REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

martes, 4 de febrero de 2014

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA




SE HIZO POBRE PARA ENRIQUECERNOS CON SU POBREZA
(cfr. 2 Cor 8, 9)
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
La gracia de Cristo
Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza«Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo—«...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).
¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).
Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.


Nuestro testimonio
Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.
No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.
El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.
Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.
Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.
Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

TAMBIÉN DIOS PADRE LLORA POR SUS HIJOS



Dios también llora: su llanto es como aquel de un padre que ama a los hijos y jamás los reniega incluso si son rebeldes, sino que los espera siempre. Lo dijo el Papa Francisco durante la Misa presidida esta mañana en la Casa de Santa Marta.
Las lecturas del día presentan la figura de dos padres: el rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la Sinagoga, que suplica a Jesús sanar a la hija. El Santo Padre explicó el llanto de David después de recibir la noticia del asesinato del hijo, no obstante éste combatiese contra él para conquistar el reino. El ejército de David ha vencido, pero a él no le interesaba la victoria, “¡esperaba al hijo! ¡Solamente le interesaba el hijo! Era rey, era jefe del país, ¡pero era un padre! Y de esta manera cuando llegó la noticia del fin de su hijo, fue sacudido por un estremecimiento: subió a la habitación de arriba… y lloró”:
“Yéndose decía: ‘¡Hijo mío, Absalón. Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en vez de ti! ¡Absalón, Hijo mío! ¡Hijo mío!’. Éste es el corazón de un padre, que jamás reniega a su hijo. ‘Es un bribón. Es un enemigo. ¡Pero es mi hijo!’. Y no reniega la paternidad: lloró… David lloró dos veces por un hijo: esta vez y la otra cuando el hijo del adulterio estaba por morir. También aquella vez ayunó, hizo penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era un padre!”.
El otro padre es el jefe de la Sinagoga, “una persona importante – afirmó el Papa - pero ante la enfermedad de la hija no tiene vergüenza en arrojarse a los pies de Jesús: ‘¡Mi hijita está muriendo, ven a imponerle las manos, para que se salve y viva!’. No tiene vergüenza”, no piensa en lo que podrán decir los otros, porque es un padre. David y Jairo son dos padres:
“¡Para ellos aquello que es lo más importante es el hijo, la hija! No existe otra cosa. ¡La única cosa importante! Nos hace pensar a la primera cosa que nosotros decimos a Dios, en el Credo: ‘Creo en Dios Padre…’. Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! ‘Pero, Padre, ¡Dios no llora!’. ¡Cómo no! Recordamos a Jesús, cuando lloró mirando a Jerusalén. ‘¡Jerusalén, Jerusalén! Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina recoge sus pollitos bajo las alas’. ¡Dios llora! ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y aquel llanto de Jesús es precisamente la figura del llanto del Padre, que nos quiere a todos en torno a sí”.
“En los momentos difíciles” – subrayó el Papa Francisco – “el Padre responde. Recordamos a Isaac, cuando va con Abraham a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se dio cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía temor en el corazón! ¿Y qué cosa dice? ‘¡Padre!’. Y de inmediato: ‘¡Aquí estoy hijo!’”. El Padre responde. Así, Jesús, en el Huerto de los Olivos, dice “con aquella angustia en el corazón: ‘Padre, si es posible, ¡aparta de mí este cáliz!’. Y los ángeles vinieron a darle fuerza. Así es nuestro Dios: ¡es Padre! ¡Es un Padre!”. Un Padre como aquel que espera al hijo prodigo que se ha ido “con todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba” todos los días y “lo vio desde lejos”. “Ese es nuestro Dios!" - observó el Obispo de Roma - y "nuestra paternidad" - aquella de los padres de familia así como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes - "debe ser como ésta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto tiene necesidad del hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cercano a sí, tan cercano como la gallina quiere a sus pollitos”:
“Vayamos hoy a casa con estos dos íconos: David que llora y el otro, el jefe de la Sinagoga, que se arroja ante Jesús, sin miedo de avergonzarse y hacer reír a los otros. En juego estaban sus hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos íconos digamos: ‘Creo en Dios Padre…’. Y pidamos al Espíritu Santo - porque sólo es Él, el Espíritu Santo – que nos enseñe a decir ‘¡Abba!, ¡Padre!’. ¡Es una gracia! Poder decir a Dios ‘¡Padre!’ con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pedirla a Él!”. (RC-RV)
2014-02-04 Radio Vaticana

