REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

domingo, 23 de febrero de 2014

CRISTO VINO PARA MOSTRARNOS EL CAMINO DE LA MISERICORDIA




Homilía del Santo Padre Francisco:


 “Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu” (Colecta).

Esta oración del principio de la Misa indica una actitud fundamental: la escucha del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia y el alma. Con su fuerza creadora y renovadora, el Espíritu sostiene siempre la esperanza del Pueblo de Dios en camino a lo largo de la historia, y sostiene siempre, como Paráclito, el testimonio de los cristianos. En este momento, junto con los nuevos cardenales, queremos escuchar la voz del Espíritu, que habla a través de las Escrituras que han sido proclamadas.

En la Primera Lectura ha resonado el llamamiento del Señor a su pueblo: “Sean santos, porque yo, su Señor Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Y Jesús, en el Evangelio, replica: “Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Estas palabras nos interpelan a todos nosotros, discípulos del Señor; y hoy se dirigen especialmente a mí y a ustedes, queridos hermanos cardenales, sobre todo a los que ayer han entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio. Imitar la santidad y la perfección de Dios puede parecer una meta inalcanzable. Sin embargo, la Primera Lectura y el Evangelio sugieren ejemplos concretos de cómo el comportamiento de Dios puede convertirse en la regla de nuestras acciones. Pero recordemos, todos nosotros recordemos, que, sin el Espíritu Santo, nuestro esfuerzo sería vano. La santidad cristiana no es en primer término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad – querida y cultivada – al Espíritu del Dios, tres veces Santo.

El Levítico dice: “No odiarás de corazón a tu hermano... No te vengarás, ni guardarás rencor... sino que amarás a tu prójimo...” (19, 17-18). Estas actitudes nacen de la santidad de Dios. Nosotros, sin embargo, somos tan diferentes, tan egoístas y orgullosos...; pero la bondad y la belleza de Dios nos atraen, y el Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar día a día. En este trabajo de conversión, conversión del corazón, conversión a la cual todos nosotros, especialmente ustedes cardenales y yo, debemos hacer.

También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. “Han oído que se les dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo les digo: …si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra” (Mt 5,38-39). No sólo no se ha de devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.

La segunda antítesis refiere a los enemigos: “Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, les digo: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen” (vv. 43-44). A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades, en el mundo. Hermanos cardenales Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino es la misericordia. Este camino que Él ha hecho y que cada día hace con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros.



Queridos hermanos cardenales, el Señor Jesús y la Madre Iglesia nos piden testimoniar con mayor celo y ardor estas actitudes de santidad. Precisamente en este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia; olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser “cauces” por los que fluye su caridad. Ésta es la actitud, éste es el comportamiento de un cardenal. El cardenal, especialmente a ustedes se los digo, entra en la Iglesia de Roma, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: “Sí, sí; no, no”; que nuestras actitudes sean las de las Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad. Pidamos nuevamente tu ayuda misericordiosa para que nos vuelva siempre atentos a la voz del Espíritu.

El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: “Son templo de Dios...; santo es el templo de Dios, que son ustedes “ (cf. 1 Co 3, 16-17). En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.

Queridos hermanos cardenales, permanezcamos unidos en Cristo y entre nosotros. Les pido su cercanía con la oración, el consejo, la colaboración. Y todos ustedes, obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, únanse en la invocación al Espíritu Santo, para que el Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de santidad, para servir al Evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de Cristo en el mundo.

sábado, 22 de febrero de 2014

FIESTA DE LA CÁTEDRA


«Queridos hermanos y hermanas: La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores.
La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.
¿Cuál fue, por tanto, la “cátedra” de san Pedro? Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf Mt 16, 18), comenzó, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés, su ministerio en Jerusalén. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.
Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada a orillas del río Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde “por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hc 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquía.
Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, tenemos el camino desde Jerusalén, Iglesia naciente, hasta Antioquía, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Luego Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del “Orbis” –la “Urbis” que expresa el “Orbis“, la tierra–, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

Así, la sede de Roma, después de estas emigraciones de san Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como “la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo”; y añade: “Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes” (III, 3, 2-3). A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma: “¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes, 36). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no solo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios.
Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.
Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo: “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2).
Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la Cátedra del Apóstol, obra madura de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado.
Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio diario a toda la Iglesia. Por esto, como por vuestra devota atención, os doy las gracias de corazón».
Benedicto XVI, Audiencia general 22-2-2006

jueves, 20 de febrero de 2014

¿PUEDE EXISTIR ALGO MÁS ADMIRABLE QUE ESTE SACRAMENTO?


