REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

jueves, 2 de enero de 2014

DULCE NOMBRE DEL BUEN JESÚS


HISTORIA DE LA DEVOCIÓN
La historia de la devoción al Dulce Nombre de Jesús proviene del 20 de Septiembre del año 1274 (durante el Concilio de Lyon), cuando el Pontífice Gregorio X dictó una Bula encaminada a desagraviar los insultos que se manifestaban contra el Nombre de Jesús. Las órdenes de Santo Domingo de Guzmán (Dominicos) y Franciscana fueron las encargadas de custodiar y extender dicha devoción por toda Europa. Así, Gregorio X escribió una carta a Juan de Vercelli, el entonces Superior General de los Dominicos, donde declaraba, "nos, hemos prescrito a los fieles… reverenciar de una manera particular ese Nombre que está por encima de todos los nombres…". Este acto resultó en la fundación de la Sociedad del Santo Nombre. Se decía que el Nombre de Jesús estaba en la boca de San Francisco "como la miel en el panal" y San Francisco mismo escribió, "ningún hombre es digno de decir Tu Nombre". Luego, San Bernardo escribió sermones enteros sobre el Nombre de Jesús y dijo: "Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, un canto de delicia en el corazón". San Buenaventura exclama, "Oh, alma, si escribes, lees, enseñas, o haces cualquier otra cosa, que nada tenga sabor alguno para ti, que nada te agrade excepto el Nombre de Jesús".
“Dios le ensalzó y le dio un nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doblegue, de los que moran en los cielos, en la tierra y en los infiernos”.
“Le pondréis el nombre de Jesús, porque El rescatará a su pueblo de sus pecados".
«Un nombre sobre todo nombre, ante el que tiene que doblar toda rodilla en los cielos, la tierra y los infiernos".

"En ningún otro nombre obtiene nadie la salvación; ni a los hombres se nos ha dado otro nombre por el que tengamos que salvarnos."