domingo, 2 de febrero de 2014

LA IGLESIA Y EL MUNDO NECESITAN ESTE TESTIMONIO DEL AMOR Y DE LA MISERICORDIA DE DIOS



Alocución del Papa antes de la oración del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. En esta fecha también se celebra la Jornada de la Vida Consagrada, que recuerda la importancia para la Iglesia de todos los que han oído la llamada a seguir a Jesús de cerca en el camino de los consejos evangélicos. El evangelio de hoy narra que, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José llevaron al niño al templo para consagrarlo y ofrecerlo a Dios, como lo prescribe la ley judía. Este episodio evangélico es también un icono de la donación de la propia vida por parte de aquellos que, por un don de Dios, toman los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y obediente, el Consagrado del Padre.
Esta ofrenda de sí mismos a Dios concierne a todos los cristianos, porque todos estamos consagrados a Él por medio del bautismo. Todos estamos llamados a ofrecernos al Padre con Jesús y como Jesús, haciendo de nuestra vida un don generoso, en la familia, en el trabajo, en el servicio a la Iglesia, en las obras de misericordia. Sin embargo, esta consagración la viven de una manera particular los religiosos, los monjes, los laicos consagrados que, con la profesión de los votos, pertenecen a Dios de manera plena y exclusiva. Esta pertenencia al Señor permite a los que la viven de una manera auténtica ofrecer un testimonio especial al Evangelio del Reino de Dios. Totalmente consagrados a Dios, están totalmente entregados a los hermanos, para llevar la luz de Cristo, allí donde se encuentra la oscuridad más densa, y difundir su esperanza en los corazones desalentados.

Las personas consagradas son un signo de Dios en los diferentes ambientes de la vida, son levadura para el crecimiento de una sociedad más justa y fraterna, profecía del compartir con los pequeños y los pobres. Así entendida y vivida, la vida consagrada se nos presenta como es realmente: ¡un don de Dios! Cada persona consagrada es un don para el pueblo de Dios en camino. Hay mucha necesidad de estas presencias, que fortalecen y renuevan el compromiso de la difusión del Evangelio, de la educación cristiana, de la caridad hacia los más necesitados, de la oración contemplativa; el compromiso de la formación humana y espiritual de los jóvenes, de las familias; el compromiso por la justicia y la paz en la familia humana.
La Iglesia y el mundo necesitan este testimonio del amor y de la misericordia de Dios. Por esto es necesario valorar con gratitud las experiencias de vida consagrada y profundizar en el conocimiento de los diferentes carismas y espiritualidad. Debemos orar para que muchos jóvenes respondan "sí" al Señor que los llama a consagrarse totalmente a Él para un servicio desinteresado a los hermanos.
Por todos estos motivos, como ha sido ya anunciado, el año 2015 estará dedicado de manera especial a la vida consagrada. Encomendemos desde ahora esta iniciativa a la intercesión de la Virgen María y de San José, que, como padres de Jesús, fueron los primeros en ser consagrado a Él, y a consagrar sus vidas a Él.