"Las inmensas bondades que la dadivosidad de Dios ha derramado sobre el pueblo cristiano han enaltecido a éste con una dignidad inestimable. “Jamás hubo nación tan grande que tuviera a sus dioses tan cercanos así como lo está a nosotros Yaveh, Dios nuestro” (Deuteronomio 4,7).
En efecto, el Hijo Único de Dios, decidido a hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza de modo que haciéndose Él hombre consiguiera divinizar a los hombres. Pero hay más; todo lo que Él tomó de lo nuestro lo empleó totalmente para nuestro bien.
Aquel Cuerpo suyo se lo ofreció como Víctima a Dios su Padre sobre el altar de la Cruz para reconciliación nuestra con Él. Y aquella Sangre suya la derramó como precio de rescate, y al mismo tiempo como baño purificador nuestro, de modo que, liberados de nuestra miserable esclavitud, nos viéramos limpios de nuestros pecados.
Y para que jamás olvidáramos beneficio tan insigne, llegó a dejarnos su Cuerpo como alimento, y su Sangre como bebida, bajo las apariencias de pan y vino, para que pudieran recibirlos sus fieles.
¡Qué rico y admirable convite! ¡Qué banquete de salvación saturado de toda clase de dulzuras! Pero es que ¿podría imaginarse manjar más excelso? Aquí no se trata de la carne de novillos o de machos cabrios como en la Antigua Ley; aquí se nos ofrece en manjar Cristo mismo, Dios verdadero.
¿Puede existir, pues, algo más admirable que este Sacramento? Efectivamente, aquí el pan y el vino se convierten sustancialmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, de tal manera que Cristo, perfecto Dios y Hombre, se encierra bajo las apariencias de un poco de pan y un poco de vino.

Y así es como los fieles lo comen o reciben, pero jamás lo trituran o laceran. Todo lo contrario, si se divide o fracciona el Sacramento, Cristo permanece entero bajo cualquier partecita desmenuzada.
Y es que los accidentes perduran en el Sacramento pero sin apoyarse en su primera sustancia y así se ejercita nuestra fe cuando recibimos lo invisible visiblemente ocultado por unas apariencias que no son las suyas, y queden por la fe inmunizados de engaño estos nuestros sentidos, acostumbrados a juzgar por apariencias familiares.
No hay sacramento más provechoso que éste, donde se lavan las culpas, se acrecientan las virtudes y se robustece el alma con la abundancia de todos los carismas del Espíritu.
Esta Eucaristía se ofrece en la Iglesia tanto por los vivos como por los difuntos. De este modo, lo que fue instituido para el bien de todos, a todos aprovecha.
Y finalmente, no hay nadie en el mundo capaz de expresar la suavidad de este Sacramento donde se saborean en su propia fuente las dulzuras del Espíritu; donde se aviva el recuerdo de aquel inefabilísimo amor que Cristo nos demostrara en su Pasión.
Por Amor y para que se clavara en nuestras almas la inmensidad de ese amor, Cristo instituyó este Sacramento en la Última Cena, celebrada ya la Pascua con sus discípulos, y a punto ya de pasar de este mundo al Padre, y nos lo dejó como memorial perpetuo de su Pasión, culminación de los antiguos símbolos.
Es el más grande milagro de todos los milagros por Él realizados. Y así legó el consuelo más insigne a los que, al alejarse Él, iban a quedar sumidos en la tristeza."
Santo Tomás de Aquino

miércoles, 19 de febrero de 2014

LA BONDAD DE JESÚS EN EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA



 Audiencia General  19-02- 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

A través de los Sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, esta vida, nosotros la llevamos “en vasos de barro” (2 Cor 4,7), estamos todavía sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por esto, el Señor Jesús, ha querido que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia sus propios miembros, en particular, con el Sacramento de la Reconciliación y el de la Unción de los enfermos, que pueden estar unidos bajo el nombre de “Sacramentos de sanación”. El sacramento de la reconciliación es un sacramento de sanación. Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice no está bien. El icono bíblico que los representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos (Mc 2,1-12 / Mt 9,1-8; Lc 5,17-26).

1- El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación – nosotros lo llamamos también de la Confesión - brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de Pascua el Señor se apareció a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y luego de haberles dirigido el saludo “¡Paz a ustedes!”, sopló sobre ellos y les dijo: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: “Yo me perdono los pecados”; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y ésto lo hemos sentido todos, en el corazón, cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza. Y cuando sentimos el perdón de Jesús, ¡estamos en paz! Con aquella paz del alma tan bella, que sólo Jesús puede dar, ¡sólo Él!

