REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

martes, 31 de diciembre de 2013

LA VIRGEN MARÍA ES LA MADRE DE DIOS


LA VIRGEN MARÍA ES LA MADRE DE DIOS

   María, que es verdadera Madre de Jesús, es verdadera Madre de Dios, porque Cristo, nuestro Redentor, es al mismo tiempo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

   Este es el misterio principal y central de la vida de Santa María, del cual derivan y se fundamentan todos sus privilegios y todas sus perfecciones.

   Al decir que María es Madre de Dios se afirman dos verdades:
1) María es verdadera Madre;

2) María es verdadera Madre de Dios.

MARÍA ES VERDADERA MADRE

   Decir que María es verdadera Madre, significa que Ella contribuyó a la formación de la naturaleza humana de Cristo, del mismo modo que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre.

   Jesús en cuanto hombre, toma su cuerpo de María Santísima en el tiempo, y a sí lo ha expresado la fe de la Iglesia, recogida en el número 16 del Catecismo de San Pío X: "El Hijo de Dios se hizo hombre tomando, en la purísimas entrañas de la Vírgen María, por obra del Espíritu Santo, un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra".

MARÍA ES VERDADERA MADRE DE DIOS

   Decir que María es verdadera Madre de Dios significa que Ella concibió y dio a luz a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, aunque no en  cuanto a la naturaleza divina, sino en cuanto a la naturaleza humana que había asumido.

   La enseñanza de la Iglesia es unánime e ininterrumpida sobre este punto fundamental del dogma católico.

   En todos los Símbolos se afirma que Jesucristo nació de María Vírgen: En el Credo confesamos nuestra fe diciendo: Jesucristo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del Cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Vírgen, y se hizo hombre (Credo Niceno-Constantinopolitano).

   El Concilio de Éfeso, en el año 431, definió solemnemente que "Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Vírgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema" (Dz. 113).

   Los siguientes Concilios repitieron y confirmaron esta doctrina: Concilio de Calcedonia, Concilio II de Constantinopla, Concilio III de Constantinopla, etc.

    Es conveniente aclarar que la expresión Madre de Dios no aparece, como tal, en las Escrituras, pero sí sus equivalentes: Madre de Cristo, Madre de Jesús, Madre del Señor (Mateo 1,18; Juan 19,25; Lucas 1,43).

   En el Antiguo Testamento aparece María como la mujer que será la Madre del Redentor, el Mesías prometido, en dos textos principalmente:

1) Cuando Dios habla en el paraíso a la serpiente tentadora: Génesis 3,15, texto que se conoce con el nombre de protoevangelio: "Establezco enemistad entre tí y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia, Él te aplastará la cabeza, y tú le acecharás su calcañar";

2) Cuando Dios recuerda la promesa del Redentor en Isaías 7,14: "El Señor mismo os dará por eso una señal: He aquí que una Vírgen concebirá, y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel".

   En el Nuevo Testamento aparece María como la mujer que concibe, da a luz y es Madre de Jesús.

   Llegada "la plenitud de los tiempos" (Gálatas 4,4) tiene lugar el cumplimiento de las profecías y se afirma su verdadera y propia maternidad:

   Lucas 1,31 ss: "He aquí que concebirás en tu seno y parirás un hijo, a quien darás por nombre Jesús".

   Lucas 1,35: "...lo que nacerá de tí será santo y será llamado Hijo de Dios".

   Gálatas 4,4:"...envió Dios a su Hijo, nacido de mujer".

    Romanos 9,5:" Cristo, que es Dios, procede según la carne...".

   De los textos de la Sagrada Escritura se desprende claramente  que si uno y el mismo es el que fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad y, en el tiempo, fue engendrado por la Vírgen Madre, resulta que si ése es el Verbo de Dios, María es la Madre de Dios.

   Los Santos Padres durante los tres primeros siglos afirmaron la realidad, o el hecho, de la verdadera maternidad de María. Así, por ejemplo:

   San Ireneo: "Este Cristo, que como Logos del Padre estaba con el Padre...fue dado a luz por una Vírgen".

   San Hipólito: "El Verbo descendió del cielo a la Santísima Vírgen para que, encarnado en Ella y hecho hombre en todo menos en el pecado, salvara a Adán, que había perecido".