QUE LA GRACIA DE ESTE MISTERIO NOS ILUMINE Y NOS CONSUELE


Homilía del Papa Francisco en la Fiesta de la Presentación:
«La fiesta de la Presentación de Jesús al Templo es llamada también la fiesta del encuentro: el encuentro entre Jesús y su pueblo; cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén, ocurrió el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por dos ancianos Simeón y Ana.
Aquel fue también un encuentro al interior de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban el Templo.
Observamos qué cosa dice de ellos el evangelista Lucas, cómo los describe. De la Virgen y de san José repite por cuatro veces que querían hacer aquello que estaba prescrito por la Ley del Señor (cfr Lc 2,22.23.24.27). Se intuye, casi se percibe que los padres de Jesús se alegran de observar los preceptos de Dios, sí, ¡la alegría de caminar en la Ley del Señor! Son dos recién casados, han tenido apenas su niño, y están animados por el deseo de cumplir aquello que está prescrito. No es un hecho exterior, no es por cumplir la regla, ¡no! Es un deseo fuerte, profundo, lleno de alegría. Es aquello que dice el Salmo: «Tendré en cuenta tus caminos. Mi alegría está en tus preceptos ... Tu ley es toda mi alegría» (119,14.77).
¿Y qué cosa dice san Lucas de los ancianos? Subraya que estaban guiados por el Espíritu Santo. De Simeón afirma que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel y que «el Espíritu Santo estaba en él» (2,25); dice que «el Espíritu Santo le había prometido» que no moriría antes de ver al Mesías del Señor (v. 26); y finalmente que se dirigió al Templo «conducido por el Espíritu» (v. 27). Luego de Ana dice que era una «profetisa» (v. 36), o sea inspirada por Dios; y que no se apartaba del Templo, «sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones» (v. 37). En resumen, estos dos ancianos ¡están llenos de vida! Están llenos de vida porque son animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus llamados...

Y he aquí el encuentro entre la santa Familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. En el centro está Jesús. Es Él quien mueve todo, que atrae a unos y otros al Templo, que es la casa de su Padre.

Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría en el observar la Ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. ¡Es un encuentro singular entre observancia y profecía, donde los jóvenes son los observantes y los ancianos son los proféticos! En realidad, si reflexionamos bien, la observancia de la Ley está animada por el mismo Espíritu, y la profecía se mueve en el camino trazado por la Ley. ¿Quién más que María está llena de Espíritu Santo? ¿Quién más que ella es dócil a su acción?
A la luz de esta escena evangélica miremos a la vida consagrada como a un encuentro con Cristo: es Él que viene a nosotros, traído por María y José, y somos nosotros los que vamos hacia Él, guiados por el Espíritu Santo. Pero al centro está Él. Él mueve todo, Él nos atrae al Templo, a la Iglesia, en donde podemos encontrarlo, reconocerlo, acogerlo, abrazarlo.
Jesús nos sale al encuentro en la Iglesia a través del carisma fundacional de un Instituto: ¡es bello pensar así en nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo ha tomado su forma en la Iglesia mediante el carisma de un testigo suyo, de una testigo suya. Esto nos sorprende siempre y nos hace dar gracias.
Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. ¡No las veamos como dos realidades que se contraponen! Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y la señal de esto es la alegría: la alegría de observar, de caminar en una regla de vida; y la alegría de estar guiados por el Espíritu, jamás rígidos, jamás cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte.
Hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes y hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y de sabiduría, y llevarlo adelante - no para guardarlo en un museo, sino para llevarlo adelante, con los desafíos que la vida nos presenta. Por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia.
Que la gracia de este misterio, el misterio del encuentro, nos ilumine y nos consuele en nuestro camino. Amén».

