REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

sábado, 8 de marzo de 2014

SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA


" Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias, si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía"
( Is 58, 9-10)

El Señor detesta las tinieblas y ama la luz.
El Señor es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
Su deseo es que nadie viva en las tinieblas y que todos podamos disfrutar de la claridad y del calor de la luz.
Para eso envió el Padre a su Hijo al mundo. Él es la luz que alumbra a las naciones. Él es la luz que ilumina el camino que conduce a la Vida; la luz que disipa las tinieblas del error y nos descubre la Verdad; la luz que nos da vida y calor.
La opresión del hermano; toda forma de opresión, sea física o psicológica, moral o espiritual, es una abominación a los ojos del Dios Redentor, Salvador y libertador de los hombres.
¡Cuántas veces nos comportamos como opresores del que vive a nuestro lado! ¡Oprimimos con nuestras palabras y también con nuestros silencios inoportunos, con nuestras actitudes duras y preñadas de soberbia, con nuestras faltas de amor, de ternura y de misericordia!
Reprimimos la bondad y el amor que Dios nos ofrece cada mañana, para oprimir al hermano con el desprecio y con la desatención; hundiéndolo, en vez de levantarlo; ninguneándolo, en vez de considerarlo; condenándolo, en vez de perdonarlo...
¿No nos valdría más amputar el dedo acusador? ¿No nos valdría más cercenar la lengua mentirosa? ¡Cuántos sufrimientos ahorraríamos a nuestro prójimo al tiempo que nos aseguraríamos la entrada en la Vida!
Hay personas que por donde pasan lo único que hacen es oscurecer el sol.
Hay personas que misteriosamente llevan en sí únicamente tinieblas y oscuridad, esperpénticos sembradores de tristeza y llanto, de pesimismo y maldad. Parecen anunciarse como hijos del Príncipe de las tinieblas, futuros ciudadanos del averno.
Los verdaderos hijos de Dios, a su paso todo lo llenan de luz, de gozo y de vida. Sólo estos brillarán como estrellas por toda la eternidad; los futuros ciudadanos de la Jerusalén celestial.
P. Manuel María de Jesús

viernes, 7 de marzo de 2014

NAZARENO



Estamos recién estrenada la santa cuaresma y en este primer viernes del tiempo cuaresmal nos detenemos ante Jesús Nazareno con mirada contemplativa.

“¿Quién dice la gente que soy yo?”, preguntaba en una ocasión Jesús a sus Apóstoles. Y después de escuchar las distintas opiniones se dirigió nuevamente a ellos, “Y vosotros ¿quién decís que soy Yo?”.

En muchos lugares se acercan hoy multitud de personas a las imágenes de Jesús Nazareno. Acuden a pedirle las tres gracias.
Podríamos preguntarles, ¿por qué vienes aquí? ¿Quién dices tú que es este Jesús a quien tú acudes? Podemos imaginar que las respuestas serían muchas y muy variadas.

¿Cuántos de todos ellos acuden movidos por una fe verdadera y cuántos lo hacen siguiendo el impulso de una mera costumbre, de una tradición, o simplemente buscando suerte?...
En el relato evangélico al cual nos venimos refiriendo, el Apóstol Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.

Ante semejante respuesta, tan profunda y contundente Jesús exclamó: “Dichoso tú Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. Eso te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos”.
La respuesta del Apóstol Pedro fue una respuesta de fe, de fe verdadera y profunda. Pedro no respondió dejándose guiar simplemente por lo que veían sus ojos – veían un hombre, un hombre de carne y hueso llamado Jesús-. Fue la luz de la fe, la visión sobrenatural, la inspiración de lo alto que es un don de Dios, una gracia venida de lo alto, la que le movió a proclamar la respuesta verdadera: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo”.

Esta respuesta del Bienaventurado Pedro no era una fórmula aprendida en un libro, no era una afirmación pronunciada tan sólo por sus labios, sino una convicción que salía de lo profundo de su alma, del santuario de su corazón en lo más íntimo y recóndito de su ser. Y esta convicción no era fruto de sus razonamientos, no era fruto de su sabiduría. Era una gracia venida de lo alto, era una luz que invadía todo su ser y le permitía traspasar lo que tenía delante de sus ojos, un hombre, para descubrir en Él al Hijo de Dios vivo.