El Buen Jesús de Teresa de Jesús: Jesús humano. La humanidad de Jesús
 Teresa, después de haber recorrido el camino de la oración, ante sus luchas y resistencias, viene un cambio radical en su vida, el encuentro con la humanidad de Jesús.
La humanidad de Jesús fue quien le incentivo todo ese proceso de madurez espiritual, el cambio determinante en su vida donde la condujo, muchas veces forzando, empujando, mirando, regalándose, dándose, poco a poco a enamorase de Jesús y ella se dejó amar.
A partir de conocer a la persona de Jesús, la santa descubrirá la bondad del Señor y el camino de la virtud a partir de los consejos evangélicos. Su manera de expresión, de mostrar cercanía, confianza y amistad será llamarle el Buen Jesús, porque es el Buen Jesús quien le dio un vuelco a su propia historia. Para Teresa, Jesús es el hombre que pasó haciendo el bien. Un hombre BUENO que ofrecía bondad.
El proceso del encuentro con Jesús, no se da en un solo momento. Hay muchos llamamientos, intervenciones, mercedes, experiencias que suscitaron un trato, una relación de amigos, donde se dieron la oportunidad de conocerse y amarse. Jesús poco a poco se fue dándose y Teresa poco a poco se fue disponiendo. El encuentro acontece en medio de muchos encuentros cotidianos, principalmente en la oración, y después de comulgar en la Eucaristía. Desde niña, adolescente, joven y monja conocía de Jesús. A partir de 1554, en la conversión, experimenta a Jesús. El conocimiento va a ser experiencial, de trato.
En este momento significativo de la conversión, inicia Jesús a mostrársele y enamorarla de su humanidad descubriéndole quién es Él. Teresa se da cuenta que en este camino de amistad, también ella necesita mostrarse quién es. Resaltará la importancia de la humildad, porque este camino humano es necesario LA VERDAD.
Teresa, en sus inicios, se ejercitaba en la oración de meditación y acudía a representar con el pensamiento y la imaginación a Jesús, …procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración [1]. Sin embargo, era sólo con el entendimiento, pensaba, discurría, meditaba. A partir, de la conversión, de esta experiencia de la humanidad de Jesús, iniciará una novedad en su experiencia orante, ya no es por el pensamiento, sino, siente, dentro la presencia de Jesús, ….entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrójeme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle [2].
La narración de la experiencia…ante un Cristo muy llagado, remueve las entrañas de Teresa, pasa algo dentro, que transforma a la persona. A partir de esa transformación ya no se vive igual, se vive de otra manera, o se busca vivir con más coherencia y libertad. Cuando acontece y pasa algo dentro, es la acción gratuita de Dios que interviene en la vida de Teresa, y de cada uno de nosotros. No podemos pensar que la conversión es algo inmediato, que se da y surge el cambio inmediato en la persona. No es así. Sino que acontece como un despertar de un sueño aletargado que mantiene a la persona en suspensión, y la reactivación surge como una experiencia de gracia, de luz, de claridad que se abraza y se deja llevar por un camino nuevo, de buscar una vida nueva. Inicia la lucha y perseverancia, la determinada determinación.
Lo que Teresa hace hincapié es que durante mucho tiempo, cerca de 19 años (1535 a 1554) buscaba de mil maneras vivir con intensidad la vida espiritual por medio de la oración, confesión, hablar con letrados, lecturas de libros espirituales, etc…. Pero había otra realidad que no le dejaba mantener un equilibrio en su vida: una vida agitada y volcada al exterior: locutorio, visitas, vanidades, de ocasión en ocasión, etc…
El cambio resultará progresivo cuando la santa descubre a Jesús, dentro de sí y a Jesús humano. El cambio radical en Teresa será, pasar de una oración meditativa a una oración experiencial, viva y latente en el interior.
-  procuraba representar a Cristo dentro de mí…
-  y hallábame mejor, a mi parecer, de las partes adonde le veía más solo
-  ... allí era mi acompañarle;
-  comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto [3].
Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre mas es así que jamás le pude representar en mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y ve que está con ella (porque sabe cierto que está allí, digo que entiende y cree que está allí mas no la ve), de esta manera me acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor
Como buena maestra de experiencia en el trato con Dios, defenderá que la humanidad de Cristo, no embaraza o impide a la más perfecta contemplación. Esta postura va en contra de las doctrinas espirituales del s. XVI que decían a los que llegan ya tan adelante en la vida espiritual la Humanidad de Cristo es obstáculo y por eso proponen que aparten de sí toda imaginación corpórea y que se lleguen a contemplar en la Divinidad… la santa lo vivió y, para ella, fue un terrible. ¿por qué defiende la santa esta verdad de la humanidad de Cristo?
Porque al centrar la oración en la humanidad de Cristo ayuda a que los trabajos y dificultades propios de cada orante, sea estímulo el pensar que él los pasó. Por eso, ayuda mucho que le miraremos tan fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los caminos, perseguido de los que hacía tanto bien, no creído de los Apóstoles…
También, porque en tiempo de flaquezas y debilidades y caídas, mirándoos a Vos cuál estuvisteis delante de los jueces, no se me haga bueno de sufrir. Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero.
Y, al mirar a Jesús hombre, …por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. En medio de la fragilidad y debilidad, se descubre la grandeza de Dios y sus acciones: Él es el que todo lo puede.
Una vida espiritual sólida y madura hará comprender no querer otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación; por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes.
Al mirar a Jesús humano, aprendemos como vivir en Dios porque El le enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí.
Y al tener tan presente y cercano a Jesús, en su Humanidad es bueno siempre traerle presente como el glorioso San Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón.
Una oración natural centrada en la humanidad de Jesús hará al orante ser natural y humano porque la oración no es andar el alma en el aire…. Por eso, una vida natural y humana nos hace comprender que mientras vivimos y somos humanos, es gran cosa, traerle humano… y la santa insiste, nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra, es desatino…. sino que ha de tener arrimo el pensamiento para lo ordinario.
La vida del orante es ordinaria, natural y siempre habrá sus dificultades, dudas, luchas, tentaciones. Por ello, a Teresa le ayudó siempre traer consigo a Jesús en su Humanidad porque en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tener tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán que lo uno ni lo otro se pueda.
La santa descubre que esta doctrina sustanciosa de la Humanidad de Cristo es un arte que la ha llevado Dios. Es Dios quien la educó, le enseñó, le acompañó y procuraba su Majestad darme a entender cosas para ayudarme a conocerme….
Teresa nos lanza a la oración. Una oración centrada en el Buen Jesús. En los inicios de este traer presente o representar al buen Jesús dentro, Teresa recomienda:
El ejercicio de la oración no sólo es mental, sino desde donde se aprende a ejercitarse el amor, donde en la oración es válido hablar, escuchar, pedir, quejarse, alegrarse, entristecerse, conocerse. Es la relación de dos amigos que están en continuo diálogo. Y la mejor manera, se puede seguir unos pasos:
…representarse (imaginarse) delante de Cristo…
…acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad (persona de Jesús)
…traerle siempre consigo
…hablar con él,…
…pedirle para sus necesidades
…quejársele de sus trabajos,
…alegrarse con él en sus contentos y no olvidarle por ellos,
…sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad.
Esta manera de orar, dirá Teresa que …es excelente manera de aprovechar y muy en breve; y quien trabajare a traer consigo esta preciosa compañía y se aprovechare mucho de ella y de veras cobrare amor a este Señor, a quien tanto debemos, yo le doy por aprovechado [4]
Aprendemos de Teresa de Jesús a:
Con Teresa, le pedimos a Dios el don de la conversión. De un cambio radical y determinante en nuestra vida.
Teresa nos enseña que el medio por excelencia, para poder descubrir y acoger el cambio de vida es ver a Jesús en su Humanidad. Al verle humano, nos ayuda en el camino a comprender mejor que para asumir y asimilar el reino de Dios es un camino que recorrer. No se da al momento la conversión, sino es un proceso de asimilar en la vida la opción por el reino de Dios.
La mejor manera, que Teresa nos enseña para el camino de la oración interior, es experimentar dentro a Jesús. Ayuda mucho traer de continuo esa presencia y acostumbrarnos a ejercitar esta compañía.
Teresa nos enseña a apasionarnos por la persona de Jesús y enamorarnos de su Humanidad.
 AUTOR: Julio Rincón OCD