2- En el tiempo, la celebración de este Sacramento ha pasado de una forma pública – porque al inicio se hacía públicamente – ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar en el cual se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa, en Cristo Jesús. He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote. “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi País decimos que es un ‘senza vergogna’ un ‘sinvergüenza’. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas – también la vergüenza – pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión.

Quisiera preguntarles, pero no respondan en voz alta ¿eh?, cada uno se responda en su corazón: ¿cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia delante, que el sacerdote será bueno. Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos aquella bella, bella Parábola del hijo que se fue de casa con el dinero de su herencia, despilfarró todo el dinero y luego, cuando ya no tenía nada, decidió regresar a casa, pero no como hijo, sino como siervo. Tanta culpa había en su corazón, y tanta vergüenza. Y la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar y a pedir perdón, el Padre no lo dejó hablar: ¡lo abrazó, lo besó e hizo una fiesta! Y yo les digo, ¿eh? ¡Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta! Vayamos adelante por este camino. Que el Señor los bendiga.

LA MISTERIOSA VIRTUD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA


LA MISTERIOSA VIRTUD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
PARA EL BIEN DE LA SOCIEDAD HUMANA
Sólo la Iglesia puede volver a conducir al hombre desde estas tinieblas a la luz; sólo ella puede devolverle la conciencia de un vigoroso pasado, el dominio del presente, la seguridad del porvenir. Pero su supranacionalidad no actúa a manera de un imperio que extiende sus tentáculos en todas las direcciones con la mira de una dominación mundial. Corno una madre de familia, reúne todos los días en la intimidad a todos sus hijos, esparcidos por el mundo; los recoge en la unidad de su principio vital divino. ¿No vemos, acaso, todos los días sobre nuestros innumerables altares cómo Cristo, Víctima divina, con sus brazos, extendidos de un extremo al otro del mundo, abraza y contiene al mismo tiempo, en su pasado, en su presente y su porvenir a toda la sociedad humana? Es la santa misa aquel sacrificio incruento instituido por el Redentor en la última Cena, quo cruentum illud semel in Cruce peragendum repraesentaretur eiusque memoria in finem usque saeculi permaneret, atque illius salutaris virtus in remissionem eorum, quae a nobis quotidie committuntur, peccatorum appilicaretur: «para que se representase el sacrificio cruento realizado una vez en la cruz y permaneciera su recuerdo hasta el final de los tiempos y se aplicase su saludable eficacia para perdonar los pecados que a diario cometemos». Con estas palabras lapidarias del concilio de Trento, esculpidas, para perpetua memoria, en una de las horas más graves de la historia, la Iglesia defiende y proclama sus mejores y más altos valores, que son también los mejores y más altos valores para el bien de la sociedad, los cuales unen indisolublemente su pasado, su presente y su futuro, y arrojan una viva luz sobre los inquietantes enigmas de nuestros tiempos.
 En la santa misa, los hombres se hacen cada vez más conscientes de su pasado culpable, y, al mismo tiempo, de los inmensos beneficios divinos en el recuerdo del Gólgota, del acontecimiento más grande de la historia de la humanidad, reciben la fuerza para librarse de la más profunda miseria del presente, la miseria de los pecados diarios, mientras hasta los más abandonados sienten una brisa del amor personal de Dios misericordioso; y su mirada queda orientada hacia un seguro porvenir, hacia la consumación de los tiempos en la victoria del Señor allí sobre el altar, de aquel Juez supremo que pronunciará un día la última y definitiva sentencia.
Venerables hermanos, en la santa misa, por tanto, la Iglesia ofrece el apoyo más grande del fundamento de la sociedad humana. Todos los días, desde donde nace el sol hasta donde se pone, sin distinción de pueblos y de naciones, se ofrece una oblación pura (cf. Ml 1,11) en la que participan en íntima fraternidad todos los hijos de la Iglesia esparcidos por el universo, y todos encuentran allí el refugio en sus necesidades y la seguridad en sus peligros.
(Venerable Pío XII. Discurso 20 de febrero de 1946)

martes, 18 de febrero de 2014

MINISTROS DE LA MISERICORDIA PORQUE SON OBJETO DE LA MISERICORDIA


Conferencia del Cardenal Mauro Piacenza 
Penitenciario Mayor de la Santa Iglesia Romana 
- Córdoba,Viernes, 14 de febrero de 2014- 

“Ministros de la Misericordia, porque son objeto de la Misericordia” 


Excelencia Reverendísima, 
queridos hermanos en el sacerdocio, 

Estoy muy contento de encontrarme con ustedes junto al santo doctor Juan de Ávila para orar y reflexionar sobre uno de los aspectos más importantes de nuestra existencia humana y sacerdotal, y, por tanto, de nuestro ministerio: la experiencia de la Misericordia. 