Las palabras de Jesús manifiestan claramente la naturaleza de la fe. La fe es un don de Dios, el mayor de los dones que en esta vida podemos recibir de Dios. Sólo la fe nos hace gratos a los ojos de Dios y nos posibilita descubrirle a él como  Padre que es fuente y origen de todos los dones, como  Hijo que nos salva y nos redime, como Espíritu santificador, Señor y dador de vida. Sólo la fe hace posible tal milagro. Y cuando el milagro se produce uno encuentra a Cristo y de esa manera halla la luz de la vida, quedan entonces atrás las tinieblas del pecado y de la muerte, se despejan las sombras de la ignorancia y del sin sentido de la vida. Todo se ve con una claridad nueva, con ojos nuevos.

Dios ofrece el don, el hombre libremente lo acoge o lo rechaza. Dios trae en sus manos el tesoro, el hombre lo acoge en la pobre vasija de barro de su corazón, o desgraciadamente da la espalda y se queda en su miseria, en su pobreza, en la más absoluta indigencia.
Nos encontramos llegados a este punto en la elección más decisiva y fundamental del ser humano de ella va a depender radicalmente su vida presente y también su suerte eterna.

“Jesús Nazareno”, expresa el nombre de una persona y de un lugar. Un hombre llamado Jesús y un pueblo, Nazaret.
No se trata sin embargo de un nombre sin más, ni tampoco de cualquier pueblo.

Decir “Jesús”, es mucho más que hablar un hombre bueno “que pasó haciendo el bien”. Esa sería la mirada simplemente humana.
La mirada de fe es la que nos permite descubrir detrás de ese nombre al que es a un tiempo el Hijo de María la Virgen y el Hijo eterno de Dios, a quién el Padre, después de su muerte en la cruz “lo levantó sobre todo y le concedió el –Nombre sobre todo nombre-; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

Nazaret nos refiere al hogar en el que este mismo Hijo de María e Hijo de Dios vivió la mayor parte de sus años, entregado a la oración, al trabajo, a la vida de familia, porque “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando como uno de tantos”.

Nos dio así ejemplo del valor que tiene a los ojos de Dios el cumplimiento de los deberes cotidianos. Nos mostró que el camino de nuestra santificación pasa por el fiel cumplimiento de nuestras obligaciones cotidianas. Y así, en medio de nuestros quehaceres y al lado de nuestros prójimos podemos glorificar a Dios si vamos creciendo en sabiduría divina y en gracia delante de Dios y de los hombres.

La Cuaresma es una ocasión privilegiada para que nos decidamos a orar más fervientemente: “Señor, yo creo pero aumenta mi fe”, a purificar nuestras relaciones con Dios y con los hermanos “lejos de todo rencor, envidia y rivalidad”, a luchar más decididamente contra nuestras pasiones rebeldes.

Y todo ello bajo la mirada de Jesús Nazareno, el Hijo de Dios vivo.
“Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. El es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente...

A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino” (Pablo VI)
P. Manuel María de Jesús

VIERNES DESPUÉS DE CENIZA

 "El Señor me ha oído y se ha compadecido de mí. El Señor se ha hecho mi ayudador. Yo te ensalzaré, Señor, porque me amparaste; y no permitiste que mis enemigos se burlasen de mí"

(Introito)

Bienaventurado el hombre que permanece atento a la voz del Señor y no cierra el corazón a su Palabra.
Bienaventurados todos aquellos que como María acogen en su corazón la voluntad del Señor, la meditan y la ponen en práctica.
Bienaventurados los que no cierran sus oídos a los lamentos y al llanto de su prójimo.
Bienaventurados los que viven atentos al clamor de su prójimo y acuden presurosos para prestarles su auxilio.
Bienaventurados los de corazón compasivo y misericordioso porque escaparán al juicio implacable del Señor. Estos son los que enjugan las lágrimas de sus hermanos, hacen suyos sus padecimientos, se inclinan para sanar sus heridas y acercan a todos la ternura de Dios.
Dichosos los que siempre están dispuestos a ayudar a su prójimo, a levantar a los caídos, a animar a los desesperanzados, a consolar a los que caminan tristes y agobiados.
Dichoso es el hombre que se deja consumir por el fuego del amor divino y mediante sus obras brilla en medio de las tinieblas que se ciernen sobre el mundo aprisionado por los odios y las ambiciones, por las injusticias y el desamor.
P. Manuel María de Jesús