[1] V. 4, 8
[2] V. 9, 1
[3] V. 9, 4
[4] V. 12, 2

¡Oh Buen Jesús de mi alma!

¿Qué tengo yo que Tú no me hayas dado?

¿Qué sé yo que Tú no me hayas enseñado?

¿Qué merezco yo si no estoy unido a ti?

Alúmbrame, Señor, si estoy engañado.
Enséñame el camino, si estoy perdido.
Perdóname los yerros que contra ti he cometido.

Pues me creaste sin que te lo rogara,

me redimiste sin que lo mereciera:
Mucho hiciste en crearme y mucho en redimirme; no eres menos poderoso en perdonarme.
En la acerba muerte que padeciste,
la mucha sangre que derramaste no fue por los ángeles que te alaban,sino por mí, y los más pecadores que te ofenden.

Pues te he negado, déjame reconocerte.

Pues he blasfemado, déjame adorarte.
Pues te he ofendido déjame servirte.
Pues es más muerte que vida, la que en tu santo servicio no se haya empleado. Amén


LETANÍAS DEL DULCE NOMBRE DEL BUEN JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Jesús, óyenos.
Jesús, escúchanos.
Dios, Padre celestial. Ten misericordia de nosotros.
Dios, Hijo Redentor del mundo
Dios, Espíritu Santo
Santa Trinidad, un solo Dios
Jesús, Hijo de Dios vivo
Jesús, esplendor del Padre
Jesús, candor de luz eterna
Jesús, Rey de la gloria
Jesús, Sol de justicia
Jesús, Hijo de la Virgen María
Jesús admirable
Jesús amable
Jesús, Dios fuerte
Jesús, Padre del siglo futuro
Jesús, Ángel del gran consejo
Jesús poderosísimo
Jesús pacientísimo
Jesús obedientísimo
Jesús, manso y humilde de corazón
Jesús, amador de la castidad
Jesús, amador nuestro
Jesús, Dios de Paz
Jesús, autor de vida
Jesús, ejemplar de las virtudes
Jesús, guardián de las almas
Jesús, Dios nuestro
Jesús, nuestro refugio
Jesús, padre de los pobres
Jesús, tesoro de los fieles
Jesús, Buen Pastor
Jesús, luz verdadera
Jesús, sabiduría eterna
Jesús, bondad infinita
Jesús, nuestro camino y vida
Jesús, gozo de los Ángeles
Jesús, rey de los Patriarcas
Jesús, maestro de los Apóstoles
Jesús, doctor de los Evangelistas
Jesús, fortaleza de los Mártires
Jesús, luz de los Confesores
Jesús, pureza de las Vírgenes
Jesús, corona de todos los Santos
Sénos propicio. Perdónanos, Jesús.
Sénos propicio. Escúchanos, Jesús.
De todo mal. Líbranos, Jesús.
De todo pecado
De tu ira
De las acechanzas del Diablo
Del espíritu de fornicación
De la muerte eterna
De la negligencia en seguir tus inspiraciones
Por el misterio de tu santa Encarnación
Por tu natividad
Por tu infancia
Por tu divinísima vida,
Por tus trabajos,
Por tu agonía y tu pasión,
Por tu Cruz y tu abandono,
Por tus dolores,
Por tu muerte y sepultura,
Por tu Resurrección,
Por tu Ascensión,
Por la institución de la Santísima Eucaristía,
Por tus alegrías,
Por tu gloria.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
perdónanos, Jesús.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
escúchanos, Jesús.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
ten misericordia de nosotros, ¡oh buen Jesús!
Oración
Señor nuestro Jesucristo, que dijiste: «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»; te suplicamos nos concedas un gran amor a tu divino Nombre, para que de todo corazón, con  nuestras palabras y nuestras obras te amemos y nunca cesemos de alabarte.
Haz, Señor, que siempre temamos y juntamente amemos tu santo Nombre; pues jamás abandona tu Providencia a los que sólidamente arraigas en tu Amor. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