Introducción 

El título que he querido dar a mi conferencia desea poner el acento en aquella experiencia imprescindible, tratando de describir sus raíces humanas, así como diseñar su imprescindible perfil teológico-doctrinal, que – como veremos – es también la raíz de la citada dimensión antropológica bien entendida. 
“Ministros de la Misericordia, porque son objeto de la Misericordia” podría ser una afirmación válida para todo bautizado, que tuviera el propósito de colocarse al servicio de la Misericordia Divina, fortalecido por una gran experiencia personal y eclesial del amor de Dios. Ello, sin embargo, no haría de él un “ministro” en sentido propio, no le concedería aquel mandato, que Jesús resucitado da a los Apóstoles de manera muy clara e inequívoca: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).  

Existe, por lo tanto, una dimensión universal de la Misericordia, que concierne y abraza a todos los bautizados y que constituye la verdadera raíz de la esperanza cristiana, auténtico motor de toda evangelización. La alegría del Evangelio, como el Papa Francisco nos ha recordado recientemente en su Exhortación Apostólica, nace exactamente de la experiencia de la Misericordia, la única capaz de dilatar la mirada humana hasta aquella “medida divina”, a la que estamos llamados siempre. 
Existen, dentro de esta dinámica de alegría y de anuncio, una dimensión y experiencia de la Misericordia propias del Sacerdote, que es necesario redescubrir y reavivar continuamente, para poder ser, en modo siempre menos imperfecto, servidores y administradores de la Misericordia, conforme al mandato del Señor. 