   A partir del siglo IV, después de la definición Conciliar, emplean ya el término griego teotókos (Madre de Dios), por ejemplo:

   San Atanasio: "Por nosotros, tomada carne de la Vírgen María, Madre de Dios, hízose hombre".

   San Gregorio Nacianceno: "Si alguno no reconoce a Santa María como Madre de Dios, es que se halla separado de Dios".

   San Bernardo escribe: "El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Vírgen; asimismo, la dignidad de la Vírgen demandaba que quien naciere de Ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto el Hacedor del hombre, al hacerse Hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual Él sabía que había de serle conveniente y agradable" (Homilía sobre la Vírgen María).

LAS RAZONES TEOLOGICAS

     1) Se dice que una mujer es madre de alguien cuando ha sido por ella concebido y engendrado. La mujer es madre de la persona, la cual es el término resultante de la concepción. La persona es el sujeto a quien compete la generación y el nacimiento. Nunca se dice que la naturaleza humana es engendrada o nacida, sino el hombre, ni jamás se dice que la mujer es madre de alguna naturaleza, sino madre de tal o cual persona.

   Lo que es engendrado y nacido de María Vírgen es el Verbo de Dios en la naturaleza humana. Ella concibe y da a luz a la Persona del Hijo de Dios, que asume la naturaleza humana, y por tanto, es Dios y es Hombre. El término de la concepción no es una naturaleza humana abstracta, sino una persona concreta. En este caso no se trata de una persona humana, porque Cristo no subsiste por una sustancia creada, sino increada, luego la Persona es divina; como María es la Madre de la Persona, luego María es la Madre de Dios.

    2) Santo Tomás de Aquino lo explica del siguiente modo:  "María, por su divina maternidad, tiene una relación real con el Verbo de Dios hecho carne; esta relación se termina en la Persona increada del Verbo encarnado, pues Ella es la Madre de Jesús, que es Dios. La maternidad de María no se termina en la humanidad de Jesús, sino en la Persona misma de Jesús: es Él, y no su humanidad, quien es el Hijo de María".

   Cristo, en virtud de la unión hipostática, es una sola Persona divina que subsiste en la naturaleza divina increada y en la naturaleza humana creada que es asumida.

LA PIEDAD MARIANA

   La piedad del pueblo cristiano en su veneración a María, Madre de Dios, se ha plasmado en multitud de maneras; ofrecemos aquí tres valiosos testimonios:

1) La Antífona de la Antigua Misa de la Maternidad de María dice:

   "Dichosa eres, Vírgen María,
   Tú que has llevado al Creador
   de todas las cosas".

2) El Himno Alma Redemptoris Mater:

   "Salve, Madre soberana del Redentor,
   puerta del cielo siempre abierta,
   estrella del mar;
   socorre al pueblo que sucumbe y
   lucha por levantarse,
   Tú que para asombro de la naturaleza
   has dado el ser humano a tu Creador.
   Vírgen antes y después del parto, que
   recibiste aquel saludo de la boca de Gabriel,
   ten piedad de nosotros".

3) La más antigua de las oraciones marianas: Sub tuum praesidium.

   "Bajo tu amparo nos acogemos
   Santa Madre de Dios;
   no desprecies las súplicas que te dirigimos
   en nuestras necesidades,
   antes bien, líbranos de todos los peligros.
   Vírgen gloriosa y bendita".


Fuente:(Escuela Cima)