EL BUEN JESÚS DE MI INFANCIA Y DE MI VIDA

Desde niño, como todos los niños de mi pueblo, en la bellísima Isla de Arosa, crecí uniendo al Dulce Nombre de Jesús, el calificativo de Bueno. Una de las razones es que en la Isla se celebran dos días de Fiestas patronales, una dedicada al Patrón San Julián, al que se le debe uno de los nombres más antiguos de la villa marinera: Puerto de San Julián de la Isla de Arosa.
El segundo día de las Fiestas el pueblo entero honra al Buen Jesús. No cabe duda, pues, que para los isleños Jesús es inseparable de su Bondad.
Esta Bondad del Hijo de Dios hecho hombre brilla en el misterio de su Encarnación y en todas y cada una de las palabras, gestos y actitudes que manifestó durante su vida terrenal por medio de su humanidad santísima.
Cuando nosotros nos referimos al Buen Jesús estamos , en definitiva, afirmando las mismas palabras de la Revelación, por medio de las cuales el Apóstol San Juan afirma que Dios es amor, y que todo aquél que no ama no conoce a Dios.
Crecer en la fe con la mirada y con el corazón puestos en el Buen Jesús se convierte en el camino más seguro para introducirse en la entraña misma del Evangelio, que es Buena Noticia de Salvación, cuyo secreto hunde sus raíces en el Amor y en la Bondad infinita del Señor nuestro Dios.
El Jesús de mi infancia y de toda mi vida no es otro que el Buen Jesús que por mi amor y por el de todos los hombres viene a la tierra asumiendo nuestra pobre naturaleza humana, haciéndose semejante en todo a nosotros excepto en el pecado.
Es el misterio de su Bondad infinita, de su amor eterno al Padre, el que le hace asumir la Encarnación para prender ese fuego de su amor en los corazones de los hombres y en la creación entera.
Serán su bondad y su amor los que acaben por ahogar toda forma de mal con la sobreabundancia de su bien.
Si para nosotros, consciente o inconscientemente, Jesús dejase de ser percibido, pero sobre todo creído y profesado como el Buen Jesús, entonces nos alejaríamos de su memoria, traicionaríamos su mensaje, pondríamos sordina a sus palabras y extenderíamos una columna de humo oscuro y espeso sobre sus gestos de anuncio y de implantación del Reino de Dios.
En todos los momentos de su vida, desde que se encarna en el seno purísimo de María, hasta que se consume en el patíbulo de la cruz, pidiendo a su Padre el perdón para sus verdugos, siempre y a cada paso Jesús es y obra como el Buen Jesús.
Desgraciada y tristemente, no se sabe en nombre de que evangelio, no es infrecuente encontrarse con cristianos que parecen temerosos y desconfiados del Buen Jesús, de su Bondad y de su Misericordia infinitas. Como si esa Bondad hiciese agravio a su Justicia, a su Sabiduría o a su Omnipotencia.
No son pocos los casos en los que la justicia divina es concebida y confundida con un espíritu justiciero e inmisericorde, ciertamente alejado del espíritu del Buen Jesús. Sólo Él, Sabiduría eterna e infinita, es el único que sabe impartir una justicia misericordiosa, porque sus caminos no son los nuestros, ni sus pensamientos son como los nuestros.
El Buen Jesús ha venido a buscar a los enfermos y a sanar a los pecadores, a soltar los cepos de las prisiones injustas, a defendernos de la acción del Maligno, a buscar la oveja perdida y a recuperar al hijo pródigo. El Buen Jesús ha venido a transformar nuestros corazones de piedra en corazones compasivos. Ha venido a establecer la ley del setenta veces siete, a enseñarnos a orar por los que nos persiguen, a hacernos deponer la arrogancia y la crueldad del homicidio que pretende apedrear a cualquier prójimo.
El Buen Jesús ha venido a curar los corazones afligidos con la ternura de su amor y de su bondad, a llorar con el que llora y a compadecerse con el que sufre. Y es esa misma bondad la que le mueve a enfrentarse a los de corazón endurecido y sentimientos espesos, a todos aquellos que no respetan la imagen de Dios en su prójimo, a los que convierten la Casa de su Padre en cueva de bandidos, a quienes dando un rodeo dejan a su prójimo tirado en cualquier cuneta de la vida eximiendo excusas inexcusables.
Más que nunca hemos de recuperar el rostro verdadero de Cristo, el rostro del Buen Jesús, para que Él purifique y descontamine las impurezas y distorsiones de nuestra fe cristiana, para que podamos nuevamente sentir en lo profundo del alma el estupor del Evangelio, para que podamos ofrecer al mundo el verdadero rostro de Nuestro Salvador y Redentor.
Tan sólo mediante la contemplación del Buen Jesús y nuestra plena adhesión a Él podremos colaborar a que el mundo crea, y creyendo en Él todos encontremos el Camino, la Verdad y la Vida.
P. Manuel María de Jesús

martes, 31 de diciembre de 2013

LA VIRGEN MARÍA ES LA MADRE DE DIOS


LA VIRGEN MARÍA ES LA MADRE DE DIOS

   María, que es verdadera Madre de Jesús, es verdadera Madre de Dios, porque Cristo, nuestro Redentor, es al mismo tiempo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

   Este es el misterio principal y central de la vida de Santa María, del cual derivan y se fundamentan todos sus privilegios y todas sus perfecciones.

