredentora. Así debió ser, tanto por la lealtad y delicadeza de Dios, que nunca pide a su criatura un sacrificio sin solicitar su consentimiento, un consentimiento libre y con conocimiento de causa, no a ciegas; porque la respuesta de María supone este conocimiento. No se dice "fiat" para recibir una dignidad, un honor, sino para aceptar una pena.
Después, con la profecía de Simeón, recibió una nueva luz que la hizo penetrar más en el misterio, así como la persecución de Herodes. En los años de Nazaret, en las íntimas confidencias de Jesús, era imposible que no fuera éste uno de los temas principales. Si Jesús habló varias veces a sus Apóstoles de su Pasión, ¿cómo no lo había de hacer con su Madre Santísima?
De manera que María no podía ver a su Hijo, sino en el panorama sangriento de la Pasión: veía sus manos y ya las veía traspasadas; contemplaba sus pies y le parecían ya taladrados. ¿No lo había profetizado David? Cuando acariciaba sus mejillas, sabía que las habían de abofetear y de cubrir de salivas e inmundicias; cuando besaba su frente, quedaba en sus labios el sabor acre de la sangre. Cuando lo estrechaba en su regazo, presentía que no muchos años después lo tendría también en sus brazos, pero yerto y destrozado...
Pero la Pasión exterior se queda muy lejos, como vimos ya, comparada con la Pasión interna, con la Pasión del Corazón de Cristo. Aquélla fue para Él más bien un alivio: ¡deseaba tanto sufrir por nosotros! Varias veces expresó este anhelo: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, ¡y cómo anhelo que llegue ese día!”. "Con un deseo inmenso he deseado celebrar esta pascua", la pascua de su Sacrificio y de su muerte.
Y aunque su Pasión exterior duró sólo unas horas; la de su Corazón duró toda su vida, desde la Encarnación hasta que expiró en la Cruz. Esta Pasión no es posible comprenderla, si Dios mismo no la revela. Así lo ha hecho con algunas almas privilegiadas.
Pero a nadie se la manifestó como a la Santísima Virgen. Esa fue la espada que llevó siempre clavada en su Corazón. ¿Podríamos comprender ahora un poco cómo las luces que tuvo la Santísima Virgen aumentaron inmensamente su dolor?


La sensibilidad es otra de las circunstancias que hacen sufrir más. Hay que entender aquí por sensibilidad no sólo la física, sino también la psíquica, lo que pudiéramos también llamar finura y delicadeza de alma.
Es fácil comprender que, mientras más sensible es una persona, mayor es su capacidad para amar como para sufrir; porque tiene una perspicacia muy afinada para captar todos los detalles, todos los matices de una pena, donde otros nada ven o casi nada.
Una contraprueba la tenemos en las personas degeneradas por el vicio que han perdido esa sensibilidad. Un alcohólico, por ejemplo, puede contemplar la ruina de su hogar causada por él mismo, el hambre de sus hijos, el trabajo agobiador de su esposa que él explota; y nada de esto lo conmueve. Le pueden decir las palabras más duras o las injurias que rebelarían a cualquier hombre; él ha perdido la dignidad, su sensibilidad se ha embotado y nada le hace mella.
No cabe duda pues que en la medida en que crece la sensibilidad, crece el dolor. Ahora bien, después de la humanidad de Jesús, ¿qué finura de alma puede compararse con la exquisita de María? Fue delicadísima, porque fue mujer, porque fue virgen, porque fue madre, porque fue santa.
La mujer "bendita entre todas" y prototipo de todas las mujeres; la Virgen de las vírgenes, de una pureza inmaculada; la Madre en cuyo Corazón pudo caber un amor que envolvió al Hombre Dios y a toda la humanidad; el alma más santa donde parece que se agotó el poder de Dios. Por eso fue de una sensibilidad sin igual. Por eso también sufrió como nadie.


Otro de los motivos que aumentaron su pena fue el comprobar que su dolor, lejos de disminuir el de su Hijo, lo aumentaba. No puede haber un hijo bien nacido que no sufra con las penas de su madre, tanto y más que con las suyas propias. ¿Qué decir de Jesús el hijo más amantísimo que ha existido?
Además, aquí era un flujo y reflujo: María sufría por los sufrimientos de Jesús y por aumentar Ella el dolor de su Hijo. Jesús sufría de ver penar a su Madre y muy en especial, por ser Él el motivo de las penas de María.
Alguien expresó: "Que nadie se admire si digo que el dolor de María no tuvo semejante, que produjo en Ella efectos que no se pueden encontrar en ninguna otra parte, porque no hay nada que pueda producirlos parecidos.
El Padre y el Hijo comparten en la eternidad una misma gloria; la Madre y el Hijo comparten en el tiempo los mismos sufrimientos. El Padre y el Hijo tienen una misma fuente de felicidad; la Madre y el Hijo, un mismo torrente de amargura. El Padre y el Hijo, un mismo trono; la Madre y el Hijo, una misma cruz.
 Si Jesús tiene la cabeza coronada de espinas, todas ellas desgarran a María; si le presentan hiel y vinagre, María bebe toda su amargura; si lo clavan en la cruz, María sufre toda la violencia de ese martirio.
Así sus sufrimientos se acrecientan sin medida, mientras que las olas que levantan chocan unas contra otras en un flujo y reflujo continuos: a tal grado, que el amor de la Santísima Virgen en esto es más infortunado; porque sufre con Jesús y no lo consuela, comparte sus dolores y no los disminuye: al contrario se ve forzada a redoblar las penas del Hijo porque se las comunica a la Madre".
Señalemos un último motivo - no porque se hayan agotado, sino en favor de la brevedad - que aumentó el dolor de María. Es indudable que Jesús por ser nuestro Redentor, Salvador y Santificador, por ser la Cabeza de su Cuerpo místico, por ser una sola cosa con nosotros, hizo suyos todos los sufrimientos de los hombres en la sucesión de los siglos. Antes de herir nuestro corazón, hirieron el suyo.
Pues bien, todas esas penas que se han sufrido y se sufrirán en la tierra María las hizo suyas por un doble título: por haberlas hecho suyas su Hijo divino y por ser nuestras, de nosotros que somos también sus hijos.
Como las aguas turbias al pasar por filtros se purifican, así todo el dolor humano, al pasar por el Corazón de Cristo y de María, perdieron casi toda su amargura, porque la dejaron en esos Corazones tan amorosos como dolientes.
Para darnos una idea de la magnitud del dolor de la Santísima Virgen, por ejemplo, San Anselmo aseguraba que por grande que haya sido la crueldad con que atormentaron a los mártires, fue leve, más bien fue nada, comparada con la crueldad de la pasión de María.
Y San Bernardino de Sena afirma que el dolor de María fue tan grande que, si lo hubiera repartido entre todas las criaturas capaces de sufrir, todas hubieran muerto al instante.
¡Oh Madre cuánto, cuánto te hemos costado!


Fuente: “El Martirio de María” de J. G. Treviño, M. Sp. S., de Editorial La Cruz, México 1986.