domingo, 26 de enero de 2014

XV ANIVERSARIO


El 25 de enero del año 1999, en la Archidiócesis de Santiago de Compostela, recibía su aprobación canónica como Asociación privada  de fieles la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.
Coincidían en tal fecha tres importantes y significativas celebraciones: la Fiesta de la Conversión del Apóstol San Pablo, el Año Santo Compostelano y el  último Año de preparación para el Gran Jubileo del año 2000, año dedicado a "El Padre celestial".
Quienes en aquellas fechas formábamos parte de la Fraternidad comprendíamos que era el Señor mismo quien nos hablaba a través de los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.
La aprobación canónica fue recibida por todos nosotros como una gracia inmensa, a través de la cual se reforzaba nuestro deseo y compromiso de vivir enteramente al servicio de la Iglesia y de los intereses de Jesús y de la Virgen: servir a la Iglesia y servir a nuestros hermanos mediante la extensión del reino de Cristo por medio del reinado maternal de María en las almas.
La Santísima Virgen nos conducía suavemente y nos ayudaba a redescubrir con novedoso estupor lo agraciados que éramos por nuestra condición de bautizados y miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
Ella, con maternal maestría, iluminaba nuestra almas, ilustraba nuestras mentes y enardecía nuestra voluntad, infundiéndonos un gran deseo de corresponder a la gracia inmensa de ser  hijos muy amados de Dios, redimidos y salvados por la muerte de Jesús, y verdaderos hijos suyos.
María nos hacía comprender que nuestra vocación cristiana era un gran don, el mayor de los dones que habíamos recibido, pero al mismo tiempo era también una tarea, un compromiso que estábamos llamados a llevar a cabo en íntima y estrecha unión con Ella.
Fue la Madre quien iluminó en cada uno de nosotros la conciencia de lo que significaba ser hijos de Dios, cooperadores de Cristo y miembros de la Santa Iglesia.  
Con torpes palabras para describir realidades tan sublimes, podríamos decir que nuestra Madre fue grabando a fuego en nuestros pobres corazones dos palabras llenas de vida: hijo y hermano. 
En esto reside vuestro ser y vuestro quehacer, parecía indicarnos con insistencia, en ser  y vivir como hijos y hermanos.
No se trataba de dos palabras, sino de dos realidades que son vida, y cuya vida tenía que desarrollarse en cada uno de nosotros, crecer más y más, para luego propagarse hasta el último rincón de la tierra.
Esta conciencia más clara y profunda de nuestro ser hijos y hermanos fue transformándonos interiormente hasta el punto de condicionar por entero nuestra forma de vivir y la orientación de nuestras vidas.
Sin duda alguna fue María quien nos enseñó a situarnos filialmente ante Dios nuestro Padre amorosísimo y providente, a unirnos enteramente a la Persona de Cristo y a su Oblación de amor, a confiarnos a Ella como esclavos de amor y  abrir fraternalmente nuestros corazones y nuestras vidas a nuestro prójimo.
Nuestra Madre fue haciéndonos ver que sólo había una forma para que nosotros pudiésemos colaborar en su plan y corresponder a esas gracias, que a través de Ella el Señor iba derramando en nosotros. Esa forma no era otra que vivir en unidad familiar, a semejanza de la Trinidad Beatísima y de la Familia de Nazaret, cuyo eje de unidad y de expansión no es otro que la Caridad.
Aquellos primeros años fueron tiempos de gracias inmensas derramadas por Dios en nosotros a través de las manos maternales de María. 
Por nuestra parte, pobres vasijas de barro, fueron tiempos de asombro y temor; tiempos de lucha interior, de confianza y de abandono, de escucha y de búsqueda.
Al tiempo que veíamos los brazos maternales de María abiertos para protegernos y abrazarnos, sentíamos el vértigo de lanzarnos tambaleantes a dar los primeros pasos corriendo hacia su regazo maternal.