   Al decir que María es Madre de Dios se afirman dos verdades:
1) María es verdadera Madre;

2) María es verdadera Madre de Dios.

MARÍA ES VERDADERA MADRE

   Decir que María es verdadera Madre, significa que Ella contribuyó a la formación de la naturaleza humana de Cristo, del mismo modo que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre.

   Jesús en cuanto hombre, toma su cuerpo de María Santísima en el tiempo, y a sí lo ha expresado la fe de la Iglesia, recogida en el número 16 del Catecismo de San Pío X: "El Hijo de Dios se hizo hombre tomando, en la purísimas entrañas de la Vírgen María, por obra del Espíritu Santo, un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra".

MARÍA ES VERDADERA MADRE DE DIOS

   Decir que María es verdadera Madre de Dios significa que Ella concibió y dio a luz a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, aunque no en  cuanto a la naturaleza divina, sino en cuanto a la naturaleza humana que había asumido.

   La enseñanza de la Iglesia es unánime e ininterrumpida sobre este punto fundamental del dogma católico.

   En todos los Símbolos se afirma que Jesucristo nació de María Vírgen: En el Credo confesamos nuestra fe diciendo: Jesucristo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del Cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Vírgen, y se hizo hombre (Credo Niceno-Constantinopolitano).

   El Concilio de Éfeso, en el año 431, definió solemnemente que "Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Vírgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema" (Dz. 113).

   Los siguientes Concilios repitieron y confirmaron esta doctrina: Concilio de Calcedonia, Concilio II de Constantinopla, Concilio III de Constantinopla, etc.

    Es conveniente aclarar que la expresión Madre de Dios no aparece, como tal, en las Escrituras, pero sí sus equivalentes: Madre de Cristo, Madre de Jesús, Madre del Señor (Mateo 1,18; Juan 19,25; Lucas 1,43).

   En el Antiguo Testamento aparece María como la mujer que será la Madre del Redentor, el Mesías prometido, en dos textos principalmente:

1) Cuando Dios habla en el paraíso a la serpiente tentadora: Génesis 3,15, texto que se conoce con el nombre de protoevangelio: "Establezco enemistad entre tí y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia, Él te aplastará la cabeza, y tú le acecharás su calcañar";

2) Cuando Dios recuerda la promesa del Redentor en Isaías 7,14: "El Señor mismo os dará por eso una señal: He aquí que una Vírgen concebirá, y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel".

   En el Nuevo Testamento aparece María como la mujer que concibe, da a luz y es Madre de Jesús.

   Llegada "la plenitud de los tiempos" (Gálatas 4,4) tiene lugar el cumplimiento de las profecías y se afirma su verdadera y propia maternidad:

   Lucas 1,31 ss: "He aquí que concebirás en tu seno y parirás un hijo, a quien darás por nombre Jesús".

   Lucas 1,35: "...lo que nacerá de tí será santo y será llamado Hijo de Dios".

   Gálatas 4,4:"...envió Dios a su Hijo, nacido de mujer".

    Romanos 9,5:" Cristo, que es Dios, procede según la carne...".

   De los textos de la Sagrada Escritura se desprende claramente  que si uno y el mismo es el que fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad y, en el tiempo, fue engendrado por la Vírgen Madre, resulta que si ése es el Verbo de Dios, María es la Madre de Dios.

   Los Santos Padres durante los tres primeros siglos afirmaron la realidad, o el hecho, de la verdadera maternidad de María. Así, por ejemplo:

   San Ireneo: "Este Cristo, que como Logos del Padre estaba con el Padre...fue dado a luz por una Vírgen".

   San Hipólito: "El Verbo descendió del cielo a la Santísima Vírgen para que, encarnado en Ella y hecho hombre en todo menos en el pecado, salvara a Adán, que había perecido".

   A partir del siglo IV, después de la definición Conciliar, emplean ya el término griego teotókos (Madre de Dios), por ejemplo:

   San Atanasio: "Por nosotros, tomada carne de la Vírgen María, Madre de Dios, hízose hombre".

   San Gregorio Nacianceno: "Si alguno no reconoce a Santa María como Madre de Dios, es que se halla separado de Dios".

   San Bernardo escribe: "El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Vírgen; asimismo, la dignidad de la Vírgen demandaba que quien naciere de Ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto el Hacedor del hombre, al hacerse Hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual Él sabía que había de serle conveniente y agradable" (Homilía sobre la Vírgen María).