1. La importancia de las experiencias “humanas” de misericordia 

Existen, en la naturaleza, algunas leyes imprescindibles que el Creador ha establecido, las cuales también tienen una inmediata y fuerte resonancia en el tema central de la Misericordia. Basta pensar, por ejemplo, qué significa en biología el axioma: “nadie engendra si no es engendrado” y qué consecuencias pueda tener ello en la vida concreta de los hombres, en particular, en la gran tarea de la educación, que es siempre nueva para cada nueva generación. 
Del mismo modo, sabemos que “nadie ama si no es amado”, es decir, incluso hablando psicológicamente, nadie puede amar verdaderamente si no parte de una experiencia sólida y profunda de amor. Desde este punto de vista, las ciencias humanas nos podrían ayudar en gran medida, haciéndonos ver, no sin razón, la importancia de las relaciones parentales – sobre todo para los hombres, de la relación con la madre - de las experiencias recogidas en los primeros años de vida y de aquel núcleo sustancial que está en la base de la certeza de ser amados y de valer, que llamamos “estima de sí mismo”. 
Incluso a nivel puramente natural surge, con una evidencia razonable cómo la situación más pacífica, que se pueda imaginar desde este punto de vista, deba contar con la experiencia del límite y, si se quiere, del pecado. No hay certeza de ser amados, ni solidez de la propia imagen y de la estima de sí mismo, que no deban, antes o después (preferiblemente antes), contar con el fracaso, el pecado, la traición y la consiguiente  soledad. El hombre posee, en ese sentido, una “necesidad natural” de ser confirmado en el amor, en el valor del propio “yo”, en el significado de la propia existencia, y tal necesidad encuentra en la misericordia la única y real posibilidad de respuesta. 
¡Podríamos decir que la misericordia es el nombre del amor, que permanece incluso frente a la traición! Es el nombre del amor, que permanece fiel incluso frente a la infidelidad y que, por esto, es capaz de reconstruir la estima de sí mismo, que inevitablemente se debilita, o, incluso, se destruye
Pesándolo bien, sin ninguna pretensión de índole exegética, se trata de la narración siempre actual de los tres primeros capítulos del libro del Génesis, en los cuales, después de la caída, el hombre “se esconde de Dios porque estaba desnudo” (cfr. Gen 3, 10), temiendo no poder permanecer más delante de la presencia de Dios, porque ha cometido aquello que Él le había prohibido explícitamente. 
La experiencia de la Misericordia es y permanece una profunda necesidad del hombre que, a nivel de la historia de la salvación, encuentra la respuesta sólo en el rostro de Jesús, Cordero inmolado, Misericordia hecha carne para los hombres. 
Sin embargo uno se pregunta cómo fueron posibles experiencias reales de misericordia, incluso antes de Cristo, sin haber recibido el conocimiento del Señor. En realidad es la acción del Espíritu Santo que habla al corazón. En todo caso, son una base fundamental para la comprensión de lo que es realmente la misericordia. 
También en la misericordia, “nadie engendra si no es engendrado”, es decir, nadie es verdaderamente capaz de ser misericordioso, sin comenzar recordando situaciones concretas, en la cual uno mismo ha sido objeto de la misericordia. ¡Sólo un desmemoriado es incapaz de misericordia! Y no es una casualidad que tanto la fe de Israel, como la fe cristiana tengan al centro, aún cuando en un modo diferente, la experiencia de la memoria. 
El mismo Señor, en varios pasajes del Evangelio, destaca el vínculo que existe entre las experiencias del amor dado y de aquel recibido, uniéndolo al dato objetivo de la misericordia; basta pensar en el episodio de la pecadora, que Jesús concluye afirmando: 
“Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho” (Lc 7, 47). 
Existe entonces un profundo e imprescindible vínculo entre la misericordia “recibida” y la misericordia “ofrecida”, entre las experiencias de misericordia vividas y aquellas propuestas, teniendo siempre presente que existe una misteriosa y muy eficaz relación circular de la misericordia, que, de hecho, impide distinguir netamente las primeras de las segundas. 
Es de desear, diría, casi necesario, que cada uno de nosotros, llamado a ser ministro de la Misericordia, recuerde de modo permanente las propias experiencias “humanas” de misericordia. ¿Cuántas veces he sido perdonado? ¿Cuántas veces me ha perdonado un hermano con el cual no me he comportado bien? ¿Cuántas veces he sido perdonado en las relaciones familiares o de amistad? No es algo secundario, en la oración, acordarse de los rostros o de los nombres, que, a lo largo de los años, nos han perdonado, haciéndonos sentir amados, diciéndonos que nuestra vida valía – y vale – mucho más que cualquier posible error. Tales experiencias, que en esta primera parte de la conferencia calificamos de “humanas”, en realidad no son jamás solamente humanas, porque llevan consigo, en su profunda estructura, la huella de la gratuidad, la memoria de a libre creación y de la promesa de cumplimiento de la redención. 