Desde el primer momento Ella nos hizo ver muy claro que la razón de nuestra existencia como Fraternidad sólo tenía sentido naciendo, creciendo y viviendo en la Iglesia, con la Iglesia y para la iglesia. De esta forma la Madre nos ponía a resguardo de ceder a cualquier tentación de arrogancia o de sectarismo.
Éramos conscientes de que no se trataba de levantar una obra nuestra, sino de entregarnos a Ella y colaborar con Ella para que, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad, la Madre realizase su obra en nosotros y a través de nosotros.
Por pura gracia nos fue dado vivir tiempos maravillosos en los que nuestra Madre nos reunía en torno a Jesús Eucaristía. De Ella aprendíamos a adorar, a escuchar, a meditar y a guardar  en nuestros pobres corazones cuanto contemplábamos en las palabras y en los ejemplos de Jesús.
Nuestro amor y nuestra entrega crecía de día en día. Por supuesto que no se trataba de un amor ni de una entrega perfectos, pero sí sinceros y siempre deseosos de una mayor perfección en el amor.
Ser Fraternidad, en torno a María y de la mano de María, suponía para cada uno un deseo ardiente de dar pasos muy concretos en la asimilación de las principales virtudes de nuestra Madre: su humildad profunda, su fe intrépida, su esperanza viva, su caridad ardiente, su oración constante, su austeridad y mortificación, su dulzura y su alegría, su generosidad sin límites y su amor tiernísimo hacia todos sus hijos, especialmente hacia los pobres pecadores, hacia los más pobres y abandonados, hacia los más ignorantes, hacia los enfermos y sufrientes, y también hacia los más pequeños.
Ella nos infundía a cada momento la aspiración a hacer realidad en nuestras vidas aquél propósito y súplica que antes Ella misma había infundido en el corazón de muchos otros hijos suyos: "Madre, que quien me mire a mí, te vea a Ti".
¡Sería imposible relatar cuánto la Madre fue infundiendo en los corazones de aquellos primeros miembros de la Fraternidad!
¡Sería imposible describir la dulzura de su tacto, la suavidad de sus enseñanzas, la atracción irresistible de su presencia en medio de nosotros, la paciencia infinita con que nos sostenía y guiaba a pesar de nuestras torpezas y miserias!
¡Jamás será posible relatar su forma y sus maneras de ejercer con nosotros su ser de Madre Dulcísima y Reina misericordiosa!
El Señor la eligió para ser Madre y Maestra de los redimidos, y aún de todos los hombres.
Todos y cada uno de los primeros miembros de la Fraternidad podemos dar firme testimonio de cómo sólo Ella es la única que nos puede conducir hasta Jesús. Sólo a través de su acción maternal el Espíritu Santo obra en los elegidos el prodigio de asimilarlos a Cristo, conformarlos con Cristo y transformarlos en imagen de Cristo.
La Madre no elige santos, sino pobres pecadores para transformarlos en santos. 
Sólo María es Reina de los corazones, por lo que sólo María, Esposa e instrumento del Espíritu Santo, puede ir moldeando con precisión divina y con paciencia infinita los corazones de aquellos que por medio de Ella Dios llama, reúne, forma y envía.
¡No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria!
¡No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu Santa Madre María sean dados el honor y la alabanza por los siglos!
En nombre de aquellos primeros miembros fundacionales de la Fraternidad y unido a cada uno de ellos como un sólo corazón y una sola alma renuevo nuestro mayor anhelo y súplica: ¡Somos enteramente tuyos Reina nuestra y Madre nuestra, y cuanto tenemos tuyo es! ¡Haznos enteramente tuyos en el tiempo y en la eternidad, Madre Dulcísima y Reina de Misericordia! ¡Todo lo esperamos de Ti omnipotencia suplicante, Madre de Dios y Distribuidora universal de todas las gracias!
Manuel María de Jesús