domingo, 29 de diciembre de 2013

MARÍA ES REINA DE MISERICORDIA


Así que María es Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una reina toda dulzura y clemencia e inclinada a hacernos bien a los necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos y la llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo nombre de reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio,deben tener por finalidad el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia hacia sus vasallos.
El rey debe ante todo dedicarse a las obras de misericordia, pero no de modo que dejan de usar la justicia contra los criminales cuando es debido. No obra así María, que aunque reina no lo es de justicia, preocupada del castigo de los malhechores, sino reina de la misericordia, atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores. Por eso la Iglesia quiere que la llamemos expresamente reina de la misericordia.
Reflexionando el gran canciller de París Juan Gerson las palabras de David: 
“Dos cosas he oído: que Dios tiene el poder y que tuya es, Señor, la misericordia” 
(Sal 61, 12), dice que fundándose el reino de Dios en la justicia y en la misericordia, el Señor lo ha dividido: el reino de la justicia se lo ha reservado para él, y el reino de la misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las misericordias que se otorgan a los hombres pasen por las manos de María y se distribuyan según su voluntad. Santo Tomás lo confirma en el prólogo a las Epístolas canónicas diciendo que la santísima Virgen, desde que concibió en su seno al Verbo de Dios y le dio a luz, obtuvo la mitad del reino de Dios al ser constituida reina de la misericordia, quedando para Jesucristo el reino de la justicia.
El eterno Padre constituyó a Jesucristo rey de justicia y por eso lo hizo juez universal del mundo. Así lo cantó el profeta: “Señor, da tu juicio al rey y tu justicia al hijo de reyes” (Sal 71, 2). Esto también lo comenta un docto intérprete, y dice: 
Señor, tú has dado a tu Hijo la justicia porque la misericordia la diste a la madre del rey. San Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: “Da, Señor, tu juicio al rey y tu misericordia a la madre de él”. Así, de modo semejante al arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el eterno Padre ha dado al Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el oficio de compadecer y aliviar a los miserables. Así predijo el mismo profeta David que Dios mismo, por así decirlo, consagró a María como reina de la misericordia ungiéndola con óleo de alegría: “Dios te ungió con óleo de alegría” (Sal 44, 8). A fin de que todos los miserables hijos de Adán se alegraran pensando tener en el cielo a esta gran reina llena de unción de misericordia y de piedad para con todos nosotros, como dice san Buenaventura: “María está llena de unción de misericordia y de óleo de piedad, por eso Dios la ungió con óleo de alegría”.
San Alfonso María de Ligorio

jueves, 26 de diciembre de 2013

MENSAJE URBI ET ORBI DEL PAPA FRANCISCO



«Gloria a Dios en el cielo,y en la tierra paz a los hombres que Dios ama » (Lc 2,14).

Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, ¡feliz Navidad!Hago mías las palabras del cántico de los ángeles, que se aparecieron a los pastores de Belén la noche de la Navidad. Un cántico que une cielo y tierra, elevando al cielo la alabanza y la gloria y saludando a la tierra de los hombres con el deseo de la paz.

Les invito a todos a hacer suyo este cántico, que es el de cada hombre y mujer que vigila en la noche, que espera un mundo mejor, que se preocupa de los otros, intentado hacer humildemente su proprio deber.Gloria a Dios.

A esto nos invita la Navidad en primer lugar: a dar gloria a Dios, porque es bueno, fiel, misericordioso. En este día mi deseo es que todos puedan conocer el verdadero rostro de Dios, el Padre que nos ha dado a Jesús. Me gustaría que todos pudieran sentir a Dios cerca, sentirse en su presencia, que lo amen, que lo adoren. Y que todos nosotros demos gloria a Dios, sobre todo, con la vida, con una vida entregada por amor a Él y a los hermanos.

Paz a los hombres.La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura “fachada”, que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso cotidiano, que se logra contando con el don de Dios, con la gracia que nos ha dado en Jesucristo.

Viendo al Niño en el Belén, pensemos en los niños que son las víctimas más vulnerables de las guerras, pero pensemos también en los ancianos, en las mujeres maltratadas, en los enfermos… ¡Las guerras destrozan tantas vidas y causan tanto sufrimiento!Demasiadas ha destrozado en los últimos tiempos el conflicto de Siria, generando odios y venganzas. Sigamos rezando al Señor para que el amado pueblo sirio se vea libre de más sufrimientos y las partes en conflicto pongan fin a la violencia y garanticen el acceso a la ayuda humanitaria. Hemos podido comprobar la fuerza de la oración. Y me alegra que hoy se unan a nuestra oración por la paz en Siria creyentes de diversas confesiones religiosas. No perdamos nunca la fuerza de la oración. La fuerza para decir a Dios: Señor, concede tu paz a Siria y al mundo entero.