2. La experiencia humana de la Divina Misericordia 

Es fundamento de nuestra fe el Misterio de la Encarnación, en el cual el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es decir, el Dios personal, ha decidido manifestarse en modo pleno al hombre, asumiendo su naturaleza. Jesús de Nazareth, Señor y Cristo, es pues, el Rostro de Dios que estamos llamados a reconocer, a conocer, a profundizar continuamente y a seguir con humildad, para que nuestros rostros asuman progresivamente las facciones del Suyo, y nuestra existencia se convierta, en modo siempre menos imperfecto, forma et praesentia Christi. 
Por esta razón, precisamente por el Misterio de la Encarnación, la Divina Misericordia se ha hecho “experimentable”: en la Santa Humanidad de Cristo, que no tiene necesidad de misericordia, pero que es toda Misericordia, brilla para los hombres y asociados a ella el Misterio oculto, pero profundamente anhelado, de Dios como Misericordia. 
Queridos hermanos, ¡Dios es misericordia! ¡Dios es todo Misericordia! ¡Dios es sólo Misericordia!  
¡Y de esta identidad profunda de Dios, de esta “ontología divina” de Misericordia, nosotros somos, por gracia, ministros, es decir, servidores, anunciadores, custodios y administradores! 
¿Cuál es nuestra experiencia del Rostro de Dios como Misericordia? ¿Cuál ha sido nuestra experiencia pasada y cuál es la que tenemos de ella en la actualidad? Cada uno puede responder personalmente a estas preguntas en el diálogo fraterno con el propio confesor o director espiritual, o, también con cualquier hermano que nos conoce más profundamente; sin embargo, existe para nosotros una experiencia objetiva, histórica y totalmente gratuita de la Misericordia, a la cual no podemos dejar de contemplar, aún a distancia de decenios, con profunda emoción: nuestra definitiva configuración con Cristo en la Ordenación sacerdotal. 
Compartimos con todos los hombres – y no puede ser de otro modo – la 
necesidad de amor, de estima y de misericordia. 
Compartimos alegremente con todos nuestros hermanos bautizados la experiencia de la inmersión en Cristo, que, asumiendo nuestra naturaleza, nos hace partícipes de la Vida divina, abriéndonos totalmente hacia un horizonte existencial sobrenatural, antes inimaginable, pero, con Cristo, más real que toda otra posibilidad humana. 
Entre los hombres mendicantes de misericordia y los bautizados enriquecidos por la misericordia recibida, sin ningún mérito de nuestra parte, hemos sido elegidos nosotros, para llegar a ser también “donantes” de Misericordia. Los tres momentos (la petición, la acogida y el don de la misericordia) no son ni separables, ni cronológicamente sucesivos, pero – podríamos decir – profundamente relacionados entre sí y coexistentes. En realidad, la experiencia de la misericordia agudiza y hace más profundo el deseo de ella, así como el donarla renueva su experiencia. Un ministro que ofreciera, por divino mandato, la Misericordia del Padre, sin mendigarla para su propia vida y sin gozar tal experiencia, difícilmente lograría hacer percibir a sus hermanos la esencia de tal don
Como bien lo sabemos – y la Carta a los Hebreos nos lo recuerda siempre (cfr. Heb 5, 4) – nadie puede atribuir a sí mismo este honor. Ese es fruto de un acto de gratuita elección, que sólo, en un breve instante, puede ser suficiente para curar  eventualmente toda herida humana, inseguridad de ser amados, duda sobre el valor de nuestra existencia e incertidumbre de ser dignos de la Misericordia. 
Los Padres de la Iglesia llaman a la Redención “nueva creación” y de ello hemos sido hechos partícipes por gracia, en el Misterio del Bautismo, que imprime el carácter sacramental. También la Ordenación sacerdotal, que nos configura con Cristo Sumo Sacerdote y que nos habilita para actuar in Persona Christi Capitis, representa ella – y la Iglesia ha expresado tal verdad en la doctrina del carácter – una “nueva creación” para quien la recibe. En el día de tu Ordenación sacerdotal, el Padre se ha inclinado sobre ti y te ha abrazado con la fuerza del Espíritu; con ese mismo Espíritu te ha plasmado, formando en ti y configurándote con su Hijo Jesucristo. 
No es posible imaginar una misericordia más grande y sólo esta concepción ontológica (y no meramente funcionalista) que el Sacerdocio justifica, ya sea a los ojos del ministro, como – sobre todo – a los ojos de los fieles laicos, el mandato de absolver los pecados. 