sábado, 18 de enero de 2014

FÁTIMA, ESCUELA DE ORACIÓN



Así, como la Madre de Dios apareció seis veces en Fátima, con la misma frecuencia también el Ángel. En las primeras tres apariciones en el año 1915 delante de Lucía y otras dos muchachas no habló nada. En el transcurso del año 1916 preparó espiritualmente a Lucía, Jacinta y Francisco para las apariciones de la Madre de Dios. Queremos en esta carta contemplar un poco las últimas tres apariciones, porque son casi un resumen de teología espiritual, como la podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos. Son significativas para nosotros y no sólo desde el punto de vista histórico, sino porque también nuestro propio Ángel de la Guarda intenta de manera semejante iluminarnos y llevarnos hacia el camino de la santidad.

Primera revelación: primavera 1916: Loca do Cabeço

Lucía, Jacinta y Francisco estaban buscando un refugio dentro de una pequeña cueva en el declive oriental de la Loca do Cabeço. Comieron un poco y, en seguida rezaron el Rosario, el cual abreviaron de manera ingeniosa, recitando en vez de la oración completa sólo las palabras "Dios te salve María" y "Santa María", para llegar más pronto a su juego. Entonces se les apareció, viniendo del oriente sobre el pequeño declive "una luz más blanca que la nieve y en ella la figura de un joven, completamente transparente a la luz y más brillante que un cristal en el cual se reflejan los rayos del sol. Cuando él se acercó más, podíamos ver mejor y más claramente sus rasgos. Estuvimos admirados y totalmente conmovidos y tocados por esto." Esta descripción de Lucía acerca del Ángel y de su aparición es totalmente bíblica. Pensemos por ejemplo en el Ángel de la Resurrección: "El Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve" (Mt 28,2-4). De forma semejante san Juan nos habla de un Ángel, cuyo rostro era brillante como el sol (cfr. Apc 10,1). Cuando las mujeres llegaron al sepulcro y entraron, "vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ¡No os asustéis!" (Mc 16,5-6).
San Marcos nos relata, que huyeron temblando y espantados. "Y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo" (Mc16,8). Así como el Ángel de la Resurrección desea librar del temor a las mujeres, también mucho tiempo atrás san Gabriel tranquilizaba al profeta Daniel (Dn 9,21s) y a María en la Anunciación. Así tranquiliza también el Ángel de Fátima a los niños con las palabras "¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. ¡Rezad conmigo!" Acerca de estas palabras podemos hacer tres meditaciones:


1. "¡No temáis!"

Aquellos que temen a Dios no necesitan sin embargo temer tampoco a los Ángeles de Dios, ya que una tal aparición semejante nos puede infundir el temor de Dios, ya que el Ángel está lleno de la gloria de Dios, al cual está revelando. Así lo hemos visto en el profeta Daniel. "Cuando él (el Ángel Gabriel) se acercó más, me aterroricé y caí de bruces" (Dn8,17); pero esto no solamente lo experimentó Daniel sino también muchos otros profetas y santos como lo podemos leer en la Sagrada Escritura. Sólo mencionamos aquí a san Juan, quien dos veces cayó ante los pies del Ángel, porque estaba tan brillante y hermoso, sus palabras tan divinas, que Juan se sentía en la presencia del Señor. Juan nos habla expresamente de esta "equivocación" para confirmar la verdad de su Revelación, porque sólo el santo Ángel puede estar tan íntimamente unido a nuestro Señor. Aquí encontramos la gracia de la presencia divina, que el maligno no puede conseguir, ni siquira cuando se viste como "Ángel de luz" (cfr. 2 Cor 11,14).
Los niños quedaron tan sorprendidos de esta presencia de lo divino dentro y a través del Ángel, que Lucía escribe más tarde: "La presencia de lo sobrenatural que nos rodeaba, era tan fuerte que por mucho tiempo nos olvidamos de nosotros mismos... La presencia de Dios se hizo palpable en nosotros tan fuerte y personalmente, que ni pensamos hablar sobre esto entre nosotros mismos. Todavía el día siguiente estábamos sumergidos en esta presencia sobrenatural. Esta gracia se repitió también en las últimas revelaciones del Ángel, que provocó un movimiento todavía mayor de la gracia y del amor." Lucía recuerda también esto, "la fuerza de la presencia de Dios era tan grande que nos envolvía totalmente y casi nos aniquilaba. Parece que carecíamos también del uso de nuestros sentidos por un largo espacio de tiempo. En estos días hicimos todo como impulsados por este ser sobrenatural que nos movía. La paz y la dicha que sentíamos era muy grande, pero totalmente interior. Nuestras almas estaban completamente sumergidas en Dios."
Lucía menciona también, que después del primer encuentro con el Ángel: "No nos vino a la mente hablar sobre esta aparición. Tampoco pensamos en callarnos sobre esto. No teníamos ninguna duda acerca de la aparición. Era algo tan profundamente interior, que simplemente no se podía haber hablado de esto". La comunicación del Ángel se da a través de la luz de los dones del Espíritu Santo, de modo que el alma recibe un conocimiento divino en la profundidad del alma, en un ambiente donde no hay palabras. El alma comprende, pero no lo puede expresar. El Ángel no se comunicó a los niños solamente en palabras, sino les comunicó también las gracias espirituales en la profundidad del alma.

2. "Soy el Ángel de la paz."