LAS RAZONES TEOLOGICAS

     1) Se dice que una mujer es madre de alguien cuando ha sido por ella concebido y engendrado. La mujer es madre de la persona, la cual es el término resultante de la concepción. La persona es el sujeto a quien compete la generación y el nacimiento. Nunca se dice que la naturaleza humana es engendrada o nacida, sino el hombre, ni jamás se dice que la mujer es madre de alguna naturaleza, sino madre de tal o cual persona.

   Lo que es engendrado y nacido de María Vírgen es el Verbo de Dios en la naturaleza humana. Ella concibe y da a luz a la Persona del Hijo de Dios, que asume la naturaleza humana, y por tanto, es Dios y es Hombre. El término de la concepción no es una naturaleza humana abstracta, sino una persona concreta. En este caso no se trata de una persona humana, porque Cristo no subsiste por una sustancia creada, sino increada, luego la Persona es divina; como María es la Madre de la Persona, luego María es la Madre de Dios.

    2) Santo Tomás de Aquino lo explica del siguiente modo:  "María, por su divina maternidad, tiene una relación real con el Verbo de Dios hecho carne; esta relación se termina en la Persona increada del Verbo encarnado, pues Ella es la Madre de Jesús, que es Dios. La maternidad de María no se termina en la humanidad de Jesús, sino en la Persona misma de Jesús: es Él, y no su humanidad, quien es el Hijo de María".

   Cristo, en virtud de la unión hipostática, es una sola Persona divina que subsiste en la naturaleza divina increada y en la naturaleza humana creada que es asumida.

LA PIEDAD MARIANA

   La piedad del pueblo cristiano en su veneración a María, Madre de Dios, se ha plasmado en multitud de maneras; ofrecemos aquí tres valiosos testimonios:

1) La Antífona de la Antigua Misa de la Maternidad de María dice:

   "Dichosa eres, Vírgen María,
   Tú que has llevado al Creador
   de todas las cosas".

2) El Himno Alma Redemptoris Mater:

   "Salve, Madre soberana del Redentor,
   puerta del cielo siempre abierta,
   estrella del mar;
   socorre al pueblo que sucumbe y
   lucha por levantarse,
   Tú que para asombro de la naturaleza
   has dado el ser humano a tu Creador.
   Vírgen antes y después del parto, que
   recibiste aquel saludo de la boca de Gabriel,
   ten piedad de nosotros".

3) La más antigua de las oraciones marianas: Sub tuum praesidium.

   "Bajo tu amparo nos acogemos
   Santa Madre de Dios;
   no desprecies las súplicas que te dirigimos
   en nuestras necesidades,
   antes bien, líbranos de todos los peligros.
   Vírgen gloriosa y bendita".


Fuente:(Escuela Cima)

domingo, 29 de diciembre de 2013

MARÍA ES REINA DE MISERICORDIA


Así que María es Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una reina toda dulzura y clemencia e inclinada a hacernos bien a los necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos y la llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo nombre de reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio,deben tener por finalidad el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia hacia sus vasallos.
El rey debe ante todo dedicarse a las obras de misericordia, pero no de modo que dejan de usar la justicia contra los criminales cuando es debido. No obra así María, que aunque reina no lo es de justicia, preocupada del castigo de los malhechores, sino reina de la misericordia, atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores. Por eso la Iglesia quiere que la llamemos expresamente reina de la misericordia.
Reflexionando el gran canciller de París Juan Gerson las palabras de David: 
“Dos cosas he oído: que Dios tiene el poder y que tuya es, Señor, la misericordia” 
(Sal 61, 12), dice que fundándose el reino de Dios en la justicia y en la misericordia, el Señor lo ha dividido: el reino de la justicia se lo ha reservado para él, y el reino de la misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las misericordias que se otorgan a los hombres pasen por las manos de María y se distribuyan según su voluntad. Santo Tomás lo confirma en el prólogo a las Epístolas canónicas diciendo que la santísima Virgen, desde que concibió en su seno al Verbo de Dios y le dio a luz, obtuvo la mitad del reino de Dios al ser constituida reina de la misericordia, quedando para Jesucristo el reino de la justicia.
El eterno Padre constituyó a Jesucristo rey de justicia y por eso lo hizo juez universal del mundo. Así lo cantó el profeta: “Señor, da tu juicio al rey y tu justicia al hijo de reyes” (Sal 71, 2). Esto también lo comenta un docto intérprete, y dice: 
Señor, tú has dado a tu Hijo la justicia porque la misericordia la diste a la madre del rey. San Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: “Da, Señor, tu juicio al rey y tu misericordia a la madre de él”. Así, de modo semejante al arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el eterno Padre ha dado al Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el oficio de compadecer y aliviar a los miserables. Así predijo el mismo profeta David que Dios mismo, por así decirlo, consagró a María como reina de la misericordia ungiéndola con óleo de alegría: “Dios te ungió con óleo de alegría” (Sal 44, 8). A fin de que todos los miserables hijos de Adán se alegraran pensando tener en el cielo a esta gran reina llena de unción de misericordia y de piedad para con todos nosotros, como dice san Buenaventura: “María está llena de unción de misericordia y de óleo de piedad, por eso Dios la ungió con óleo de alegría”.
San Alfonso María de Ligorio