Somos “Ministros de la Misericordia” porque hemos sido hechos “objeto de la Misericordia” en aquella llamada gratuita a vivir en la apostolica vivendi forma, estrechamente unidos a Jesús, renovando permanentemente la gracia del Espíritu, para la Misión. 
¡Cómo se empobrecería nuestra existencia sacerdotal si no comenzáramos, cada día, del estupor por cuanto nos ha sucedido! Si el estupor tiene su raíz en el encuentro personal y comunitario con Cristo, del cual la Misión también depende, él se hace aún más grande por la objetividad del Sacramento recibido. Hemos sido tomados por Cristo por la vía sacramental, es decir, real, y nada puede destruir tal evento. 
El Papa Francisco afirma, en el número 3 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso”. No podemos considerarnos excluidos de tal invitación, al contrario, será precisamente el renovarse cotidianamente de este encuentro lo que constituye aquella “conciencia de misericordia”, que es el ámbito más propio del ejercicio del ministerio de la Misericordia.  
Para nosotros el ámbito específico del ministerio de la Misericordia es la celebración del Sacramento de la Reconciliación. Como Penitenciario Mayor de la Iglesia siento sobre mí la responsabilidad de tal ministerio y señalo que nuestro Tribunal está al servicio de todos los sacerdotes, para que siempre puedan administrar en modo más generoso y fiel el tesoro inagotable que ha sido depositado en sus manos
El ejercicio del ministerio de la Reconciliación, el ofrecer nuestra vida para que nuestros hermanos puedan ser reconciliados con Dios, exige tener siempre presentes los tres momentos antropológicamente significativos indicados anteriormente: la petición de misericordia, la experiencia que se tiene de ella y la llamada a ofrecérsela a los demás hermanos. 
Por tales motivos, debemos con gran empeño favorecer el surgimiento del deseo de misericordia en nuestros hermanos: los hombres. Ello, como bien sabemos, está a menudo oculto inadvertidamente, o reprimido voluntariamente, a causa del misterioso pero real temor, fruto de la mentira, que ve en la petición una debilidad, una fragilidad, en lugar de una apertura y una posibilidad de acogida de la misericordia. Los hombres de nuestro tiempo huyen de lo que más desean, porque la cultura dominante les repite obstinadamente que aquello que ellos desean no existe y aún, de forma más radical, que no tiene sentido pedirlo
El ministerio al cual hemos sido llamados nos empuja a ser “promotores de petición”, en el esfuerzo y en la responsabilidad de quien sabe, que una ver suscitada la petición, es un deber dar respuestas, las cuales pasan inevitablemente a través de nuestra concreta humanidad y nuestro ministerio. De hecho sería una gran traición a los hombres – y sobre todo a los más jóvenes y a los más frágiles – estimular la petición de misericordia, que es petición de Cristo, y después no estar disponibles a acompañar concretamente en una experiencia real de ese tipo. 
Tomar en serio la petición de misericordia de nuestros hermanos los hombres es posible, porque tenemos en nosotros una viva – diría una ardiente – exigencia de misericordia. ¡Quien ha encontrado a Cristo, quien ha sido tomado por Él y configurado con Él, quien ha sido herido por la Belleza de Cristo, no puede pedir incesantemente otra cosa que esta Belleza no termine jamás y que este Encuentro sea para siempre! La Misericordia es la condición del “para siempre”. De esta conciencia fluye toda preocupación pastoral: desde la simple fidelidad a un horario fijo de confesionario a la preocupación por quien se dirige a nosotros, pidiendo otra cosa, pero pudiendo ser eficazmente guiado a la celebración del Sacramento; desde la predicación, que no puede ignorar el tema central de la Misericordia a la organización de momentos pastorales, que deben tener, como finalidad apostólica, precisamente la experiencia de la Misericordia, capaz de cambiar la vida de los hombres. Todas son expresiones de la caridad pastoral. 


Ser fieles en la predicación, en la administración de los Sacramentos y en la guía pastoral de las comunidades, es decir, ser fieles en el ejercicio de los tres múnera sacerdotales, al ministerio de la Divina misericordia, significa, no solo, quedarse con escuchar la petición de misericordia, sino también hacer de ella una continua experiencia. 
Aquel lugar santo, sagrado casi como el Tabernáculo, que es el confesionario, se convierte frecuentemente, para nosotros, en el “teatro”, en el cual asistimos al drama de la lucha del hombre contra el pecado, al drama de la lucha del pecado en el hombre y al final, a la victoria de Cristo, que vence el pecado del mundo, venciendo el pecado de los hombres
Poder renovar cotidianamente este milagro extraordinario frente a los propios ojos y a la propia mente, en la propia oración y espiritualidad, significa acordarse de nuestra condición humana y, a la vez, glorificar al Padre por la experiencia de Misericordia que continuamente nos concede. 
Queridos hermanos, seamos cada vez más ministros de aquella Misericordia de la cual hemos sido objeto, también “habitando en el confesionario”, como tantas veces se ha dicho durante el transcurso del Año Sacerdotal. 
¿No es acaso que hemos sido llamados por misericordia a convertirnos en médicos y jueces de nuestros hermanos? ¿No es acaso que por misericordia, hombres como los hombres, podemos decir a todo hermano: “Yo te absuelvo de tus pecados”? 
Existe pues una experiencia remota humana de la misericordia, que constituye como el fondo, frente al cual sucede el drama, la dinámica de la experiencia de la misericordia. Pero es así de nueva, radical, “diversa” la experiencia que nos ha sido dada, que el “fondo” prácticamente se desvanece frente a la eficacia, a la fuerza y al envolvimiento de la trama, constituida por la experiencia sobrenatural de la Misericordia, manifestada en la Encarnación, donada a nosotros en el Bautismo y en la Ordenación y que continuamente se nos representa en el ejercicio concreto de nuestro ministerio pastoral. 
Estamos llamados a donar a los hombres la Misericordia de Dios, pero, en realidad, es la Misericordia de Dios la que se nos da cada vez que la damos a nuestros hermanos. A través de nuestras manos, nuestra mente, nuestro corazón, nuestras palabras, pasa misteriosamente la Divina Misericordia, en modo análogo al Misterio de la Encarnación, que nos hace asombrarnos y llenarnos de ansia, contentos y seguros, responsables y fieles al ministerio que se nos ha confiado. 
Ministerio que no ejercemos jamás en modo arbitrario, desvinculados de la 
Doctrina, que ve en el Catecismo de la Iglesia Católica dos momentos imprescindibles, y que precisamente de tal fidelidad saca su más grande eficacia, capaz de renovar la vida de los hombres, la faz de la tierra y nuestra propia existencia sacerdotal. ¡Esta fidelidad no es rigidez, sino pastoralidad! 
Queridísimos hermanos, somos ministros de la Misericordia porque somos objeto de la Misericordia, donamos lo que nos ha sido donado, conscientes de nuestros límites, pero llenos de confianza en la Omnipotencia de Dios y en Su permanente Voluntad salvífica.
 Que la Reina de la Misericordia nos sostenga, Ella que ha tejido en su seno la Misericordia que se hizo carne, en una incesante petición de Misericordia por nuestras existencias, en una alegre experiencia de la Divina Misericordia y en una fiel donación del Sacramento de la Misericordia a los hombres, sin olvidar jamás todas aquellas mediaciones humanas, que pueden conducir eficazmente a la celebración del Sacramento.