El papa Gregorio Magno nos enseña, que los nombres de los Ángeles no se refieren a su esencia, sino más bien a su misión y el servicio que prestan a la humanidad. Por eso Miguel significa: "Quién como Dios", porque su tarea es la de enseñarnos la humildad de la fe. Rafael significa: "Medicina de Dios", porque él fue enviado a curar la ceguera de Tobit y a librar a Sara de los ímpetus del espíritu maligno. Pero aquí se trata del Ángel de la paz. Su misión entonces es guiar a los hombres hacia la paz. Actúa como en la pequeña santa Ironie, por la que nació el "ejército azul"; pero consideramos también, que sus armas son la oración y el sacrificio y que las filas de las almas combatientes están detrás de este Ángel. La paz de las naciones es un don de Dios; la paz en el corazón viene de la sumisión amante ante Dios; y paz en Dios viene de la unión amante con Él.


3. "¡Rezad conmigo!"

No será difícil para nosotros comprender, cuál será el provecho que podríamos obtener de la ayuda del santo Ángel en nuestra oración. Rafael comunicó a Tobías: "Cuando tú y Sara hacíais oración era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones" (Tb 12,12). Cuando rezó el Ángel por la paz en Jerusalén, el Señor respondió con palabras amables, palabras llenas de consuelo (Za 1,13). El hecho de que el Ángel con su oración interceda por nosotros, no lo podemos comprender tan fácilmente. Pero de que sí lo hace, lo podemos ver también en el santo sacrificio de la misa, cuando reza el sacerdote: "que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel". Santo Tomás de Aquino atribuye al santo Ángel una fuerza especial de intercesión, más grande que la del sacerdote. Escribe: "El santo Ángel, presente en el misterio divino, lleva las oraciones del sacerdote y del pueblo hacia Dios como se dice también en Ap 8,4: 'De la mano de un Ángel subió el incienso con las oraciones de los santos hacia Dios'" (Suma teológica III ,83,4,9). Y en el mismo lugar dice: "La santa misa la podemos llamar así por esta razón," ("missa" viene del verbo "mittere" y significa enviar, mandar) "porque el sacerdote envía sus oraciones por medio del Ángel hacia Dios, como el pueblo envía sus oraciones hacia Dios a través del sacerdote."
Ciertamente, la fuerza y pureza de las oraciones de los Ángeles, a pesar de su naturaleza y gracia angelical, son muy inferiores a las de Dios. Los himnos de alabanza de los Ángeles, sin hablar de los de los hombres, no serían dignos ante Dios. Pero luego se realiza lo inesperado: Dios mismo se hace hombre, el Hijo se convierte en Sumo y Eterno Sacerdote e intercede como representante de sus criaturas por medio de su oración. Nos injertó en su sacrificio de alabanza, infinitamente agradable a Dios que Él ofrece al Padre. Así, Dios, por consiguinte escogió en primer lugar al hombre, pero por causa del hombre, unió a los Ángeles a éste y, al final unirá todo a Cristo, lo que está en los cielos y en la tierra (cfr.Ef 1,10). Por amor a Cristo y a Sus miembros en el Cuerpo místico, los Ángeles desean asistirnos en la oración y en la adoración. Por eso cantan los fieles en la misa bizantina: "Maestro, Señor nuestro Dios, quien ordenaste la jerarquía celestial y las dominaciones de los Ángeles y Arcángeles para alabanza tuya, haz, que en nuestra entrada estemos junto con los Ángeles y celebremos con ellos la Liturgia y la Gloria de Tu Bondad." Un poco más abajo dice la misma oración: "Ahora se unen las Potestades invisiblemente con nosotros en la adoración." Es cuanto clamamos nosotros en la celebración del Rito Romano: "Que los Ángeles ofrezcan por Cristo su oración de adoración, los que siempre están viviendo en Tu presencia. Que también nuestras voces estén unidas con ellos, en la alabanza triunfante del tres veces 'santo'." La oración de la Iglesia sólo es perfecta, cuando Ángel y hombre están unidos a Cristo en la alabanza a la Santísima Trinidad.
La oración y los dos mandamientos principales ¿Cuál, entonces, es la oración que el Ángel enseñó a los niños en Fátima? Es una oración simple de adoración y de intercesión. "Dios mío yo creo, adoro, espero y os amo, os pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman."
La eficacia de esta oración sólo la podemos apreciar de manera correcta, cuando entendemos esta oración como el cumplimiento de los dos mandamientos más grandes del amor a Dios y al prójimo, de los cuales "penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22,39). Igualmente enseña san Pablo: "Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Gal 5,14; cfr Rm 13,8.10). Si comprendemos algo de esta verdad, entonces ya no nos admiraría, que los niños, por medio de esta oración, que rezaban por horas enteras, hicieran tanto progreso en las virtudes y en la santidad.
Aunque no somos atletas olímpicos y tampoco genios intelectuales, de todos modos está a nuestro alcance la gracia de Dios que nos capacita para esforzarnos heróicamente. Lo único que tenemos que hacer, es tener la firme voluntad para el amor. La manera más simple de ejercitarlo es esta oración.
"Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?... Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica" (Dt 30,11-14). Pero el Ángel no nos da solamente una fórmula simple de oración para el cumplimiento de este mandamiento, de tal forma que pudiésemos realizarlo por nosotros mismos. No, lo que el Ángel desea ardientemente, es que recemos junto con él. Así como también lo desea nuestro Ángel de la Guarda, que nos arrodillemos y recemos junto con él. Si hacemos esto, el Señor podría realizar una de las promesas más bellas, "donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20). La oración, indicada por el Ángel de Fátima es tan breve, que la podemos rezar muchas veces durante el día como una jaculatoria unidos a nuestro Ángel y así caminar en la presencia de Dios.