jueves, 26 de diciembre de 2013

MENSAJE URBI ET ORBI DEL PAPA FRANCISCO



«Gloria a Dios en el cielo,y en la tierra paz a los hombres que Dios ama » (Lc 2,14).

Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, ¡feliz Navidad!Hago mías las palabras del cántico de los ángeles, que se aparecieron a los pastores de Belén la noche de la Navidad. Un cántico que une cielo y tierra, elevando al cielo la alabanza y la gloria y saludando a la tierra de los hombres con el deseo de la paz.

Les invito a todos a hacer suyo este cántico, que es el de cada hombre y mujer que vigila en la noche, que espera un mundo mejor, que se preocupa de los otros, intentado hacer humildemente su proprio deber.Gloria a Dios.

A esto nos invita la Navidad en primer lugar: a dar gloria a Dios, porque es bueno, fiel, misericordioso. En este día mi deseo es que todos puedan conocer el verdadero rostro de Dios, el Padre que nos ha dado a Jesús. Me gustaría que todos pudieran sentir a Dios cerca, sentirse en su presencia, que lo amen, que lo adoren. Y que todos nosotros demos gloria a Dios, sobre todo, con la vida, con una vida entregada por amor a Él y a los hermanos.

Paz a los hombres.La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura “fachada”, que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso cotidiano, que se logra contando con el don de Dios, con la gracia que nos ha dado en Jesucristo.

Viendo al Niño en el Belén, pensemos en los niños que son las víctimas más vulnerables de las guerras, pero pensemos también en los ancianos, en las mujeres maltratadas, en los enfermos… ¡Las guerras destrozan tantas vidas y causan tanto sufrimiento!Demasiadas ha destrozado en los últimos tiempos el conflicto de Siria, generando odios y venganzas. Sigamos rezando al Señor para que el amado pueblo sirio se vea libre de más sufrimientos y las partes en conflicto pongan fin a la violencia y garanticen el acceso a la ayuda humanitaria. Hemos podido comprobar la fuerza de la oración. Y me alegra que hoy se unan a nuestra oración por la paz en Siria creyentes de diversas confesiones religiosas. No perdamos nunca la fuerza de la oración. La fuerza para decir a Dios: Señor, concede tu paz a Siria y al mundo entero.

Concede la paz a la República Centroafricana, a menudo olvidada por los hombres. Pero tú, Señor, no te olvidas de nadie. Y quieres que reine la paz también en aquella tierra, atormentada por una espiral de violencia y de miseria, donde muchas personas carecen de techo, agua y alimento, sin lo mínimo indispensable para vivir. Que se afiance la concordia en Sudán del Sur, donde las tensiones actuales ya han provocado víctimas y amenazan la pacífica convivencia de este joven Estado.Tú, Príncipe de la paz, convierte el corazón de los violentos, allá donde se encuentren, para que depongan las armas y emprendan el camino del diálogo. Vela por Nigeria, lacerada por continuas violencias que no respetan ni a los inocentes e indefensos. Bendice la tierra que elegiste para venir al mundo y haz que lleguen a feliz término las negociaciones de paz entre israelitas y palestinos. Sana las llagas de la querida tierra de Iraq, azotada todavía por frecuentes atentados.

Tú, Señor de la vida, protege a cuantos sufren persecución a causa de tu nombre. Alienta y conforta a los desplazados y refugiados, especialmente en el Cuerno de África y en el este de la República Democrática del Congo. Haz que los emigrantes, que buscan una vida digna, encuentren acogida y ayuda. Que no asistamos de nuevo a tragedias como las que hemos visto este año, con los numerosos muertos en Lampedusa.Niño de Belén, toca el corazón de cuantos están involucrados en la trata de seres humanos, para que se den cuenta de la gravedad de este delito contra la humanidad. Dirige tu mirada sobre los niños secuestrados, heridos y asesinados en los conflictos armados, y sobre los que se ven obligados a convertirse en soldados, robándoles su infancia.