PAPA FRANCISCO COMPARTE EL DOLOR DE SUS SACERDOTES FALSAMENTE ACUSADOS



El Papa Francisco se reunió ayer jueves por la mañana en el Vaticano, con el clero de la diócesis de Roma para el tradicional encuentro del inicio de la cuaresma.
 Unos 3 mil sacerdotes se han encontrado con el Santo Padre en el Aula Pablo VI.
Después del saludo del Cardenal Vicario, Agostino Vallini, en el que agradeció también la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el Santo Padre pidió rezar una oración por don Gino, párroco de San Ambrosio que nos ha dejado.
Sus primeras palabras fueron para compartir el dolor con los sacerdotes falsamente acusados de delitos de inmoralidad por otros miembros del clero y manifestar su rechazo y consternación por esas injustas y detestables falsas denuncias:

“Buen día. Antes de todo tengo que decir que me sentí muy impresionado y compartí el dolor de algunos de ustedes y de todo el presbiterio, por las acusaciones hechas contra un grupo de ustedes, he hablado con algunos de ustedes que fueron acusados y vi el dolor de estas heridas injustas. Una locura, y quiero decirlo públicamente que estoy cerca del presbiterio, porque no son 8 o 15, sino que es todo el presbiterio en la persona de estos 7, 8 o 15.
También quiero pedirles disculpas no tanto como obispo vuestro, pero como encargado del servicio diplomático del Papa, porque uno de los acusadores es del servicio diplomático, pero esto no ha sido olvidado y se estudia el problema, para que esta persona sea alejada de allí, se está buscando la vía. Es un acto grave de injusticia y les pido perdón por esto también.”

jueves, 6 de marzo de 2014

JUEVES DESPUÉS DE CENIZA


" Siempre que acudí al Señor, se dignó oír mi voz contra los que me rodeaban; y los humilló el que existe antes de los siglos y dura eternamente. Pon tus cuidados en el Señor y Él te sostendrá"
(Introito)

Bienaventurado es el hombre que sentado sobre las rodillas del Señor se deja acariciar por Él en el momento de la prueba.
Bienaventurado el que no confía en sus propias fuerzas y busca su apoyo y su fortaleza en el Señor.
Bienaventurado quien no pone su confianza en el corazón del hombre, engañoso y perverso, pues sólo el corazón del Señor permanece fiel eternamente.
Él escucha el clamor de sus hijos y atiende a sus lamentos.
Él no pasa de largo ante el que yace desvalido, ni vuelve el rostro ante quien lo busca con su mirada.
El Señor siempre hará justicia a sus pobres y reclamará al hermano la sangre de su hermano.
No da piedras en vez de pan a sus hijos hambrientos de justicia, de amor y de consolación.
Él sostiene con su mano a sus pequeños que se doblan y van caer.
El Señor actúa siempre, a su tiempo y con sabiduría infinita.
A unos ensalza y a otros humilla, porque sólo Él conoce lo profundo de cada corazón.
P. Manuel María de Jesús

¡PONGÁMONOS EN CAMINO!