Concede la paz a la República Centroafricana, a menudo olvidada por los hombres. Pero tú, Señor, no te olvidas de nadie. Y quieres que reine la paz también en aquella tierra, atormentada por una espiral de violencia y de miseria, donde muchas personas carecen de techo, agua y alimento, sin lo mínimo indispensable para vivir. Que se afiance la concordia en Sudán del Sur, donde las tensiones actuales ya han provocado víctimas y amenazan la pacífica convivencia de este joven Estado.Tú, Príncipe de la paz, convierte el corazón de los violentos, allá donde se encuentren, para que depongan las armas y emprendan el camino del diálogo. Vela por Nigeria, lacerada por continuas violencias que no respetan ni a los inocentes e indefensos. Bendice la tierra que elegiste para venir al mundo y haz que lleguen a feliz término las negociaciones de paz entre israelitas y palestinos. Sana las llagas de la querida tierra de Iraq, azotada todavía por frecuentes atentados.

Tú, Señor de la vida, protege a cuantos sufren persecución a causa de tu nombre. Alienta y conforta a los desplazados y refugiados, especialmente en el Cuerno de África y en el este de la República Democrática del Congo. Haz que los emigrantes, que buscan una vida digna, encuentren acogida y ayuda. Que no asistamos de nuevo a tragedias como las que hemos visto este año, con los numerosos muertos en Lampedusa.Niño de Belén, toca el corazón de cuantos están involucrados en la trata de seres humanos, para que se den cuenta de la gravedad de este delito contra la humanidad. Dirige tu mirada sobre los niños secuestrados, heridos y asesinados en los conflictos armados, y sobre los que se ven obligados a convertirse en soldados, robándoles su infancia.

Señor, del cielo y de la tierra, mira a nuestro planeta, que a menudo la codicia y el egoísmo de los hombres explota indiscriminadamente. Asiste y protege a cuantos son víctimas de los desastres naturales, sobre todo al querido pueblo filipino, gravemente afectado por el reciente tifón.Queridos hermanos y hermanas, en este mundo, en esta humanidad hoy ha nacido el Salvador, Cristo el Señor. No pasemos de largo ante el Niño de Belén. Dejemos que nuestro corazón se conmueva, se enardezca con la ternura de Dios; necesitamos sus caricias. El amor de Dios es grande; a Él la gloria por los siglos. Dios es nuestra paz: pidámosle que nos ayude a construirla cada día, en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras ciudades y naciones, en el mundo entero. Dejémonos conmover por la bondad de Dios.

Saludo navideño del Papa Francisco

A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, venidos de todas partes del mundo a esta Plaza, y a cuantos desde distintos países se unen a nosotros a través de los medios de comunicación social, les deseo Feliz Navidad. En este día, iluminado por la esperanza evangélica que proviene de la humilde gruta de Belén, pido para todos ustedes el don navideño de la alegría y de la paz: para los niños y los ancianos, para los jóvenes y las familias, para los pobres y marginados. Que Jesús, que vino a este mundo por nosotros, consuele a los que pasan por la prueba de la enfermedad y el sufrimiento y sostenga a los que se dedican al servicio de los hermanos más necesitados. ¡Feliz Navidad!

JESÚS ES EL AMOR HECHO CARNE



Homilía del Papa Francisco en la Misa del gallo

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver. Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). 2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros. 3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Y también yo les repito: No teman. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es nuestra paz. Amén.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡FELICES Y SANTAS FIESTAS DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR!


“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”
                                                                          (1 Jn 4,8)

Con motivo de las Santas Pascuas de la Natividad del Señor, en el XXV Aniversario de mi ordenación sacerdotal, deseo a todos los miembros de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina, a todos los bienhechores, así como a todos mis antiguos feligreses, amigos y hermanos en el sacerdocio unas felices Fiestas.
Ante el Santo Misterio de Belén imploro humildemente para todos, especialmente para aquellos que me han ayudado y sostenido a lo largo de estos años de ministerio sacerdotal, la abundancia de las gracias divinas.
Que el Señor nuestro Dios, manifestado en la carne, se apiade especialmente de todos aquellos familiares, amigos y feligreses que ya han partido de este mundo. Y que la Santísima Virgen María, Madre tierna y amorosísima, nos ayude a todos a crecer cada día en amor a Dios y a los hermanos, nos acompañe y guíe en el camino de esta vida, y nos reúna a todos un día en el Reino de la feliz eternidad.
Llegue mi agradecimiento más profundo y sentido a todos aquellos que con motivo de este Aniversario han tenido la caridad de encomendarme al Señor y de manifestarme su estima y cercanía.
Manuel Folgar

domingo, 22 de diciembre de 2013

SAN JOSÉ, EL HOMBRE FIEL Y JUSTO


Alocución del Papa Francisco antes de rezar el Ángelus: 
En este IV Domingo de Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron al nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de San José, el esposo prometido de la Virgen María.