lunes, 17 de febrero de 2014

EL VENENO DE LA IRA Y EL GOLPE DE LA CALUMNIA



Queridos hermanos y hermanas buenos días:

el Evangelio de este domingo forma parte todavía del llamado "Sermón de la Montaña", la primera gran predicación de Jesús. Hoy el tema es la actitud de Jesús con respecto a la Ley judía. Él dice: " No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mateo 5:17). Así que Jesús no quiere cancelar los mandamientos que el Señor dio por medio de Moisés, sino que quiere llevarlos a su plenitud. E inmediatamente después añade que este "cumplimiento" de la Ley requiere una justicia superior, una observancia más auténtica. Y de hecho dice a sus discípulos: “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos " (Mt 05:20).

¿Pero qué significa este "pleno cumplimiento" de la ley? ¿Y en qué consiste esta justicia superior? El mismo Jesús nos responde con algunos ejemplos. Porque Jesús era un hombre práctico, hablaba siempre con ejemplos para hacerse entender. Comienza desde el quinto mandamiento del Decálogo: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: "No matarás"; pero yo les digo que todo aquel que se enoja contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal". (vv. 21-22). Con esto, Jesús nos recuerda que ¡también las palabras pueden matar, eh? Cuando se dice que una persona tiene la lengua de serpiente, ¿qué quiere decir? Que sus palabras matan. Por lo tanto, no sólo no se debe atentar contra la vida de los demás, sino tampoco derramar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia. Ni hablar mal de él porque llegamos a las habladurías: los chismes también pueden matar, ¡porque matan la reputación de las personas! ¡Es muy feo chismorrear! Al principio puede incluso parecer incluso una cosa agradable, incluso divertida, como si fuera un caramelo. Pero al final, nos llena el corazón de amargura, nos envenena también a nosotros. Pero les digo la verdad, ¿eh? Estoy convencido de que si cada uno de nosotros hiciera el propósito de evitar los chismes, ¡con el tiempo se convertiría en un santo! Éste es un hermoso camino. ¿Queremos llegar a ser santos, si o no?  ¿Queremos vivir parloteando como de costumbre, si o no?. Entonces estamos de acuerdo: ¡basta con los chismes!.

Jesús propone a los que siguen la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida, ir más allá de todo cálculo. El amor al prójimo es una actitud tan fundamental que Jesús llega a afirmar que nuestra relación con Dios no puede ser sincera si no queremos hacer la paz con el prójimo. Y dice así: “Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve antes a reconciliarte con tu hermano”. (vv. 23-24). Por esto estamos llamados a reconciliarnos con nuestros hermanos antes de mostrar nuestra devoción al Señor en la oración.

De todo esto queda claro que Jesús no da importancia sólo a la observancia disciplinar y a la conducta externa. Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas. Para obtener un comportamiento bueno y honesto no son suficientes las normas jurídicas, sino que son necesarias motivaciones profundas, expresión de una sabiduría oculta, la Sabiduría de Dios, que se pueden recibir gracias al Espíritu Santo. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos permite vivir el amor divino.

A la luz de esta enseñanza, todos los mandamientos revelan su pleno significado como una exigencia de amor, y todos se reúnen en el gran mandamiento: amar a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo.
Alocución del Santo Padre Francisco el 16 de febrero de 2012