Homilía del Santo Padre en la Santa Misa del miércoles de ceniza
“Desgarren su corazón y no sus vestidos” (Jl 2, 13).
Con estas palabras penetrantes del profeta Joel, la liturgia nos introduce hoy en la Cuaresma, indicando en la conversión del corazón la característica de este tiempo de gracia. El llamamiento profético constituye un desafío para todos nosotros, ninguno excluido, y nos recuerda que la conversión no se reduce a formas exteriores o a vagos propósitos, sino que implica y transforma toda la existencia a partir del centro de la persona, de la conciencia.
Somos invitados a emprender un camino en el que, desafiando la rutina, nos esforcemos en abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo, en abrir el corazón, para ir más allá de nuestra “pequeña huerta”.
Abrirse a Dios y a los hermanos. Vivimos en un mundo cada vez más artificial, en una cultura del “hacer”, de lo “útil”, donde sin darnos cuenta excluimos a Dios de nuestro horizonte. Y entonces excluimos el mismo horizonte. La Cuaresma nos llama a “despabilarnos”, a recordarnos que nosotros somos criaturas, simplemente que no somos Dios.
Cuando yo miro el pequeño ambiente cotidiano, algunas luchas de poder, por espacios, yo pienso: pero esta gente juega a ser Dios Creador. Todavía no se han dado cuenta que no son Dios.
Y también hacia los demás corremos el riesgo de cerrarnos, de olvidarlos. Pero sólo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, sólo entonces podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia.
El Evangelio de hoy indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna (Cfr. Mt 6,1-6.16-18). Los tres comportan la necesidad de no dejarse dominar por las cosas que aparecen: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los demás o del éxito, sino de cuanto tenemos dentro.
El primer elemento es la oración. La oración es la fuerza del cristiano y de cada persona creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, nosotros podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. Ante tantas heridas que nos hacen mal y que nos podrían endurecer el corazón, nosotros estamos llamados a zambullirnos en el mar de la oración, que es el mar del amor ilimitado de Dios, para gustar su ternura.
La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más tiempo de oración, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos, oración de intercesión, para interceder ante Dios por tantas situaciones de pobreza y de sufrimiento.
El segundo elemento relevante del camino cuaresmal es el ayuno. Debemos estar atentos a no hacer un ayuno formal, o que en verdad nos “sacia” porque nos hace sentir tranquilos. El ayuno tiene sentido si verdaderamente mella nuestra seguridad, y también de él deriva un beneficio para los demás, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina sobre el hermano en dificultad y se hace cargo de él. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, en su estilo, que no derrocha, una vida que no “descarta”. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón a lo esencial y al compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a las injusticias, a los atropellos, especialmente con respecto a los pobres y a los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia.
Tercer elemento es la limosna: ella indica la gratuidad, porque en la limosna se da a alguien de quien no se espera recibir algo a cambio. La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que, consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente, es decir sin ningún mérito, aprende a dar a los demás gratuitamente. Hoy con frecuencia la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana, donde todo se vende y se compra. Todo es cálculo y medida. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de la posesión, del miedo de perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los demás el propio bienestar.
Con sus invitaciones a la conversión, la Cuaresma viene providencialmente a despertarnos, a despabilarnos del entumecimiento, del riesgo de ir adelante por inercia. La exhortación que el Señor nos dirige por medio del profeta Joel es fuerte y clara: “Vuelvan a mí de todo corazón” (Jl 2, 12). ¿Por qué debemos volver a Dios? ¡Porque algo no va bien en nosotros, en la sociedad, en la Iglesia y tenemos necesidad de cambiar, de dar un cambio, y esto se llama tener necesidad de convertirnos!
Una vez más la Cuaresma viene a dirigir su llamamiento profético, para recordarnos que es posible realizar algo nuevo en nosotros mismos y en torno a nosotros, simplemente porque Dios es fiel, es siempre fiel, porque no puede renegar de sí mismo, porque es fiel y sigue siendo rico de bondad y de misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y volver a comenzar de nuevo. ¡Con esta confianza filial, pongámonos en camino!
(María Fernanda Bernasconi – RV).

miércoles, 5 de marzo de 2014

MIÉRCOLES DE CENIZA


"Os apiadáis, Señor, de todos, y nada aborrecéis de cuanto hicisteis, cubriendo y perdonando los pecados de los hombres por su penitencia; porque sois  Vos nuestro Dios y Señor.
Tened piedad de mí, Dios mío, tened piedad de mí;
 porque en Vos confía mi alma"  
(Introito de la Misa)

Dichoso  aquél que en lo profundo de su corazón se queda contemplando el rostro del Dios vivo, que en su divino Hijo ha manifestado al mundo lo alto, lo ancho y lo profundo de su amor misericordioso.
Dichoso todo aquél a quien el Espíritu del Señor le da a gustar la deliciosa medicina de la ternura divina, mientras lo cubre y lo rodea con su piedad infinita.
No existe otro Dios fuera de Él, fuera del Dios rico en misericordia, clemente y compasivo, que no nos trata conforme merecen nuestros pecados. Pues su medicina es la ternura que ablanda la dureza del corazón herido por el pecado, su misericordia es el agua con la que limpia al pobre pecador, su amor es la venda con la que envuelve los corazones afligidos y enfermos.
El Señor no aborrece nada de cuanto ha creado.
El Señor ama a todas sus criaturas.
El Señor no quiere la muerte del pecador, sino que este se convierta y viva.
¡Este es el tiempo de la misericordia y del perdón!
¡Este es el tiempo del regreso a la casa paterna, siempre abierta para recibir a los hijos pródigos, sin reproches ni castigos!
¡Dichoso quien confía en el Señor y se abandona en su brazos de Padre!
¡Dichoso el hijo que se vuelve hacia el Padre exclamando, Padre ten piedad de mí!
P. Manuel María de Jesús