José y María vivían en Nazaret; aún no habitaban juntos, porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Mientras tanto, María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Cuando José se da cuenta de este hecho, permanece desconcertado.

El Evangelio no explica sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él trata de hacer la voluntad de Dios y está dispuesto a la renuncia más radical. En lugar de defenderse y de hacer valer sus propios derechos, José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y el Evangelio dice: “Como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (1, 19).

¡Esta breve frase resume un verdadero y propio drama interior, si pensamos en el amor que José tenía por María! Pero también en semejante circunstancia, José desea hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, despedir a María en secreto.

Es necesario meditar sobre estas palabras, para entender cuál fue la prueba que José tuvo que sostener en los días que precedieron el nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abraham, cuando Dios le pidió a su hijo Isaac (Cfr. Ge 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada.

Pero, como en el caso de Abraham, el Señor interviene: ha encontrado la fe que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y de felicidad: “José – le dice – no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).

Este Evangelio nos muestra toda la grandeza de espíritu de San José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que escuchaba siempre la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto deseo, un hombre atento a los mensajes que le llegaban de lo profundo del corazón y de lo alto. No se obstinó en perseguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenara el ánimo, sino que estuvo listo para ponerse a disposición de la novedad que se le presentaba de modo desconcertante. Y así, ¡era un hombre bueno! No odiaba, y no permitió que el rencor le envenenara el ánimo. ¡Pero cuántas veces a nosotros el odio, también la antipatía, el rencor nos envenenan el alma! ¡Esto hace mal! No lo permitan jamás, él es un ejemplo de esto. Y de este modo José se volvió más libre y grande aún. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente, más allá de sí mismo. Esta libertad suya de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de su propia existencia, y esta plena disponibilidad interior suya a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino.

Nos disponemos entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que ha tenido el coraje de encomendarse totalmente a la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que ha preferido creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén.

sábado, 21 de diciembre de 2013

LA NAVIDAD NO ES UN CUENTO


Ciudad del Vaticano, 20 diciembre 2013 (VIS).- “No hay juego sin ti”, es el eslogan de los niños de la Acción Católica Italiana que han encontrado esta mañana al Santo Padre en la Sala del Consistorio del palacio apostólico vaticano. Los chicos y chicas han felicitado las navidades al Papa que les ha animado a ser siempre, dentro de la Iglesia, “piedras vivas unidas a Jesús”.
“La Navidad -ha dicho el Pontífice- es la celebración de la presencia de Dios que viene a estar entre nosotros para salvarnos. ¡El nacimiento de Jesús no es un cuento! Es una historia real, que sucedió en Belén hace dos mil años. La fe nos hace reconocer en ese Niño, nacido de la Virgen María, al verdadero Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre. Y es en el rostro del pequeño Jesús que contemplamos el rostro de Dios, que no se revela en la fuerza o en el poder, sino en la debilidad y fragilidad de un recién nacido. Así es nuestro Dios; se acerca mucho, en un niño. Este niño -ha recordado- muestra la fidelidad y la ternura del amor sin límites con el que Dios rodea cada uno de nosotros. Por esta razón hacemos una fiesta en Navidad, reviviendo la misma experiencia de los pastores de Belén. Junto a muchos papás y mamás que trabajan duro todos los días, afrontando muchos sacrificios, junto con los niños, los enfermos y los pobres, hacemos esta fiesta, porque es la fiesta del encuentro con Dios en Jesús”.
Francisco les ha preguntado si realmente eran conscientes de que Jesús les quiere mucho y quiere ser su amigo. “Si estáis convencidos de ello -les ha dicho-, seguramente sabréis transmitir la alegría de esta amistad por todas partes: en casa, en la iglesia, en la escuela, con los amigos … Y por los enemigos, rezad para que se acerquen a Jesús... Así sabréis dar testimonio con un comportamiento de verdaderos cristianos, dispuestos a echar una mano a los necesitados... y también a aquel que no te quiere mucho... sin juzgar a nadie y, sin hablar mal de nadie, -ha concluido-. No son buena gente los que hablan mal de los demás... porque las habladurías no son cristianas... y es algo que no se tiene que hacer”.