Reverencia en la oración

La manera cómo el Ángel de Fátima, no solamente se arrodilló, sino también tocaba el suelo con su frente, será para nosotros una indicación, de cómo deberíamos rezar con toda reverencia, para que nuestra oración no sea solamente una oración de los labios. El Ángel decía a los niños: "¡Recen así! Los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de su súplica." Estas palabras: ¡Recen así! repiten literalmente las palabras de Jesús a sus apóstoles cuando les enseñó a rezar el Padre nuestro (Mt 6,9). Como lo escribe san Agustín, el 'Padre nuestro' no sólo es la mejor de todas las oraciones sino también ejemplo de todas las oraciones. Por eso tampoco el Ángel ha querido imponer a los niños una formula determinada, sino más bien les quiso enseñar, que el amor a Dios y al prójimo será el corazón de todas las oraciones.
Algunas personas fácilmente se dejan desanimar en la oración, se sienten solas y abandonadas, y es bueno que escuchen estas verdades de fe, para que amen a Jesús y María y, que sepan que todo bien nos viene a través de la oración. San Alfonso nos asegura, que siempre y en todo lugar nos es ofrecida una gracia, es decir la gracia de la oración; por medio de la oración podemos recibir todo bien de Dios.
Después desapareció el Ángel y dejó a los niños solos por unos meses, para ver, si permanecían fieles a la gracia recibida y a su propósito. Sin hablar con nadie, excepto entre ellos mismos, sin otras visitas consoladoras del Ángel los niños fueron fieles a su propósito. Lucía notó: "Las palabras del Ángel se marcaron tan profundamente en nuestros corazones, que jamás se nos han olvidado. A partir de este momento recitamos muchas veces y largamente la oración, postrados sobre la tierra, como lo habíamos visto con el Ángel y repetíamos sus palabras, hasta que nos sentíamos exhaustos." Con esto ejercieron una generosidad heróica. (Citas del libro: Memorias de la hermana Lucía, ed. portuguesa, Vice-Postulaçao, Fátima 1987).
Fuente:www. opusangelorum.org

jueves, 16 de enero de 2014

MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES


Queridos hermanos y hermanas:
1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9, 35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (Cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.
2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (Cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (Cf. Jr 1, 11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero asegura el Apóstol «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (Cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.
3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6, 63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35)?
4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «“alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (Cf. Mt 13, 19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31).
Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 15 de Enero de 2014