Señor, del cielo y de la tierra, mira a nuestro planeta, que a menudo la codicia y el egoísmo de los hombres explota indiscriminadamente. Asiste y protege a cuantos son víctimas de los desastres naturales, sobre todo al querido pueblo filipino, gravemente afectado por el reciente tifón.Queridos hermanos y hermanas, en este mundo, en esta humanidad hoy ha nacido el Salvador, Cristo el Señor. No pasemos de largo ante el Niño de Belén. Dejemos que nuestro corazón se conmueva, se enardezca con la ternura de Dios; necesitamos sus caricias. El amor de Dios es grande; a Él la gloria por los siglos. Dios es nuestra paz: pidámosle que nos ayude a construirla cada día, en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras ciudades y naciones, en el mundo entero. Dejémonos conmover por la bondad de Dios.

Saludo navideño del Papa Francisco

A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, venidos de todas partes del mundo a esta Plaza, y a cuantos desde distintos países se unen a nosotros a través de los medios de comunicación social, les deseo Feliz Navidad. En este día, iluminado por la esperanza evangélica que proviene de la humilde gruta de Belén, pido para todos ustedes el don navideño de la alegría y de la paz: para los niños y los ancianos, para los jóvenes y las familias, para los pobres y marginados. Que Jesús, que vino a este mundo por nosotros, consuele a los que pasan por la prueba de la enfermedad y el sufrimiento y sostenga a los que se dedican al servicio de los hermanos más necesitados. ¡Feliz Navidad!

JESÚS ES EL AMOR HECHO CARNE



Homilía del Papa Francisco en la Misa del gallo

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver. Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). 2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros. 3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Y también yo les repito: No teman. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es nuestra paz. Amén.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡FELICES Y SANTAS FIESTAS DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR!


“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”
                                                                          (1 Jn 4,8)

Con motivo de las Santas Pascuas de la Natividad del Señor, en el XXV Aniversario de mi ordenación sacerdotal, deseo a todos los miembros de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina, a todos los bienhechores, así como a todos mis antiguos feligreses, amigos y hermanos en el sacerdocio unas felices Fiestas.
Ante el Santo Misterio de Belén imploro humildemente para todos, especialmente para aquellos que me han ayudado y sostenido a lo largo de estos años de ministerio sacerdotal, la abundancia de las gracias divinas.
Que el Señor nuestro Dios, manifestado en la carne, se apiade especialmente de todos aquellos familiares, amigos y feligreses que ya han partido de este mundo. Y que la Santísima Virgen María, Madre tierna y amorosísima, nos ayude a todos a crecer cada día en amor a Dios y a los hermanos, nos acompañe y guíe en el camino de esta vida, y nos reúna a todos un día en el Reino de la feliz eternidad.
Llegue mi agradecimiento más profundo y sentido a todos aquellos que con motivo de este Aniversario han tenido la caridad de encomendarme al Señor y de manifestarme su estima y cercanía.
Manuel Folgar

domingo, 22 de diciembre de 2013

SAN JOSÉ, EL HOMBRE FIEL Y JUSTO


Alocución del Papa Francisco antes de rezar el Ángelus: 
En este IV Domingo de Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron al nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de San José, el esposo prometido de la Virgen María.

José y María vivían en Nazaret; aún no habitaban juntos, porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Mientras tanto, María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Cuando José se da cuenta de este hecho, permanece desconcertado.

El Evangelio no explica sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él trata de hacer la voluntad de Dios y está dispuesto a la renuncia más radical. En lugar de defenderse y de hacer valer sus propios derechos, José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y el Evangelio dice: “Como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (1, 19).

¡Esta breve frase resume un verdadero y propio drama interior, si pensamos en el amor que José tenía por María! Pero también en semejante circunstancia, José desea hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, despedir a María en secreto.

Es necesario meditar sobre estas palabras, para entender cuál fue la prueba que José tuvo que sostener en los días que precedieron el nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abraham, cuando Dios le pidió a su hijo Isaac (Cfr. Ge 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada.

Pero, como en el caso de Abraham, el Señor interviene: ha encontrado la fe que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y de felicidad: “José – le dice – no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).

Este Evangelio nos muestra toda la grandeza de espíritu de San José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que escuchaba siempre la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto deseo, un hombre atento a los mensajes que le llegaban de lo profundo del corazón y de lo alto. No se obstinó en perseguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenara el ánimo, sino que estuvo listo para ponerse a disposición de la novedad que se le presentaba de modo desconcertante. Y así, ¡era un hombre bueno! No odiaba, y no permitió que el rencor le envenenara el ánimo. ¡Pero cuántas veces a nosotros el odio, también la antipatía, el rencor nos envenenan el alma! ¡Esto hace mal! No lo permitan jamás, él es un ejemplo de esto. Y de este modo José se volvió más libre y grande aún. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente, más allá de sí mismo. Esta libertad suya de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de su propia existencia, y esta plena disponibilidad interior suya a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino.

Nos disponemos entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que ha tenido el coraje de encomendarse totalmente a la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que ha preferido creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén.